Capítulo 36
—¿Y cuando se te termine lo del trastero? —pregunta Faisal con las manos clavadas en el volante.
Fuera, las olas golpean contra la orilla.
—Entonces se acabó —dice él mirando a través de la ventanilla—. Seguiremos con el taxi y con alguna otra cosa con la que sacar todo a flote, pero ya está.
Faisal asiente, aunque no parece del todo convencido.
—¿Por lo de hoy me das veinte mil, no? —pregunta mirándole de reojo.
—Te dije quince —corrige.
—Pero no me dijiste que tenía que alquilarla a mi nombre.
La furgoneta se adentra en los humedales del delta del Ebro.
Grandes extensiones de terreno verde y amarillo se abren frente a ellos.
Las grandes llanuras, piensa. El paisaje le recuerda a una película del salvaje Oeste, pero con el mar de fondo.
Se imagina una planta rodadora cruzando de un lado al otro el camino embarrado, hasta hundirse finalmente en una charca.
Mira al horizonte. En cualquier momento podría adelantarles una diligencia perseguida por comanches montados a caballo.
A su espalda el sol se pone tras las montañas y los últimos rayos se reflejan en el mar.
Al bajar la ventanilla siente cómo el frío invernal le acaricia los pómulos, calientes por la calefacción. El olor a tierra mojada y salitre penetra en la furgoneta. Quizá se esté volviendo loco pero juraría que también distingue un leve olor a paella. Como la que hacía la abuela muchos domingos.
—¿En qué piensas? —pregunta Faisal.
—En paellas.
Una curva cerrada les obliga a reducir la velocidad.
—Por aquí —ordena señalando un desvío.
Faisal obedece y mete la furgoneta en otro camino de arena rodeado de arrozales. A su lado les sigue un canal de agua turbia.
—¿Seguro que es por aquí? —pregunta su compañero—. No hay nada.
Lino revisa la ruta que lleva cargada en el móvil.
Fuera ha oscurecido por completo. Cuesta ver algo, pero allí delante distingue las dos luces rojas.
Justo lo que buscaba.
—Aquí —dice señalando lo que parece una casa.
Al aproximarse lentamente ven un viejo Land Rover con las luces antiniebla traseras encendidas. Tras él hay una pequeña construcción algo desvencijada. En el porche dos tipos montan guardia con gorros de lana y cazadoras oscuras. Uno de ellos lleva un fusil.
Una bombilla tísica se enciende en el porche y el que no va armado les hace un gesto para que paren.
Su compañero está tiritando. Él le mira.
—Faisal.
—Dime, amigo —responde con voz temblorosa.
—Seamos profesionales. Como si hubiésemos hecho esto toda la vida.
Faisal no dice nada.
Una densa niebla ha caído de repente sobre los humedales. El tipo que no va armado se acerca. Bajo la chaqueta se insinúa una funda de pistola. Palmea el capó de la furgoneta y pide que se detengan junto al viejo Land Rover. Sin duda ese tiene que ser quien manda.
Mientras tanto, el otro tipo golpea la puerta de la caseta y aparecen dos tipos más también armados con fusiles. Todos visten pantalones vaqueros y botas de media caña, menos uno que lleva unas llamativas deportivas blancas que destacan sobre el barro.
Lino abre la puerta de la furgoneta y baja. Faisal le imita. El tipo que parece el jefe se queda mirando su barba postiza con sorna. Asiente como si alguien ya le hubiese alertado sobre ello y ordena:
—Abrid detrás.
Su nuevo socio paquistaní obedece y los cuatro tipos se agolpan para ver la mercancía. Todos menos el de las deportivas blancas, que parece seguir vigilando el camino.
—Va dentro de las botellas —dice él antes de que esos maromos se cabreen—. Ella ya lo sabe.
El tipo que parece el jefe asiente.
—Lo sé.
De inmediato empieza a dar instrucciones a los suyos en algo parecido al catalán pero que le cuesta entender. Mallorquín, seguro. Hablan rápido. No pilla ni una. Faisal le mira y levanta las cejas.
