Punto muerto Capítulo 29
47%

Capítulo 29

Darle a aquella mujer veinticuatro mil euros sin pestañear —tal como lo había hecho Mills— le ha devuelto parte de la autoestima.

Le ha hecho sentir como nunca, carallo.

Y ahora no cabe en sí. Hacía años que no estaba tan tranquilo como ahora. Tan en paz consigo mismo.

Pero si tienes a tu hermano moribundo, Lino, por favor. ¿Cómo te vas a sentir bien? Además, no llamaste a los servicios de emergencia. No lo olvides, Lino.

Nunca lo olvides.

Quizá si lo hubieses hecho, ahora Nico estaría consciente.

Por no hablar de la cocaína que escondes en un trastero a tu nombre y a la vagabunda esa de la gasolinera que te chantajea.

Que sí, que la chica, pobre, tiene razón.

Que va a sacar un buen pico de todo eso y ella está necesitada.

Es normal que le pida algo. Es de justicia pero…

La respuesta es sí. Estoy de puta madre, carallo. Ya tengo piso y pronto podrán arreglar el tema de la custodia de Rebeca.

Suspira e imprime el excel.

Media mañana ocioso y en un estado mental liberado le han proporcionado la oportunidad de explorar su creatividad. De dar rienda suelta a su potencial. Coge la hoja que acaba de imprimir, la grapa a las demás y las mete dentro de una carpeta que le ha pedido a Megan.

Proyecto Taxi.

Mientras observa su trabajo el móvil le vibra en el bolsillo. Es la Peleona.

Supway de La Ràpita. Mañana 18.00.

Ven solo

Cuando Faisal llega a casa para comer le lanza la carpeta con el plan de negocio sobre la mesa.

—¿Qué es esto, amigo? —pregunta mientras se mordisquea las uñas.

—Un plan de negocio para los dos.

—¿Taxi? —pregunta Faisal señalando el título.

—¿No tenías licencia, me dijiste?

Faisal va hacia la cocina. Él le sigue.

—Sí, sí. Yo he sido taxista. Hace años. Aquí en Barcelona. Tengo licencia. Pero ¿qué es eso de Proyecto Taxi?

—Podrías habértelo mirado —le recrimina.

Faisal mete en el microondas un plato de arroz precocinado.

—Voy un poco tarde, amigo. ¿Me lo explicas?

Lino duda.

—¿Sabes leer, no?

Su compañero deja de mirar el microondas y le clava los ojos.

—¡Pues claro!

Se siente aliviado.

—Verás. Tengo que hacer algo para poder ingresar en el banco lo del otro día. Si no lo legalizo, ese dinero no existe. No puedo hacer nada con él.

Faisal saca el bol de arroz del microondas. Se quema un poco al hacerlo y lo deja corriendo en la encimera.

—¿Y qué tiene que ver el taxi con eso, amigo? —pregunta con una sonrisa.

Si quiere su ayuda, va a tener que ponérselo fácil.

—A ver. ¿Cuánto cobras en el taller?

—Mil doscientos euros.

—Está bien. ¿Y qué me dirías si yo te pago mil trescientos si vuelves a ser taxista?

—¿Que me quedo en el taller?

Faisal coge el bol y sale hacia el comedor. Él le sigue.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Porque prefiero mil doscientos cada mes que ahora me des mil trescientos euros y ya está.

Lino se relaja.

—Me refiero a mil trescientos al mes, Faisal. ¡Cada mes! Para tu familia —dice.

—Aaah. Vale —responde riéndose—. ¿Y dónde tienes el taxi?

Su compañero se sienta a la mesa.

—Bueno. Aún no es mío, pero pronto lo tendré. Tengo que realizar unas gestiones antes. —Hace una pausa para sacar su portátil y ponerlo en la mesa—. Mira. Un Skoda Octavia con licencia incluida por ciento cincuenta mil euros.

Faisal silba.

—Es muy bonito, amigo —dice con una sonrisa—. Me gusta la idea. Me gusta. Más limpio que el taller. Y más dinero.

Lino asiente devolviéndole la sonrisa. Lo ha conseguido.

—¡Sí! Y, además, lo mejor de todo es que no vas a tener que conducirlo.

Faisal acaba de masticar el arroz con una mueca de extrañeza.

—¿Cómo?

—Claro. Yo cada mes ingresaré en el banco nueve o diez mil euros de los que tengo allí —dice señalando su habitación—. Como si los hubieses ganado haciendo carreras. Y de eso te pagaré la nómina. Todo legal.

—Bueno, legal legal… —responde Faisal con la boca llena.

—Tu nómina sí.

Su compañero asiente sin parar de comer.

—Pero hay una cosa que no entiendo.

—¿Qué?

—¿Por qué no aprovecho que tenemos el taxi y lo conduzco, y así ganamos más dinero?

Lino pone los ojos en blanco.

—¡Porque entonces tendría más dinero!

—¡Claro! De eso se trata. —Hace una pausa—. ¿O no?

