Capítulo 38
Lino aguarda en el portal de casa. Se ha despertado casi a mediodía. Lo de la noche anterior le parece ahora una pesadilla. Todavía le tiemblan las piernas.
Faisal det iene el coche frente a él y baja la ventanilla.
Parece cansado. Llegaron al amanecer y no ha dormido demasiado.
Se ha despertado antes para cambiarle las puertas y el maletero al taxi por unas que ha conseguido en un desguace.
La propietaria del nuevo piso les ha prestado el taller que hay en los bajos.
Supuestamente para dejar trastos mientras hace la mudanza.
Lino sonríe.
Todo lo que tiene cabría en una sola caja.
—Ha quedado bien, ¿no? —pregunta su socio.
—Genial. Ya no parece un taxi.
—No. Ahora solo parece un coche robado de un desguace.
Lino se ríe.
—¿Vamos? —dice Faisal.
Se sienta en el asiento del acompañante. Se dirigen a su nuevo piso. Por primera vez en mucho tiempo está ilusionado.
Fuera del coche ha salido un sol impropio de aquellas fechas. Su socio le mira de reojo.
—¿Y vas a poder blanquear todo con esto? —dice dando un golpecito al volante.
Lino, piensa. Veamos.
—Ummm. Tendré que buscar algo más. Solo con esto tardaría más de veinte años en lavarlo todo. Lo que ya se ha vendido y lo que todavía no.
Faisal aparta la mirada de la carretera y le mira.
—Pero yo podré quedarme con la licencia después, ¿no?
—¿De aquí a veinte años? —pregunta extrañado—. Sí, claro. Para entonces ya veremos lo que hacemos.
Faisal asiente satisfecho.
Llegan a su nueva casa. Su socio mete el coche en el taller. De momento las puertas y el maletero amarillo del taxi se quedarán allí. Al menos hasta encontrar un lugar mejor.
Ahora lo más importante son Sara y Rebe, que vienen a ver el nuevo piso.
Al llegar se las encuentra esperando frente al portal.
—Siento el retraso —dice él.
—No pasa nada. Llevamos poco.
Sara le pasa a Rebe, que está acurrucada en sus brazos. Al cogerla, la pequeña no se queja. Apoya su cabecita en su hombro.
—¿Tiene sueño?
—Se acaba de despertar de la siesta. —Sara señala a Faisal, que desaparece a lo lejos—. ¿Quién es ese con el que venías?
—Es uno de mis compañeros de piso. Excompañeros —rectifica guiñándole un ojo—. Él se encargará de coordinar a los de la mudanza.
Sara sonríe.
—¡Vaya! ¿Me he perdido algo, que hasta necesitas un coordinador de mudanzas?
Lino también se ríe. Esta vez de verdad.
—No seas burra, carallo. Es solo para que se encargue alguien mientras yo estoy aquí con vosotras. No es más que una furgonetilla. —Lino saca las llaves que le ha dado la propietaria y las muestra—. ¿Subimos?
Al entrar Sara se desabrocha el abrigo y lo cuelga en su brazo. Lino está atento a su reacción. A ver la cara que pone.
Rebe, todavía remolona, accede a que la deje en el suelo. Lino le coge de la manita.
—Esta es la nueva casita de papá. ¿Te gusta?
De reojo mira a Sara, que camina hacia el salón.
—Xi… —responde la pequeña.
Lino sonríe con algo parecido al orgullo.
Sara silba.
—¡Vaya cojopiso!
—¿Cómo? —pregunta confuso.
Rebe corre a abrir el único mueble del piso. El armario empotrado del recibidor.
—Que vaya pedazo de piso. Es cojonudo.
—Aaah. ¿Te gusta?
—Ya ves.
—Está recién reformado, tiene parquet, terraza… y se ve un poco el mar, mira —dice abriendo el ventanal.
—Sí, sí —responde Sara—. Y es un buen barrio.
