Punto muerto Capítulo 37
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Capítulo 37

Punto de partida

Además, no nos engañemos. El dinero de la beca no daba para más y su padre no le enviaba ni un euro.

Lo más que podía hacer para mejorar su situación era algún trabajillo de tardes para sacarse un extra.

Había hecho de reponedor en un supermercado y de dependiente en una panadería.

Pero ahora solo estaba dando clases de repaso a un chaval que no iba a aprobar ni el carnet de identidad.

Se habían alojado todos en el hotel Ancla. Les habían hecho un precio especial para un par de noches. No había sido barato, pero la ocasión lo merecía; no todos los días se celebraba el fin de curso.

Y aquella noche tocaba el plato fuerte. Tocaba la discoteca Pequeño Velvet.

Irían todos sin excepción. Los veintiocho que se habían apuntado a la salida. A él no le entusiasmaban las discotecas, pero no ir hubiese supuesto coronarse como el líder asocial del año.

Y él no era asocial. Tan solo lo parecía.

—¡Venga, Lino! —dijo Sergio, su compañero de habitación—. Vamos a ducharnos.

Sergio era un ligón a quien le iba mucho la fiesta. De esos nocturnos que siempre lucen camisa ajustada y huelen a perfume y entusiasmo.

Lino decidió vestirse de blanco. Con unos pantalones de lino (qué gracia) y una camisa hawaiana. Las gafas le hacían parecer un tipo aburrido. Y lo era. Pero las pocas veces que salía de fiesta lo daba todo.

Lloret, con veintiún años, olía a vacaciones y a fiesta. O lo que es lo mismo: a aftersún, fritanga y vómito seco. Y eso era un buen olor.

El grupo de Económicas desfiló por sus calles en una procesión desordenada hacia la meca del tecno: el Pequeño Velvet. Por el camino latas de cerveza, carcajadas y piropos. Lino no conocía bien a muchos de ellos, pero eso lo hacía todo más excitante.

Llegaron a la discoteca casi a la una. Dentro la música reventaba el ambiente.

Pasó la madrugada acompañando el ritmo de la música con el pie. Marta, Anna e incluso Sergio, intentaron hacerle bailar pero fue incorruptible. Bailar no era lo suyo.

Sergio acabó liándose con una holandesa y largándose a su hotel. A él no le importó, pero empezaba a tener ganas de irse ya a la cama. Ya lo cantaba Siniestro Total, no hay camino mejor que el que te lleva a la cama.

Pero, entonces, al apoyarse en la barra…

—¿Qué te pongo, guapo?

¿Guapo? Ese no era precisamente su apodo.

Miró a la camarera. Tenía una sonrisa vulnerable pero arrebatadora.

Un rostro fino con los pómulos marcados y los labios pequeños.

La simetría y la perfección se habían cebado en ella.

El cabello largo y castaño le caía por debajo de los hombros mientras sus ojos, grandes y claros, le miraban por dentro.

¿Quién carallo te ha dado permiso para ser tan guapa?

Nunca había visto nada igual. Por no hablar de ese vestido corto de tirantes que llevaba. De esos que dejan volar la imaginación.

—¿Me pones otra igual?

—Esa te ha durado poco —respondió ella guiñándole el ojo.

—Es que esta era de prueba —dijo señalando la botella vacía.

—¿Y la siguiente qué es? —replicó la camarera ofreciéndole otra cerveza.

—¿Esta? No sé. Esta ya va en serio.

Sus mejillas estaban ardiendo, pero la oscuridad y el calor lo disimulaban.

La mayor parte de sus compañeros de clase habían ido desapareciendo. Algunos habrían ligado. Otros estarían buscando una máquina expendedora de hamburguesas. Y los pocos que quedaban estaban sentados en un sofá semicircular que había al fondo.

Entonces sonó el Flying Free . Más vieja que el ir a pie pero que todavía desataba pasiones.

Provocó un terremoto de euforia con epicentro en la pista.

Tres chicas se subieron al podio. Algunos vasos se rompieron en el suelo.

Cinco chicos coreaban la canción desde las escaleras…

y él, sin pensarlo, se subió a la barra y bailó.

Si es que a eso podía llamársele bailar.

Se dejó llevar por la música, el alcohol y las luces estroboscópicas.

La camisa hawaiana se le pegaba en la espalda y las gafas le resbalaban por la nariz.

No sabía por qué lo hacía. Arriba, arriba. Solo sabía que ella le estaba mirando. Solo sabía que se lo estaba pasando como nunca. El público lo jaleaba. Ella se reía.

Y como DiCaprio en Titanic … era el puto rey del mundo.

Hasta que todo acabó como acaban las cosas que pintan demasiado bien. Tan rápido como se vino arriba, se vino abajo.

Dos manos en el tobillo, un cuello en la cintura… Un gorila le sacó a la fuerza del Pequeño Velvet. Eso sí, entre vítores y aplausos. Él no se resistió pero a aquel maromo se lo debió de parecer. Al salir se golpeó la cabeza con la puerta de la salida de emergencia.

Sin casi saber lo que había pasado acabó sentado en el bordillo de la acera de enfrente. Con las gafas torcidas, un hilo de sangre en el labio y quejándose del golpe en la cabeza.

Su dignidad estaba a punto de subir a un taxi cuando apareció ella con una servilleta y un vaso a rebosar de cubitos de hielo.

—¿Te ha dolido más el golpe o dejar de bailar?

—No, si a mí no me gusta bailar —protestó.

La chica levantó las cejas incrédula.

—Pues no lo parecía.

Y se sentó junto a él con una sonrisa sanadora.

—Toma —dijo ofreciéndole el hielo—. Te has dado un buen golpe.

Él lo cogió y se lo llevó a la frente. Se agradecía el fresquito con aquel calor.

—¿Y la barra? —preguntó él señalando el interior con la barbilla.

Ella se encogió de hombros.

—Ahí sigue. A mí me toca descanso. A ella no.

—Qué suerte tengo entonces.

Ella sonrió.

—No tanta. ¿Sabes que estarás vetado para siempre, no?

—¿De Lloret? —bromeó.

—¡Del Pequeño Velvet! Lloret no tiene tanta organización.

Él sonrió. Ella también. Y durante algunos segundos ninguno de los dos habló.

—¿Y tú cómo te llamas? —preguntó ella.

—Lino.

—¿Como tus pantalones?

—¡Eso es! —dijo exagerando la risa—. ¿Y tú?

—¿Yo? Nirvana.

—¡Vaya! ¿Nirvana? Tienes nombre de secta.

Ella se puso seria. Se hizo la enfadada.

—Es broma, es broma —corrigió rápidamente.

—¡Es coña! —dijo ella poniendo una mano sobre su pierna.

Y aquel fue el verano del Pequeño Velvet, de su exhibición sobre la barra y del primer beso, que no parecía el primero. El verano en que todo empezó sin que nadie supiese que empezaba.