Capítulo 25
—Estás temblando —constata Faisal.
—¿Y tú no?
—Sí, pero yo no le he dado una mochila bomba a un policía.
Lino saca la peluca rubia y se la coloca.
—He pensado que si se la daba no iba a sospechar de ella.
Faisal conduce lento por las oscuras calles de una urbanización. Los chalets parecen adormecidos y las farolas, anémicas.
—Sí, ya. Pues casi acabamos en la cárcel, amigo.
Lino se pone la barba postiza.
—No me digas eso que me echo atrás.
—¿Atrás de qué?
—Da igual.
—No. No da igual —dice mirándole de reojo—. Tengo una familia que mantener, ¿sabes?
—¿Tienes familia?
—Cinco hijos.
No puede ser. Ni de broma.
—¡Carallo! Pero si tienes como… no sé, como dieciséis años.
—¡Tengo treinta y dos, amigo!
—Pues… no sé… En realidad no sé la edad que aparentas.
Faisal suspira.
—¿De verdad tienes cinco hijos? —insiste Lino.
Faisal asiente sin mirarle y se adentra en una zona de campos todavía más oscura. Pone las largas.
—¿Y dónde están?
Esa conversación le está destensando.
—En Pakistán. Tienen que venir cuando ahorre dinero.
—Pero si eres mecánico. Eso no va a pasar nunca.
Faisal se encoge de hombros y ahora sí, le mira.
—¿Seguro que quieres ir así? —le pregunta.
—¿Así cómo?
—No sé —dice volviendo a mirarle—. Pues como una estrella del porno… alemana o sueca… que toma droga.
—Es justo lo que quería parecer.
Faisal mira a los lados con los ojos entornados.
Él también. Todo está oscuro. Eso no le tranquiliza.
Parecen campos de cultivo, huertos y descampados salpicados con casetas abandonadas.
Nada que inspire demasiada confianza. Infinitos lugares donde podrían acabar muertos.
Sus músculos se vuelven a tensar y su corazón a encoger.
—¿Dónde es la fiesta? —pregunta Faisal con retintín.
—No lo sé. Solo me han dicho eso —responde Lino mientras vuelve a revisar el mensaje en el móvil—. Camino de la Pava.
Avanzan extremadamente lentos. El terreno está embarrado, a veces pedregoso, a veces pegajoso.
El Tucson traquetea de un lado a otro mientras los faros alumbran extrañas sombras siempre amenazantes.
De pronto, siente cómo sus manos sudan y sus dedos —incluso el dedo muerto— tiemblan.
¿Dónde estará ese tipo? ¿Por qué le habrá citado allí?
¿Por qué se ha atrevido a venir? ¿Por necesidad?
Sí. Por necesidad. Supongo.
—¡Mira! —exclama Faisal señalando el horizonte—. Parece una furgoneta.
En efecto. En la confluencia con otro camino hay un vehículo parado con las luces apagadas.
—Aminora.
Al llegar a su altura la misteriosa furgoneta hace una ráfaga con las luces. Del interior bajan dos tipos. Uno enorme y el otro enano.
—¿Esta es la fiesta? —pregunta Faisal.
—No lo sé. No lo sé. No me han dicho nada más. ¿Puedes preguntarles si alguno es Cabronazo Mills?
—¿Yo? ¿Por qué yo? Solo soy el chófer.
—Vamos, Faisal, que están a tu lado, por favor.
Su compañero reniega y murmura palabras en su idioma. Seguramente insultos.
A medida que se acercan a ellos pueden ver mejor a un lado de la furgoneta a un hombre de unos dos metros de altura por otros dos de ancho.
Grande y musculoso. Lleva puesto un plumón y la capucha puesta.
El otro es diminuto. Enano de verdad. Con cara de señor mayor enfadado.
Los dos tienen pinta de poder ser quien anda buscando.
Faisal detiene el coche y baja la ventanilla. Pero, de pronto, se vuelve hacia él y le susurra:
—Oye. ¿Cómo voy a decirle «cabronazo» a estos dos? Al pequeño todavía pero al otro…
—Se llama así… Fuckin’ Mills.
—¿Estás seguro, amigo?
Asiente mientras trata de disimular sus temblores. Ahora tiene ganas de mear.
Faisal se vuelve hacia los dos tipos que se acercan a la ventanilla sin demasiada prisa.
—Buscamos a un señor que se llama Mills. No sé si ustedes le conocerán.
Los dos tipos se miran y asienten.
—Dejad el coche aquí al lado —ordena el enano—. Junto a la furgoneta.
Faisal obedece, en apariencia tranquilo. Él siente una extraña presión en el pecho que le asusta. No, ahora no puede tener un infarto. Empieza a respirar profundamente. No, ahora no, Lino. Inspira, espira, inspira. Que no te tiemble el alma ahora, por favor.
