Capítulo 21
Lino entra en Barcelona con los ojos secos. No necesita mirarse a un espejo para saber que l os tiene vidriosos. Los párpados le pesan. Están a punto de bajar la persiana.
Al fin ve el letrero luminoso de Trastify: tu trastero al mejor precio. Introduce la contraseña en una especie de teclado numérico y la puerta corredera se abre invitándole a pasar.
Fuera hace frío. Al salir de la furgoneta estira un poco las piernas y los brazos. Se despereza. Tiene los músculos agarrotados y diría que empieza a sentir las agujetas del esfuerzo.
¡Carallo! Y ahora otra vez a mover la carga.
Reflexiona. Desde León conduciendo con una sola parada para mear y tomar un café.
Seguramente esté equivocado pero, hasta ahora, no le está pareciendo que esto sea precisamente «dinero fácil».
Al contrario. Te la estás jugando mucho para nada, Lino.
Demasiado. Total, ¿qué has sacado tú de todo esto?
Un poco de calderilla que llevaba tu hermano encima, nada más.
Bueno, paciencia, Lino, paciencia. Keynes sabrá cómo hacerlo mejor, ya verás.
Pero ahora mueve el culo y mete la droga en el trastero.
Mientras traslada todos los bultos con la ayuda de un carro y un montacargas hace recuento de la mercancía. Solo hay un paquete abierto por Alma. Las cuentas le acaban saliendo. Hay cien paquetes de seis botellas de litro y medio cada uno. Seiscientas botellas en total.
Dos de las botellas que hay abiertas son normales, aunque están medio vacías. La otra es una de las trucadas. Está medio rota y lleva una bolsa zip pegada con el resto del polvo blanco que no ha cabido dentro después de descompactarlo. La botella medio rota le permite ver el doble fondo.
Cierra la puerta del trastero, atestado de botellas de refresco. Huele a humedad y puede ver el cadáver de una cucaracha en el suelo.
La botella en cuestión es idéntica a las demás.
Solo que luce un cuidado diseño. Es una locura, porque no solamente tiene una finísima doble pared llena de cola, sino que también continúa por el cuello, de forma que se puede abrir el tapón y al mirar el interior se puede ver la bebida negra y nada más.
Evidentemente, el truco se va al garete si se vacía la parte del cuello.
Se ve entonces que dentro hay un segundo depósito que contiene un polvo blanco.
Además, justo en ese espacio más crítico —donde es más fácil descubrir la trampa— va pegada la etiqueta de la bebida.
¡Carallo! Menudo trabajo de ingeniería de envases hay aquí.
Eso no lo enseñan en la universidad. En eso Nico tenía razón.
Al recorrer el largo pasillo lleno de puertas verdes a los lados piensa: ¿habrá cogido Alma algo de la botella abierta?
Lo ignora, pero al menos le ha dicho que cada botella contiene un kilo y medio ultracompactado.
Eso le hace pensar en que debe conseguir una báscula de precisión. No puede vender sin saber cuánto vende.
Al salir del edificio respira hondo. Al fin ha acabado. Se siente aliviado, aunque para nada tranquilo. Mira la hora. Todavía tiene tiempo. Si va directo quizá nadie note que lleva sin dormir treinta horas.
Qué fuerte eres. Qué valiente.
Después de devolver la furgoneta a Corbata Naranja toma un taxi para ir a la escuela.
Vuelve a pensar en su hermano al disponerse a pagar con sus billetes.
Pobre Nico. Pobre Nirvana. No eran mala gente.
No lo son. Seguramente. Como Alma. Alma no es mala.
Alma es pobre. Como él. Miserablemente pobres.
—Quédese con la vuelta —dice al apearse.
El taxista le mira perplejo. Como si nunca hubiese visto una película norteamericana. Siempre había querido decirle eso a un taxista. Que se quede con el cambio. Lo que le lleva a pensar en cómo declararán sus ingresos los taxistas sin emitir factura. Toma nota, Keynes. Nota mental.
Afortunadamente, llega a la escuela un poco antes de la hora.
Peinado no está, así que la bronca por faltar ayer se postergará.
Durante unos instantes piensa en encender el teléfono de Nico pero lo descarta.
Podría emitir señal en algún repetidor o algo así.
Debe pensarlo con más calma o destruirlo y sanseacabó. No te compliques la vida.
El aula huele a adolescente. A sudor, a acné y a mandarina. Entra y deja la mochila en el suelo, apoyada contra las patas de la mesa. La camisa le sobresale por debajo del jersey y las ojeras le cuelgan hasta el suelo. Se ajusta las gafas con el dedo tonto.
