Punto muerto Capítulo 40
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Capítulo 40

No todo el mundo guarda en su trastero cuatro sacos de arroz con un millón de euros dentro. Ni un montón de botellas de cola cargaditas de cocaína.

No es que se sienta orgulloso de ello, pero sí excitado. De hecho, anteanoche se masturbó. Al volver del delta. Hacía tiempo que no lo hacía, pero entre toda la tensión acumulada y lo del tiroteo… bueno, no lo había podido evitar. Pensó en Nirvana. Mejor dicho, en él metido dentro de Nirvana.

Al fin vuelve a tener una vida sexual activa.

Anoche lo repitió de nuevo después de la visita de aquellos dos guardias c iviles.

Otra vez con Nirvana.

Y ahí está él: tercer coche, cuarta fila, asiento con ventanilla y dirección a Madrid. Para verla a ella.

No, no. Para verle a él. Va al hospital para visitar a su hermano, claro. Porque le preocupa. Porque espera que se recupere.

Aunque si eso llegara a pasar, tendría un problema muy gordo, eso sí. Pero la sangre es la sangre. Por encima de todo.

Eso decía la abuela.

Ponte bueno, Nico. Te quiero. No importa lo cabrón que hayas sido. También has hecho cosas buenas. Muchas.

El móvil suena. Es Faisal.

Megan me ha vendido una SIM. Este es mi nuevo número

En los pasillos del hospital abunda el silencio. El suelo refleja la luz blanca y mórbida. El mero hecho de estar allí le enferma. A esto no te vas a acostumbrar nunca.

Respira hondo y entra.

Nico continúa igual. Quizá haya perdido algo de color. Se le ve más blanco y un poco más delgado. Sigue rodeado de tubos, cables y máquinas que le monitorizan.

Le odia y le quiere. Igual que a sí mismo.

El monstruo de la culpa reaparece. El Culpuru.

Ese era el nombre que mamá le había puesto cuando él era pequeño. Un monstruo que venía a visitarte solo cuando habías hecho algo muy malo. Algo por lo que sentir remordimientos.

Como cuando se quedó mirando al gato ahogarse en la piscina.

Y fingió que no le oía maullar. Que no lo veía.

Como si el mundo no se fuese a dar cuenta.

Esa noche, mamá se sentó en la cama y le habló del Culpuru. El monstruo que te devora desde dentro.

—No se ve, pero vive aquí —dijo dándole unos golpecitos en el pecho—. Y te va dejando piedrecitas. Ahora no lo notas, pero cuando seas mayor verás cómo pesan.

Ahora, mirando a Nico, sabe que esas piedrecitas se han convertido en rocas.

Y sí. Pesan.

—Ponte bueno, carallo —murmura—. Pero no mucho.

El móvil suena. Un mensaje.

Los invitados han quedado encantados con las botellas. Preguntan si podría reservarse otra remesa para la boda. Misma cantidad, mismo precio. La Peleona

¡Bien! Esto marcha. Otro millón. En nada te lo ventilas todo y a vivir sin miedo.

Me alegro. Dónde y cuándo. Keynes

Sonríe y mira a Nico.

—¿Lo ves, hermano? Keynes está en racha.

Una de las máquinas emite un leve pitido. Una enfermera entra e inyecta algo por la vía que su hermano tiene abierta en la mano.

Te mandaré instrucciones

Nirvana entra con las llaves del coche en la mano y el abrigo mal abrochado. Lleva el pelo recogido con una pinza pero viste elegante.

—Siento llegar tarde.

—No pasa nada.

Le da dos besos.

—¿Llevas mucho rato aquí?

Lino mira el móvil. Son las seis.

—Como una hora.

Ella asiente y mira a Nico.

—¿Nada nuevo, no?

Él niega con la cabeza.

—Le han reducido la sedación pero de momento…

Nirvana chasquea la lengua.

—Bueno, paciencia… se pondrá bien.

Ella permanece unos segundos observando a su hermano y después le mira.

—Verás, Lino… —Resopla—. Estoy harta de todo esto. Ya no puedo respirar aquí dentro. Me estoy volviendo loca.

—¿Quieres salir un rato?

Ella niega.

—Quiero irme a casa.

—Pu… pues vamos.

—¿Te vienes?

—Si no te importa.

—No. Mejor. No me gusta estar sola en casa.

Salen del hospital sin decir mucho más. Bajan al parking. Huele a gasolina quemada.

Nirvana pulsa el botón del mando. Los intermitentes parpadean.

Ese coche parece caro. Un Porsche Cayenne.

—Tiene pinta de nuevo —dice él.

—Lo es. Nico cambia de coches con mucha frecuencia.

Nirvana se coloca el cinturón, arranca y le mira.

—Bueno, cambiaba —corrige.

Al llegar, Nirvana debe maniobrar para meter el coche en el garaje. Una furgoneta con los cristales tintados aparcada en la otra acera le dificulta el giro.

