Punto muerto Capítulo 45
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Capítulo 45

Sarabia irrumpe en la oficina con un portazo y su expresión habitual de perro gruñón. Pega un sonoro bufido y lanza sobre la mesa un montón de papeles grapados.

—¿Los has mirado ya? —pregunta ella retrepándose en la silla.

—Por encima —responde—. Al muy mamón le acaba de tocar la lotería.

Lidia se ríe exageradamente y palmea la mesa .

—¡Qué casualidad!

—Sí —responde Juanjo—. Bueno, al menos era poco dinero.

Lidia chequea la cantidad informada por la brigada de delitos económicos del banco.

—¿Poco? —pregunta sorprendida—. A mí no me parece tan poco. Debes de ir muy sobrado, viejo.

—Me refiero a poco si es lo que pensamos…

—Vamos, Juanjo, no jodas. Ya sabes que tienen que ser discretos. Es de primero de blanqueo. No le van a tocar millones de euros de golpe —dice dándose golpecitos con el dedo en la cabeza—. Delincuentes pero no tontos.

—¡Que ya lo sé! —protesta Sarabia—. Pero quiero decir que… —Duda un poco—. Que podría ser también casualidad.

Lidia hojea el montón de papeles.

—Muchas casualidades más hechos probados, igual a indicios claros.

Su compañero no responde.

Empieza a pasar hojas. Odia esa parte de su trabajo. Tan tedioso como un verano en el pueblo sin ver el Grand Prix , pero, por su experiencia, es uno de los esfuerzos más provechosos de su curro. Los movimientos bancarios revelan mucho de nosotros. Y, afortunadamente, los de Lino no son demasiados.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?

Sarabia pone los ojos en blanco. Justo se está colocando bien la chaqueta mientras sostiene un cigarrillo entre los labios.

—¿Qué pasa ahora?

—Mira —dice Lidia señalando una de las líneas del extracto bancario—. Parece que nuestro amigo ha empezado a pagar un Trastify hace poco.

Juanjo entrecierra los ojos y revisa el documento.

—¿Un trastero?

—Sí. ¿Qué querrá guardar allí?

Sarabia se quita el cigarro de la boca y le da unos golpecitos contra la mesa.

—A ver, ha dicho que está de mudanza. —Hace una pausa—. Que yo estoy contigo, jefa. Que aquí pasa algo pero, la verdad… a mí ese tío…

Lidia se gira hacia él.

—¿Ese tío qué?

—Pues que a mí me parece un pardillo. Un pan sin sal, ¿sabes? No le veo yo como traficante de drogas o de armas.

Otra cosa no, pero Juanjo suele tener instinto callejero.

—No tiene pinta. no… pero, tío, mira lo que tenemos. Su ADN en la furgoneta, llamadas poco antes de… Y encima nos reconoce que estuvo allí el mismo día y averiguamos que, poco después, le toca la lotería y empieza a pagar un trastero. Es que, Juanjo, no me jodas, venga…

Sarabia asiente con la cabeza. Parece pensativo. Se vuelve a quitar la chaqueta. Desiste de la idea de salir a echar un pitillo y se sienta en una silla frente a ella.

—Jefa —dice—, ahora voy a decirte lo que pensaría el juez. El ADN y las llamadas entre hermanos son normales y…

Lidia levanta el dedo.

—Un inciso.

—¿Qué?

—Que son normales si los hermanos se llevan bien, pero él dijo que estaban cabreados.

—Pero no sabemos desde cuándo, Lidia. Que hayan tenido un pique no impide que hubiese ido con su hermano en la furgoneta antes de enfadarse o que se llamasen por teléfono.

Ella asiente.

—Juanjo.

—¿Qué? —dice elevando el tono.

—Que no había ni una puta llamada antes de esos días. Ni una.

Sarabia se rasca la coronilla.

—Eso es raro, sí.

—Muy raro —matiza.

—Podría tener otro número antes… podemos investigarlo. Pero lo de la lotería es un hecho aislado y fortuito, y lo del trastero…

—Del trastero quiero una orden de registro —interrumpe ella—. Y punto.

Su compañero la mira forzando un ceño fruncido.

—No nos la van a dar. Lo sabes.

—¿Por qué? —protesta ella.

—Pues porque no tenemos nada sólido contra ese panoli y además…

El cabo Solé, del grupo de delitos informáticos, llama a la puerta y entra sin esperar respuesta.

Lidia le hace una señal con la mano para que espere y se vuelve a dirigir a su compañero.

—¿Además, qué?

Sarabia se levanta de la silla.

—Que en cuanto el juez se entere de que justo el tío está de mudanza va a denegar esa orden.

Cierto. Esa mudanza jode un poco. Bastante.

—¿Todavía no tenemos las imágenes de la estación de autobuses? —pregunta ella.

—No.

—Bueno. Me arriesgaré de todas formas.

Su compañero se encoge de hombros.

—Haz lo que quieras.

Ella mira al cabo Solé y le hace una señal con la barbilla para que hable.