—Silencio —pide con la voz rota.
Como siempre, lo ignoran pero esta vez no tiene fuerzas para lidiar con ello. Se sienta, se acoda en la mesa y coloca la cabeza entre las manos. Repentinamente los alumnos se callan. Milagro. Entonces abre un cajón. Tiene algo preparado para los días difíciles. Saca de dentro un montón de papeles.
—Hoy control de repaso.
Se oye un rumor de fondo pero nada exagerado, como si aquellas bestias supiesen que hoy no es día para jugar con Lino. Hoy no se juega con Lino.
Reparte las fotocopias una a una. Luego se sienta otra vez en la silla pero esta vez la siente extraordinariamente cómoda.
Como si le recibiese un colchón de viscoelástica con sábanas de un millón de hilos.
Los párpados le vencen y la cabeza se balancea hacia los lados.
Definitivamente las persianas echan el cierre. Fundido a negro.
De pronto se encuentra conduciendo una furgoneta. Dentro de ella está lloviendo un líquido negro, como Coca-Cola. Se está mojando con él. Mira a su lado. Hay un viejo con la cara ensangrentada que le mira. Lino se asusta.
—Me dejaste solo, hermanito.
Lino intenta hablar pero tiene la boca llena de espuma con sabor a Coca-Cola. Le chorrea sobre el volante.
—Por tu culpa ya no voy a existir —dice el viejo ensangrentado.
Intenta frenar pero no puede. Mira por el retrovisor y no hay una carretera, solamente Nico de niño jugando en la playa de Lloret.
De pronto se encuentra en esa playa, en la que hay sillas con alumnos, como si fuese su aula, pero todos los alumnos son Nico de niño.
Al fondo, de pie, están Alma, Nirvana, el abogado de Azca y el tipo de la gabardina.
Todos le miran hasta que un niño Nico se acerca con una pala amarilla de esas pequeñas de playa y se la da.
—Cava —dice el niño Nico desde el suelo—. Pero cava bien. Quiero estar cómodo.
Lino trata de gritar pero no tiene voz. La pala se le resbala de las manos. El suelo parece de arena pero en realidad es la tapa de un ataúd. Mira al frente y ya no hay nadie, solamente botellas abiertas como bocas sin dientes que empiezan a derramar sangre. Él retrocede y…
—Profesor Domiño —dice una voz mientras le tocan el hombro—. Acompáñeme.
Lino se levanta un poco mareado. Se limpia la saliva de la comisura de los labios. Peinado ya se ha dado la vuelta y se dirige a la puerta. Ambos salen al pasillo.
—¿Me puedes decir qué pasa contigo?
—No he dormido…
—¿Y ayer tampoco?
—Tuve que ir a Madrid de urgencia. Mi hermano…
—Faltas a tu puesto sin avisar, te duermes en clase… Eres un absoluto problema y lo peor de todo es que ni siquiera desgravas. Pero esto que has hecho hoy ya es lo último que se podía esperar de ti y has dejado pruebas por todas partes.
—¿Pruebas de qué?
El director Peinado saca su móvil y empieza a mostrarle fotos donde aparece durmiendo.
—De esto.
Foto 1: Lino con una gorra del revés y unas gafas de sol.
Foto 2: Alumnos posando junto a él como si fuese una estatua de piedra.
Foto 3: Lino con un cartel pegado en el pecho con un pene dibujado.
Vídeo 1: Lino suelta un ronquido mayor que los demás y, al sobresaltarse, abre un poco los ojos y vuelve a cerrarlos.
—¿Quieres saber lo rápido que está corriendo esto? —pregunta el director—. ¿En cuántos móviles de padres estará? ¿Te crees que puedo permitir esto?
Lino mira al suelo y niega con la cabeza. Puede notar cómo la sangre se acumula en sus pómulos. Siente vergüenza.
—No, señor. He tenido una noche de mierda.
—No, Domiño —interrumpe—. Toda tu vida es una mierda, y esto no es un centro de terapia psicológica ni una ONG. Esto es un instituto. Y tú, Lino, eres un insulto para esta institución y un chiste para los alumnos.
—Pero, señor…
—Vete a casa, Lino. Vete ya a casa y reflexiona.
Él asiente. Peinado se da la vuelta y regresa a clase.
