Capítulo 34
—¿Cómo sabías que no iba a desaparecer con el dinero? —pregunta Faisal dejando el abrigo en el sofá.
—Muy fácil —responde Lino blandiendo el boleto premiado que le acaba de entregar su compañero—. Porque pensaste que si no lo hacías, podías ganar más.
—¿Más de doscientos mil euros?
—Es posible —responde con su mejor sonr isa—. Vamos. Tenemos mucho que hacer.
Faisal se detiene en seco.
—Pero si acabo de llegar —protesta.
—Lo sé. Pero tengo que cobrar esto y darte una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
Lino no responde. Prefiere conservar la intriga. Se cuelga la mochila al hombro, se pone el abrigo y le espera en la puerta.
—Vamos, amigo.
Regresan a la oficina bancaria donde hace apenas unos días le han denegado el préstamo.
Les recibe el mismo mobiliario de diseño nórdico, la misma cafetera Nespresso, el mismo perfume a tienda de ropa barata…
Y, por supuesto, el mismo gestor. Pero esta vez con una expresión diferente. Una mezcla de sorpresa y resignación.
—Vaya, señor Domiño, ¿tiene novedades?
Lino se acerca a él. Faisal le sigue a pocos pasos.
—¿Nos sentamos? —pregunta.
El joven gestor sonríe algo nervioso.
—Sí, bueno… ¿Es necesario? Ya les dije el otro día que…
Ahora es él quien también sonríe.
—No, no —dice sacudiendo la mano—. No venimos por eso hoy. Es por otro asunto.
—Ah. Está bien, pasen, pasen.
El gestor les invita a sentarse al otro lado de la mesa.
—Ustedes dirán.
—Verá —dice Lino sacando el boleto premiado del bolsillo—. Vengo a cobrar esto.
El joven se lo arrebata de las manos, lo examina con el ceño fruncido y luego levanta la mirada hacia ellos.
—¿Un boleto de lotería?
—Premiado —matiza él.
—Premiado —repite el banquero—. ¿Premiado?
El gestor se queda allí, mirándolos con cara de pasmo idiota. Te está bien empleado, carallo. Te está bien empleado. Seguro que ese lerdo tiene su misma carrera universitaria, pero cobra el doble que él.
—Ahora vuelvo, disculpen.
El chico se levanta y desaparece dentro de uno de los pocos despachos cerrados que hay en aquella oficina-showroom de Ikea. Al cabo de unos minutos regresa a su silla.
—Doscientos mil euros —dice con un leve silbido.
Lino sonríe.
—Sí, justo eso.
El gestor asiente repetidamente, convertido en una parodia de sí mismo.
—Esto… no-no va a necesitar el préstamo, entonces.
—Me temo que no.
Al otro lado de la oficina suena la cafetera, que escupe su néctar frente a una joven pareja con cara de hipoteca.
—Vaya casualidad, ¿no? —pregunta el gestor volviendo a sonreír— Dios aprieta pero no ahoga, ¿eh?
—Eso parece sí. —Hace una pausa—. Aunque más que Dios, prefiero llamarlo «probabilidad», que no juzga a nadie.
El gestor pone cara de perro.
No tiene nada contra los católicos, pero sí contra ese joven meapilas.
Pero no, no tiene nada en contra de la religión ni tampoco de sus practicantes.
Incluso, a veces, él mismo cree en Dios.
Sí, Lino. A veces rezas, carallo. A tu manera, pero a veces lo haces.
No eres tan ateo. Es por la abuela. Porque, como ella decía…
«Cuando Dios cierra una puerta… es que quiere que aprendas a abrir ventanas».
¿O no era así?
El joven comercial explica el proceso de cobro con un tono de lo más serio y profesional. Rellene esto aquí, retenciones fiscales, neto…
—¿Y cómo se cobra? —pregunta Faisal.
Lino le mira sorprendido por su descaro. Su compañero de piso le devuelve una sonrisa.
—Se ingresa directamente en la cuenta bancaria, por supuesto.
—Claro, claro —responde Faisal.
—Ahora ya solamente necesitaré su documento de identidad, señor Domiño.
—Faltaría más —responde—. Aquí lo tiene.
Al acabar con todo el papeleo el gestor se levanta para ofrecerle su mano fría pero sudorosa.
—Cuide bien de su dinero —le dice tratando de hacerse el gracioso.
—Por supuesto. Pero espere. Ahora necesito que me haga un cheque por valor de ciento cincuenta mil euros.
Al salir de la oficina su compañero de piso se echa a reír a carcajadas.
—¿Has visto la cara de tonto que ha puesto? —le pregunta—. ¿Crees que le hemos ganado a la banca, amigo?
—No, Faisal. Solo nos hemos quedado con el dinero de unos más desgraciados que nosotros.
Su compañero pone cara de asustado.
—¿De quién?
—De quienes compran la lotería.
Lino siente el peso del cheque que lleva en el bolsillo. No por su valor, sino por la profesionalización que supone. De hecho, ni siquiera lo siente como suyo: tan solo es parte de un negocio, una empresa para la que trabaja. Algo ajeno a él.
