Punto muerto Capítulo 27
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Capítulo 27

Faisal aparece en la cocina comiendo una magdalena.

—¿Qué tal la noche, amigo? —le pregunta con una sonrisa pícara.

—Buuuf, no he podido pegar ojo —responde—. En cuanto me dormía soñaba que la iguana era un cocodrilo que me comía las manos. Un horror. En fin, siento que me pesan las ojeras. ¿Y tú?

Faisal se ríe.

—Yo he dormido genial. He soñado con un millón de formas en las que gastar los dos mil euros que me pagaste.

Lino da un sorbo al café.

—Para traer a tu familia, ¿no?

—Sí, claro, claro.

Megan irrumpe entre los dos caminando deprisa con una palangana rebosante de ropa.

—Perdón, perdón. Buenos días, chicos —dice sonriente.

En cuanto desaparece por el pasillo Faisal le mira.

—¿Esta chica siempre está contenta?

Los dos salen de casa juntos, con sus mochilas a la espalda. En la calle sus caminos se separan. Faisal se va para el taller y él… al infierno de acné y pus con olor a choto.

¿Cómo podía haberle soltado aquel tipo trescientos mil euros sin casi pestañear? Debe de estar acostumbrado a hacer eso, claro. De otra forma no se explicaría. Parecía un profesional. Y seguro que lo es. De todas formas él lo ha contado todo al llegar a casa.

No faltaba ni un céntimo.

Soltó la pasta como si estuviese dejando la propina en un restaurante después de la copa y el puro. Debe de estar acostumbrado a hacer esos negocios, sí. «España bebe, España se droga»: está claro.

Aprovecha el camino para escribir un mensaje a la Peleona.

Hola. Me llamo Keynes. La Ginebras me ha dicho que algo que tengo podría interesarte

Al entrar, la escuela huele a humedad y fotocopiadora. El edén de los aromas antes de llegar al aula. Atraviesa el pasillo y sube la escalera que le conduce a clase pero allí, plantado frente a la puerta, está Peinado, escoltado por otros dos docentes.

—Profesor Domiño —dice el director acercándosele—. Esto es para usted. Puede recoger todas sus cosas y pasar por mi despacho para firmar los papeles.

Al escuchar aquello le empieza a doler el estómago. No sabe qué carallo decir. Coge el papel. Sus mejillas están hirviendo. Mira a sus dos compañeros, tal vez buscando complicidad.

Demasiada vergüenza. Se da la vuelta y se marcha.

Sale de la escuela con un cheque de doce mil euros en el bolsillo.

Quizá deberías empezar a gestionar el dinero como el economista que eres.

La putada del despido no es el despido, ni tampoco el dinero que va a dejar de ingresar.

No. Con los doscientos noventa y ocho mil euros que tiene debajo de la cama no puede preocuparle.

El problema es que para blanquear eso necesita comprar algo con lo que poder hacerlo. Un negocio, una empresa, lo que sea.

Y sin nómina eso se complica.

No se puede blanquear sin dinero limpio. Qué paradójico.

La imagen del abogado de Azca viene a su cabeza.

De momento se le ocurre la forma de quitarse de encima una pequeña cantidad a la vez que mejora la situación con su hija.

Saca el móvil y llama a la propietaria del piso que había visto hace un par o tres de semanas.

—Hola. Llamaba por el piso en Badalona, el de…

—Está vendido —interrumpe la voz de una mujer al otro lado—. Pero tengo otro en Barcelona si le interesa. En Diagonal Mar.

Lino piensa. No tienes un riñón para pagarlo. Ah, bueno, sí. Tengo algo mejor.

—Pero ese será más caro —dice.

—Bueno, sí. Es Barcelona. —Hace una pausa—. Pero tiene vistas al mar.

¡Qué carallo!

—¿Y cuánto es? —pregunta.

—Emmmm. Mil, mil, mil… Mil seiscientos al mes.

Lino permanece algunos segundos en silencio.

—¿Podría ir a verlo ahora mismo?

—¿Ahora?

—Sí, tengo el día libre y…

Lino desvía su ruta.

En vez de regresar a casa sube al metro. La mujer le ha enviado todos los detalles en un mensaje.

Baja en la parada de Selva de Mar y camina por una calle flanqueada por edificios altos.

Se cruza con dos extranjeros que llaman su atención.

Son altos, son fuertes, son rubios. Visten caro pero cutre.

Parecen camellos de lujo, o algo peor: influencers.

Alta clase baja. Piensa en su hermano y también un poco en Fuckin’ Mills.

Cuando llega, una mujer de unos sesenta años le espera en la puerta con una sonrisa forzada y un rubio de bote. Suben juntos en el ascensor. Qué frío hace hoy. Enseguida estará aquí el verano. El tiempo está loco.

El ascensor tarda una eternidad en llegar al sexto.

—No es de inmobiliaria, ¿no?

Ella niega con la cabeza.

—No. Yo soy la propietaria. Así nos ahorramos una comisioncilla, ¿no?

Y sonríe.

El piso está impoluto. Parquet claro, mucha luz, cocina abierta pero bonita. Amplio, alegre, moderno.

—Está recién reformado —dice la propietaria.

—Ya veo.

Lino camina hacia el balcón. Mira a través del cristal.

—Es grande —dice ella señalando la terraza—. Diez metros cuadrados. Cabe una mesa y…

—Pero no tiene vistas al mar.

Ella sonríe.

—Bueno, sí. Mira. —Abre la corredera y sale—. Allí, entre aquellos dos rascacielos, ¿lo ves?

La mujer señala con precisión quirúrgica un pedazo de mar entre dos edificios.

—Pero eso… eso no es con vistas al mar —protesta.

—¿Qué quieres en Barcelona por mil seiscientos euros?

—Pues que no me engañen.

La mujer se cuelga el bolso.

—Mira, chico. Si no te interesa, no me hagas perder el tiempo, que tengo doscientos más como tú haciendo cola.

Qué jeta. Qué mundo de mierda. Qué injusto.

—Me lo dejas por mil quinientos. Eso no son vistas al mar sino al concepto de mar.

—¡Imposible! —exclama ella apagando la luz del salón—. Vámonos.

—De acuerdo —responde él—. Entonces dos mil al mes pero en negro. Te doy todo el año por adelantado si no me pides nada más. Ni avales, ni nóminas ni contratos.

Ella frunce el ceño y pone brazos en jarra.

—Pillín, pillín —dice, y de pronto sonríe—. Así me gusta. Haciendo las cosas a la vieja usanza, como Dios manda. Ahora ya me gustas más, chico.

—¿Hecho, entonces?

—Hecho —dice ella—. Y si te sobra algo más de eso que tienes por ahí, que sepas que vendo el taller de abajo por sesenta mil euros.

—Me lo anoto.

—No te lo pienses mucho que…

—Sí, sí —interrumpe—. Que tiene cola…

Ella sonríe y se dirige a la puerta.

—Espera un momento. Voy a por un recibo y a por otro juego de llaves.

Él se queda allí. En mitad del salón vacío. En el tipo de piso que le hubiese gustado compartir con Nirvana.

En el hospital de la Paz, en Madrid, una esposa se despide de su marido en coma.