—Es bonita —dice él.

—¿El qué?

—La casa.

Nirvana le hace un recorrido por todas las estancias; la cocina, los baños… Le muestra el jardín con la barbacoa, una pequeña piscina y, por supuesto, el garaje con los dos coches.

—Vivíamos bien —dice ella.

—Ya lo veo.

—Siéntate, voy a preparar algo de cenar —dice Nirvana mientras enciende una estufa de exterior.

Lino se acomoda en un sofá del chillout, frente a la piscina. Las luces se encienden solas. Huele a lavanda y jazmín.

El olor de la paz.

¿Y si ha privado a Nirvana de esa vida con Nico? ¿Y si la ha condenado a la tristeza? Eso jamás se lo podría perdonar.

No ha sido culpa tuya, Lino. Tan solo ha sido mala suerte.

Nirvana aparece con un polar, unas mallas ajustadas y unas zapatillas de goma forradas de borreguito. Está preciosa. No puede dejar de mirarla.

Ella es… magnética.

—Que sepas que no dejo que cualquiera me vea así —dice, poniendo la bandeja con la cena sobre la mesa baja. Luego coge la botella de vino y se la enseña—. La compró Nico. Cuatrocientos euros.

Lino silba. No valora tanto el vino como para que le importe. Prefiere el queso y el jamón.

Nirvana sirve dos copas.

—A ver si te gusta.

Lino lo prueba. Como todos. Preferiría una cerveza.

—El mejor que he probado nunca —dice, y sonríe.

Ella le devuelve la sonrisa.

—¿Recuerdas aquellos dos que me vinieron a ver al hospital?

Un latigazo le atraviesa el pecho.

—Sí. ¿Qué pasa con ellos?

Nirvana prueba el vino.

—Me hicieron otra visita.

—¿Dónde?

—Aquí. Se colaron mientras dormía.

Todos los músculos se le agarrotan. Y no es por el frío.

—¿Te hicieron algo?

Ella niega con la cabeza. Saca el cigarrillo electrónico y se lo pone entre los labios.

—Solo me amenazaron. Y se bebieron mi leche —dice rompiendo la tensión con una sonrisa—. No saben cómo recuperar lo que les han robado y pretenden sacarlo de mí.

—¿Y qué piensas hacer?

Ella se encoge de hombros, sin mirarle.

—Puedo vender todo esto y darles lo que saque, pero seguramente con eso no tengan ni para empezar. —Suspira expulsando el vaho por la boca—. Olvídalo, Lino. Tan solo necesitaba contárselo a alguien.

—Deja al menos que me quede aquí esta noche.

—¿Para qué? ¿Para protegerme de ellos? —pregunta con una sonrisa cáustica.

Él niega con la cabeza.

—No. Para que no estés sola.

Nirvana se sienta a su lado y apura el vino. Tiene los ojos llorosos.

—Venga, come algo.

No tiene hambre. Se le ha cerrado el apetito. Le cuesta tragar. Nota un nudo en el pecho.

Pero no puede dejar de mirarla.

Ella juega con el borde de la copa, pensativa.

—¿Cómo estás sin él? —pregunta Lino.

Nirvana sonríe sin decir nada. Sus labios tiemblan y unas lágrimas le humedecen las mejillas.

—Una noche volví antes de hora a casa —dice mientras se rellena la copa—.

Había quedado para cenar con una amiga. Después teníamos que ir a bailar y dormiría en su casa.

Pero resulta que en mitad de la cena su exmarido le llamó y le dijo que su hija pequeña se había caído de la litera y que se iban al hospital.

Ella fue para allí y yo volví a casa. —Hace una pausa, suelta un suspiro—.

Cuando llegué Nico estaba con otra. Los vi.

Los escuché. Fue horrible. Me marché corriendo.

Dormí en un banco el resto de la noche. —Sonríe con los ojos encharcados—.

Y lo peor es que no se lo había contado a nadie… hasta ahora. Me daba vergüenza.

Lino no se esperaba esto. Cualquier cosa menos esto. Siente rabia y ganas de llorar.

—¿Y no le dijiste nada?

Nirvana se encoge de hombros y da un sorbo.

—No. Soy demasiado orgullosa. Pero a partir de entonces sé que siguió engañándome.

—¿Con la misma?

Ella niega con la cabeza.

—No. Con cualquiera. En realidad supongo que siempre lo había hecho pero yo no había querido enterarme.

Maldito cabrón, piensa Lino. Le odia. ¿Cómo ha podido permitirse el lujo de engañar a una mujer como Nirvana?

—¿Y por qué estabas con él?

—No lo sé. Supongo que estaba enamorada.

Lino traga. El vino ya no le sabe a nada.

En Barcelona un juez de instrucción autoriza a la UCO el acceso a las cuentas bancarias de Lino Domiño.