—Ya tenemos los datos del GPS —dice el informático—. ¿Os pasáis vosotros u os dejo el informe?

Lidia salta de la silla.

—Vamos, vamos.

El cabo vuelve a desaparecer por el pasillo. Sarabia le mira y sonríe.

—¿Todos los catalanes tienen que llevar gafas de pasta?

—Bueno… —responde ella en voz baja—, este tiene excusa. Es informático.

Los dos salen de la oficina y siguen al compañero.

—Pero Buenafuente, Berto… hasta el Eugenio ese llevaba…

—Pero son humoristas, no jodas.

Bajan al sótano, donde se encuentran los compañeros del departamento contra el cibercrimen.

—Da igual. Yo sé lo que me digo. Los catalanes son unos gafapastas —sentencia.

—¡Venga! Ya llevabas días sin soltar alguna de esas.

De pronto el cabo Solé se gira hacia ellos.

—Perdonad el desorden pero estamos metidos en una operación importante y… bueno, estamos todos aquí metidos. No tengo mucho tiempo pero… —El informático les invita a entrar con la mano—. Pasad.

El interior de la sala está lleno de técnicos embobados mirando sus pantallas. Es como un festival de gamers pero con chalecos de la UCO. El olor es el mismo: pizza, empanada y sobaco.

El cabo Solé se gira hacia ella e insiste:

—Quizá la calefacción está un poco alta y aquí abajo no hay mucha ventilación —se disculpa.

—Sí que está frecuentado esto, sí.

—Ya os digo. Una trama de pornografía infantil.

Ella asiente.

—Venga. Vamos al tajo entonces.

El cabo Solé se sienta frente a una pantalla con un mapa.

—Está todo en el informe que os hemos preparado, pero he pensado que quizá queríais hacer consultas concretas.

En resumen —dice poniendo el dedo sobre la pantalla—: la señal GPS empieza aquí, en Galicia.

Cerca de un pueblo llamado Bóveda, entre Monforte de Lemos y Sarria.

A partir de ahí la señal va siempre por…

—Hace una pausa para mirarles—. Básicamente, por caminos de cabras.

Carreteras terciarias. Tardan la vida en llegar a León y, una vez allí, no sé por qué, atraviesan la ciudad y cogen la nacional.

—Porque en León tenían la tapadera. Si les paraban podían decir que salían de allí —informa ella tratando de recordar—. De Comercial Santa Rita.

—Habrá que ver lo que hay en ese pueblo donde empieza la señal —dice Juanjo mirándola a ella.

El cabo Solé se quita las gafas y las limpia con su sudadera.

—Yo de vosotros no perdería el tiempo con eso. La ruta no empezó allí. No os lo pondrían tan fácil. Quien haya detrás de esto es un profesional de verdad.

—¿Por qué estás tan seguro? —pregunta Lidia.

—Porque quien controlase esta cuenta usaba un terminal con SIM extranjera. Sabía lo que hacía.

Sarabia y ella se miran sin entender de lo que habla ese techie .

—Explícate, cabo —ordena Lidia—. Sabemos lo que significa eso, pero ¿qué tiene que ver con el GPS?

El informático se vuelve a poner las gafas.

—Sí, a ver. Lo que nos ha entregado la compañía es el acceso a la cuenta de seguimiento del GPS.

Por eso hemos podido entrar en la ruta que os he enseñado —dice señalando la pantalla—.

Pero también solicitamos el informe de las IP desde las que se consultaba esa cuenta.

Para poder localizar así a quién había tras ella.

—Ajá —dice ella—. Muy bien hecho. Te sigo.

—Solo había una —prosigue el cabo Solé—. Y gracias a esa IP teníamos el número asociado. Así que solamente había que solicitar a la compañía telefónica el nombre de la persona que lo tenía registrado.

—¿Había? —pregunta Sarabia.

—Sí —responde el informático—. Porque, como os decía, esas conexiones se hicieron desde una tarjeta SIM de prepago y extranjera. Totalmente anónima.

—¡Joder! —exclama Juanjo—. Siempre igual.

El cabo Solé asiente.

—Sí. Por eso os digo que detrás de esa cuenta hay profesionales de verdad. La ruta empezaría antes de que se activase el GPS. No vale la pena perder el tiempo visitando el punto de inicio. Quedaos con que estaría en la costa gallega.

Lidia asiente.

—Tiene sentido —dice ella señalando la pantalla del informático—. Entonces ¿no podemos conseguir nada más de ese número?

El cabo Solé sonríe.

—Sí. Hemos solicitado algo un poco complejo, pero que quizá os sirva.

—¿El qué? —pregunta Lidia impaciente.

—Está redactado en el informe pero os lo resumo. Hemos conseguido una orden judicial para que la compañía telefónica nos indique los repetidores a los que se ha enganchado esa SIM durante el último mes.

Está anocheciendo y el tren en el que viaja Lino está llegando a Barcelona. Con Nirvana el trayecto dura menos.