Capítulo 22
El sol de invierno concede unos minutos de verano a la terraza del bar Andalucía, donde disfrutan de un merecido descanso.
Sarabia la mira por encima del carajillo.
—Vaya por Dios —responde Lidia dejando la taza de café sobre la mesa.
—Un convoy combinado con cinco vehículos. Iraquíes, españoles y un par o tres de yanqui s como enlaces. Íbamos a escoltar un convoy médico de vuelta desde Diwaniya.
—¿Zona caliente? —pregunta ella.
—Eso es poco. Cada vez que te tocaba ir por esa carretera hacías el testamento. —Sarabia se enciende un cigarrillo—. Francotiradores, bidones bomba, insurrectos con fusiles kalasnikov y RPG-7. Un puto festival.
El frenazo de un autobús al llegar a su parada rompe el relato. Ella aprovecha para acabarse el café. Sarabia da otra calada antes de continuar:
—A mitad de camino pasamos por un falso control y nos abren fuego desde las ventanas de un edificio medio derruido.
Primero unos pocos tiros sueltos, luego ráfagas por todas partes hasta que un RPG revienta el cuarto vehículo.
Yo iba en el quinto. En un Vamtac de los nuestros.
—Sarabia saca el humo por la nariz—. Delante ya no veía nada más que humo.
—¿Y tú?
—A nosotros dejaron de dispararnos. Estaban demasiado ocupados destrozando la cabeza del convoy. Salimos y empezamos a pegar tiros pero sin saber a dónde. No veíamos nada. Todo confusión y humo. Muy mala pinta.
—Pero tú estás vivo —dice ella buscando algo de luz.
—Sí. Una parte, al menos. —Sarabia se acaba su carajillo de un trago—.
Tardamos como tres horas en controlar aquello.
Bueno, en realidad nunca llegamos a controlar nada.
Se hizo de noche y esos hijos de puta se largaron.
Los que íbamos en el último Vamtac rodeamos la zona campo a través.
Caminamos kilómetros para volver a quedarnos a cien metros de donde habíamos empezado.
Lidia traga saliva.
—¿Y al llegar?
—Vimos todos los vehículos quemados. Había cuerpos por todas partes. Calcinados. —Entorna los ojos y niega con la cabeza—. Aun así, esperamos. Nos escondimos como ratas y no hicimos nada hasta que llegaron los refuerzos de Nayaf y Diwaniya.
Sarabia se apoya en el respaldo de la silla.
—Con la primera luz del día vimos la magnitud de lo que había ocurrido.
Todos estaban muertos. De los suyos había tres cuerpos.
De los nuestros, quince. Ocho iraquíes, tres yanquis y cuatro españoles.
—Sarabia sonríe cáustico—. Pero nos faltaba un muerto.
Mahmud. El intérprete que iba en el Humvee de los norteamericanos.
—¿Y? —pregunta intrigada—. ¿Qué pasó con él? ¿Lo secuestraron?
Sarabia se encoge de hombros.
—Puede. Nunca apareció. Tampoco le vimos caer. Ni rastro. Nunca. En ningún sitio. Desaparecido para siempre.
Lidia asiente sin saber muy bien si ha entendido la historia.
—Los yanquis aseguraban que era de fiar, pero —chasquea con la lengua y niega con la cabeza— la posición desde donde nos dispararon… No sé. Alguien tuvo que haberles pasado la ubicación, la hora, la ruta. Algo. No pudo ser casualidad.
Sarabia apaga el cigarro. Se levanta. Lidia le imita aún procesando la historia.
—¿Volvemos ya? —pregunta.
Él no responde. Mira al cielo y vuelve a clavar sus ojos vidriosos en ella.
—Desde entonces —dice—, cada vez que alguien va dentro y no aparece entre los muertos, me pregunto en qué bando juega.
Sarabia es así. Tan profundo como superficial. Tan duro como blando.
—¿Crees que iba alguien dentro, no?
—Puede.
—¿Sabes qué pienso de ti, Juanjo?
—Dispara —dice Sarabia mientras caminan hacia la central.
—A veces creo que quieres resolver casos, pero no por justicia, sino por control. Porque crees que, si las piezas encajan, el mundo es un lugar más ordenado.
Juanjo se ríe.
De vuelta en la oficina Lidia vuelve a sacar toda la documentación del caso y se sienta a la mesa de su compañero.
—Por cierto, viejo, ¿no has buscado los antecedentes del conductor?
Sarabia niega con la cabeza.
—No pensaba que…
—Ni yo, pero llegados a este punto… creo que tenemos que saber más sobre él.
Lidia repasa una vez más las fotografías que hicieron en el depósito del interior de la furgoneta. Todos los detalles.
—En esta parece que haya arena en la alfombrilla del acompañante —observa Lidia.
Sarabia asiente mientras se acomoda junto a ella para observar la imagen.
—Ya. Pero en los informes consta que ya estaba seca. No nos sirve de nada. Podría ser de un mes antes.
—Lo sé, pero es que no puedo evitar pensar que algo se nos escapa. Yo también creo que no iba solo. ¿Sabes por qué?
—Sorpréndeme —dice Sarabia mientras revisa el expediente.
—Porque hay algo indiscutible: alguien robó la mercancía. Alguien abrió ese candado con una llave y se lo llevó todo. Fuese lo que fuese. Si no había nadie dentro tuvo que ser un asalto desde fuera, ¿no?
—Ajá.
—Y eso sí que podemos descartarlo. No hay marcas, ni señales ni pintura. Según los de Atestados, la trayectoria del vehículo apunta a una salida de pista accidental. Al menos, no provocada por un factor externo.
