Punto muerto Capítulo 35
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Capítulo 35

—Rebobina.

Delante de ella, el agente Zubizarreta pulsa los botones de un mando. La imagen vuelve a situar a la furgoneta en la avenida de Antibióticos de León.

—Aparece de la nada, sargento —dice.

Detrás, Sarabia chasquea la lengua.

—Pues estas son todas las imágenes que tenemos —dice su compañero—. No hay más.

La bomba de calor vuelve a soplarle aire caliente a la cara.

—No puede aparecer de la nada —protesta ella.

—Pues lo hace —dice Zubizarreta—. Si insistís en que sale de ese almacén, aparece de la nada, ya os lo di go yo. Porque debería salir antes en estas dos cámaras. —El agente señala dos iconos pequeños al lado de la imagen.

—Pues entonces no sale de Comercial Santa Rita, jefa —sentencia Sarabia—. No hay más.

No puede más que reconocer la evidencia, está claro, pero…

—Y aparece allí, en medio de esa avenida, ¿como por arte de magia?

—No te calientes más la cabeza —dice Sarabia—. La tenemos ubicada allí. Sabemos, por muchas imágenes, que atravesó León por esa avenida y que luego se estampó. Ya está. Lo único que desconocemos es de dónde viene.

—Y no es de Comercial Santa Rita.

—Eso parece.

—Querían que pensásemos que venía de allí, está claro. Todo estaba preparado. Esa empresa es una tapadera que pone el nombre y poca cosa más. Hay que ir a por León Santa Rita. La furgoneta venía de otro lugar y se metió por el centro de León para ser grabada.

El aire caliente que escupe la bomba hace que le lloren los ojos.

—Y si era una tapadera, ¿por qué se saltaron el paso de que les veamos salir del almacén, sargento?

—pregunta el agente Zubizarreta desde su silla—.

Porque las mismas dos cámaras donde dices que deberíamos ver a la furgoneta si saliese de allí también la hubiesen grabado entrando…

y estaríamos en las mismas… ¿De dónde llegaba entonces?

¿También aparecía en el almacén por arte de magia?

—Niega con la cabeza—. Está claro que acabamos de encontrar una de las costuras del plan. No podían hacerlo mejor.

—¿Y de dónde venía la furgo entonces? —pregunta Sarabia.

—No debía de ser de muy lejos —responde ella—. No había demasiados mosquitos recientes estampados en el radiador ni tampoco en el parabrisas.

—O fueron despacito.

Lidia se cruza de brazos y asiente. Sarabia tiene razón. Hay quienes hacen la ruta por caminos de cabras para que no les detecten.

Maldita sea. Había estado casi segura de que iba a ser droga y que la habían cargado en la nave de aquel tipejo desagradable, pero no.

Al final un caso que parecía de lo más tonto se le ha acabado complicando.

No estás en tu mejor momento, Lidia. Son las hormonas.

Las hormonas, que desde el parto están de rave, chica.

—Además, esto es una mierda, joder —dice Lidia arrastrando la silla hacia atrás y levantándose airada—. Tampoco se ve nada de quién va dentro. En ninguna imagen. Con la oscuridad, los reflejos de las luces, el vaho…

Sarabia exagera una carcajada.

—¿Y tú te crees que son tontos?

Lidia cierra los ojos y se pellizca entre ellos. Otra vez ese dolor de cabeza de cuando se pone de mala hostia. Pero, al menos, la maldita bomba de aire caliente se ha vuelto a parar.

—Pero en serio, Lidia. Te veo mal —dice Sarabia—. Te veo preocupada. Y en nada tendremos acceso a los datos del GPS y sabremos de dónde venía.

Respira hondo. Espira. Relájate. Siente cómo pesan tus brazos, tus piernas… A la mierda.

—Insiste a la compañía, Juanjo, por favor.

Él asiente en silencio.

—Ya vale de que nos tomen por el pito del sereno esos chulitos de las tecnológicas.

Sarabia resopla pero saca el teléfono del bolsillo.

—No me gusta. Por teléfono no puedo apretarles las tuercas tan fuerte.

Mientras marca, masculla:

—Pues igual me paso por su chiringuito de mierda y les estampo el Dacia en la recepción.

Y sale de la sala de visionado refunfuñando.

Al agente Zubizarreta se le escapa la risa ante la reacción del viejo.

Mientras Juanjo está fuera, Lidia vuelve a fijarse en la pantalla donde el agente Zubizarreta tiene capturas de vídeo de distintas furgonetas blancas. De pronto, un destello. Algo le resulta familiar.

—¿Esta furgoneta desde dónde aparece? —pregunta poniendo el dedo en una de las pantallas.

