Punto muerto Capítulo 33
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Capítulo 33

—Iba con alguien de su confianza que debía facilitar el robo desde dentro. Todo organizado por Chupa de Cuero.

Doña Carmen se lleva una hojita de romero a la nariz y la huele.

—¿Quién? —pregunta.

—Todavía no lo sabemos.

—¿Él sigue inconsciente?

César asiente.

—¿Y su familia?

Tras ellos, los turistas empiezan a formar cola para acceder al Palacio Real.

—No tiene hijos, solo esposa.

—Hacedle una visita.

—Ya lo hemos hecho. Insiste en que no fue ella.

—¿Y qué esperáis? ¿Que cante por amor al arte?

—Con todo el respeto, doña Carmen, pero… ¿para qué iba a jugársela? Ya se beneficiaba sin mancharse las manos.

Doña Carmen devuelve la hoja de romero a la bolsa del supermercado. No le mira.

—¿Alguien más?

—Tiene un hermano —responde él.

Doña Carmen alza la vista.

—Pero hace años que no se hablan —añade su hijo.

La mujer levanta las cejas buscando respuesta.

—Aun así… le vimos en el hospital.

Una ráfaga de aire arrastra hojas secas por los adoquines.

—Traedme a los dos.

César frunce el ceño. Eso no le gusta nada. Ese es su trabajo.

—¿Usted, señora? No debería…

Doña Carmen alza el dedo y le pide que se acerque. Él obedece.

Fran se mantiene unos pasos atrás.

—Tú sabes que yo por cinco millones no muevo un dedo, ¿verdad? —dice en voz queda.

—Sí, ya lo sé, tía —susurra él.

—No me vuelvas a llamar «tía». Nunca.

Su voz corta como un hilo de nailon.

—¿Sabes lo que pensarán los otros si se corre la voz de que me han robado?

César asiente muy despacio.

—Entiendo, doña Carmen.

Ella le aparta con el dorso de la mano. El murmullo de un grupo de italianos se mezcla con el zumbido lejano del tráfico.

—Llevad a esos dos adonde ya sabéis.

Entonces su móvil vibra.

Un vistazo a la pantalla le basta para saber quién es. Responde en voz baja, tapándose la boca con la mano.

—Dime.

—Ya estoy aquí. Hay un guía japonés con una banderita verde.

César busca entre la muchedumbre de la plaza. Doña Carmen alza la cabeza.

—¿Quién es?

Él silencia el terminal.

—León Santa Rita. La tapadera de la ruta de Nico. Quiere hablar conmigo.

Ella sacude la mano como quien espanta a un tábano.

—Fuera. Apartaos.

—¿Cómo?

—Que no me mezcles con tu plebe —dice sin levantar la voz—. No quiero saber nada.

Doña Carmen da unos pasos atrás arreglándose el pañuelo.

—Tú. Y tu hijo. Atrás. Ya.

César obedece. Ya ha localizado la banderita verde. Fran le sigue.

Al llegar, se encuentra con León atendiendo a las explicaciones del guía nipón.

Al verle se aparta del grupo.

—¿Qué quieres?

—Hablar —responde León mirando de reojo a Fran.

—Es mi hijo. Habla.

El testaferro asiente pero no sin antes mirar hacia ambos lados.

—Tengo que desaparecer —dice—. Los tengo encima.

—¿A quién?

—A la Guardia Civil. Vinieron a preguntar por Nico. Tuvo un accidente.

Dime algo que no sepa, seboso.

—¿Qué buscaban?

—Saber lo que llevaba en la furgoneta, de dónde venía, a dónde iba… a qué dedica el tiempo libre…

Su hijo aprieta los dientes y se abalanza sobre él.

—Quieto, quieto —ordena agarrándole con las dos manos.

Fran niega con la cabeza mordiéndose el labio inferior.

—¡Eh! Que solo era una broma —dice León.

—No estamos para bromas —zanja él—. ¿Qué les dijiste?

León se encoge de hombros.

—Pues ¿qué iba a decirles? Lo acordado. Que era un autónomo, que de vez en cuando trabajaba para mí, que transportaba refrescos —dice metiéndose un caramelo en la boca—. Les entregué el listado de clientes y les dije que no podía darles acceso a la plataforma del GPS.

—¿Y?

—No se conformaron. Se enfadaron. Van a ir a por una orden para acceder al GPS.

Fran le mira.

—¿Pueden hacer eso, papá?

César asiente.

—El dispositivo tiene grabada la IP donde envía los datos. Con una orden pueden pedir el acceso a la plataforma.

—¿Y verían la ruta?

León mira a padre e hijo en silencio.

—Sí.

A lo lejos puede ver a doña Carmen dando la buenaventura a una pareja de turistas. Mejor que no sepa nada de esto.

—Entonces conocerán el punto…

Él niega con la cabeza.

—No, no. Se activa unos kilómetros después.

—Pero se acercarán bastante —protesta su hijo—. Sabrán, al menos, que es Galicia.

—Menuda sorpresa —responde poniendo los ojos en blanco.

—¡Ejem! —dice León—. Siento interrumpir, pero tengo que irme ya para las Bahamas.

—¿Las Bahamas?

César le mira confuso.

—Sí. En cuanto averigüen que Nico no iba a ninguno de los clientes del listado vendrán a por mí y lo descubrirán todo. Tenéis que darme el pasaporte —dice aleteando los brazos—. Es lo pactado. Un pasaporte de las Bahamas.

Fran suelta una carcajada.

—Pero ¿tú te crees que estamos en los noventa? —pregunta su hijo.

—Bueno —titubea León—, yo pensaba que, por lo menos, no sé… después del esfuerzo y el riesgo me…

—Y tendrás un pasaporte —afirma César—. Esta misma tarde te lo hará llegar mi hijo. No nos interesa tenerte suelto por aquí… y el Manzanares ya lo tenemos completo.

El testaferro sonríe nervioso.

—Pero ¿no para las Bahamas? —pregunta.

—No, aunque podrás llevarte igualmente la toalla y la crema solar.

—¿Y… a dónde entonces?

Fran se cruza de brazos frente a él.

—A tomar por el puto culo —dice riéndose.

Él prefiere ser más concreto con el pobre seboso.

—A Vanuatu.

—¿Vanu… qué?

—Unas islitas preciosas para sacarte fotos de las puestas de sol —dice Fran riéndose—. Pero no sé si tendrás internet para colgarlas.

León Santa Rita se pone serio.

—¿Hay electricidad al menos?

—Solo si pedaleas muy fuerte.

El seboso intenta una sonrisa pero le sale torcida.

—No, ahora en serio…

—Estoy hablando en serio —zanja César—. Esta tarde tendrás tu pasaporte. Pero te quiero fuera en el próximo vuelo. Si no, acabarán ensamblándote como a un mueble de Ikea.

—Pero sin las instrucciones —añade Fran sonriendo.

León asiente con la cabeza baja y desaparece entre la multitud.

César se gira.

A lo lejos, doña Carmen ha terminado con la pareja de turistas y les lanza una mirada amenazante.

—Vamos. A por esos dos —le dice a su hijo.

Mientras tanto, en la central de la UCO, Lidia y Sarabia se enfrentan a un montón de grabaciones de seguridad.