—Abajo —dice el bajito palmeando el capó del coche con una mano pequeña pero autoritaria—. ¿Dónde está la mercancía?
Faisal para el motor y le mira. Él respira profundo y tira de la maneta. Carallo, carallo, carallo. ¿Cómo te has metido en esta mierda?
Una vez fuera se siente mejor, como si se hubiese quitado un peso de encima. Como cuando uno ya está en la mesa de operaciones.
El gigantón no aparta la mirada de su peluca.
—Aquí —dice mientras saca de la mochila una bolsa zip con los restos de polvo blanco husmeados por Alma.
El hombre pequeño se la arranca de las manos.
—Una muestra generosa —dice sin que Lino entienda muy bien el sentido de la frase.
El tipo se retira hacia la furgoneta mientras el grandote cruza los brazos frente a ellos con la mirada impasible y muerta en algún punto indeterminado.
Detrás de él el enano mete una navaja en la bolsa y se lleva un poco de polvo mágico a la nariz.
Mira hacia el cielo y respira profundo varias veces tapándose primero una fosa y luego la otra.
Como cuando él se pone el Nasonex para su sinusitis crónica.
—Vale. Pasáis a la siguiente ronda —dice el enano.
Y, entonces, el gigante abre la puerta trasera de la furgoneta y señala el interior con la barbilla.
—Pa dentro —dice—. Vamo a ver al jefe.
Lino siente un vacío en el estómago.
—¿Cómo? —pregunta.
Y mira a Faisal, que parece aterrorizado.
—Perdona —le dice a su compañero.
—Vamo, pa dentro los dos —insiste el gigantón agarrándoles por los brazos.
—¡Yo no! —protesta Faisal revolviéndose—. ¡Tengo familia!
El grandullón le suelta el brazo pero le fulmina con la mirada. De inmediato, Faisal vuelve a ofrecérselo.
—Vale, vale, amigo.
La parte trasera de la furgoneta no tiene cristales ni contacto con la cabina pero hay tres asientos y una cámara en la parte superior. Los dos se sientan. Lino se pone el cinturón de seguridad con relativa dignidad y Faisal le imita.
La puerta trasera se cierra. Ya no hay vuelta atrás. Cada puerta que se cierra tras él lo empuja un poco más hacia delante, como un vagón sin frenos y cuesta abajo.
Mira a Faisal. Parece asustado.
—Tranquilo —trata de reconfortarlo—. Todo irá bien.
—¿Y me lo dices llorando?
—No estoy llorando. —Y se baja las gafas de sol para enseñarle los ojos—. ¿Ves? Quizá están húmedos del ambiente.
La furgoneta arranca con brusquedad. Un sonido de guitarras, trompetas y maracas les silencia y ahoga cualquier ruido proveniente del exterior.
La extraña pareja ha puesto una ranchera a todo trapo para amenizarles el viaje.
O puede que para contribuir a desorientarles.
La misma ranchera suena una y otra vez hasta que, quince o veinte minutos más tarde, la furgoneta se detiene con un leve chirrido.
La canción de ese rey que no tiene trono ni reina se le ha incrustado en el cerebro.
No puede parar de repetir esa frase en voz baja. Faisal le mira como si le hubiesen soltado sin haber recibido el alta médica.
Una voz grave procedente del exterior les ordena salir al mismo tiempo que la puerta se abre. Ellos obedecen como dos alumnos a los que Peinado envía a su despacho. Por alguna razón ya no está asustado. Quizá sea esa canción.
Están en un garaje. Faisal y él bajan. El enano con mala cara les hace un gesto para que le sigan. El gigantón va detrás cerrando la comitiva.
Recorren un pasillo con el suelo de piedra pulida y una iluminación tenue. Al fondo hay unas escaleras por las que suben. Siguen por otro pasillo más hasta alcanzar un salón minimalista en el que destaca un enorme terrario con una iguana.
Sigue meándose.
En el extremo más alejado del salón hay una gran cristalera y, al otro lado, se intuyen las siluetas de varias palmeras alumbradas por el destello turquesa de lo que parece una piscina. Sin duda, se trata del chalet de Fuckin’ Mills.
El enano se dirige a la corredera y la abre.
Del otro lado aparece un hombre con una cazadora de cuero encima de una bata de seda burdeos.
Entra con una copa en la mano y tira la chaqueta en una silla.
Bajo el glamuroso batín asoma una camiseta de Metallica y unos pantalones vaqueros.
El tipo está fuerte, cabello rubio. Media melena.
Barba de unos pocos días. Si no le excitase tanto Nirvana juraría que aquel era su tipo.
