Punto muerto Capítulo 23
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Capítulo 23

Punto de no retorno

—Dado que el progenitor no dispone de un entorno adecuado para la menor, se limitará el régimen de visitas a encuentros diurnos sin pernocta hasta que este disponga de un entorno estable.

Su abogada le miró y asintió. Él también. Sara lanzó una sonrisa cómplice a su abogado.

La sala de aquellos juzgados era más fría que la sentencia que acababa de pronunciar la mediadora.

Todos se levantaron y la letrada se le acercó.

—No podíamos hacer más, Lino. El fallo de un juez no sería distinto. Firmamos… y a buscar piso.

Si al menos dispusiera de los cuatro mil euros de la fianza que le pedían tendría algo con lo que empezar.

—Hasta entonces me conformo con llevarla un rato al parque, ¿no?

La abogada asintió. Él se colgó la mochila y ajustó las gafas antes de firmar todo el papeleo.

Al salir de la sala pudo ver a la pequeña Rebeca jugando con su abuela. Se saludaron. La niña le ignoró. Siguió a lo suyo. Con un año y medio todavía no tenía edad de preferirle a él antes que a su cacito de juguete.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó la pequeña al ver salir a su madre de la sala.

Rebeca corrió todo el pasillo hasta que pudo arrojarse a sus brazos. Sara le besuqueó las mejillas hasta que la niña se le revolvió para regresar con la abuela.

—¿Nos dejas un momento, mamá? —dijo Sara a su madre.

La abuela y la pequeña desaparecieron al fondo del pasillo. La abogada de Lino las seguía unos pasos por detrás.

—No me hace mucho caso —dijo él señalando a Rebeca.

—Ya te irá cogiendo cariño.

—Si no nos vemos va a ser difícil —replicó.

Sara puso los brazos en jarra.

—¿Qué esperabas, Lino? La niña no va a dormir con una pandilla de veinteañeros que no sabemos ni de dónde han salido.

Y razón no le faltaba. Como casi siempre.

—Tengo un plan —dijo él—. Me han de pagar unos temas y entonces podré pagar la fianza del piso.

Ella chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco.

—Con tus ingresos dudo mucho que te vayan a alquilar nada.

Lino sintió ganas de escupir fuego.

—¿Y tú qué con los tuyos?

Sara frunció el ceño.

—Venga, no digas tonterías que yo no necesito alquilar nada.

—Pero si tuvieses, digo…

—Yo ya tengo piso, Lino. Mío —matizó—. En propiedad.

—Porque te lo han regalado —protestó.

Pasaron unos segundos antes de que Sara supiese qué responder a eso.

—En realidad me das mucha pena, Lino. No hago esto para joderte, ¿sabes? —suspiró mientras guardaba los papeles en el bolso—. ¿De verdad querrías que Rebe se pasase una semana durmiendo en ese cuartucho y compartiendo piso con esa gente?

—Son buena gente.

—Lino, por favor.

—Está bien, está bien.

—Cuando consigas un sitio pediremos la modificación. ¿Crees que tengo algún interés en apartarla de ti?

No pudo más y las lágrimas empezaron a empañar sus ojos. Pero trató de sacar fuerzas de flaqueza para asentir. No podía hacer más por ahora. Por lo menos ahora tenía un plan. Aunque este no dependiese de él.

—Vamos, Lino. —Sara le acarició cariñosamente el hombro—. Todo saldrá bien, ¿vale?

Él no pudo evitar llorar. Lo intentó hasta que la garganta le dolió. Y al final estalló.

—Un momento —se excusó.

Y fue rápidamente a refugiarse en los servicios. ¿Qué había hecho tan mal?

Cuando salió a la calle el cielo le pareció de papel de aluminio. Daba la impresión de estar también a punto de llorar. Una brisa inquietante lo predecía. Frente a él, Rebe jugaba con la arena de un parquecito.

—¿No le dices adiós a papá? —preguntó la abuela a la pequeña.

La abuela Soledad. Qué buena mujer. Una gran abuela.

—Adiós, Soledad —dijo mientras besaba la mejilla de su hija.

—¿No dices adiós a papá? —insistió ahora Sara.

Rebe giró la cabeza y volvió a jugar con su cacito y la arena.

—A pla… —dijo la pequeña señalando la pelota de otro niño.

Sara sonrió y se encogió de hombros.

—Nos vemos, Lino.

Desde luego, has triunfado en la vida. Treinta años y ya con exmujer.

Durante un par de horas caminó sin rumbo fijo por la ciudad. La vida se le antojaba difícil, pese a haber sido siempre de los que no se la complicaban. En algún momento había tomado una decisión errónea, estaba seguro. Una decisión que le había llevado por aquellos derroteros.

