Capítulo 54
Un día
Ha llegado el día acordado a la hora señalada y todo ha salido mal. Muy mal.
«El monumento de la abuela roquera, en Vallecas».
Eso fue lo que le dijo la vieja Guadaña.
Y ha tenido que buscarlo por internet. Pero allí está, en medio del bulevar Peña Gorbea.
Con el culo apoyado en una farola frente a la escultura y esperando a que aparezca el hombre de la gabardina raída para darle la extremaunción.
Saca el móvil para leer el mensaje de l a Peleona.
Qué problema tienes?
Lino responde al instante:
Puedo llamarte?
Mira la hora. Faltan diez minutos para las tres. Ha sido un milagro que llegara a tiempo. Carallo. Todavía está sudado y el termómetro de la farmacia marca apenas cuatro grados.
En realidad el milagro tiene un secreto. Un pequeño detalle. Un tecnicismo. Ha esnifado un poco de coca. De esa que guarda en la botella de muestra. Lo hizo cuando lo del pinchazo. Mientras miraba vídeos sobre cómo cambiar una rueda y los ojos se le cerraban.
No lo ha hecho por gusto, sino por estrategia.
Un recurso táctico para un fin concreto.
Si no lo hacía no podía seguir conduciendo sin quedarse dormido.
Así que era eso o acabar desparramado por la carretera entre acero, Coca-Cola y cocaína.
O llegar tarde a la cita y ser cadaverizado por esos mafiosos.
¿Veinticuatro horas sin pegar ojo? ¿O quizá son cuarenta y ocho? Ya no lo recuerda. Pero se siente bien.
Todo es un largo día de un invierno eterno.
Desde que toreó en aquella plaza todo parece el mismo día. Pero sí. Está bien. Pese a su mala suerte siente un injustificado entusiasmo. No tiene claro cómo van a salir las cosas pero sí que tiene muy claro lo que debe hacer.
Y ya queda poco. Muy poco.
El hombre de la gabardina se acerca a la estatua.
Lino se incorpora y camina hacia allí. Tiene la boca seca y pastosa. Se pasa la lengua rasposa por los labios tratando en vano de humedecerlos.
Le ha visto. El tipo se acerca a él y levanta la cabeza.
—¿Dónde está?
Lino carraspea un poco. Se aclara la voz.
—En una gasolinera entre León y Valladolid.
El de la gabardina entrecierra los ojos. Pero guarda silencio.
—Aquí tienes el punto exacto —dice entregándole el papelito donde ha anotado la ubicación.
El tipo lo coge sin apartar la mirada de cuchilla de sus ojos. Como si le retara. Como si buscase algo.
—¿Qué hace allí? —pregunta al fin.
Venga, Lino. Para eso has estado entrenándote durante todo el viaje. Repítelo. Vamos.
—Mi hermano y su socio tenían un trato con la dependienta de una gasolinera, pero creo que al final le traicionaron.
El tipo de la gabardina ladea la cabeza. Como si así fuese a averiguar algo más.
—¿Cómo sabes eso?
Lino no duda. Keynes lo tiene todo listo.
—Escuché a Nico hablar con alguien sobre una estación de servicio. Y de una joven. Y de un pago… —Hace una pausa—. Pero lo tuve claro cuando la policía me habló de unas marcas de carretilla entre el lugar del accidente y la trastienda de la gasolinera.
En Vallecas sopla el viento que antecede a la lluvia. Una señora da dos monedas a un mendigo. El de la gabardina alarga su silencio esperando a que hable más de la cuenta.
—No es eso lo que me han dicho.
Lino siente una fuerte presión en el pecho.
—¿Y qué te han dicho?
El de la gabardina lanza una sonrisa siniestra. Controla los tempos.
—Había una grúa. Un pinchazo.
Lino duda. Sabe más de lo que pensaba. Contiene la respiración. ¡Vamos! Sigue. No pares ahora.
—Yo de eso no sé nada.
El tipo no parece convencido. Su pellejo también está en juego. La vieja tampoco se fía de él.