El hombre le mira y se ríe.
—¡Joder! Y yo que pensaba que hoy ya no podía reírme más —dice el tipo señalándole con la copa como si brindase por su peluca.
El enano le entrega la bolsa con la coca.
—Hola. Soy @keynes_knight.
El tipo se les acerca ensombreciendo el rostro.
—Keynes, Keynes —murmura—. No. Tú eres un puto noob . Un jodido y puto noob . Un novato en este juego, man —dice dando un trago a la copa—. ¿Qué es esto, man? ¿Qué coño haces disfrazado de actriz porno de Leipzig?
Lino mira a Faisal, que se encoge de hombros.
—Tan solo trato de ser precavido —se justifica.
El hombre asiente.
—Pasad —ordena—. Y vosotros quedaos fuera.
Los dos secuaces cierran la cristalera y se acomodan al otro lado, en sendas tumbonas frente a la piscina.
—Sentaos —dice señalando un sofá Chester de color rojo—. ¿Queréis una copa?
Los dos niegan con la cabeza.
—Yo soy Fuckin’ Mills —dice el tipo mientras camina hacia el terrario con la copa en la mano.
Da unos golpecitos al cristal y saluda a la iguana. Después regresa con ellos. La iguana golpea el cristal con la cola en respuesta.
—Y os voy a decir por qué yo no llevo esa fucking mierda de peluca que llevas ni esos dientes creepy.
Cabronazo Mills se les acerca. Se agacha frente a él —muy muy cerca— y se acaricia el rostro con suavidad.
—¿Ves esta carita, my friend? —pregunta mirándole fijamente a los ojos.
Él asiente.
—¿Sabes por qué no la oculto, man? ¿Lo sabes? —Acerca su cara hasta que las dos narices se rozan y puede sentir su aliento.
Un escalofrío le recorre la espalda.
—Porque me la suda que me reconozcas, man. Si haces algo que no me gusta o hablas más de la cuenta —hace una pausa larga—, vas a desaparecer más rápido que una subvención en Marbella.
Está bien. Lo he pillado. Me estoy meando. Traga saliva. Sabe a sangre.
Faisal tiene la mirada clavada en la alfombra.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunta Fuckin’ Mills levantando la bolsa—. ¿Es bueno?
—Eso no puedo decirlo —responde Lino—. No eres el único que retira subvenciones.
Faisal le mira con los ojos muy abiertos. Él tampoco sabe por qué ha dicho eso. El resoplido de la iguana rompe un silencio incómodo.
Fuckin’ Mills se ríe, mete el dedo meñique en la bolsa.
Huele la mercancía, la saborea y, finalmente, la prueba.
Tira la bolsa sobre la mesita de cristal y se pone brazos en jarra, mostrando por completo la camiseta de Metallica.
Durante algunos segundos mira al techo y sorbe con la nariz repetidamente.
Después vuelve a fijar la mirada en él.
—Esto es bueno, my friend. Me la suda de dónde la hayas sacado, man. Te la voy a comprar. ¿Cuánto tienes?
Lino hace memoria. Trata de recordar. Eran cinco por uno y medio.
—Siete kilos y medio.
Clac, clac, clac. La iguana vuelve a golpear el cristal del terrario. Cabronazo Mills se acerca a ella.
—Vamos, venid a ver a mi pequeña.
La iguana, plantada en su trono de ramas secas, los observa con los ojos entrecerrados y la mirada congelada de un viejo dragón. La piel escamada parece un mosaico diseñado por Gaudí y la cresta dentada, un capricho ideado por algún arquitecto fascista.
—Muy bonita —dice Lino.
Mills sonríe y pasa su dedo índice por el cristal donde la iguana tiene apoyado el lomo.
—Cuchi cuchi —dice—. Muy bonita, sí.
Sin dejar de mirar al reptil dice:
—Te pagaré 300 k por todo. Menos la bolsa esa abierta que te la puedes llevar. 40 k por kilo.
—Hecho —se apresura a decir—. Lo tenemos en el coche. Donde nos habéis recogido.
Fuckin’ Mills deja de mirar a la Iguana y se vuelve hacia él con la frente arrugada.
—¿Habéis traído toda la mercancía?
—Claro.
Mills niega con la cabeza.
—Pero ¿vosotros sois subnormales? Habéis dejado en un fucking descampado casi medio millón de pavos.
Carallo, lo sabía. Sabía que era una mala idea.
La iguana le guiña un ojo.
O quizá tan solo se lo ha imaginado.
En mitad de la N-601 Alma sale de la gasolinera y se mete en su furgoneta con una botella de ginebra. Bebe y fantasea con la idea de que ese tal Keynes aparezca para recoger su carretilla con mucho mucho dinero para ella.