Punto muerto Capítulo 30
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Capítulo 30

—Entonces ¿qué crees que transportaba ese Nico?

—Por sus antecedentes: droga.

Sarabia se enciende un pitillo y baja la ventanilla dos dedos.

—Ya. ¿Y armas?

—Podría ser también —responde ella—. Pero un tío a quien pillan con dieciocho o veinte años haciendo sus pinitos… es más fácil que haya seguido con ello que no que se haya pasado a las armas.

Juanjo expulsa el humo con los ojos fijos en los campos helados.

—¿Y mercancía robada? —pregunta sin mirarla.

Lidia tuerce el gesto pero él no la ve.

—Lo dudo. Podrían ser joyas, electrónica cara, no sé… —Chasquea la lengua—. Pero no sería mi hipótesis principal. ¿Aunque sabes de lo que estoy segura?

Sarabia la mira mientras da otra calada.

—Sí. De que, fuese lo que fuese, valía una pasta.

—Eso por supuesto —dice con una sonrisa—. Pero no. Me refería a lo de la mercancía robada. Si fuese robada, estoy segura de que no era el tipo de producto que puede mover una empresa como… —Vuelve a chasquear la lengua—. Joder, ¿cómo se llamaba?

—Comercial Santa Rita.

—Eso. Lo que sea que fuese en esa furgoneta no era de Comercial Santa Rita. Eso te lo aseguro.

Juanjo asiente.

—Ya. Así que si hay alguien allí habrá que apretarle las tuercas.

—Eso es, viejo. Eso es.

—¿Poli malo?

Ella asiente.

—Sí, pero los dos.

Llegan al punto donde ya habían estado: un pequeño polígono industrial a las afueras de León.

La nave es gris como solo puede serlo un lugar llamado Comercial Santa Rita.

A ver si esta vez hay más suerte. A ver si esta vez alguien abre la puerta.

Si no, tendrán que ponerse serios para localizar al supuesto administrador.

—¿Habías llamado, no? —pregunta su compañero mientras aparca.

—Sí, dos veces, pero nada.

Al bajar, Sarabia se adelanta y llama al timbre. Ella cierra el coche, pero al ver que nadie responde aprovecha para dar una vuelta alrededor. Ni rastro de cámaras. Ni en esa nave ni en las colindantes. Son las nueve menos cuarto de la mañana y todo parece demasiado tranquilo.

Lidia mira a su compañero.

—¿Qué?

—Nada —dice él.

—Esto ya huele mal.

Pero mientras pronuncia estas palabras, un lujoso BMW X3 se detiene en la puerta. Ambos lo observan en silencio. La ventanilla del vehículo se baja.

—¡Ya va! —grita una voz ronca desde el coche.

De él baja un tipo con aspecto de feriante cansado o empresario de los que pagan siempre en negro. Pelo ralo, barriga mal disimulada bajo una camisa rosa. Americana de pana. Pantalones chinos arrugados. Sus ojeras delatan el cansancio o la resaca. O ambas cosas.

—¿León Santa Rita? —pregunta Juanjo.

—El mismo —responde con una sonrisa—. ¿Qué se les ofrece?

—Guardia Civil —dice ella, mostrando la identificación—. ¿Podemos pasar?

El tipo mira a ambos lados.

—¿Acaso tengo elección? —dice riéndose—. Por supuesto. Adelante. Están en su casa.

En el interior se encuentran con un almacén en cuyas estanterías hay palés y palés con cajas de bebidas, comida y demás productos enfocados a la hostelería: servilletas, posavasos, pajitas…

Al atravesar el muelle de carga se encuentran con una furgoneta con la misma rotulación que la del accidente: COMERCIAL SANTA RITA .

Lidia se la señala a su compañero con la barbilla.

—Por aquí —dice el tipo conduciéndoles hacia unas escaleras.

Lidia sube tras él sin quitarle ojo. A esas alturas, casi podría hacer el retrato robot de un mentiroso. Y saldría ese tipo.

—No se esperaban que viniese, ¿eh? —dice el tipo mientras se quita la americana—. Menos mal que me ha dado por madrugar.

Nadie ríe.

En la parte superior del local se encuentran unas oficinas acristaladas. En las mesas se amontonan grandes cantidades de papel y, tras ellas, estanterías metálicas con archivadores. Ni un solo ordenador a la vista. El aspecto de una empresa de los años previos a la informatización.

