Capítulo 46
Cuatro días
A las cinco de la madrugada le despierta una pesadilla con aspecto de revelación.
En ella, Nico y él aparecen postrados en sendas camas de hospital conectados a goteros llenos de un líquido negruzco parecido a la cola. Su madre y su padre les miran desde el otro lado de un cristal.
Lo más curioso y perturbador es que las dos camas están instaladas en el interior del hórreo que hay en el pazo familiar: el pazo Domiño.
Desde que su hermano le habló de él el día del accidente hasta ahora, no había vuelto a pensar en ello.
Se incorpora en la cama. Todavía no se ha acostumbrado a las sombras de su nuevo hogar. Ni tampoco a los ruidos. Todo le parece raro. Y Nirvana duerme en la habitación contigua. Eso es lo más extraño.
Tu subconsciente te ha dado la solución, Lino. Nico desvió la mercancía antes del accidente. Se adelantó. Por eso la furgoneta estaba vacía. Por eso nadie ha encontrado nada.
Nico la guardó en el hórreo familiar. Solamente tienes que ir y dejarla allí dentro. Él mismo te dio una llave.
Ya, pero no podrás devolverlo todo. Has vendido una parte. La Guadaña espera mucho más de lo que conservas. ¿Cómo puede ser? ¿Qué piensas hacer?
Muy fácil. Dejarás también el dinero que tengas en efectivo. No todo, por supuesto. El cabrón de Nico vendió una parte antes de seguir con su camino. Eso explica que haya billetes.
También les has dicho que había hablado con alguien más. Que tramaba algo. Eso lo saben. No pudo hacerlo él solo. Ellos ya sospechaban de otras personas.
Sí. El de la chupa de cuero. Él fue. El muerto que no puede hablar. Lo planearon juntos. Tú no lo sabes todo, claro. Es imposible. Pero fueron ellos.
Tranquilo. Cuando recuperen casi todo les dará igual quién hubiese detrás. No preguntarán más. Bastante habrás hecho por ellos. Agradecidos tendrían que estarte.
Sí, tienes razón. Gracias, Keynes.
Lino vuelve a quedarse dormido. Esta vez barruntando lo que le explicará al tipo siniestro de la gabardina. Mejor dicho, lo que le contará. Los cuentos se cuentan, no se explican. Eso decía la abuela.
Repite mentalmente una y otra vez lo que le dirá y las hipotéticas preguntas que responderá.
Sobre las ocho de la mañana le vuelve a despertar una llamada del nuevo número de Faisal.
—¿Te ha gustado cómo ha quedado el piso, amigo?
—Mucho. Todo muy bien.
Faisal ríe orgulloso.
—Te llamo porque… ¿no teníamos que ir a aquello? —le pregunta su antiguo compañero de piso.
—Sí —responde él—. Pero, Faisal, te aviso de que esto será lo último que hagamos. Han surgido algunos problemas y voy a tener que dejarlo.
Al otro lado de la línea su socio permanece en silencio algunos segundos.
—Pero ¿y el taxi?
—Por eso no te preocupes. Haremos que funcione legalmente.
Discuten.
A Faisal no le ha gustado eso de «legalizarse». Lo ha aceptado, pero no le ha hecho nada de gracia la idea. Su amigo ha sido legal mucho tiempo y sabe que eso no da dinero. Y si hay algo que lo da, es porque no es tan legal. ¿Verdad, Lino?
¿Verdad que tú también lo piensas?
Sobre las nueve su futuro exsocio le pasa a recoger por delante de su nuevo piso con la furgoneta alquilada. La misma que la última vez.
Antes de bajar le ha dejado una nota a Nirvana, que debe de estar durmiendo el estrés de los últimos días. Pobre. Le ha escrito que regresaría por la tarde. Que tenía que hacer unas gestiones en la oficina del padrón municipal.
Mentir es un estilo de vida. Su nuevo estilo de vida.
Se acomoda en el asiento del acompañante y revisa las instrucciones que le ha mandado la Peleona. Son extrañas. Se ha vuelto exigente y cuidadosa. Quizá desconfiada.
Se dirigen a unos cincuenta kilómetros al norte de Barcelona. A un municipio costero del Maresme llamado Sant Roc de Mar.
Al llegar se encuentran con un montón de callejuelas vacías atravesadas por las vías del tren.
No queda nada del turismo que cinco décadas atrás hizo rebosar la ciudad de holandeses y alemanes.
Ni rastro de los bañistas que le dan vida en verano.
Nada. Un municipio costero más. De esos que en invierno se toman un somnífero y se tumban a la orilla del mar a esperar a que llegue el verano para enchufarle el desfibrilador.
—Aquí —dice Lino cuando llegan a la estación de tren—. Tenemos que esperar en el aparcamiento con las ventanillas bajadas.
Al cabo de pocos minutos aparece entre los vehículos la figura de un hombre oculto bajo un plumón negro y una braga que solo deja entrever sus ojos.
Seguro que es uno de los tipos del tiroteo en el delta. Al recordarlo siente un escalofrío en la nuca.
El hombre se acerca a su ventanilla y se inclina hacia él.
—¿Tienes cambio para un billete de dos millones? —susurra.
Faisal le mira raro.
Él se limita a responder lo que le han indicado.
—Solo en monedas de un gramo.
El tipo del plumón negro se da la vuelta y se aleja hasta meterse en un todoterreno azul.
Ahora solo tienen que seguirle para hacer el intercambio.
—Arranca —ordena.
Faisal obedece. Se alejan de la costa. La carretera zigzagueante trepa por una montaña y, poco a poco, empiezan a adentrarse en un bosque.
Los árboles ensombrecen el camino y la humedad empaña los cristales.
Delante el todoterreno continúa su camino hasta desviarse a la izquierda por un camino de arena.
Su corazón se acelera. Nunca se acostumbrará a esas situaciones en las que su vida queda a merced de otros.
Bueno, en realidad, eso pasa cada vez que coges un avión, Lino. Y un autobús, y un taxi, y también cada vez que cruzas por un paso de peatones y cuando vas al médico a que revise tus tumores…
Sabes que no me refiero a eso.
En mitad del bosque se abre un pequeño claro, igualmente oculto entre la densa arboleda. Frente a ellos se alza un muro circular cubierto por enredaderas y un arco por el cual atraviesa el todoterreno.
—¿Qué es esto? —pregunta Faisal.
Lino observa las arcadas y el muro circular que parece penetrar entre la maleza.
—Parece una plaza de…
La furgoneta cruza el arco detrás del todoterreno. Después de un segundo de oscuridad el sol del mediodía ilumina una plaza circular, cubierta de malas hierbas y rodeada por gradas medio derruidas.
—Una plaza de toros abandonada —dice Lino.
Y ellos se han metido en el ruedo.
El juez rechaza la orden de registro del trastero de Lino. Vuelvan ustedes cuando tengan algo más.