Al salir decide caminar hasta casa. Necesita aire fresco, aunque este huela a sudor. Los pies le pesan como si llevase zapatos de cemento. Debes ser fuerte ahora. Esto no es lo más importante que debías hacer hoy. Esto era un simple trámite. No es más que una anécdota sin importancia alguna.
Keynes no necesita consuelo. Keynes necesita movimiento.
Al llegar al piso le recibe una bocanada de marihuana y un poco de reguetón a todo trapo.
Megan está sentada a la mesa disfrutando de un vaso de vino tinto con cereales mientras fuma un peta.
Va vestida con un top y unas mallas y lleva puestas unas gafas de sol a modo de diadema.
Se pone a tiritar de frío con solo verla pero es justo a ella a quien quería ver.
—Vaya cara que llevas, amigo —le dice ella sin apenas mirarle—. Tienes pinta de haber matado a alguien.
—Y tú de haberlo celebrado.
Ella se ríe y hace un brindis con el bol de cereales.
—Hace días que no se te veía el pelo —dice mientras baja el volumen del altavoz.
—Es la edad —responde acariciándose la coronilla.
Megan vuelve a reírse y le da una calada al porro.
—Bueno, el otro día te vimos pero estábamos con Juego de tronos , ya sabes. ¿Todo bien?
Lino se acerca a ella. Vamos, tú puedes.
—Quiero un gramo, Megan. O dos, no sé.
A ella se le cae la cuchara dentro del bol y algunos cereales de la boca. Suelta una especie de tos seca y se carcajea de forma histriónica.
—¿Perdona? ¿Tú? ¿Un gramo? ¿De qué?
Lino siente cómo sus pómulos empiezan a calentarse.
—Pues de… ya sabes.
—No, no sé, Lino. No sé —dice sin perder su sonrisa infantil—. ¿De azúcar?
Se ríe.
—¿De qué va a ser? De coca.
Megan abre los ojos exageradamente.
—¿Tú, coca?
—Sí, yo, coca, ¿qué pasa? He tenido un mal día, Megan. Un día de mierda.
Ella asiente pero se le borra la sonrisa de la cara.
—Está bien, pero verás —apaga el porro en un cenicero—, yo no consumo de eso.
Yo soy más de rulas, aunque creo que conozco a alguien que te puede ayudar.
—Suspira—. Fuckin’ Mills es un gilipollas pero tenía fama de tener buen género.
Le conocí en una rave cerca de Reno, o de Kansas City, no sé.
Da igual. Sé que desde hace un tiempo vive por aquí.
—Me interesa —afirma.
—Si quieres hablar con él, búscalo en Telegram: @fuckinmills. Pero si vas a ponerte en contacto con un camello, mejor hazlo desde esta tarjeta SIM. —Saca un pequeño chip de su monedero y lo pone sobre la mesa—. Es americana. Anonymous as fuck . Ni tú ni yo ni nadie existimos si no queremos.
—¡Vaya! Muchas gracias, Megan. ¿No está a nombre de nadie?
—Qué va. Es de prepago. No tienes que identificarte ni nada para comprarla y si no la pagas con tarjeta de crédito es casi imposible que te pillen. A menos de que te haya grabado una cámara comprándola.
—No sabes cómo te lo agradezco.
—Luego me la devuelves, ¿eh? Y no me gastes mucho que solo le quedan cincuenta euros.
—¿Te pago cien y me la das?
Megan da una palmada sobre la mesa.
—Eso está hecho —responde con una sonrisa—. Tengo como cinco más de esas. Pero no malgastes el saldo. Cuesta mucho recargarlo anónimamente. Úsala solo para hablar con Cabronazo Mills.
Lino asiente.
—Y, por cierto, ¿qué le digo?
—Dile que eres colega mío. Que soy la chica rubia de los pantalones plateados y las botas con luces de la rave de Reno. Sabrá quién soy. Me folló. Creo.
Lino obedece. Se retira a su pequeño cuarto e instala en su propio terminal la nueva SIM que le ha entregado su compañera de piso.
Por segunda vez en poco tiempo alguien le ha hablado de Telegram.
Debe de tratarse de la app oficial de los criminales.
Sin pensarlo demasiado se crea una cuenta y escribe a Fuckin’ Mills.
Ahora él es @keynes_knight.
Mientras tanto, en la plaza de la Armería, doña Carmen huele un poquito de romero y piensa que quizá se haya equivocado. Quizá debería enviar a su sobrino César al tanatorio. Ella misma se encargaría de todos los gastos, eso sí. Y le iría a despedir. Pero ahora mismo le da pereza.