Punto muerto Capítulo 26
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Capítulo 26

Una oscuridad densa y desapacible se ha cernido sobre el cielo del extrarradio madrileño. Nadie en su sano juicio caminaría por aquel polígono industrial a esas horas. Nadie salvo ese desgraciado que había decidido citarles allí.

Citarse con el cadáver de Chupa de Cuero.

Él mismo se habí a tendido una trampa dentro de otra. Como las muñecas rusas del engaño. Un tramposo siempre acaba cayendo en su propia trampa, ¿no?

Cuando Desgraciado, al fin, se cansó de soportar el frío y la humedad de ahí fuera decidió volver a la nave.

Y allí estaban ellos. Agazapados. Listos para colarse tras él.

Su hijo Fran lideró el camino. No necesitó hacer ruido.

A veces, lo mejor de un arma no es el cañón ni la bala que dispara.

Justo en la puerta de la nave le golpeó con la culata y lo empujó hacia dentro.

—¿Quién coño sois? —grita Desgraciado al recuperar el conocimiento—. ¿Dónde está Chupa?

Él está sentado tras una mesa de caoba en un lateral de la nave. Gira una lámpara de flexo y enfoca al desgraciado a la cara.

—Como no me digas lo que quiero saber pronto lo averiguarás.

Y seguidamente hace una señal de aprobación a su hijo. Este se enrolla el extremo de una toalla mojada en la mano, da un paso hacia atrás para tomar impulso y le golpea con fuerza en los testículos.

El muy infeliz grita entre lágrimas y sollozos.

—Lo diré todo, por favor, parad.

El interior de la nave está oscuro, solamente hay luz en ese rincón improvisado como despacho.

El flexo recorta a lo lejos formas de objetos robados que el cómplice de Chupa pretende vender.

Entre ellos una hermosa silla estilo Bauhaus cuyo asiento Fran se ha entretenido en recortar para poder dejar al desgraciado en pelotas y con los huevos colgando.

Palabras textuales suyas: «Lo he visto en una peli».

—Canta —ordena.

El cómplice de Chupa de Cuero mira al suelo con los ojos cerrados y negando con la cabeza. Las lágrimas se unen a la saliva y le chorrean por la barbilla.

—Yo no tengo nada, joder. No he hecho nada —murmura sin mirarle.

—¿Más? —pregunta Fran.

Él niega con la cabeza. Hay que darle una oportunidad.

—Cuéntamelo todo desde el principio, o te reventaremos las pelotas y entonces sí que cantarás fino.

El tipo sigue negando y lloriqueando.

—No he hecho nada —repite mientras levanta su mirada encharcada—. Teníamos que robar una furgoneta. Solo eso. Y luego Chupa pasaría a buscarla.

Vaya, vaya.

César coge su silla y se sienta frente a Desgraciado.

—A ver, que yo te entienda —dice dándole unas palmadas en el muslo—. ¿Te pidió Chupa que robases la furgoneta de Nico?

—No lo sé. No sé quién es Nico. Me pidió robar una furgoneta, nada más. No sé de quién.

Su hijo le vuelve a mirar. Ahora asiente. Que no se piense que se andan con chiquitas. Fran sonríe, baja la toalla mojada y la balancea.

—¡No, no, no, por favor! —chilla Desgraciado.

Fran toma impulso y golpea con todas sus fuerzas los cojones del pobre ladrón.

—¿Por qué no la robaste?

—No-no-no-no…

Desgraciado zollipa sin poder hablar.

Será mejor tener paciencia con él unos minutos.

—No lo sé —dice al fin—. Estuvimos esperando.

Unas horas. En Monteluna. —Suspira y escupe al suelo restos de saliva—.

Dentro iba alguien que tenía que pinchar una rueda en algún sitio.

Tenían que quedarse sin aire cerca de Monteluna.

El conductor llamaría al seguro y nosotros apareceríamos los primeros con la grúa robada y, entonces, mientras el acompañante de confianza que iba dentro le entretenía, nosotros nos la llevaríamos.

El tipo hace una pausa para recuperar el aliento. César decide no interrumpirle.

Deja que hable.

—Pero Chupa de Cuero no me avisó. No pudimos hacer nada y nos largamos. Lo juro por Dios. Os juro que no tengo nada.

César asiente. Su hijo le mira con una sonrisa macabra y entonces le dice que no con la cabeza.

—¿De la confianza de quién? —pregunta volviendo a mirar a Desgraciado.

Este trata de encoger los hombros.

—Creo que del conductor. Una especie de infiltrado.

—¿Iba a traicionarle?

—No sé. Supongo.

—¿O trabajaban juntos?

El ladrón niega con la cabeza.

—Si el conductor estuviese metido, Chupa no nos hubiese necesitado, ¿no crees?