—Eso espero.
Se hace un silencio largo pero bonito. Le gustaría instalarse en él para siempre.
Fuera, las gaviotas graznan.
—Pues sí que te lo has montado bien —dice ella—. ¿Hay algo que deba saber? —pregunta poniendo los brazos en jarra y cara de pilla.
Rebe sale corriendo hacia el balcón. Lino la sigue.
—Bueno, tengo un proyecto propio. No es muy glamuroso pero me va bien…
—¿Y qué es? —pregunta ella borrando su sonrisa.
—Me tocó algo de dinero en la lotería y he comprado una licencia de taxi.
Sara levanta las cejas y saca a Rebeca del balcón.
—Vas a coger frío ahí. —Y cierra la corredera antes de volver a mirarle—. ¿Así que ahora eres taxista?
—Nooo —responde carcajeándose—. Solo es una inversión. He comprado una licencia y la he alquilado a un taxista.
—Vaya, vaya. Eres un emprendedor.
Lino asiente. Rebe le echa los brazos y él la coge.
—Arreglaremos lo de ella, ¿no?
Sara vuelve a sonreír mientras se pone la chaqueta.
—Claro. —Dibuja un círculo con el dedo—. Pero eso cuanto lo tengas todo amueblado.
Rebe le da un beso. Vaya, eso no se lo esperaba. Lino se lo devuelve.
Y Sara observa la escena con ternura.
—Se te cae la baba —dice.
Cuando las dos se van Lino se dirige al baño. Se sienta en una esquina, esconde la cabeza entre las rodillas y llora.
Llora como un niño. No sabe por qué. Por fin todo va bien. ¿Por qué lloras?
Tal vez porque lo tienes todo y no te lo crees.
O porque sabes que no es del todo tuyo.
O quizá porque piensas que puede desvanecerse en cualquier momento.
Pero hoy nada te falta para ser más feliz.
O sí.
Lino se levanta. Saca el móvil y marca.
Nirvana tarda en responder. Al tercer tono su cara aparece en la pantalla. Sigue con la pinza. Guapa.
—¿Lino? ¿Me estás haciendo una videollamada?
—Sí —responde—. No se me ha ido el dedo, es que quiero enseñarte algo. ¿Tienes un minuto?
Al otro lado resuena un silencio.
—Sí, claro. ¿Qué pasa?
Lino se levanta y gira la cámara.
—Mira.
Camina por el salón, enfoca el parquet, la cocina, la terraza, las vistas. Todo. Incluso el baño y las habitaciones vacías.
Al acabar vuelve a enfocarse a sí mismo.
—No lo entiendo —dice Nirvana al otro lado—. Es un piso vacío. ¿Es tuyo o qué pasa?
—Sí —responde—. Bueno, es de alquiler. Acabo de mudarme y… bueno, me hacía ilusión enseñártelo.
—Vaya…
—¿Qué?
—Nada. Que Nico me dijo que te habías separado y que no ibas muy bien de pasta y… —Hizo una pausa—. Y parece un buen piso. Te deben de ir mejor las cosas.
—Sí. Bueno, invertí en algunos temas de movilidad que ahora empiezan a darme dinero.
—¡Cómo no! Si es que eres un crac de los números.
—No tanto, no tanto —niega orgulloso.
—¡Claro que sí! —responde Nirvana—. Pues yo también tengo una noticia. De hecho, justo te iba a llamar ahora.
—¿Ah, sí? Dime.
—Los médicos van a empezar a reducir la sedación a Nico para ver cómo responde.
Lino tarda algunos segundos en decir nada mientras trata de analizar el sentido de la frase.
—¿Y eso qué significa?
—Bueno, en realidad no mucho. Pero creía que debías saberlo. Veremos cómo evoluciona con las nuevas dosis.
—A ver. Me pasaré por allí a visitaros.
Lidia y Sarabia suben a un tren en dirección a Barcelona.