Se le acerca. Tanto que puede sentir el calor de su aliento rancio en la oreja.
—¿Crees que los hermanos se reconocen por el olor? —susurra—. Como los perros.
Lino da un paso atrás. Desubicado, sí, trata de controlar la respiración.
—No lo sé. ¿Por qué?
El tipo levanta las cejas. Tras ellos un tipo fotografía el monumento.
—Curiosidad. A mí no me ha reconocido.
Bum, bum, bum.
—¿Le has visto?
—Me da a mí que cuando cante va a caer más de uno.
—Seguro.
—Me refiero a ti, subnormal.
—¿Yo? ¿Por qué?
Otra vez ese viento.
—Llevo mucho en esto. Sé cuándo alguien miente.
—¿Ha hablado?
—¿Tú qué crees?
Que no, por supuesto. Si no, ya estaría muerto.
—No lo sé. Supongo que si estás aquí es que no te dijo nada de valor.
—Ni con valor ni sin valor. —Aletea los brazos y los deja caer contra sus caderas—. En fin. Quería ver si al olerme se cagaba y confesaba.
—¿Y?
—Nada. Has tenido suerte.
—¡Qué manía!
El tipo de la gabardina baja la mirada hacia el papelito. No dice nada. Lo guarda en el bolsillo y da unos pasos hacia él, como si estuviera a punto de largarse. Pero entonces se detiene y le da un golpecito con el dedo en el pecho.
—Más te vale que encuentre algo en esa gasolinera. Porque si no… —chasquea la lengua—, sabré cómo encontrarte.
Y pasa de largo. Desaparece al otro lado del bulevar.
Los peones van de camino.
Ese viento vuelve a cortarle la cara. Las primeras gotas empiezan a caer. Lino respira aliviado y camina una calle hasta Martínez de la Riva. El coche permanece aparcado frente al mercado. Al acercarse, Faisal baja la ventanilla.
—¿Tienes la foto?
Su amigo le muestra una imagen de la abuela roquera donde aparece la cara del tipo de la gabardina.
—Bien. Ya puedes salir hacia allí. No tardarán en ir.
Faisal asiente.
—Avísame cuando lleguen y… avísame de todo.
—Sí. ¿Te acerco a la furgoneta?
—No. Prefiero caminar.
Faisal arranca el taxi disfrazado y se larga.
Lino saca el móvil. Tiene un nuevo mensaje de la Peleona.
Sí, llámame
Él obedece. La Peleona responde de inmediato.
—Dime, ¿qué pasa?
—Si quieres que haya más tendrás que ayudarme.
La Peleona suspira.
—No estás tú como para poner condiciones. ¿Me entiendes?
—Si no me ayudas podrás hacerme lo que te dé la gana, pero vas a seguir sin tener lo que quieres.
La Peleona permanece en silencio unos segundos.
—Dime.
—Hay unos tipos que me están molestando a mí y a mis socios. Necesito…
—¿Qué necesitas? —interrumpe ella.
—Que no existan.
—¿Y por qué no se encargan los tuyos?
—No tienen tanta experiencia.
La Peleona respira fuerte.
—¿Dónde están?
—Ahora mismo van de camino a la gasolinera donde trabaja tu amiga la Ginebras.
—¿A la Ginebras? ¿Por qué?
—Es mi socia. Quieren robarle. Ya te he dicho que me están jodiendo a mí y a mis socios.
—¿Dónde está?
—Entre León y Valladolid.
—Los míos van a tardar en llegar.
—Tengo a alguien siguiéndolos de cerca. Te puedo enviar la ubicación cuando se presenten allí. ¿Dónde están ahora?
—Eso no te lo voy a decir, ¿me entiendes? —La Peleona hace una pausa—. En tres o cuatro horas pueden estar por Madrid.
—Está bien.
—Entonces me pasas foto de los fulanos y su ubicación exacta. ¿Me entiendes?
Lino afirma y la Peleona cuelga.
Bum, bum.
Un padre y un hijo atraviesan la meseta en una moto rumbo a Valladolid.