Punto muerto Capítulo 41
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Capítulo 41

Punto de encuentro

Después del puente de principios de diciembre la actitud de los alumnos empeoraba a la espera de las vacaciones de Navidad.

Aquel era uno de esos días. En apariencia normal. Uno de los tantos infiernos de veinticuatro horas a los que Lino ya se había acostumbrado. Pero ese, en concreto, fue especial.

Al salir del colegio alguien le esperaba. Un tipo grande y fuerte, embutido dentro de una chupa de cuero, aguardaba en la salida junto al resto de padres, madres y abuelos.

—Lino Domiño, ¿verdad?

Él miró a su alrededor.

—¿Yo? —preguntó desacostumbrado a todo lo que se saliese de lo habitual—. Sí, soy yo.

—¿Podemos hablar un momento?

—Emmm —dudó—. Sí, claro.

Hablar con un desconocido le incomodaba. Pero no siempre había sido así.

—Vayamos a un lugar más apartado.

Le siguió por curiosidad y porque… total, ¿qué podía ir peor? Fue tras él como si el tipo de la chupa le hubiese prometido un caramelo al llegar allá donde fuesen.

«No te vayas nunca con desconocidos», decía la abuela. Pero eso era cuando era pequeño. Cuando todo iba bien. Cuando las cosas solo podían ir a peor.

Ahora todo era distinto.

Nada de lo que pudiese hacerle ese tipo empeoraría su vida. Cualquier cosa la mejoraría. Incluso lo peor.

Atravesaron la larga hilera de coches aparcados en doble fila frente a la escuela y entraron en un pequeño parque. Las luces de las farolas se encendieron. 17.37 y ya había empezado a anochecer.

Algunos niños corrían detrás del balón mientras los padres, abrigados y con las manos en los bolsillos, permanecían inmóviles.

—Eres el hermano de Nicolás Domiño, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—Soy socio suyo. —Chupa de Cuero se encendió un cigarrillo—. Supongo que ya sabes a lo que se dedica, ¿no?

En realidad no del todo, o no exactamente pero…

—Me lo puedo imaginar…

El tipo hizo un gesto con la cabeza al mismo tiempo que sacaba el humo por la nariz.

—Bien. Me he enterado de que no os lleváis nada bien. ¿Es así?

Lino asintió.

—Hace años que no nos hablamos. ¿Por qué? ¿Le ha pasado algo?

Chupa de Cuero negó con la cabeza.

—No, no es nada de eso —dijo mirando a su alrededor—. Mira, voy a ir al grano. Te propongo un trabajillo en el que a cambio de pinchar una rueda te llevarás veinte mil euros.

El corazón empezó a bombearle en la garganta. Por un momento no le salieron las palabras.

El de la chupa dio otra calada.

—¿Qué me dices?

—Que… que debe de ser la rueda más difícil de pinchar del mundo.

El tipo dibujó una sonrisa tan rápido como la borró.

—Ja, ja. No estoy de broma.

—¿Por qué yo?

—Porque es la rueda de la furgoneta donde viajará tu hermano. Necesito que alguien de su confianza vaya con él.

A Lino se le acumularon tantas preguntas que no hizo ninguna.

—No voy a hacerlo.

Chupa de Cuero le ofreció un cigarro. Él lo rechazó con la mano temblorosa.

—Estás confuso —dijo el tipo—. Lo sé. Me explicaré mejor.

Miró otra vez hacia los lados para asegurarse de que no había nadie cerca.

—Tu hermano va a transportar una mercancía desde la costa gallega hasta Madrid.

El camino hasta León lo recorrerá por carreteras comarcales.

Se hace larguísimo pero es la forma de evitar cámaras y controles.

En León la furgoneta se dejará ver y ya podrá ir por carreteras nacionales.

Nico parará a repostar en una gasolinera de la N-601 entre León y Valladolid.

Allí tú tendrás que desinflar la rueda de recambio y pinchar la delantera derecha con esto.

Chupa de Cuero sacó un punzón y se lo mostró.

—No puede ser otro. Tiene que ser este en concreto y debes pincharlo en esta zona de aquí.

Sacó del bolsillo una fotografía con el perfil de un neumático y una franja roja dibujada sobre él.

—¿Por qué ahí? —preguntó Lino, a quien la historia empezaba a resultar interesante.

—Porque hemos estado haciendo pruebas y sabemos que si lo haces de esa forma y en ese punto exacto la rueda se quedará sin aire entre Lucerno del Alcázar y Torbilla. A medio camino estará esperando…

—No voy a hacerlo —interrumpió—. No voy a hacer nada que perjudique a mi hermano.