—Siéntense —pide el hombre mientras se acomoda frente a una mesa redonda en uno de los despachos.

—Es usted el administrador de la empresa, ¿cierto? —pregunta Lidia.

El hombre asiente mientras saca una cajita de caramelos del bolsillo.

—Según consta. se dedica a la distribución de alimentos y productos para la restauración.

—Justo.

—¿Conoce a Nicolás Domiño? —pregunta Lidia.

—Sí, por supuesto, es uno de mis chóferes.

—¿Y no le ha echado en falta últimamente?

El hombre asiente mientras se lleva a la boca un caramelo.

—Sí. Hace bastantes días que no le veo. ¿Por qué? —pregunta arrugando la frente.

—¿Y no le ha extrañado?

—Bueno, sí… pero él es autónomo. Ya saben. No siempre viene por aquí. Debe trabajar para otros y no habíamos concretado otra entrega.

—Entonces ¿las furgonetas no son suyas?

El empresario niega con la cabeza.

—Pero lleva su nombre rotulado en ellas —incide ella.

—Bueno, ya. Eso es porque les pago algo más por llevarlo. Ya saben —dice con una sonrisa—. Marketing. Visibilidad de marca.

—Claro, claro —responde Sarabia cáustico—. ¿Y no recibió quejas de sus clientes por no haber recibido la mercancía?

Los ojos del tipo empiezan a saltimbanquear de un lado al otro. Eso son nervios. Lo sabe. Han dado donde duele.

—No. ¿Por qué deberían haberse quejado?

—Tuvo un accidente cerca de aquí.

El hombre levanta las cejas.

—¿Cómo?

Esa reacción parece verdadera.

—Como lo oye. Está en coma.

—No-no… no sé qué decir. Lo siento mucho. Espero que se recupere. Es un buen tipo y…

—En la guantera había bastantes albaranes de refrescos —interrumpe ella—. Uno de ellos de pocos días antes del accidente. ¿Es eso lo que transportaba?

Sarabia le mira de reojo.

—Sí. Si me permiten un momento voy a revisar mis papeles.

León Santa Rita se dirige a su escritorio y saca de un cajón una libreta de tapas duras. Durante algunos segundos está pasando páginas.

—Así es. Ese mismo día había cargado cien packs de Coca-Cola. Seiscientas botellas de litro y medio.

Sarabia se ríe.

León parpadea rápido. Mueve el caramelo de un lado al otro de la boca y desvía la mirada, como si esperase que alguien más respondiese por él.

—¿Y tiene el listado de clientes donde solía repartir? —pregunta Juanjo.

—Sí, claro —responde el tipo como si esperase la pregunta.

Vuelve a abrir el mismo cajón y saca una hoja de su interior.

—Este es el listado de clientes.

Sarabia se acerca al empresario y coge el documento. Le echa un rápido vistazo y se lo entrega a ella.

—Lo comprobaremos —dice Lidia al tiempo que se levanta.

Juanjo vuelve a acercarse al tipo, que continúa agazapado tras la mesa.

—Y ahora de verdad —dice Sarabia crujiéndose los nudillos—. ¿Qué cojones llevaba en la furgoneta ese desgraciado?

El hombre sonríe nerviosamente.

—No sé a qué se refiere. Refresco, ya se lo he dicho. ¿Qué iba a llevar si no?

Ella también se acerca a la mesa del empresario.

—¿Y para eso tenía instalado un emisor GPS?

—Aaah, es por eso —responde el hombre desplegando los brazos—. Los chóferes acceden a llevarlo voluntariamente. Solo para saber los bares o restaurantes que tienen más cerca por si sale una urgencia. —Sonríe—. No es por controlarlos.

—Entonces denos acceso a la plataforma con los movimientos de Nicolás Domiño —dice Lidia.

León Santa Rita ensombrece su rostro. De pronto le aparecen mil arrugas y aumenta el contraste de sus facciones.

—No voy a hacer eso sin una orden judicial.

Lo que suponía.

—La pediremos.

Sarabia palmea con fuerza sobre la mesa.

—¡Y vendré yo a metérsela por el culo!

En Barcelona Faisal sube a un autocar con una bolsa deportiva cargada de billetes.