Y eso le asusta.
Una cosa es encontrarse con un regalo inesperado y quedárselo. Otra, hacer de esa suerte un trabajo, un oficio.
Pero ¿qué otra cosa iba a hacer?
Ya está dentro. Cuando lo liquide todo… se acabó. Ya no hay más. Vuelve el Lino profesor, pero con algún que otro millón extra. Un regalo, es solo eso… Pero como a cualquier regalo uno debe quitarle el envoltorio.
Con uñas, dientes o tijeras afiladas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Faisal.
Lino mira la hora en el móvil. Llegan tarde. Y la Peleona le ha escrito.
—Somos socios, ¿no?
—¡Ya te digo!
Faisal da claras muestras de no acabar de entender que el juego es serio.
—Ahora vamos a comprar el taxi.
Al llegar a la gasolinera respira hondo.
Le encanta ese olor a combustible. El lugar está poco frecuentado, apenas un tipo lavando su coche.
Será que a mediodía nadie quiere repostar.
Parece un rincón idóneo para cerrar tratos clandestinos.
Sonríe. Es gracioso porque esto va a ser lo único legal que haga en la última semana.
A su lado, Faisal se muerde las uñas.
El taxi espera para la manguera de lavado. Un hombre de unos sesenta años está apoyado en él. El tipo lleva un abrigo enorme y desgastado, estilo vagabundo. Sus manos están manchadas de grasa. Habrá aprovechado para darle los últimos retoques al coche.
—¿Manolo? —pregunta.
El tipo asiente y despega el culo del taxi.
—¿Eres Lino?
—Sí.
El hombre se da la vuelta y da un par de palmadas al maletero del coche.
—Aquí lo tienes. Skoda Octavia, diésel, ciento ochenta mil kilómetros y ningún accidente. Nuevecito, una ganga.
Lino se da una vuelta alrededor como si entendiese algo. El taxi es el clásico de Barcelona, con las cuatro puertas y el maletero de color amarillo. El resto negro.
Le hace un gesto a Faisal, que se acerca para echarle un vistazo.
—¿Puedo? —pregunta su compañero al taxista.
Él asiente y se cruza de brazos.
Faisal abre las puertas y revisa los laterales. Tira de los cinturones, le da al contacto varias veces, arranca, apaga y, finalmente, abre el capó para revisar el motor.
El hombre se mueve algo inquieto. Mete las manos en los bolsillos del abrigo y sonríe.
—¿Ya está? ¿Todo bien? —pregunta.
—Un momento —grita Faisal con la cabeza metida entre tubos, depósitos y cables.
—Querría haberlo lavado un poco pero no he tenido tiempo. Ese tío ha metido tres monedas.
A Lino le importa poco llevarse el coche sucio. Lo que le importa son los papeles.
—¡Ya está! Todo bien —dice Faisal cerrando el capó.
Cierran todos los detalles en una mesa alta en la cafetería de la gasolinera. El taxista se marcha sonriente con su cheque. Él está feliz con su nueva máquina de blanqueo. Ahora solo queda meterle la materia prima.
Faisal parece un niño con un juguete nuevo.
Todos contentos.
—Ahora toca pintar esas puertas amarillas y ese maletero. No lo vamos a usar como taxi.
Faisal niega con la cabeza.
—Te va a salir caro repintarlo cada vez que tenga que pasar la ITV.
A Lino se le atraganta un poco el café. Tose. No había tenido en cuenta las inspecciones obligatorias. Maldita burocracia.
—¿Cada cuánto es eso?
—Ummm… —Faisal entorna los ojos—. Tiene más de cinco años, así que cada seis meses toca revisión.
—¡Carallo! Cada seis meses. ¿Cómo vamos a pintar tantas veces el coche?
—¿Por qué no dejarlo como está? Se puede usar aunque no esté de servicio.
—Es poco discreto para la gente con la que tratamos.
Faisal asiente y se queda serio unos segundos. Pero, de pronto, una sonrisa traviesa se dibuja en su cara.
—¡Ya está! Me paso por un desguace y compro cuatro puertas negras y un maletero —dice orgulloso—. Yo mismo lo puedo cambiar cada vez que toque la ITV.
Lino estalla en carcajadas. De corazón.
—¡Qué bueno, Faisal! Eres muy bueno. Menudo socio…
Faisal sonríe y señala hacia el taxi.
—¿Así que esta era la sorpresa?
—No. La sorpresa no es esta. Es que te voy a pagar un buen extra porque tenemos que ir a entregar cuatro veces más de lo que llevamos el otro día al amigo de la iguana.
Faisal parpadea rápido.
—¿En serio?
Casi puede ver el símbolo del dólar brillar en sus ojos.
—Totalmente.
—¿Y hay una parte para mí?
—Por supuesto. Por eso te lo digo. Somos socios, ¿no?
Faisal sonríe.
—¡Cuatro veces más! —dice resoplando—. Eso no va a caber en el taxi.
El teléfono de Nirvana suena. Llaman del hospital.