—¡No! Necesito un negocio que no funcione. El peor negocio del mundo —matiza—. Si va demasiado bien, Hacienda preguntará. Pero si va mal podré blanquear.

Faisal asiente con esa mezcla tan suya de bonhomía naif y desconcierto.

—¿Y cuándo tendrás el taxi? —pregunta pragmático.

—Pues precisamente para eso te necesito. —Blande la carpeta en una mano—. Ahora bajaremos un momento al banco, les mostraremos tu licencia y este plan de negocio que he hecho. A ver si cuela y me conceden el préstamo.

A Faisal ya se le ve completamente perdido. Deja de comer y se reclina en la silla.

—¿Para qué quieres un préstamo si ya tienes el dinero?

Lino coge la mochila del recibidor y regresa.

—Faisal, por favor. Porque el banco me preguntará de dónde he sacado ese dinero. ¿Y qué le voy a decir?

Su compañero asiente al mismo tiempo que se levanta de la silla.

—Pero te vas a gastar ciento cincuenta mil euros en blanquear trescientos mil? Eso es la mitad. Yo no entiendo mucho pero… no parece muy bonito.

—Espero tener más de aquí a unos días —dice mientras se cuelga la mochila al hombro—. Y se dice invertir, no gastar.

Faisal sonríe con un doble movimiento de cejas.

Al entrar en la oficina bancaria les da la bienvenida el aroma de una discoteca antes de recibir a sus clientes.

Tienen un buen rato para reflexionar sobre lo divino y lo humano mientras aguardan su turno en una de las butacas.

La sucursal parece una tienda de muebles de diseño baratos a la que le han integrado un punto de venta de Nespresso.

Al fin les atiende un gestor. Es joven. Más joven que él.

Revisa el plan en silencio. Él aguanta la respiración como si se tratase de una ecografía del corazón. Como si esperase el veredicto de su cardiólogo sobre el estado de sus aurículas y ventrículos.

—¿Y dice que necesita ciento cincuenta mil euros?

—Eso es —se apresura a responder—. Y estas son mis nóminas.

Pone sobre la mesa seis fotocopias. El gestor las coge y las hojea.

—Un trabajo fijo siempre suma —dice sin mirarle.

Lino agita la pierna nerviosamente. Faisal, a su lado, permanece impasible. Ni se inmuta. Claro que él ignora lo de su despido.

Después de un rato consultando en el ordenador el gestor le dice:

—Pero verá, no acabo de entender por qué no va a conducir usted el taxi.

—Es que yo no tengo licencia.

El gestor abre los ojos exageradamente y levanta las cejas sin decir nada.

—Solo es una inversión. Aquí mi amigo es quien tiene la licencia y quien lo conducirá. Tiene experiencia.

El gestor vuelve a bajar la cabeza. Revisa el plan y, de vez en cuando, levanta la vista para mirarles. Como si les estuviese comparando con algún tipo de retrato robot.

Al fin, el joven gestor le devuelve el plan de negocio con una sonrisa cáustica.

—Muy buen trabajo, señor Domiño —dice—. Pero mucho me temo que sus expectativas no son nada razonables. Demasiado optimistas. Y tener que pagar una nómina además de los gastos de combustible… —Niega con la cabeza.

—¿Y mi nómina? —se defiende.

El gestor asiente con la cabeza y se acoda en la mesa.

—Sí. Pero verá, señor Domiño. Según nos consta, está usted muy apalancado en estos momentos. Ya tiene otros préstamos y… a decir verdad, no parece que le quede demasiado disponible para hacer frente a las cuotas de otro más.

Lino asiente. Le hierve la sangre.

—Muy bien, muy bien —responde mientras saca del bolsillo el cheque con el finiquito—. Pues entonces voy a ingresar esto.

Sale de la oficina como casi siempre: con la sensación de estar al borde del banco de alimentos.

Pero hace un esfuerzo para reponerse. Esta vez es distinto.

Esta vez tienes más dinero debajo del colchón del que hubieses ganado en diez años en ese vertedero hormonal.

Solo debes averiguar cómo sacarlo a flote para que te sirva de algo.

—¿Y ahora qué? —pregunta Faisal.

—Hay un plan B —dice mientras saca el móvil—. No te preocupes. Pero necesito que confíes en mí.

—Si encerrarme en una furgoneta con dos matones en el camino de la Pava para ir a ver a un narco con una iguana no es confiar en ti… —Le da una palmada en la espalda y le sonríe—. Tú hazme rico y yo seguiré confiando en ti, ¿vale? Por mi familia, claro —añade.

Lino revisa el mensaje que le ha enviado la Peleona.

—Entonces escucha: mañana tienes que hacerme el favor de ir a Madrid.

—¿Y el taller?

—Me acabas de decir que confías en mí, Faisal. Si no confías en mí, al menos hazlo en los trescientos mil euros que tengo debajo de la cama.

Faisal se encoge de hombros.

—Bueno, vale. ¿Y para qué tengo que ir?

—Para comprar un boleto de lotería premiado.

En el hospital de la Paz todo sigue igual. El gotero gotea, el respirador respira y el monitor monitoriza.