Punto muerto Capítulo 28
45%

Capítulo 28

Punto ciego

—¿Y Nirvana? ¿No viene? —preguntó Sara poniéndose las gafas de sol.

Lino dejó en el recibidor la mochila en la que llevaba la muda para la noche que pasaría allí.

—No podía. Tenía que ir al centro a comprar un vestido para una boda.

—Lástima —dijo Marc pasándole una cerveza—. ¿Y tú qué? ¿ Vienes a mesa puesta, cabrón?

—Cercanías, ya sabes, tío.

—Pero si Montornés no tiene tren, capullo.

—Por eso —respondió riéndose—. He tenido que subir en autobús.

Fuera Carlos mantenía a raya las brasas con unas pinzas, mientras Matías y Jessica preparaban el pan con tomate.

No hacía ni dos meses que habían acabado las clases del máster y ya les había echado de menos.

—Vaya, vaya, tú por aquí —dijo Carlos ofreciéndole un choripán—. Toma, come.

Jessica subió el volumen del altavoz.

Y empezó a bailar y cantar como si montase un caballo. Lo hizo con tal entusiasmo que la cerveza se le derramó provocando los abucheos de los demás.

—¡Está borracha! —exclamó Matías con los pómulos colorados y el gin-tonic en la mano.

—¡Vamos! A la mesa —dijo Sara poniendo sobre ella dos botellas de vino—. Esto frío no vale nada.

La comida transcurrió como cualquier barbacoa con los amigos: alegre, calurosa y etílica. El plan era bañarse en la piscina hasta que cayera el sol, cenar y seguir borrachos mientras jugaban a algún juego de mesa hasta caer rendidos por el sueño. Pero sobre las cinco de la tarde todo cambió.

Marc apareció en la piscina con la cara descompuesta, la toalla en una mano y el móvil en la otra.

—Ha habido un atentado.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Dónde? —preguntó Carlos.

—En Barcelona. Dicen que en el centro.

Lino salió del agua con el corazón acelerado y fue a coger su teléfono.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Parece que todavía no se sabe, pero hay centenares de heridos en las Ramblas.

—Carallo, Nirvana iba de compras por allí —dijo mientras miraba las noticias—. Y mi hermano, que ha venido a hacer turismo unos días, tampoco sé dónde está.

—¡Joder! —dijo Sara—. ¿Y estarán bien?

—No lo sé. Voy a llamarlos.

Lino contenía la respiración con cada tono.

Nadie contestó.

El teléfono de su hermano no daba señal y Nirvana no respondía a la llamada.

Su preocupación fue en aumento.

—¿Alguien puede llevarme a Barcelona?

Marc se ofreció a hacerlo.

El viaje se le hizo eterno. En la radio las noticias bombardeaban incesantemente con todo tipo de hipótesis y teorías. Pero nadie sabía ni entendía aún lo que acababa de pasar.

Marc quitó la radio. A él no le importó.

—¿Cómo es que estás viviendo en casa de Nirvana? —preguntó su amigo.

—De sus padres —corrigió—. Porque ellos están de vacaciones en el camping, en Lloret. Y se ha quedado sola.

Marc asintió sin apartar la vista de la carretera.

—¿Y tu hermano? ¿Dónde está?

—En mi piso compartido. Ha venido unos días a visitar Barcelona aprovechando que yo dejaba mi habitación libre.

—Ah —respondió Marc mirándole de reojo—. ¿Y ha visitado ya la Sagrada Familia?

Su amigo trataba de mantenerle distraído. Como la enfermera que habla del tiempo antes de pincharte la vena o el taxista que te cuenta una batallita justo antes de que pierdas el tren. Se lo agradecía pero volvió a encender la radio.

No podía quitarse de la cabeza a las dos personas que más quería en el mundo. Había dudado sobre adónde ir primero, pero lo más lógico era pasar por casa de Nirvana. Al fin y al cabo es donde estaba viviendo.

Al entrar a Barcelona las calles estaban desiertas. Solo el lamento de las sirenas rompía el lúgubre silencio en el que la ciudad se había sumido aquel 17 de agosto de 2017.

Sacó el teléfono y volvió a marcar. Ahora ni siquiera había señal. En la ciudad las líneas debían de estar colapsadas de familiares tratando de contactar con sus seres queridos.

En la radio la historia seguía igual. Confusa. Hablaban de multitud de muertos, infinidad de heridos e incluso de gente atrincherada en comercios y de rehenes en un restaurante. Lino sabía que ese era uno de esos días en que uno siempre recordaría lo que hizo o dónde estaba.

Él al menos no lo olvidaría.

—Ya estamos —dice Marc deteniendo el coche en doble fila—. ¿Te espero aquí?

—No hace falta, gracias.

El calor era sofocante. Costaba respirar. Olía a sangre.

Abrió el portal. Nirvana le había dejado las llaves durante aquellos días. Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al tercero. Abrió la puerta y entró.

Todo estaba quieto y en silencio. Como la ciudad.

—¿Hola? —dijo.

No hubo respuesta. Algo iba mal. La boca se le secó.

De pronto unas risas al final del pasillo.

—¿Nirvana?

Entonces escuchó unos ruidos y fue hacia allí.

Se sintió aliviado. Menos mal. Por un momento se había temido lo peor. Recorrió el pasillo a paso ligero. Decidido. Su rostro empezaba a esbozar una sonrisa.

Ya solo le quedaría localizar a Nico.

La puerta del dormitorio estaba entornada. La empujó para acabar de abrirla y asomó la cabeza.

—¿Hola?

Allí estaba ella.

Y allí estaba él.

Nirvana se giró todavía riéndose. Nico no había oído nada. Estaba tumbado en la cama, sin camiseta y con el brazo rodeándola a ella. Cuando le vio se quedó con los ojos muy abiertos. Sus labios se movieron rápidamente tratando de decir algo.

Pero no dijeron nada.

—¡Lino! —gritó ella.

Él no respondió. Se quedó allí plantado como si le hubiesen desconectado de la vida. Trató de fotografiar en su memoria aquella imagen para no olvidarla jamás.

Se dio la vuelta y se fue.

Nadie habló. Nadie corrió. Y nadie, nadie, pidió perdón.

Al salir, el sonido de un helicóptero le cortó la respiración.

No podía quitarse de la cabeza a las dos personas que más quería en el mundo.