Capítulo 47
El todoterreno avanza por encima de la maleza hasta el extremo opuesto de la plaza. La irregularidad del terreno lo balancea de un lado al otro. A su alrededor, las zarzas trepan por las gradas y por un edificio anexo, también en ruinas. Todo parece sacado de una postal apocalíptica.
Faisal ya está tenso. Tiene una mirada impotente fija en el vehículo que se aleja. La furgoneta no puede seguir por allí. Su compañero frena y le mira.
—¿Qué hacemos?
—Espera. No bajes.
Lino mira por la ventanilla. A lo lejos, el tipo del plumón negro desciende del todoterreno y desaparece tras la barrera, que todavía conserva un poco del rojo de antaño, ahora desconchado.
—¿Amigo? —insiste Faisal.
Fuera no se ve a nadie más, pero salir en mitad del ruedo parece una mala idea. No puede más que pensar en gladiadores y en fieras. En sangre derramada, mutilación, sufrimiento. En orejas y rabos amputados y en espadas atravesando corazones.
—Me han dicho que sigamos a ese —dice señalando al coche azul—. Nada más. Tendría que venir alguien pero esto…
—¿Y por qué no sales a ver?
—Baja tú, carallo —responde mientras continúa observando por la ventanilla—. Esperemos a ver si viene alguien.
—¿Doy marcha atrás?
—No, no. No te muevas.
Alguien les observa. No los han dejado allí en medio por casualidad. Lo han hecho para que se sientan acechados, amenazados.
A su lado, Faisal resopla y enciende la radio.
—¿Qué haces?
—No sé. Estoy nervioso.
De los altavoces empieza a sonar una frenética canción cantada en un extrañísimo idioma.
—Ya está bien.
Lino abre la puerta dispuesto a ir a buscar a la Peleona, pero un golpe sordo le detiene.
—¿Qué carallo…?
Dos detonaciones más retumban en el ruedo. Su pulso se acelera. Los estallidos se multiplican y un golpe seco que impacta contra el suelo hace saltar ramas y hojas secas.
—¡Nos están disparando! —grita Faisal.
De pronto las detonaciones se repiten en ráfagas y Lino salta de nuevo al interior de la furgoneta.
—¡No jodas!
Faisal arranca pero otra ráfaga revienta el parabrisas y los cristales caen sobre ellos. Los dos gritan. Lino se cubre la cabeza. Otra descarga impacta en el lateral del conductor. Como si granizasen proyectiles.
—¡Acelera! —grita Lino—. ¡Sal de aquí!
Su compañero baja la cabeza contra el volante y oprime los pedales sin ningún sentido. A su alrededor las detonaciones se multiplican. Lino levanta la cabeza y logra distinguir tres siluetas negras repartidas por la grada disparando sus fusiles.
La furgoneta desbocada golpea contra la barrera y la cabeza de Faisal contra el claxon. El pitido se une a la canción, que no ha dejado de sonar en ningún momento. Su compañero queda aturdido. La nariz le empieza a sangrar.
—¡Vamos! —le grita al tiempo que desabrocha su cinturón—. Salgamos de aquí.
Faisal abre los ojos desorientado.
—¿Qué pasa?
—¡Dentro, vamos dentro!
Lino empuja la puerta.
Se prepara para el impacto. Pero no llega. Solo el eco, que todavía resuena.
Asoma la cabeza. Nadie está disparando.
—Vamos, vamos.
Baja de la furgoneta.
Faisal le imita por el otro lado. Lino mira hacia atrás. Una silueta negra surge de entre el polvo y la maleza de la plaza.
—Allí —dice señalando el burladero.
Ambos se cuelan tras la barrera como si escapasen de las cornadas de tres toros de lidia. Corren a lo largo del callejón hasta alcanzar las ruinas del edificio contiguo.
—Por aquí.
Faisal le sigue.
—¿Por qué nos quieren matar?
—No lo sé.
Avanzan por un distribuidor presidido por un mostrador. El suelo está lleno de botellas de cristal rotas. El techo derrumbado cruje bajo sus pies. Huele a moho.
Siente la respiración entrecortada. Le falta el aliento pero continúa avanzando por un pasillo por donde todavía penetra algo de luz.
Al pie de una escalinata se encuentran con un montón de folletos que anuncian espectáculos de flamenco y toros.
—¿Subimos? —pregunta su compañero.