Chupa de Cuero tiró el cigarro al suelo y lo pisó. Asintió mordiéndose el labio inferior, se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro.

—Lino. A tu hermano no le va a pasar nada. Te lo juro.

Desde luego, aquel no era el tipo de persona de la que uno podría fiarse, pero por otra parte… eran veinte mil euros.

Frente a él, una niña parecida a Rebeca se abrazó a la pierna de su padre.

—¿Y cómo puedo estar seguro de eso?

—Te voy a ser sincero. Puedo serlo pero ¿de verdad quieres que lo sea? Si lo soy y te vas de la lengua… ya sabes.

Lino asintió.

A lo lejos los niños seguían chutando el balón contra porterías improvisadas con montones de abrigos.

—Está bien… Tengo otro socio a quien quiero quitarme de encima para poder progresar. Y para eso debo darle un susto. Haremos ver que han robado la mercancía de la que él es responsable y yo mismo la recuperaré y devolveré a su dueño. Nada más.

—¿Y Nico? Ese dueño…

—Nico solo es un chófer. A quien quiero joder es al encargado de la seguridad de todas las rutas. Nico no tiene ninguna culpa si le roban.

No acababa de verlo claro.

—Pero dudaría de mí si se pincha la rueda justo después de parar.

El tipo niega con la cabeza y sonríe.

—Nooo. Si sigues las instrucciones la rueda tardará mucho en desinflarse. Podría haber pinchado en cualquier momento del trayecto. No lo relacionará con la parada en la gasolinera. Y justo en la zona donde os quedéis tirados estarán mis hombres esperando con una grúa.

—¿Con una grúa?

—Sí. Cuando tu hermano encuentre la forma de llamar al seguro para que envíen una, ellos serán los primeros en llegar. ¿Lo pillas?

—Más o menos.

—Cambiarán la rueda y, mientras tú entretienes a tu hermano diciéndole que firme el parte o cualquier otra chorrada, ellos se largarán con la furgoneta antes de que lleguen los de la asistencia en carretera de verdad. —Sonríe—. Yo la recuperaré, me colgaré la medalla y a mi socio le apartarán.

—¿Y a mi hermano?

—Nada. No le pasará nada. Es un mindundi —dijo con una sonrisa entre amable y siniestra—. Y tú serás veinte mil euros más rico.

—¿Nadie le culparía? —insistió.

—¡Que no! —dijo el de la chupa elevando el tono—. Tu hermano no tiene responsabilidad alguna. A quien se culpará será a mi socio, que es el único que debería conocer la ruta.

—¿Y Nico no la sabe?

—Eres muy pesado —respondió encendiéndose otro cigarro—. A Nico se le da a última hora. No podría planear todo esto. Solo habrá un culpable.

—Pero lo de la grúa, el pinchazo… Con tanta precisión no va a parecer algo casual y…

—Ya lo sé. Ni debe parecerlo…

Eso ya tenía pinta de otra cosa.

—Entonces culparán a ese socio tuyo del robo y no de un fallo en la seguridad.

Chupa de Cuero borró su expresión cordial y seductora, y permaneció algunos segundos en silencio.

—Eso a ti no te importa —zanjó—. Y me estoy empezando a cansar de tanta pregunta. Creo que he sido bastante amable.

El tipo sostuvo el cigarrillo entre los labios. Sacó un sobre acolchado del bolsillo interior de la chupa y metió dentro el punzón y la fotografía.

—Toma —dijo entregándoselo—. Aquí tienes también un adelanto y el teléfono seguro a través del cual nos mantendremos en contacto. Con él me avisarás por SMS cuando la furgoneta se haya detenido en la gasolinera. Es el único número que está grabado.

—¡Pero no lo tengo claro! —protestó Lino—. Mi hermano y yo no nos hablamos. ¿Cómo voy a meterme en su furgoneta?

Chupa de Cuero entornó los ojos. Dio una calada al cigarro y sacó el humo por la nariz.

—Haz lo que creas necesario —dijo estampándole el sobre en el pecho.

Después se le acercó y le agarró con fuerza de la nuca.

—¿Qué haces? —gritó aterrorizado.

—Ahora ya no puedes decir que no.

Y le dio una colleja.

Lino sintió un escalofrío.

El tipo se dio la vuelta y se largó. Él se quedó allí plantado, cargado con mil dudas y con un sobre acolchado entre las manos.

—Pero no me has dicho ni cuándo…

—Lo sabrás —dijo Chupa de Cuero sin ni siquiera girarse.