Punto muerto Capítulo 39
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Capítulo 39

—De acuerdo, Román —dice Sarabia—. Te cuelgo, que ahora estamos liados. Gracias por todo.

Guarda el móvil en el bolsillo mientras chasquea la lengua.

—¿Qué pasa? —pregunta ella deteniéndose frente al portal.

—Pues que parece que todos los negocios del listado trabajan con Comercial Santa Rita.

Lidia aprovecha que un vecino abre la p uerta para colarse tras él. El hombre se gira dispuesto a decirle algo pero ella se le adelanta.

—Tranquilo. Guardia Civil.

El vecino baja la mirada y pulsa el botón del ascensor.

—Pero eso no es malo, ¿no? —pregunta volviéndose hacia su compañero.

—Bueno, no he acabado —dice él bajando la voz—. Todos trabajan con la distribuidora pero nadie reconoce a Domiño como repartidor.

Eso no le sorprende demasiado. Era una posibilidad que ya le rondaba la cabeza.

El vecino entra en el ascensor. Ellos aguardan en el portal vacío.

—Tapadera de manual.

—De libro.

Juanjo llama al ascensor.

—Nicolás, Nicolás… ya verás como te despiertes —resopla.

—Además —añade él—, los chicos de Román han pasado por la nave.

—¿Y qué?

—Pues que nuestro amigo León Santa Rita ha desaparecido.

—Menuda sorpresa… —dice ella entrando al ascensor—. ¿Han cursado ya la orden?

—Sí, pero ese ya estará en las Bahamas.

Al llegar al rellano saca su identificación y pulsa el timbre.

—Hablo yo —le dice a su compañero.

Juanjo asiente.

Segundos después abre la puerta un joven de tez oscura.

—Guardia Civil. Venimos a hablar con el señor Lino Domiño. Sabemos que vive aquí.

El chico duda. Ella lo caza al vuelo.

—Sí. Vo-voy a avisarle. Un momento, amig… agentes.

Desaparece en el interior. Poco después se presenta ante ellos el joven de las fotografías. El hermano de Nicolás Domiño.

—¿Agentes?

—Yo soy la sargento Martínez. Él es el cabo Sarabia. Venimos a hablar del accidente que sufrió su hermano.

El chico asiente.

—Pasen, pasen.

Una vez dentro, se vuelven a cruzar con el chico que les ha abierto la puerta, que sale cargado con un par de cajas de cartón.

—¿Y esas cajas? —pregunta Lidia.

El hermano de Nico se gira hacia ellos.

—Justo estoy de mudanza y mi compañero de piso me está ayudando.

La cara que ponen tanto ella como Juanjo debe de ser lo suficientemente reveladora como para provocar una reacción en el señor Lino Domiño, que dice:

—Faisal. Ven un momento, que los agentes quieren ver lo que hay en las cajas.

—No, no es necesario —interviene ella—. Es deformación profesional. No nos suele gustar que alguien salga cargando cajas en cuanto aparecemos.

Faisal las deja junto a la mesa.

—Si da igual —responde Lino agachándose frente a ellas—. Si no me cuesta nada.

Y rasga con una llave de sierra el precinto.

Del interior saca un exprimidor de naranjas, una minipímer, una docena de fiambreras de plástico…

—Es que justo esta es la caja de la cocina —dice esbozando una sonrisa.

—Déjelo, déjelo —responde ella—. ¿Le importa si nos sentamos a la mesa y hablamos a solas?

El señor Domiño vuelve a levantarse y hace una subida de cejas dirigida al tal Faisal. Eso parece algo más que amistad. Parece una relación de ascendencia jerárquica.

—Por supuesto. ¿Quieren tomar algo? —pregunta mientras se sientan.

Los dos niegan con la cabeza.

Faisal da un portazo al salir.

—Doy por hecho que está usted al corriente del accidente de su hermano y de su estado actual.

—Por supuesto.

—Bien —responde ella—. Entonces se lo resumiremos. Tenemos razones para creer que el accidente pudo ser provocado para robar la mercancía que transportaba.

El joven se muestra sorprendido.

—¿Cómo? ¿Provocado?

—Sí, provocado —interviene Sarabia.

Domiño los mira a los dos con gesto de extrañeza.

—Pero si Nico transportaba cosas sin valor.

Ella asiente, pero no aparta la mirada de sus ojos. Espera ese doble parpadeo, esa ceja temblorosa, esos labios que se secan…

Nada.

Lo normal es dar señales. Aunque uno sea inocente.

—Creemos que sí que transportaba algo de valor.

Lino Domiño levanta las cejas.

—¿El qué?