—Preferiría salir de aquí.
Pasan a otra estancia anexa. Se topan con lo que parece ser una cocina tomada por el óxido y la mugre.
Con congeladores industriales volcados en el suelo y estanterías metálicas vacías.
Su pie golpea contra algo duro. Abajo se insinúa la silueta de un viejo microondas.
La oscuridad les impide ver el suelo por donde pisan.
—Allí hay luz —dice Faisal señalando los restos de una puerta hinchada por la humedad.
Lino enciende la linterna del móvil y la dirige hacia los escombros del suelo. Avanzan lentamente tratando de hacer el menor ruido posible.
Al llegar a la puerta asoma la cabeza. Ve una extensa sala con mesas y sillas rotas repartidas por toda la superficie.
Los restos de lo que debió de ser el comedor del restaurante.
Entran. Al fondo se alza un pequeño escenario y, en el extremo opuesto, una inexistente puerta de cristal que da al bosque.
Su escapatoria.
Lino se detiene.
—¿Por qué te paras? —pregunta Faisal.
Él duda. Titubea.
Huye de la muerte pero lo que deja en el ruedo también le condena.
—Ya no. No podemos hacer nada —dice su compañero.
Estás jodido, Lino.
Ya casi alcanzan la salida cuando una sombra cada vez más grande se recorta frente a ella.
—Mierda —dice Faisal escondiéndose detrás de una mesa.
Él se rinde. Ha llegado su turno.
Una figura corpulenta aparece al otro lado de la puerta. A su espalda el sol ensombrece su rostro pero él la reconoce. Deportivas blancas, chándal azul marino, mochila negra y botella de agua en la mano. Camina despacio. Como si no pasase nada.
Tras ella aparecen tres tipos armados con fusiles. Todos con plumón negro y braga cubriéndoles los rostros.
—No nos matéis —suplica.
—Si quisiera ya estaríais ventilados —dice la Peleona deteniéndose frente a él—. ¿Te crees muy listo, verdad?
Sus piernas empiezan a flaquear.
—¿Qué-qué he hecho?
Los tres tipos entran en lo que queda del restaurante.
—Más bien, qué no has hecho, Keynes. No has cumplido.
La mujer se acerca y sin que tenga tiempo para reaccionar le pone la mano en la cara y le empuja con fuerza hacia atrás.
Lino tropieza con una silla y cae de espaldas al suelo.
—Quiero los putos doce kilos que faltan.
Los tipos del plumón agarran a Faisal, que lloriquea y protesta.
—¿Doce kilos? —pregunta mientras trata de incorporarse.
La Peleona se le acerca, le agarra la cabeza y se la aplasta contra el suelo.
—Mis putos doce kilos —repite—. Lo digo solo una vez. ¿Me entiendes?
—No puede ser —dice él cangrejeando hacia atrás—. Entregué veinte paquetes, como me dijiste. En cada uno hay una botella de un kilo y medio. Los treinta kilos que querías.
La Peleona chasquea la lengua para negarlo.
—Había ocho sin ninguna botella cargada.
—No puede…
—No he venido a escucharte —interrumpe ella dando un trago a la botella de agua—. Yo me quedo con la furgoneta y todo lo que lleva dentro. Tú me traes ocho botellitas de la risa. Todas bien llenas de polvitos mágicos. Y yo te la devuelvo. Es una fianza. ¿Me entiendes?
—Pero la necesito para…
—Te he dicho que cierres la boca. ¿Me entiendes?
Estoy siendo muy buena porque sé que eres un puto lerdo y que la has cagado —dice reflexiva—.
Pero esa mierda que tienes es buena. Así que si no me traes lo que me debes en cuarenta y ocho horas pasarán dos cosas.
Una: me voy a quedar todo lo que está en esa furgoneta.
Y dos: te voy a dar pasaporte a ti y a tu amiguito moreno. Lo digo solo una vez.
Lino quiere explicarse. Quiere protestar. No puede ser. Esa mujer le está engañando. Siente rabia. Impotencia. Pero la Peleona ya le da la espalda.
—Escríbeme cuando vayas a venir —dice.
Y hace un sonido con la lengua como si llamase a un perro o a varios. Y los tres hombres de negro los encañonan. Y los acompañan de vuelta al camino de tierra.
En el ruedo el viento agita las zarzas y rompe el silencio de las gradas.