El agente levanta la cabeza para mirarla.

—Tramo norte. Es una cámara cercana a la estación de autobuses —dice señalando la imagen—. Pero a esa hora ya se había accidentado vuestra furgoneta, no es esa seguro. Esto son solamente los resultados de una búsqueda automática. ¿Por qué lo pregunta, sargento?

—Por nada.

Lidia sonríe. De rebote ha confirmado que lo que decía la dependienta de la gasolinera era cierto. Que se había ido a León al amanecer. No sabe si para tomar un café o un gin-tonic pero era su furgoneta.

—Si no le importa, sargento —dice Zubizarreta levantando las cejas—. Tengo otro visionado. Ya estarán fuera esperando.

Al abrir la puerta, la luz del pasillo le muerde los ojos.

Efectivamente, al salir de la sala de visionado se cruza con el otro equipo, que, absorto, observa a Sarabia gritar al micrófono del teléfono. Le importa tan poco lo que tenga que decirle su interlocutor que sostiene el aparato delante de la boca del revés.

—¿Cómo que unos días? Pero ¿qué cojones es más importante que esto?

Camina de un lado al otro del pasillo, como una fiera sin jaula.

—¡Te vas a hacer el digno ahora! ¡El servidor es vuestro! ¡La plataforma es vuestra! ¡Los informáticos son vuestros! Y yo tengo aquí una orden judicial que... ¡Mira! —grita mordiéndose los labios—. ¿Qué parte no has entendido?

Se detiene frente a una máquina de vending y le da una patada.

—¡Joder! —Todos le miran ahora—. ¿Que lo lleva un equipo de soporte? ¿Que son extranjeros? ¡Me la suda! Pues los despiertas, les das un café, un Red Bull o les metes la adrenalina por el culo pero lo quiero ya.

Ella aprovecha para sacar un café de la máquina.

—¡Que me da igual si están en Hawái o en Benarroa de los Zascandiles! Y le dices a tu jefe que lo siguiente es la inspección de protección de datos que os voy a meter, que os van a mirar hasta el historial del navegador.

—¿Tienes azúcar? —pregunta Lidia a un agente que pasa por allí.

—¡A tomar por culo!

Sarabia corta la llamada y la mira.

—Hijos de puta. No los soporto, te lo juro. Parece que hagan algo importante en sus vidas de mierda.

Pues sí. Cuánta razón tiene el bueno de Juanjo.

—Sargento Martínez —interrumpe una voz detrás de ella.

Ella se gira y derrama un poco de café.

—¡Vaya, Rubén! A ti tenía yo ganas de verte.

—Lo sé, lo sé —responde él sonriente—. Y ya tengo los resultados.

Juanjo se acerca a ellos con los ojos muy abiertos.

—Dime, dime —pide Lidia.

El sargento Rubén Atienza levanta una carpeta y se la muestra.

—Aquí está. Hemos procesado todo lo recogido en el asiento del conductor, del acompañante, del volante, asientos traseros, puerta trasera, caja…

—¿Y? —pregunta ansioso Sarabia.

—Veréis que hay tres perfiles genéticos claros. El primero es el de Nico Domiño. Sin sorpresas. El segundo corresponde a una mujer y coincide con la esposa, Nirvana Santelmo. Según parece, usaba la furgoneta.

—Normal —dice Sarabia.

—Sí.

—¿Y el tercero? —pregunta ella—. ¿Hay match?

—Ese es el interesante. No está en ninguna base de datos, pero tiene una coincidencia genética del 49 por ciento con Nico.

Vaya, vaya.

—¿Los padres? —pregunta Juanjo.

Rubén niega con la cabeza.

—Fallecidos, según el registro civil. Y, además, cuadra. No comparten exactamente uno de los dos alelos… es decir, en varios loci comparten los dos alelos, en algunos solo uno, en otros ninguno así que…

—Ya, ya, ya. Mierda genética de esa tuya… —dice Sarabia.

A Sarabia le resbala eso de la jerarquía. Y eso, Rubén lo sabe, así que se lo perdona.

—Bueno, lo normal en estos casos es cotejar las muestras encontradas con la víctima para filtrar lo esperable. Y este perfil, desde luego, no es ruido. Es familia directa.

—Entonces solo pueden ser los hermanos, ¿no? —pregunta Lidia.

El sargento Atienza asiente y le entrega la carpeta.

—El hermano —responde remarcando el singular—. Lino Domiño.

Lidia no dice nada.

Ese nombre ya figura en el listado de llamadas. Ya está en el radar. Ahora habrá que ponerle cara.

Y tocar a su timbre.

En el aeropuerto de Barajas, León Santa Rita embarca en un vuelo con tres escalas.