—Eso da igual —zanja—. Lo importante aquí es que se ha encontrado su ADN en el interior de la furgoneta. En el asiento del acompañante.

Lino no da muestras de nada en su expresión. Se mantiene impasible, aunque se toma unos segundos para responder.

—Vaya… pero eso es normal, ¿no? Soy su hermano.

—¿Y qué?

El joven se encoge de hombros.

—No sé. Quiero decir que, a veces, iba en la furgoneta. No entiendo de eso, pero es normal que esté mi ADN allí, ¿no?

—Tan normal como que esté el de la persona que le acompañaba aquella noche —responde ella—. Ni más ni menos.

Lino asiente. Ahora parece preocupado, pero no dice ni una palabra.

—Además, hemos encontrado una llamada telefónica que se hicieron unos días antes.

Esta vez Lino Domiño se ríe sarcásticamente.

—Pero es que es mi hermano, agentes —insiste—. No puede ser raro que dos hermanos hablen por teléfono.

Ella asiente alargando los tempos para observar su reacción.

—¿De qué hablaron?

Lino aparta la vista de ella. Mira al suelo. Traga saliva.

Primeras muestras de humanidad, piensa.

—No sé. No lo recuerdo…

—¿Está usted seguro?

El joven vuelve a mirarla y chasquea la lengua.

—A ver. Antes de nada creo que hay algo que ustedes no saben. Y prefiero decirlo yo para evitar malentendidos.

Lidia y su compañero se interrogan con la mirada.

—¿El qué?

—A ver cómo digo esto… Sé que puede parecer raro, pero estuve en León el día del accidente de mi hermano —confiesa—. Lo digo porque sé que se produjo cerca.

Eso sí que no lo esperaba, joder. Desde luego la realidad nunca es verosímil.

—¿Cómo? ¿Y qué hacía usted allí?

—Verán… —dice—. Mi hermano y yo tuvimos una bronca y nos enfadamos.

Y yo quería arreglar la relación con él.

Me enteré de que había empezado a trabajar en una distribuidora de refrescos o algo así por León y me presenté por la zona para probar suerte.

Me pasé el día esperando en la puerta de la empresa para la que trabajaba.

—Chasquea la lengua—. Pero nunca llegó. Así que me fui a la estación de autobuses, pero el último para Barcelona ya había salido y tuve que esperarme al primero de la mañana.

—¿Y qué hizo entonces?

—Nada. Dormí un poco allí mismo hasta que salió el autocar.

Volvió a mirar a su compañero, que parecía perplejo.

—No le importará que lo comprobemos con las cámaras de la estación, ¿verdad?

Lino niega con la cabeza.

—Lo haremos —dice su compañero mientras anota en un cuaderno—. Lo haremos.

Lidia asiente. Está confusa. ¿Para qué iba a reconocer que estaba allí? Mejor adelantarse que ser cazado, era eso, ¿no?

—Y entonces ¿de que hablaron en esa última llamada? —pregunta inquisitiva.

—¡Ah, bueno! Hablamos de… bueno, de trabajo.

Me acabo de separar y… ¿Sinceramente? Le pedí trabajo.

Necesitaba un cambio radical. Pero no concretamos nada.

Nos volvimos a enfadar. Por eso fui a verle sin avisar.

Quizá estando ya allí me ayudaría. —Hace una breve pausa—.

Lo sé, suena raro, pero tenía que intentarlo. Es la verdad.

—¿Por qué no en Madrid? —irrumpe Sarabia—. Si su hermano vive allí, ¿por qué no fue a verlo a Madrid?

—Porque la empresa para la que trabajaba estaba en León y además… —Lino baja la mirada y niega con la cabeza—. Porque allí vive con su mujer y no nos llevábamos demasiado bien.

—¿Por qué no nos contó eso? —pregunta Juanjo.

—Nadie me preguntó nada y… no veo qué interés puede tener. Por no decir que, hasta ahora, para mí esto no era más que un accidente de tráfico —dice con tono indignado—. Me acaban de contar ustedes que podía ser provocado. Si a partir de ahora me entero de algo… se lo haré saber.

Lino baja la mirada otra vez y se frota las manos. Como si el frío viniese de dentro.

—Míreme, señor Domiño —ordena Lidia.

Él levanta la mirada hacia ella.

—Dígame.

—A ver si no me equivoco —dice ella—. Lo llamó, fue a verle… y esa misma noche aparece reventado en una cuneta. Qué casualidad tan cabrona, ¿no?

Lidia no espera respuesta. Recoge la carpeta, se pone de pie y deja una de sus tarjetas sobre la mesa.

—Por si se decide a hablar.

A las afueras de Madrid, un padre y un hijo se comen una hamburguesa frente a una casa pareada.