— Da-li cebes —escucha decir a uno de los hombres, que empieza a descargar la mercancía junto con el de las deportivas blancas.
Al apartarse puede ver que la parte trasera de la caseta da a un canal o riachuelo. Tras la espesa niebla le parece distinguir una lancha negra que casi se funde en la oscuridad.
—¿Y vosotros no pensáis ayudar? —pregunta el que parece el jefe mientras apaga el contacto del Land Rover.
Los dos obedecen y se unen a los demás en la descarga de los packs de refresco.
Los trasladan al interior de la pequeña construcción.
El jefe permanece en la puerta al lado de otro que vigila kalasnikov en mano.
Se estremece al pasar junto a él. Nunca había estado a tan poca distancia de uno de esos fusiles.
Se vuelve. Faisal parece descompuesto. No me la líes ahora.
El interior de la caseta huele a agua estancada.
El suelo está encharcado. Allí no hay nada más que una vieja cocina, un par de colchones enmohecidos en el suelo, cuatro sillas de plástico y una mesa plegable sobre la que reposa un mapa náutico plastificado.
¡Ah! Y, por supuesto, los fusiles de los dos tipos apoyados contra una pared semiderruida tras la cual no puede ver lo que se oculta. ¿Un retrete?
—Aquí —señala uno de los hombres mientras deja uno de los paquetes en el único trozo seco de suelo.
Al otro lado, el tipo de las deportivas blancas se acerca a la puerta trasera, la que da al canal donde está la lancha, y se asoma a ella. Se frota la nuca. Da algunos pasos de un lado al otro. Y mira a su compañero de reojo hasta que este vuelve a salir a por más mercancía.
El fluorescente que ilumina la estancia centellea y hace un ruido como de grillo moribundo.
¡Mierda! El techo es de uralita y está medio roto. El corazón se le dispara como una Gatling en plena guerra de Secesión. Eso es cancerígeno. No respires, carallo, no respires.
El de las deportivas blancas le mira con la frente brillante y el rostro avinagrado.
—Afuera. ¿A qué esperáis?
Lino se apresura a salir con Faisal pegado a sus talones. Una vez fuera, vuelve a respirar. Aunque sea el humo del cigarro que fuma el jefe en el porche.
— I el Xisco? —pregunta.
Justo en ese instante, el de las deportivas blancas vuelve a salir.
En el tercer viaje que hacen al interior de la caseta se vuelve a encontrar con ese tipo al otro lado de la puerta trasera. Esta vez juraría que lo ha visto hablando por teléfono a hurtadillas. Esto pinta mal.
—Este tío se comporta raro —le dice a Faisal—. Está sudado con el frío que hace.
Su socio se encoge de hombros.
El jefe hace su aparición en el interior de la caseta. Al verlo, Deportivas Blancas vuelve a entrar.
El jefe desaparece detrás de la pared medio derruida y, al cabo de unos segundos, reaparece empujando una carretilla con cuatro sacos de arroz.
—Esto es para vosotros —dice.
Faisal y él se miran confundidos.
Lino se acerca, desata el nudo de uno de los sacos y mete la mano. Arroz.
—¿Todo esto es arroz?
Uno de los tipos se ríe.
El jefe se acomoda la funda de la pistola.
—Depende del hambre que tengas —responde.
El mismo tipo vuelve a reír. A él no le hace ninguna gracia.
Hunde la mano dentro del saco hasta que toca una funda de plástico dura.
Ahí está.
—¿Cómo sé que está todo?
—¿Y nosotros?
El último de los hombres irrumpe en la caseta.
— Ja està tot —dice.
El jefe mira el reloj. El fluorescente chisporrotea.
—En tres horas lo cargamos y nos vamos.
Todos los hombres de la Peleona están en el interior. Hay unos segundos de silencio en los que solamente se escuchan algunas ranas.
— Surto a fer un pitillo —dice Deportivas Blancas mientras sale al porche.
