Punto muerto Capítulo 20
33%

Capítulo 20

Atraviesa Valladolid pasadas las tres de la tarde. Todavía debe avanzar un poco más en dirección a León. Aprovecha para dar un repaso mental de última hora. Recógelo todo y esfúmate sin dejar rastro. Todo se resume a eso. Eso es lo importante. Que nada te relacione con esa gasolinera.

Cuando, al fin, detiene la furgoneta en el arcén el reloj del salpicadero ya marca las tres y veinte.

Se apea y recorre andando el último kilómetro.

Visto desde fuera, debe parecer un despistado que se ha quedado sin gasolina a pocos kilómetros de la estación de servicio más cercana.

Solo que él, cuando está a punto de llegar, se adentra en el campo.

No está nevado pero sí húmedo. Rodea la gasolinera y salta una pequeña valla para entrar por detrás, lejos del indiscreto tiro de la cámara.

En la puerta trasera —la del almacén— hay un timbre.

Llama. Al cabo de un minuto continúa sin abrir nadie pero por el lateral, junto al túnel de lavado, aparece la triste figura de Alma con un cigarrillo entre los dedos.

No dice nada al verle. Simplemente alza la barbilla. No parece contenta. Ni tampoco sobria.

—Necesito que apagues la cámara —dice él.

—¿Por qué?

—Porque voy a entrar con la furgoneta para cargarlo todo.

Alma asiente sin demasiado entusiasmo.

—Está bien. Voy.

La joven se da la vuelta y se dispone a volver sobre sus pasos, pero entonces él la detiene.

—Espera, espera. Te acompaño.

Alma se enrosca un mechón entre los dedos.

—¿No te fías?

—Prefiero no tener que preocuparme de si me fío o no. Así es más fácil, ¿no?

Alma tira el cigarrillo al suelo.

—Vale, vamos.

—Un momento, un momento. ¿No es mejor por dentro? —pregunta señalando la puerta trasera—. Si no quiero que vean la furgo, tampoco me apetece que me vean la cara.

Alma asiente con un carraspeo gutural, saca la llave y abre.

—Adelante.

El almacén sigue ahí. Durante alguna de sus pesadillas había soñado que desaparecía con todo dentro.

Huele a bebida energética recién derramada.

La mercancía también está. Todos los packs de Coca-Cola continúan donde los dejó.

Algunos están abiertos. Supone que debido a la exhaustiva investigación de Alma.

En el cuartito de la trastienda la joven le muestra un ordenador viejo con las imágenes en directo de la parte delantera. Desenchufa los cables y la imagen se desvanece.

—Ya está —dice ella.

—El ordenador también.

La joven obedece sin protestar. Él ignora el motivo pero eso le hace sentir un poco mejor.

—Acompáñame —dice él—. No quiero que lo vuelvas a encender en cuanto me dé la vuelta.

Alma niega con la cabeza y chasquea con la lengua. Eso no le ha gustado.

—Nadie me obligó a ayudarte, ¿sabes? ¿Por qué tanta desconfianza, Keynes?

—No te engañes. No me has ayudado. Lo has hecho por dinero.

Ella no responde.

Al regresar deja la furgoneta aparcada en la parte trasera, frente a la puerta del almacén.

En la tienda se encuentra a Alma sirviéndose ginebra en una taza.

—¿Me haces un bocadillo? —pregunta Lino.

—¿De qué? —responde ella sin mirarle.

—No sé… de salchichón.

Alma corta un pedazo de pan tras la barra mientras continúa hablando con él.

—Pensaba que tardarías más en venir.

—Te vi preocupada.

—Lo estoy. Lo estoy. —Hace una pausa y le mira—. Y tú también deberías estarlo.

Lino siente un escalofrío en la rabadilla.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber por qué? —pregunta.

—Porque tengo algo tuyo.

De pronto su dedo muerto vuelve a palpitar. ¿Se le habrá escapado algo? Traga saliva.

—¿El qué?

Ella le sirve el bocadillo y le clava la mirada.