Le ardían las sienes. Tenía sueño.

Ya no había vuelta atrás. Buscó un lugar apartado dentro de un parque y sacó el teléfono que le habían entregado hacía unos días. Se sentó en un banco y lo miró debatiéndose. Como quien duda si arrancarse una muela.

El terminal era negro, pequeño y de esos que no se abren. Sin internet ni nada. Como los de antes. De esos que la batería dura semanas. En él solamente había un número grabado que la misma noche que se lo dieron tomó la precaución de anotar en un papel.

Una mujer que pasó por delante empujando un carrito de bebé se le quedó mirando. A no ser que el propietario de ese aparato fuese un niño o un anciano, aquel móvil convertía de golpe a su poseedor en sospechoso.

Está bien, se dijo. Vamos allá. Se puso el terminal entre las piernas y sacó de su bolsillo el suyo para marcar el teléfono de su hermano.

Al otro lado tardaron en responder.

—¿Lino? —preguntó una voz ronca.

—Hola, Nico.

Hubo unos segundos de silencio.

—Joder. Pensé que ya no volvería a hablar contigo nunca más. ¿Cuándo fue la última vez?

—No sé. Supongo que cuando nos encontramos en…

—Sí, que nos dijiste que te casabas con… ¿Cómo se llamaba?

—Sara —dijo Lino.

—Eso, Sara.

Lino sintió un escalofrío al pronunciar aquel nombre y permaneció algunos segundos en silencio.

—Estoy jodido, Nico. Muy jodido.

—¿Qué te pasa? —preguntó su hermano con tono solemne.

—Me acabo de separar…

—¡Ah! De Sara, entiendo. ¿No?

—Sí, sí. De Sara.

—Vaya. Pues lo siento. —Soltó una carcajada para aliviar la tensión—. Ni siquiera he llegado a conocerla.

—Ya, bueno.

—¿Y qué? ¿Qué necesitas? ¿Hablar?

—¿Cómo? —preguntó—. No, no. Qué va. Necesito que me des algún trabajo para ganar algo de dinero extra. Te ayudaré en lo que sea.

—Espera, espera, hermanito. Vayamos por partes. —Nico suspiró profundamente—. ¿Necesitas dinero?

—Sí.

Escucha resoplar a Nico.

—En fin. Siempre te dije que tenías que espabilar. A veces en la vida hay que salirse del camino para no ser un perdedor. Salir de la zona de confort…

—No me sermonees ahora, Nico. Necesito dinero.

—Pero ¿para qué? ¿Para Sara? No lo entiendo.

—No, no. —Hizo una pausa—. Si no tengo la fianza para un piso no me dejarán ver a la niña.

Silencio.

—¿Niña? ¿Qué niña, Lino?

Más silencio. Mucho más silencio y muy fuerte.

—Tengo una hija, Nico.

—No me jodas, hermanito. ¿Soy tío?

—Sí. Eres tío.

—Joder, Lino. ¡Soy tío! —Al otro lado se escuchan las carcajadas alegres de su hermano—. ¿Hace cuánto?

—Un año y medio.

—Vaya, vaya. ¡Año y medio! —repitió—. ¿Tanto me odias como para no habérmelo dicho hasta ahora?

—No nos hablábamos.

—Tú no me hablabas. Tú —insistió casi gritando—. Bueno, dejémoslo. ¿Qué le puedo regalar, Lino? ¿Cuándo voy a ir a conocerla? Qué emoción, hermanito. ¿Una cocinita? ¿Tiene bicicleta?

—Nico —respondió tajante—, ahora necesito salir de esta. Acabo de salir de los juzgados.

—Vale, vale. ¿Cuánto necesitas?

Aquella pregunta le pilló por sorpresa.

—No sé. Mucho.

—Cuánto —insistió su hermano.

—Diez mil euros —inventó, pensando que sería lo suficientemente disuasorio.

—De acuerdo. Dame tu cuenta bancaria y te lo ingreso.

—No, no, perdona. No quiero que me regales nada. Me lo quiero ganar yo.

Nico tardó algunos segundos en responder.

—Pero es que no te necesito para nada, Lino. Me basto yo solo. ¿Qué más te da? Te lo ingreso y tan contentos. —Se rio—. Me has hecho muy feliz con lo de ser tío.

La cosa no marcha bien. Vamos, Nico, no seas terco.

—¿No tienes nada? Te echo una mano con ello, y así nos vemos y nos ponemos un poco al día.

Al otro lado Nico permaneció unos segundos en silencio.

—¿Puedes cargar paquetes o te duele algo?