Tiene sentido.

—¿Y por qué salió mal?

—¡No sé, joder! —grita tratando de soltarse de las ataduras—. Ya os he dicho todo lo que sé. Tenían que avisar a Chupa y él me llamaría a mí. Pero no lo hizo. Y nos largamos —resopla—. ¿Me vais a dejar ir ya?

Fran mira al tipo lloroso y luego a él.

—Ya vale, papá. Si no sabe más, no sirve para estar vivo —dice sacando la Glock.

Desgraciado le mira con los ojos muy abiertos.

—No, por favor.

—¿Seguro que no sabes nada más? —le pregunta.

El cómplice niega con la cabeza baja y sollozando otra vez.

—¿Ni tampoco quién era el infiltrado?

El tipo arranca a llorar. Su cuerpo pálido y tembloroso se deja caer sobre la barriga. Los calcetines de ejecutivo le dan un aire cómico.

—Alguien de la confianza del conductor. Nada más.

César mira a su hijo.

—Envíalo al forense —ordena—. Sin hacer ruido.

«Alguien de la confianza del conductor», se repite una y otra vez sin dejar de mirar el cuerpo que descansa sobre la silla mutilada.

Su hijo sale del aseo.

—Ya está —dice.

El agua le gotea por el rostro y por las manos.

—¿Has tocado el grifo?

—Claro —responde sin mirarle—. Con el codo.

Ya en la moto Fran se acaba de limpiar las manos con un paquete de toallitas de recién nacido. Qué paradójico.

«Alguien de la confianza de Nico», vuelve a repetirse.

—¿Tú crees que…?

Fran se gira.

—¿Qué?

—Nada, nada —duda.

Alguien que lleve años en la vida de Nico, quizá. Alguien a quien le abriría la puerta sin pensar, quizá. Alguien con quien compartiría cama…

—Ha sido la puta de su mujer —sentencia.

Fran frunce el ceño.

—¿De quién, papá?

—De Nico.

—¿Es puta? —dice su hijo mordiéndose el labio inferior.

César pone los ojos en blanco.

—Vamos a hacerle una visita.

—¿Ahora? —pregunta Fran mientras se pone el casco.

La sierra madrileña duerme bajo una niebla espesa. A esas horas no hay luces encendidas en las hileras de casas adosadas ni tampoco tráfico en la autopista. Ni siquiera runners en las calles. Tan solo el zumbido de la moto rompe el silencio invernal.

Se detienen frente a una de aquellas casas pareadas de dos plantas con idénticos jardines frontales y traseros.

César se baja primero.

—¿Estará sola? —le pregunta su hijo.

—Ahora lo veremos.

La verja está cerrada con llave. Le entrega la gabardina a su hijo y la salta. No parece que haya perro.

Fran lanza las chaquetas al otro lado y le sigue. Rodean la casa por el lateral hasta llegar a la puerta trasera. Allí saca del bolsillo un estuche de cuero.

El césped huele a húmedo. La niebla emborrona la silueta de una piscina y una barbacoa. Al otro lado una tupida pared vegetal les separa del jardín vecino y les brinda intimidad.

—¿Vas a…? —susurra Fran.

—Shhh.

César saca unas ganzúas y se agacha frente a la entrada.

Tarda unos pocos minutos en hacer clic. Magia.

La puerta de aluminio cede sin protestar.

Saca el móvil y alumbra el interior. Avanzan en silencio.

Una vivienda típica de clase media. Sin miseria ni tampoco lujos. Ordenada, eso sí. Huele a lavanda.

No encienden las luces. El parquet apenas cruje. Todo está en silencio.

Su hijo le toca el hombro.

—¿Qué? —susurra.

—¿Y ahora qué?

César permanece unos segundos en silencio. No tiene un plan claro. Pero sabe lo que siempre funciona.

Abre la nevera con parsimonia bajo la atenta mirada de Fran. Saca una botella de leche, la destapa, la huele. Está bien. La deja en la encimera y abre un armario.

Su hijo le mira confuso.

—¿Qué haces, papá? ¿No subimos?

Saca dos vasos, los llena y bebe de uno de ellos.

—Es más fácil que baje ella.

—Está bien —dice Fran elevando el tono del susurro—. Nos quedamos aquí tranquilitos. Nos relajamos.

Su hijo coge el otro vaso y se va hacia el salón. Él le sigue. Ve cómo enciende el televisor y empieza a curiosear por plataformas de streaming.

César se le acerca con el vaso de leche.

Fran bebe un poco mientras pasa películas con el mando.

—¿Esta no es la del calvo ese en la que el corazón le tiene que ir rápido o la palma? —pregunta mirándole.