El jefe vuelve a mirar a Lino.
—Te tendrás que fiar, igual que nosotros. Pero no te rayes, que si algo no cuadra lo arreglaremos rápido.
El tipo señala los sacos.
—Vamos, largaos ya.
Lino sonríe como quien quiere parecer simpático.
Faisal empuja la carretilla con cuidado, como si el arroz fuese a romperse.
Al llegar a la puerta, el de las deportivas blancas vuelve a entrar.
—Me estoy cagando —dice caminando deprisa hacia detrás del tabique medio caído.
El fluorescente vuelve a parpadear.
Faisal se sobresalta.
—Vamos.
El jefe y uno de los tipos con el fusil salen detrás de ellos. La niebla lo vuelve todo borroso. Cargan los cuatro sacos en la furgoneta. El jefe de la banda ve de nuevo las luces antiniebla del Land Rover encendidas y mira a su compañero.
—Antes las he apagado —dice en castellano.
El otro no responde. Levanta el kalasnikov y apunta al camino. La densa niebla impide ver nada.
Algo no marcha bien.
El jefe saca la pistola y recula. Un zumbido rasga la noche.
—¡Allí! —grita.
De entre la niebla del camino surgen dos todoterrenos a toda velocidad.
—¡Adentro! ¡Un vuelco!
Los dos tipos corren hacia la caseta. Faisal y él se quedan helados, mirándose, sin saber qué hacer. Carallo. Demasiado dinero como para dejarlo ahí.
—¡Vamos! —grita el jefe desde la puerta.
Lino agarra a Faisal del brazo y tira de él.
Mejor vivir. Tras él escucha el frenazo de los coches sobre la arena.
Luego, el sonido de las puertas al abrirse.
De entre la bruma surgen unas figuras encapuchadas con pasamontañas de calaveras sonrientes.
Empuja a Faisal al interior de la caseta y salta dentro justo cuando empiezan a escucharse detonaciones.
Los disparos impactan contra las paredes de la casa. Saltan fragmentos de ladrillo y yeso. Los dos tipos del kalasnikov disparan contra los asaltantes a través de las dos ventanas.
— Que us follin, fills de puta! —grita uno disparando como un loco.
Faisal llora. Él vuelve a agarrarle del brazo y le lleva tras el tabique roto. Deportivas Blancas aparece desde detrás con la cara blanca. El jefe se acerca a él. Le arranca el kalasnikov de las manos y le mira a los ojos asintiendo. Luego sale disparado por la puerta trasera.
En el lateral de la casa se escuchan más detonaciones. Faisal se hace un ovillo en el suelo y él lo imita a su lado.
Pedazos de yeso caen sobre ellos. El fluorescente centellea cada vez más rápido.
Lino asoma la cabeza por un lateral del tabique y ve a Deportivas Blancas agachado junto a los envases de refresco.
—El Pometa le ha dado a uno —grita uno de los hombres junto a la ventana antes de ser alcanzado por una bala— ¡Joder! M’han donat. Fills de puta.
El tipo se agarra del brazo y cae hacia atrás.
—¡Ya se van, ya se van! —grita el otro.
El rugido de las ruedas de los todoterrenos da paso al silencio más absoluto.
Faisal y él vuelven a salir. Deportivas Blancas y el otro tipo hacen un vendaje al herido, que reposa sentado en una de las sillas de plástico.
—¿Y el Pometa? ¿Está bien? —pregunta el herido.
—Seguro —responde el otro.
El jefe vuelve a aparecer por la puerta trasera. Deja el fusil sobre la mesa plegable y se acerca al de las zapatillas blancas.
— Xisco —le dice—. Traïdor.
Saca la pistola de su funda, se la pone en la sien y dispara. El cuerpo se desploma como un saco de arroz y la cabeza… ¿Qué cabeza?
Ver eso te pone en tu sitio. No vuelves a ser el mismo.
A las afueras de Madrid, un padre y un hijo montan guardia frente a una casa pareada.