Capítulo 24
Lino no deja de repetir en su cabeza el mensaje que le ha enviado Fuckin’ Mills.
¿Tan fácil? ¿Tan directo? Sin saludo, sin despedida, sin presentaciones ni explicaciones.
Quizá todos en aquel mundo sean así de confiados.
Quizá sea necesario arriesgar para ganar.
Pero él no puede dejar de imaginarse tirado en un descampado con una bala en la cabeza o, peor aú n, entre rejas.
Siente un nudo en la garganta.
Mientras tanto, el tiempo pasa y ya solamente quedan setenta y siete minutos para la hora en la que le ha citado Cabronazo Mills.
Repasa las compras que ha hecho en un bazar después de recibir el mensaje.
¿Se habrá pasado? Mira la peluca rubia, la barba postiza —también rubia—, la gorra, las gafas de sol, la dentadura…
De repente todo aquello se le antoja esperpéntico pero, aun así, lo guarda todo en la mochila junto a la báscula de precisión que acaba de comprar. Ya no hay tiempo para mirar atrás.
Al fin suenan las llaves de casa. Ya ha llegado.
—Faisal, ¿tú tienes coche, no?
Su compañero de piso se descuelga la mochila y la deja en el recibidor.
—¿Cómo? ¿Para qué? —pregunta.
—Necesito llevar unas cosas un poco urgentes a un amigo en Castelldefels. ¿Me acompañarías?
—No tengo coche, amigo —responde mientras se quita la chaqueta.
—Te he visto llegar por la ventana.
Eso le pilla por sorpresa.
—Pero no es mío. Es de un cliente del taller. No puedo…
—Por favor, Faisal. Me harías un favor. Si quieres te pago.
Faisal le mira a través del espejo mientras termina de lavarse las manos.
—¿Ahora?
—Sí, ahora mismo. Te pago lo que quieras.
—Da igual, amigo —responde su compañero haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—¿Sí? —pregunta Lino con una sonrisa exagerada.
Faisal asiente y vuelve al recibidor a por la chaqueta y las llaves.
—¿Salimos ya? No quiero acostarme muy tarde.
Lino coge su mochila y las llaves del trastero. Abajo, en la zona de carga y descarga, los espera un Hyundai Tucson gris y viejo pero con un maletero relativamente decente. Lino sube al asiento del acompañante y Faisal arranca.
—De camino tenemos que pasar por un sitio a recoger lo que tengo que llevar.
Su compañero conduce mientras se muerde las uñas.
—No hay problema, amigo. Pon ubicación.
Lino saca el móvil e introduce la dirección de Trastify. En menos de diez minutos llegan al muelle de descarga. Lino entra con la carretilla hasta su trastero y vuelve a salir cargado con diez packs de refresco.
—¿Y eso es tan urgente? —pregunta Faisal señalando las botellas de cola.
—Pues sí. Es para una fiesta de cumpleaños.
Faisal arruga el rostro sin ocultar su desconfianza, pero regresa al asiento del conductor y cierra la puerta.
Mientras tanto él trata de cargarlo todo aunque, por más que lo intenta, no logra hacer que entren más de cinco packs de bebida.
Según lo que dijo Nico, en cada uno de ellos debería de haber una botella con un kilo y medio, así que en total habrá siete kilos y medio.
Quizá sea mucho o quizá sea poco. Piensa en desmontarlo todo e intentar localizar las botellas «premiadas», pero no tiene tiempo y eso, en parte, se cargaría el camuflaje.
Regresa al trastero. Devuelve a su sitio los packs que no han cabido en el maletero y guarda en su mochila la botella abierta por Alma.
—Vamos —dice al llegar al coche—. Tenemos cuarenta y un minutos.
Faisal vuelve a arrancar. Esta vez decide no poner el GPS. Mejor no revelarle más detalles por ahora.
No hablan en casi todo el camino hasta llegar a la autovía, donde su compañero de piso le dice:
—¿Qué llevas ahí dentro, amigo?
— Coca-Cola —responde aséptico.
Faisal asiente.
—Eso no me tranquiliza.
—No sé qué decirte, Faisal. Es la verdad. ¿Qué te tranquilizaría?
Su compañero entorna los ojos sin apartar la mirada de la carretera.
—Un porro —dice—. Eso, y saber que no vamos a acabar esposados en una comisaría.
La autovía rueda bajo los neumáticos del Tucson.
—Ya estamos llegando —dice Faisal—. ¿Dónde vamos exactamente?
—Camino de la Pava —responde.
—Vaya. Suena a lugar donde ya han matado a gente.
Lino no puede evitar sonreír pese a estar acojonado.
—Qué bien, me encantan los sitios con historia —dice Lino señalando la próxima salida—. ¡Esta!
Faisal deja la autovía. El carril se estrecha y al fondo aparecen unos conos naranjas que desvían la circulación hacia el arcén. Tras ellos, unas luces azules.
—Mierda —susurra Faisal—. ¿Qué hacemos?