—Sigue —pide su compañero sin levantar la mirada del expediente.
—Y sería muy raro que justo después del accidente, nevando y de madrugada, apareciese por allí, de casualidad, alguien conduciendo una furgoneta lo bastante grande como para cargarlo todo… y que, además, decidiese no llamar a emergencias y buscar una llave dentro y abrir y robarlo todo y…
—Un milagro logístico.
—Exacto. ¿Sabes cuál es el porcentaje de delincuentes en España? ¿Y cuántos vehículos pasan por la N-601 de madrugada? ¿Y qué porcentaje del parque automovilístico nacional son furgonetas?
—Me lo puedo imaginar —responde Sarabia sacando un documento del expediente—. ¿Poco?
—Insignificante —corrige ella—. Ya te digo yo que, si lo calculas, la probabilidad acumulada de que haya un accidente justo cuando alguien dispuesto a delinquir pasase por esa zona a esa hora, en esas condiciones y con ese vehículo…
y que además lo hiciese… es más baja que la de que te toque el Euromillón.
—No te equivoques. Lo malo siempre tiene más posibilidades de suceder que lo bueno.
—Eso lo dices porque a ti no te ha tocado el Euromillón.
—No me lo recuerdes —dice Sarabia poniendo frente a ella un listado—. Te toca llamar a la mujer. ¿Recuerdas?
—Sí, voy —dice mientras saca el teléfono—. Del ADN todavía nada, ¿no?
Juanjo niega con la cabeza.
—Si nosotros vamos en un Dacia, los del laboratorio deben de ir en burro.
—Con las patas rotas —matiza ella mientras busca entre los papeles—. Esa empresa, Comercial Santa Rita, deberíamos investigarla más antes de presentarnos allí otra vez, ¿no?
—Ya lo miré. El administrador se llama León Santa Rita y he tratado de…
—Ya lo sé, ya lo sé. Me refiero a más cosas. Quién la fundó. Cuándo. Socios, sanciones, reclamaciones… si venden solo mortadela o también uranio empanado. Todo.
Sarabia se encoge de hombros.
—Si te hace ilusión —responde mientras saca un cigarrillo—. Yo me salgo a echar un pitillo.
—No, no. Tú te esperas aquí, viejo —dice Lidia mientras marca un número en el teléfono—. Que llamo a la esposa de Nicolás.
Al tercer tono una voz de mujer joven responde:
—¿Diga?
—¿Nirvana Santelmo?
—Sí, ¿quién es?
—Soy la sargento Martínez, de la Guardia Civil.
—Ajá. Ya hablé con sus compañeros de Atestados.
Lidia se recuesta en el respaldo de la silla bajo la atenta mirada de su compañero.
—Lo sé. Y no queremos molestarla. —Hace una pausa—. Y aún menos en estos momentos. Pero necesitamos hacerle algunas preguntas que no le hicieron mis compañeros.
—Claro —responde la mujer con la voz cada vez más tensa—. Lo que necesiten.
—Verá, señora Santelmo. Tenemos la sospecha de que alguien robó lo que llevaba su marido en la furgoneta pero no sabemos lo que era.
Hemos intentado ponernos en contacto con Comercial Santa Rita, pero no lo hemos conseguido.
¿Sabe lo que podía llevar? Según el código de actividad empresarial, hemos visto que se dedica a la distribución de productos para la restauración pero, como entenderá, resulta difícil de comprender que alguien robe unos refrescos...
Sarabia le toca el hombro y le susurra con los ojos muy abiertos:
—¿Y si era vino caro o jamón tres jotas?
Lidia silencia el terminal.
—Cinco jotas —corrige—. Shhhh.
Al otro lado resuena un largo silencio. Aquella mujer está pensando más de la cuenta.
—Bueno, yo no lo sé —dice al fin—. Nico era autónomo y no tengo muy claro para quién trabajaba. No sabía nada en concreto sobre esta empresa.
Claro que sí, guapi.
—En tal caso, no sabrá dónde podemos encontrar a su administrador, don León Santa Rita…
—Ni idea —corta Nirvana—. De verdad que no lo sé.
—Está bien, está bien. No tendrá entonces el teléfono de su marido, ¿no? Necesitaríamos buscar en él, pues tenemos la sospecha de que el accidente podría haber sido intencionado.
—¿Intencionado? ¿Cómo?
—No podemos decirle más, señora. Está bajo investigación. Responda: ¿tiene el teléfono de su marido o debemos ir a buscarlo con una orden?
Durante algunos segundos no se escucha nada más que los ruidos de los coches al otro lado de la línea.
—No, aquí no hay ningún teléfono.
Mentirosa.
—Es extraño porque tengo delante de mí un listado de llamadas de una línea a nombre de Nicolás Domiño.
—No, no digo que Nico no tuviese uno. Digo que aquí no está. Que no lo encuentro por ninguna parte. Lo he buscado. Así que ya pueden venir con una orden si quieren.
—Quizá lo hagamos —dice amenazante mientras revisa el listado de llamadas—. ¿Lino Domiño es hermano de su marido?
—Sí, ¿por qué?
—Como le he dicho antes, tenemos el listado de llamadas de la línea a nombre de Nicolás y las únicas de los últimos días que no son con usted son con él.
—Ah —responde Nirvana—. Pues sí, es el hermano.
—¿El único?
—Sí.
—Muy bien, señora Santelmo. En caso de que necesitemos algo más nos pondremos en contacto con usted. Que pase un buen día.
En Badalona Lino abre el móvil de Nico para descubrir que contiene dos tarjetas SIM. Una de ellas como la de Megan. Irrastreable.