Capítulo 44
Cinco días
El sol de la mañana atraviesa la ventana formando una nube de polvo en su camino hasta el sofá. Fuera, el bucólico paisaje de l a sierra madrileña le deslumbra.
Mira a su derecha.
Nirvana todavía duerme. Están los dos tumbados sobre la alfombra del piso de abajo. Puede sentir el calor que desprende su cuerpo.
Ha sido todo un detalle por parte de sus secuestradores que les hayan devuelto a casa. Podrían haberlos dejado congelándose en cualquier descampado.
No. Eso no les interesa. Te necesitan, ¿recuerdas?
Lino empieza a recuperar una memoria borrosa y difusa.
Sí. Se ha comprometido a ayudarles. Les ha asegurado que recuperará lo que quieren. Eres un auténtico idiota, Lino. ¿Por qué carallo lo has hecho? Podrías… no sé… haberte estado callado.
Pero ¿y ella?
La hubieses ayudado a conseguir el dinero para pagarles. Y ya está.
Pero hubiese sospechado, Lino. Ella lo sabría. No es tonta. ¿De dónde vas a sacar tanta pasta de golpe? ¿De tus clases? ¿Del taxi?
Por eso lo has hecho, ¿no? De eso se trata.
Nirvana ronca fuerte a su lado. Como si tratase de conseguir todo el oxígeno que le ha faltado. Sus párpados se estremecen como si estuviesen a punto de abrirse. Si por él fuese, se quedaría horas allí tumbado. Mirándola. Puede que días. O semanas también.
Nunca pensó que acabaría así. Tumbado junto a ella. Y por razones tan equivocadas.
Nirvana se humedece los labios. Parece que ya despierta. Lino cierra los ojos. Se hace el dormido. ¿Por qué te comportas así?
—¿Lino?
No. No quiero despertar. Quiero que sigamos aquí. Durmiendo.
—¿Lino? Despierta —susurra ella.
Siente cómo su mano le acaricia la suya y entonces se rinde. Y abre los ojos.
—No me acordaba del frío que hace aquí abajo por las mañanas —dice ella.
Él no responde. Nirvana se apoya sobre el codo y se inclina hacia él.
—Tienes la cara ensangrentada, Lino. Lo siento mucho, de verdad. Nunca debí meterte en esto. Perdóname, por…
—Shhh —dice él sin apenas moverse—. No me metiste tú. Es Nico quien nos metió a los dos, ¿recuerdas?
Nirvana parpadea pensativa y, finalmente, asiente.
—Sí.
Él se incorpora sobre su antebrazo y ella se pone de pie. Está descalza y lleva puesto el mismo camisón que le vio anoche. Se ha debido de congelar en aquella nave.
Hijos de puta.
—Ve a lavarte y te curo las heridas, ¿vale?
Lino asiente y la sigue con la mirada mientras ella desaparece en la cocina. Escucha el sonido del grifo, los golpes en la cazoleta del café… Entonces se levanta.
Al subir las escaleras siente cómo cada articulación protesta. Seguramente sea por lo que les han inyectado. Pero lo de la espalda no. Eso es por las patadas y golpes que le ha dado el de la mirada carcelaria.
Recupera su teléfono móvil de debajo del colchón y da gracias a Dios (aunque no es creyente) por haberlo dejado allí.
De no hacerlo ahora mismo estaría muerto. No se había preocupado de borrar los mensajes. Eres un amateur, Lino. Nota mental: bórralos.
Al ver su reflejo en el espejo del baño siente vértigo. Como si se asomase a un precipicio. Como si calibrase lo dura que va a ser la caída.
Como si todas aquellas heridas, cortes y hematomas simbolizasen algo más que un cambio estético.
Quizá aquel es el rostro de Keynes y no el suyo. Quizá no sea él quien ha estado sangrando en aquella nevera.
No puede evitar sentirse orgulloso de aquella expresión dura y deformada que ve reflejada. Las gafas han pasado a un segundo plano. Sonríe por estar vivo.
Le da pena, pero se lava la cara. La sangre desaparece por el desagüe. El labio partido, los cortes y los golpes permanecen.
¿Qué vas a hacer ahora, Keynes?
Cinco días. Ni uno más.
No te engañes. Siempre has tenido claro lo que hacer si esto pasaba.
Sí. Siempre.
Quien debe cargar con todo esto es Nico. Ni él ni Nirvana. Su hermano será quien habló con Chupa de Cuero. Da igual quién fuese con él en aquella furgoneta. Ellos serán quienes organizaron un robo que salió mal.
Muy mal.
Hay que cargarlo todo sobre los hombros de las dos personas que no pueden defenderse.
A Nico no le importaría. Lo entendería. Le gustaría que él y Nirvana se salvasen, ¿no? Son su hermano y su esposa. ¿A quién iba a querer más en este mundo?
Por supuesto que lo entendería. Al fin y al cabo él ya está en coma. No tiene nada que perder.
Ya no hay elección. Hay que devolver a la Guadaña todo lo que es suyo. Todo lo que esconde en el trastero. El dinero, la coca… Todo.
El juego ha terminado.
Lo que ya ha sacado se lo queda, eso sí. Después de todo… ¡no va a abandonar el juego con las manos vacías! Pero…
Adiós a sus sueños. Adiós a lo que pudo ser. Adeus .
Ya nunca podrá…
¡Mierda! Lo había olvidado. Debe hacer una última entrega a la Peleona.
—¿Cómo estás? —pregunta Nirvana cuando sale del baño.
Lino coge la taza de café que le ofrece.
—He estado mejor.
—¿Qué crees que va a pasar ahora? Estoy asustada.
Lino bebe. Piensa. Y tarda unos segundos en responder:
—Nada. No va a pasar nada. Parece que lo han arreglado.
Nirvana frunce el ceño.
—¿Quién lo ha arreglado?
—No lo sé. Supongo que no éramos tan importantes.
Ella le atraviesa con la mirada. No parpadea.
—¿Qué les dijiste, Lino?
—¿Yo? —pregunta señalándose con el dedo—. Nada. ¿Qué les voy a decir?
—¿Entonces?
Lino se encoge de hombros.
—Ni idea. Entró esa mujer mayor, hablaron todos, los matones esos salieron y ella me dijo que ya estaba. Que creían haberlo resuelto. No me dijeron nada más. Simplemente nos soltaron.
—Es muy raro.
Lino da un sorbo largo a su café.
—Mucho.
—¿Seguro que no les dijiste nada?
Lino aletea un brazo enérgicamente.
—¿Qué les voy a decir? Si no tengo ni idea de nada.
—Ya —responde ella—. Y eso es lo más raro. Que te preguntasen a ti y no a mí.
—Bueno. A ti ya te habían interrogado antes.
—Si… pero no tan persuasivamente —dice Nirvana señalando las heridas de su cara.
—Yo qué sé. Bastante contento estoy de seguir vivo como para pensar en eso… —dice forzando una sonrisa—. Recibirían alguna noticia de fuera… ¿Tú entendías a Nico?
Ella niega con la cabeza.
—Pues imagínate… No intentes entender a esos…
Nirvana se tumba en el sofá y se tapa las piernas con una manta.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Nada —zanja—. Pero creo que estarás mejor conmigo en Barcelona. Tengo sitio.
Ella asiente.
Así de fácil. Sin oposición. Sin excusas.
—Ven, que te curo.
César y su hijo desayunan churros con leche. Toca esperar. No se fían del payaso pero la vieja sí.