—No sé. No sé. —dice Lino jadeante y mirando hacia todas partes—. Tú sabrás.
Siente unas irreprimibles ganas de llorar y se pone las gafas de sol para ocultarlo.
—¿Cómo que yo sabré?
—¡No sé, carallo! Tú sabrás.
Las luces naranjas se aproximan.
—¿Yo? ¿Por qué? ¿Porque soy paquistaní?
—¡Pues claro! Yo soy economista, qué voy a saber.
Junto a los vehículos policiales se adivina la presencia de seis mossos d’esquadra.
—Eres un racista de mierda.
—Sigue con calma —dice Lino—. Respira hondo.
—¿Qué coño dices que respire hondo? ¿Y qué haces con esas gafas puestas?
Lino respira cada vez más deprisa. Los agentes hacen señas con una luz para que se detengan en el arcén.
—No hemos hecho nada malo —dice Lino.
—¿Y eso de atrás?
—Y si supieses lo que llevo en la mochila…
Faisal baja la ventanilla y sonríe.
—Hola, agente.
—Pare el motor —ordena uno de los policías—. Documentación del vehículo y del conductor, por favor.
Faisal busca la documentación del propietario del vehículo en la guantera y la entrega junto con su permiso de conducción. El agente la revisa sin levantar demasiado la vista.
—¿De dónde vienen? —pregunta al fin.
—De trabajar. En un taller de Badalona. El coche es de un cliente.
El policía asiente. Se aleja parsimoniosamente del vehículo y lo observa desde lejos, en perspectiva, en todo su conjunto. Entonces vuelve a acercarse.
—¿Lo están probando?
—Sí. Le hemos hecho el embrague y…
—¿Y adónde se dirigen? —interrumpe.
—A la fiesta de cumpleaños de un amigo —responde Faisal—. En Castelldefels.
—Con el vehículo del cliente.
Faisal afirma.
El policía levanta las cejas, se inclina un poco hacia la ventanilla y observa a Lino.
—¿Y esas gafas de sol?
—Tengo fotofobia —responde con decisión.
—Es de noche —replica el agente.
Eso es cierto, Lino. Eso es cierto.
—Pero son las luces azules —dice señalando hacia los coches de policía—. Los destellos en la oscuridad son peores, me provocan migrañas con aura.
—¿Con aura?
Lino asiente y el agente permanece algunos segundos mirándole sin decir nada. Después se incorpora.
—Aguarden un momento.
Se aleja hacia donde están los vehículos policiales y regresa hablando con otro uniformado. Lino siente el corazón bombear en la yugular. El mismo agente que les ha pedido la documentación se vuelve a inclinar hacia delante y apoya los antebrazos en la ventanilla.
—Hagan el favor de abrir el maletero, caballeros.
Los músculos de Lino se contraen al escuchar aquellas palabras.
Faisal baja del coche. Sus pasos parecen de plomo.
El sonido de su puerta al cerrarse le retumba en la cabeza como una detonación.
Decide salir él también. Con la mochila colgada al hombro.
Con la fugaz idea de deshacerse de ella. Imposible. Eso es imposible.
Alcanza la parte trasera del Tucson y se encuentra a uno de los agentes moviendo uno de los packs de bebidas.
—¿Y todo esto es para una fiesta de cumpleaños?
—Eso es —irrumpe Lino.
Los agentes se miran.
—¿Les importaría retirar esto un momento? —pide el agente que acaba de llegar—. Vamos a revisar el hueco de la rueda de recambio.
—Claro, amigos —dice Faisal con la voz temblorosa.
Ahí está. Esa es su oportunidad.
—¿Me sujeta esto? —pide Lino al agente que les ha parado al principio.
El policía coge la mochila sin dudarlo. Faisal le mira como si acabase de soltar una granada sin anilla.
Él se le une sin mediar palabra y juntos acaban de descargar todos los paquetes.
El agente que sostiene su mochila revisa el interior del vehículo con una linterna y el otro levanta la tapa de la rueda de recambio.
—Está bien —dice uno de los uniformados—. Ya pueden volver a colocarlo todo.
Faisal y él obedecen y cierran el maletero.
—Pueden seguir —dice el agente devolviendo la mochila a Lino—. Tome.
Vuelven a meterse en el coche. Le tiemblan las piernas y está seguro de que a Faisal también. El motor del vehículo vuelve a rugir. Ambos se miran y respiran hondo. Lino está a punto de dedicarle una sonrisa a su compañero cuando, de pronto, alguien golpetea su ventanilla.
—No —murmura Faisal—. Por favor.
Lino traga saliva amarga y baja el cristal.
—¿Agente?
—¿Por qué ha bajado con la mochila?
Piensa, Lino. Piensa.
—La costumbre, agente.
El policía le sostiene la mirada. Luego asiente levemente y da una palmada en el techo.
—Circulen.
Lidia recibe la llamada de Sarabia mientras ducha a la niña. La sargento contesta con la toalla en la mano. Aunque limpio desde hace años, Nicolás Domiño tiene antecedentes por posesión y menudeo.