Punto muerto Capítulo 43
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Capítulo 43

Cuando al fin abre los ojos lo ve todo blanco y borroso. No lleva las gafas puestas. Otro golpe en la espalda le deja sin respiración.

—¡Despierta!

Una voz grave retumba en sus oídos mientras trata de entender lo que está pasando.

El joven de mirada carcelaria le da un puñetazo que le baja la cabeza. Las piernas se le empapan con la sangre que le resbala por la cara. Está desnudo y congelado.

—Para, por favor —suplica tiritando.

El chico de la bómber jadea expulsando el vaho de sus pulmones.

—Vaya, ya estás aquí —dice con una carcajada mo cosa.

El zumbido de un compresor se le mete en la cabeza.

—¿Dónde estoy?

—En el cubito —dice una voz detrás del chico de la mirada carcelaria.

Ahora le ve.

Es el tipo de la gabardina, que les observa desde atrás, apoyado en la puerta de lo que parece una cámara frigorífica.

—¿Y ella? —pregunta Lino.

—Todavía está bien —responde el de la gabardina—. De momento te toca a ti.

Lino siente el sabor metálico de la sangre en la boca.

—¿Qué queréis? —pregunta esforzándose por no parecer débil.

La puerta de la cámara se abre y entra una mujer de unos sesenta años con el pelo blanco y un gran abrigo negro.

Su aparición cambia la actitud de los dos matones. La mujer no dice nada. Se queda detrás, expectante. El de la gabardina da un paso al frente y se sitúa junto al joven de la cabeza rapada.

—Me voy a ahorrar gilipolleces porque todos somos mayorcitos. ¿Dónde está la mercancía?

—¿Qué mercancía? —pregunta haciéndose el sorprendido.

El tipo de la gabardina le hace una señal al joven, que carga el puño y le golpea de nuevo en la cara.

Vuelve a verlo todo borroso. Por un momento lo único que oye es el zumbido del compresor.

Poco a poco recupera la visión y comienza a distinguir el rojo de la sangre sobre su cuerpo desnudo.

Vas a tener que arriesgarte, Lino.

—No sé de qué habláis —insiste.

El hombre de la gabardina aparta con un brazo al joven y se pone delante de él.

—La carga que llevaba tu hermano era nuestra y ha desaparecido.

—¿Y nosotros qué tenemos que ver?

El de la gabardina chasquea la lengua y niega con la cabeza. Como si le estuviesen obligando a hacer algo que no quiere.

—Cuando tuvo el accidente iba con alguien más. Con alguien en quien confiaba. Y solo podéis ser tú o ella —dice señalando hacia la puerta de salida—. De momento está bien pero va a ser la siguiente. Así que si sabes algo, mejor que lo digas ya.

La mujer de cabello blanco permanece inmóvil mirándole. Sus ojos, claros, le perturban.

—No sé, no sé… —balbucea Lino dudando sobre lo que responder.

El de la mirada carcelaria, sin necesidad de aprobación, vuelve a patearle la espalda y a dejarle sin respiración.

—¿Por qué nosotros? —dice jadeando.

—No tenía a nadie más.

Piensa rápido, Lino. Piensa rápido.

—No es verdad. Nico tenía muchos amigos y…

—Eso no es lo que nos ha dicho ella.

—Ella no sabe nada. No tiene ni idea de con quién se mueve Nico ni lo que planeaba hacer.

César y la mujer del cabello blanco se miran durante unos segundos. Después el hombre vuelve a dirigirse a él:

—¿Qué insinúas?

Atrévete, Lino. Juégatela o irán a por ella.

—No sé dónde está la mercancía pero puedo averiguarlo.

Por primera vez el de la gabardina le da un puñetazo en la cara.

Ya no le duele la cara. Pero los pies empiezan a congelársele.

—No estoy para tonterías —dice el tipo—. Responde a lo que te digo.

—¿Qué?

—Ya lo sabes. ¿Insinúas que tu hermano planeaba robar la mercancía?

Lino niega con la cabeza.

