Capítulo 31
Atraviesa la estación de Francia caminando deprisa. Casi corriendo. No porque llegue tarde, sino porque hacerlo le ayuda a no pensar de más.
No quiere pensar.
Una mala noche. Ese maldito sueño. Esa pesadilla con el tipo de la gabardina le ha dejado temblando.
El sol del amanecer atraviesa la claraboya de la estación término.
No hay demasiados viajeros, lo que confiere a aquel espacio tan amplio un aire misterioso y ancestral.
Mira hacia todas partes buscando a alguien.
No sabe a quién, pero busca a alguien. Sí, sí que lo sabes, Lino.
Buscas al tipo de la gabardina. El de la pesadilla. El del hospital.
Agarra con fuerza los tirantes de la mochila. Sigue en su espalda. La droga también.
Salta dentro del vagón como si el andén le quemase los pies. El interior no va lleno pero hay la suficiente gente como para sentir que todos los ojos se centran en él. Se sienta a contramarcha junto a la ventanilla y vuelve a mirar hacia fuera. Ya no quedan pasajeros por entrar.
El pitido señala la partida del tren.
Se relaja, respira hondo y apoya la cabeza en el cristal. Fundido a negro.
Se despierta sobresaltado por el pitido en la estación de Vilanova.
Su respiración se acelera. Mira hacia todas partes.
Un hombre con gafas de sol y sin maletas entra en el vagón.
Lleva un abrigo largo y oscuro. Siente vértigo al verle.
El tipo barre con la mirada a todo el pasaje.
Vuelve a dar algunos pasos. Parece que se dirige hacia él.
¡Carallo! Sí, se dirige a él. Y justo cuando está a su altura pasa de largo.
Lino respira aliviado.
Pero entonces el hombre da la vuelta y regresa otra vez.
Le mira. Asiente con la cabeza y se sienta delante de Lino.
No dice nada. Solo se acomoda y saca el móvil.
Pero tampoco hace nada con él. ¿Por qué no hace nada?
Solamente lo mantiene agarrado en la mano como si fuese un detonador.
Lino traga saliva. Intenta descubrir lo que dicen sus ojos pero los cristales de sus gafas son demasiado oscuros.
¿Y si es policía? ¿Y si es de los otros?
Lino se revuelve en el asiento. Baja la mano en busca de la mochila, que sostiene entre las piernas. Siente cómo palpita entre sus dedos, parece que tenga vida propia. De pronto le da la impresión de ser demasiado vulnerable. Demasiado visible.
Se levanta como un resorte, con la mochila colgada del hombro. Paso a paso recorre el pasillo. Siente la mirada de aquel hombre clavada en su espalda. Abre la puerta del baño y se encierra dentro. Respira aliviado.
El espejo le devuelve un reflejo borroso de sí mismo.
Se descuelga la mochila y saca la bolsa zip con la muestra de coca.
Piensa en tirarla por el retrete. No, eso no.
Has quedado con la Peleona y, como llegues sin nada, a saber lo que te puede hacer.
¿Y si lo tira y regresa a Barcelona? No, eso es peor.
No le puede dar plantón a quien mueve el cotarro en las islas.
Alguien llama a la puerta. Lino se echa para atrás asustado y se golpea la cabeza con un altillo.
—¡Ocupado! —grita.
Nadie responde.
Vamos, Lino, piensa. Algo tienes que hacer. Revisa todas las chapas y armarios que hay en el baño pero todo está cerrado con llave. Nada, ni una. Bueno, una sí.
Vuelven a golpear la puerta.
—¡Voy! —dice.
La basura. Arruga la mochila y la mete dentro. Está sudando.
Al abrir la puerta se topa con dos revisores de Renfe.
—¿Billete, caballero?
Lino se queda paralizado. Por un momento piensa que se lo ha dejado en la mochila.
—Lo tengo en la chaqueta. En el asiento. Si me acompañan…
Uno de los revisores le sigue de muy cerca. ¡Carallo! El tipo de las gafas de sol ha desaparecido. Mira hacia delante y hacia atrás.
—¿Todo bien? —pregunta el revisor.
—Sí, solo que…
—¿Me permite el billete, por favor? —responde extendiendo su mano.
Lino coge el abrigo y rebusca entre los bolsillos. ¡Bingo!
El revisor lo escanea sin apenas mirarle. Huele a rancio, como a vinagre.
—Buen viaje, caballero.
Lino vuelve a ocupar su asiento. ¿Dónde estará el tipo de las gafas?
¿Habrá conseguido lo que quería? ¿Y qué es lo que quería?
¿Que dejases la mochila en la basura del baño?
¡Con tu identificación dentro! Y las llaves del trastero.
¡Carallo! Pero ¿qué has hecho, idiota? Por cobarde, eso te pasa por cobarde. Vuelve.
Mira hacia atrás. Los revisores siguen allí, frente a los servicios. Carallo. Entran en un túnel. Al salir, ya no están.
Se levanta. Camina hacia allí. Las curvas le hacen tambalearse.
Al llegar al baño llama con unos golpecitos a la puerta.
No hay nadie. Entra y mete la mano en la papelera.
No puede ser. Mete la otra. Revuelve papeles sucios, servilletas con pintalabios, envoltorios de sándwich, pañales…
¡No está! Un sudor frío le hiela el espinazo.
La ha cogido un revisor. Van a llamar a la policía. Le van a meter en la cárcel y allí… allí no va a poder sobrevivir.
Entonces alguien abre la puerta.
—¡Ocupado!
Pero entre la rendija de la puerta aparece su mochila y, tras ella, una señora mayor con expresión de incomodidad.
—¿Esto es suyo, joven? —pregunta—. Asomaba por la papelera después de que usted salió.
Lino se aferra a ella como un buceador a la bombona de oxígeno. Se le saltan las lágrimas.
—Gracias, señora. Gracias.
«España bebe, España se droga». Pero todavía hay gente buena, ¡carallo!
En León, un juez de guardia autoriza a Lidia y a Sarabia a acceder a los datos de la plataforma que rastrea el GPS de la furgoneta.