Capítulo 32
El Supway no es un chiringuito ni tampoco un local cerrado.
Es un espacio indeterminado. Se alza en el extremo de un parque arbolado, justo donde nace un viaducto que cruza la carretera hasta la playa.
De ahí —supone— el nombre: Supway. En el horizonte se dibuja la silueta del delta del Ebro.
Es un lugar moderno, abierto y relajado.
Con un inevitable olor a chancla, crema solar y mojito.
Un espacio con alma veraniega, incl uso en invierno.
A esas horas ya ha oscurecido. El mobiliario bajo de la terraza, la música chillout y la iluminación cuidadosamente medida confieren al lugar una belleza exótica, casi irreal.
Escoge una silla junto a una estufa de exterior y pide una cerveza. Se arregla la melena postiza, y la barba, y la dentadura… Mira la hora, solo para asegurarse de que el tiempo no se ha detenido en aquel apacible rincón. Un merecido oasis en mitad de las penurias del viaje.
Frente al Supway se detiene un Range Rover negro con los cristales tintados.
La puerta trasera se abre y baja una mujer.
Cuando se acerca la reconoce al instante.
No porque destaque especialmente, sino porque los clientes y empleados apartan la vista de ella, como si mirarla fuese peligroso.
Ella también le reconoce al instante. La soledad siempre llama la atención.
La Peleona no es una chica, es una mujer. Viste un chándal azul marino, zapatillas deportivas blancas y una mochila al hombro. De su grueso cuello cuelga una cadena de oro con una cruz de Caravaca.
Y es negra. Y no sabe por qué, pero eso le sorprende. Se siente incómodo por estar sorprendido. ¿Por qué no iba a ser negra? Si no es racista, nunca lo ha sido. Votó a… da igual. Firma todas las peticiones de Change.org que le envían. Y, sin embargo, allí está él. Sorprendido.
Ella se acerca sin vacilaciones, decidida. Es corpulenta y más alta que él. Tiene el rostro curtido por el mar y el pelo corto con trenzas africanas. No tiene cara de estar contenta.
—¿Tú eres Keynes?
Él asiente.
La Peleona se queda allí, de pie, tratando de encontrar algo en sus ojos. Quizá miedo.
Seguro que miedo.
Después de algunos segundos deja caer la mochila a un lado de la silla y se sienta.
—¿Vas de Gaspar o qué?
—¿Cómo?
—Del rey mago, ¿me entiendes? —Se masajea los nudillos con el pulgar—. ¿Por qué mierdas llevas eso?
—Marca personal —responde él acariciándose la barba rubia.
—Pues quítatelo. No me gusta hablar con gente que se esconde —afirma mientras saca de la mochila una botella de agua. La abre y da un trago—. Lo digo solo una vez. ¿Me entiendes?
Lino traga saliva. Mira a su alrededor buscando algún salvavidas, pero solo hay una familia con un bebé durmiendo en el cochecito.
Y, frente a él, la mirada de la Peleona le perfora.
—No-no-no es para esconderme. Es justo lo contrario —dice fingiendo calma—. Es para que se me reconozca bien. Para que nadie me olvide. Si mañana te preguntan por mí, sabrás describirme. Forma parte del personaje. Es una marca. Y eso, en este negocio, vale oro.
Lino se queda a la expectativa. Sorprendido de sí mismo, con los ojos secos y parpadeando rápido. La Peleona da otro trago a su botella de agua sin apartar la mirada de él.
—¿Y crees que eso te hace especial?
El bebé empieza a llorar. La madre se levanta de golpe.
—Me hace recordable, al menos.
Ella entorna los ojos. Luego asiente volviendo a acariciarse los nudillos.
—Si me entero de que debajo de eso hay una cara que miente te voy a llenar de plomo —dice tocándose la sesera con el dedo índice—. Lo digo solo una vez. ¿Me entiendes?
—Lo entiendo.
La mujer coge una servilleta y se seca los labios con una calma inquietante.
—¿De qué conoces a la Ginebras?
Esa pregunta la tenía preparada.
—Pasé algunos días en León e hicimos algo de amistad.
—¿En León?
—Sí. Ahora vive allí.
Ella asiente.
—Está bien —dice volviendo a guardar la botella de agua—. ¿Qué tienes para mí?
Él le pasa la mochila por debajo de la mesa.
—Está ahí dentro.
La Peleona la coge sin demasiado disimulo, se levanta y va hacia los servicios. Él se queda solo frente a la cerveza. Alza la copa y mira su reflejo en ella. ¿Se estará creyendo su propio papel? ¿Ha cruzado ya la línea?
No hay vuelta atrás, Keynes. No hasta que acabes con todo eso.
Entonces escucha cómo se vuelven a abrir las puertas del baño. La Peleona regresa con cara de póquer.
Indescifrable.
—¿De dónde mierdas has sacado esto?
Siente cómo el corazón le martillea en la garganta.
—No-no-no puedo revelarlo. ¿Por qué?
La Peleona se queda en silencio. Otra vez vuelve a buscar algo en sus ojos. Ni siquiera disimula.
—Es buena. ¿Me entiendes? ¿Tienes mucha?
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que quieras.
La Peleona mira hacia el Range Rover que espera en la puerta y luego se acoda en la mesa.
—No sé de dónde mierdas has sacado esto. Ni de dónde mierdas has salido tú, pero si tienes más, voy a empezar comprándote treinta kilos.
—¿Tre-treinta kilos? —pregunta.
Si avanza así de rápido podrá acabar con Keynes en poco tiempo y regresar a la normalidad.
—¿No los tienes?
—Sí, pero ocuparán bastante. Van ocultos dentro de unos packs de Coca-Cola.
La Peleona asiente.
—Mejor. ¿Cuánto pides?
Lino piensa. ¿Cuánto podría ser razonable? ¿Cuánto pagó Fuckin’ Mills? Sí, cuarenta mil el kilo. Entonces…
Sin esperar respuesta, la Peleona continúa:
—Aunque no sé por qué te lo pregunto. Treinta y cinco el kilo. Lo tomas o lo dejas. —Saca el móvil y teclea—. Un milloncejo. Lo digo solo una vez. ¿Me entiendes?
Carallo. Un millón de euros. Esa cifra retumba en su cabeza. Lo que ganaría durante una vida entre pizarras pero sin mancharse las manos de tiza.
Lino asiente, aún mudo por la cifra.
—Será en dos o tres días —añade ella—. Cuando lo tenga todo listo te escribiré. La entrega será allí. —La Peleona señala al mar sin ni siquiera mirarlo—. En el delta. Te diré dónde exactamente. Yo me encargo del transporte a Mallorca. ¿Me entiendes?
Se cuelga la mochila y se levanta.
—Perdona —dice Lino—. ¿Y el pago?
Ella le da la espalda y se aleja como si la pregunta no mereciese respuesta.
El Range Rover arranca y se pierde en la noche.
Faisal llega a Barcelona con un boleto premiado en el bolsillo.