—No lo sé. Su mujer no sabe nada pero yo sé que tenía tratos con alguien. Una vez le oí hablar de que iba a recibir una buena tajada pronto y… bueno, no estoy seguro pero…

—Pero ¿qué? —pregunta el de la gabardina agarrándole del cuello—. ¿Qué?

—Si me dais una semana os juro que conseguiré encontrar la mercancía o devolveros el dinero —dice con la voz temblorosa—. Pero dejadla en paz. Ella no tiene ni idea.

El tipo de la gabardina se da la vuelta y mira a la mujer buscando algún tipo de señal. Ella ni se inmuta. Mira a sus dos matones pensativa.

—Salid —ordena.

—¿Cómo? —pregunta el de la gabardina.

—Que nos dejéis solos. Fuera.

Los dos tipos obedecen. Por primera vez ve el miedo en sus rostros.

Lino entiende que la peor amenaza que hay allí no es el frío. Siente el corazón bombear en la carótida hasta casi hacerle perder la consciencia.

Esa mujer… esa mujer vestida de negro es la Guadaña. La muerte en persona.

Y la muerte se le acerca.

—¿Vas a devolverme el dinero o la mercancía?

—Sí.

—¿Por qué estás tan seguro? —pregunta la mujer entornando los ojos—. ¿Lo tienes tú?

Lino traga sangre.

—No… —susurra—. Pero sé que mi hermano tramaba algo con alguien.

La mujer ladea la cabeza y le mira como un cuervo al acecho.

—¿Con quién?

—No lo sé. Pero le aseguro que Nico confiaba en alguien más aparte de en nosotros. Oí una conversación. Pero necesito tiempo.

—¿Para qué?

—Para descubrir con quién iba. Puedo introducirme en su entorno. Ella no sabe nada —repite con pánico—. Pero yo… yo puedo averiguarlo. Solo pido una semana.

La mujer se acerca todavía más y se inclina frente a él. Huele a romero seco.

O a flores muertas.

Le coge de la barbilla con una mano y le levanta la cara. Sus dedos están fríos.

—¿Y por qué quieres ayudarnos?

—Porque sé que si no lo recuperáis le haréis daño.

La mujer asiente mirándole sin parpadear.

—Y a ti también, Lino Domiño. No te engañes. A ti también.

Lino asiente.

—Lo sé.

La mujer le suelta la mandíbula y vuelve a incorporarse.

—Cinco días.

Lino asiente.

—Escúchame —dice ella alisándose el abrigo negro—. En cinco días irás a ver al tipo de la gabardina. A las tres de la tarde frente al monumento de la abuela roquera, en Vallecas. Si no te presentas os encontraremos a los dos. No importa dónde estéis.

—Sí, señora.

La mujer se da la vuelta y se dirige a la puerta.

Lino siente un hormigueo en los pies helados.

Ha sido una mala idea. Lo sabe al instante. No debería haberse inventado esa historia. No debería haber dicho que sabía algo más. Sus palabras le han condenado. Ahora no hay vuelta atrás. Él mismo se acaba de poner una fecha de caducidad de cinco días.

Todo por ayudarla. Todo por culpa de Nirvana.

No, Lino. Es culpa tuya.

Antes de abrir la puerta la mujer se gira hacia él.

—Por cierto. Si por lo que fuese crees que no puedes confiar en mis hombres, me encontrarás delante de la catedral de la Almudena. Desde las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde.

La mujer abre la puerta de la cámara.

—Soltad a este y devolvedlos a su sitio.

El joven de la bómber le corta las bridas que le mantenían pegado a la silla, y le tira la ropa y las gafas como quien tira unas monedas a un mendigo.

Al salir se encuentra dentro de un almacén. Una furgoneta negra con los cristales tintados le espera con Nirvana sentada en su interior.

Lino respira aliviado al verla a salvo. Ella le mira con el rostro descompuesto. Como si le pidiese perdón.

No me pidas perdón. Fui yo.

—Ahora, a dormir los dos.

En Madrid llueve. La ciudad bosteza.