—Ni puta idea —responde dando otro sorbo a la leche—. Ponla.

—¿Cómo?

Le coge el mando y pulsa el botón. En efecto, la película abre con un calvo corriendo como un loco y música rock a todo trapo.

Su hijo se sienta en el sofá a verla.

En el piso de arriba se oye una cisterna. El parquet cruje y se escuchan algunos pasos.

—Hay alguien —dice Fran señalando hacia lo alto.

Él no dice nada. Da otro sorbo a la leche.

El calvo de la película sigue dando saltos a cámara rápida.

—¿No te suena?

Arriba se escucha el clic de un interruptor. Una luz tenue baja desde el pasillo del piso superior. El sonido de los pasos se detiene en lo alto de la escalera. Justo como pasa siempre.

César deja su vaso en la mesa y se limpia el bigote con el dorso de la mano. Los pasos empiezan a descender. Desde donde está puede ver unas zapatillas seguidas de una bata. Se sitúa sigilosamente junto a la escalera.

Nirvana baja los peldaños de uno en uno, indecisa.

Agacha un poco la cabeza y ve el televisor encendido.

Duda. Pero no intuye la sombra de Fran sentado en el sofá, porque continúa bajando y se dirige justo allí.

Da algunos pasos más hasta alcanzar el salón.

Y entonces le ve. Él levanta el vaso de leche como si brindase y ella chilla.

—¡Socorrooo!

Y da unos pasos atrás. Pero al girarse se encuentra con él en la penumbra.

—¿Nos echabas de menos?

Ella se lleva la mano al pecho. No grita pero empieza a respirar deprisa, como si se ahogase.

—¿Qué… qué hacéis aquí? —pregunta.

César enciende la luz.

—Solo hemos venido a hablar.

Ella expulsa el aire despacio como si tratase de controlar la respiración.

—¿Y para eso os coláis en mi casa? No tenéis derecho.

—No hace falta permiso ni derecho si sabes cómo entrar —dice agarrándola del brazo.

—¿Qué coño haces? —pregunta ella revolviéndose—. ¿Qué queréis?

El calvo del televisor sigue corriendo y dando brincos.

—Saber dónde está la mercancía.

—¡Que yo no sé nada, joder!

Nirvana vuelve a revolverse y César le suelta el brazo.

—Siempre lo mismo —dice él—. Decís que no sabéis nada, pero luego aparecéis con el bolso Louis Vuitton y la calefacción por suelo radiante.

César palmea el parquet con pie.

—No tengo ningún bolso Louis Vuitton —protesta ella—. ¿Por qué dices eso?

César intenta ponerle la mano en el hombro pero ella se zafa rápidamente.

—Porque, amiga, cuando se gana, bien. Pero cuando se pierde y toca apechugar, nadie quiere saber nada.

Su hijo se levanta del sofá con tranquilidad. Da un último sorbo al vaso de leche y se acerca a ella.

En la tele el calvo está dando una paliza a varios tíos.

Fran levanta la mano y le da una bofetada en la cara. Luego la agarra con fuerza de la barbilla.

—¡Habla, zorra!

La joven llora.

—Por favor, por favor —repite—. Que no sé nada, lo juro.

—Sabemos que Nico iba con alguien más en el coche —dice su hijo soltándole la barbilla.

Nirvana, aturdida, se lleva las manos a la cara.

—Pues yo no era. Sería otra —dice sollozando.

César niega con la cabeza.

—Alguien que estaba dispuesto a robar la mercancía —añade—. Alguien de su confianza.

—Pues no era yo —insiste secándose las lágrimas.

Fran se acerca a ella con los dientes apretados. César le aparta un poco con el dorso de la mano y vuelve a mirarla a ella.

—Nadie quiere hacerte daño —le dice—. Al menos no todavía. Solo queremos una respuesta clara. ¿Confiaba Nico en ti?

Ella no responde.

—Está bien. Está bien —dice César dando algunos pasos por el salón—. Si me acabo enterando de que eras tú… vendré a tomarme otro vaso de leche.

—No era yo —zanja Nirvana.

César desconfía. Ya veremos.

—¿Tenía a alguien más de confianza?

—No —responde tajante—. No tiene amigos.

—Pobrecito —interviene Fran simulando un puchero.

—¿Y familia? Padre, madre, hermanos…

—Mis suegros están muertos y tiene un hermano, pero…

—Pero ¿qué?

—Vive lejos. No se hablan.

—¿El del hospital? —pregunta Fran.

Nirvana asiente. Su hijo le mira.

Fuera la niebla empieza a disiparse.

En el camino de la Pava, una extraña pareja descarga treinta botellas de refresco de un Hyundai Tucson. Y otra extraña pareja se marcha con una bolsa de deporte cargada de billetes.