—La carretilla —responde—. ¿Recuerdas? Con la que lo trajiste todo. Llena de huellas y ADN.

Sabía que no podría controlarlo todo. Esto no es lo tuyo.

—¿Dónde está?

—Tranquilo, está bien escondida —ella sonríe con ternura malvada—. No la va a encontrar la Guardia Civil. Ni tú, si no me interesa, claro.

Vaya. Lino se limpia las manos en la servilleta aunque todavía no ha probado el bocadillo.

Ya veo por dónde va esta, ya veo.

—¿Qué es lo que quieres?

Alma apura la ginebra de un sorbo. Sus ojeras han crecido de golpe.

—No sé. Lo que consideres justo. No quiero putearte, solo una compensación.

Con que esas tenemos.

—¿No te compensé bastante ya?

Ella pasa un paño por encima de la barra de forma maquinal.

—Sabes que lo que hay ahí dentro vale mucho más.

El dinero. Otra vez el maldito dinero, que nos vuelve a todos locos.

—¿Y si considero justo no darte ni un euro más?

—Así no me vas a convencer.

—¡Ah! Entonces no se trata de lo que considere justo, sino de lo que a ti te convenza.

Alma sonríe con timidez. Incómoda. No está acostumbrada al chantaje ni a la extorsión. Como él. Dos nuevas ratas jugando a los narcos.

—Eso es. Ya sabes. Tú, según lo que saques, vendiendo todo eso —dice la joven señalando hacia el almacén—, me ofreces la cantidad que te parezca y si me gusta, pues te devuelvo la carretilla y tan contentos.

—¿Y si no te convence?

—Pues subes la oferta.

—¿Y si me niego?

Ella se encoge de hombros.

—No sé. Supongo que la podrían encontrar aquí, localizar tus huellas, encontrar una foto tuya y venir hasta este lugar para que yo te identifique. —Hace una pausa y sonríe—. O quién sabe, igual la funden o aplastan en una chatarrería. Vete tú a saber.

Él asiente.

Quizá en este sector de la droga todo funcione así. Igual que con el abogado, prefiere ceder. Es como dar dinero a cambio de información privilegiada. Aprender de qué forma funciona el negocio sin hacer un curso. Como pagar por ver las cartas y averiguar de qué palo van tus compañeros de juego.

—¿Algo más? —pregunta.

—Sí —responde ella—. Para que veas que no quiero joderte, y que mi único objetivo es que los dos ganemos, te diré que conozco a alguien que podría ayudarte.

—¡Oh, vaya! Primero me das por culo y luego me pones vaselina.

Lino se asusta. Habrá sido Keynes quien ha dicho eso.

Alma le mira sin decir nada, parpadea y le señala el bocadillo.

—¿No te lo vas a comer?

—No, ponlo para llevar y dime en qué se supone que podrían ayudarme.

Alma guarda el bocadillo en una bolsa de papel marrón y sale de detrás de la barra.

—Vamos cargando y te cuento.

Mientras cargan los packs de cola en la furgoneta, Alma le cuenta que hace algunos años —cuando estuvo trabajando como camarera en un hotel de Ibiza— conoció a una mujer que manejaba el cotarro por las Baleares.

—Se mueve bien —dice—. Le llaman la Peleona.

—¿Y?

—Pues que puede ayudarte a colocar parte de eso que llevas ahí —dice señalando la furgoneta con la barbilla.

Lino empieza a notar los brazos temblorosos por el esfuerzo.

—Está bien. Hablaré con ella.

—Te pedirá un buen descuento —dice Alma mientras mete otro paquete en la furgoneta—. Te daré su Telegram y le dices que vas de parte de la Ginebras.

—¿La Ginebras? —pregunta haciendo una pausa para recuperar el aliento.

Alma le mira y se enciende un cigarrillo.

—Cansa, ¿eh? Si tuvieses una carretilla…

—¿Te estás riendo de mí?

—No, no. Solo intento ser simpática. No quiero que pienses que voy de mal rollo, Keynes.

—Ya —dice mientras carga los dos últimos paquetes—. Dime: ¿qué es eso de Telegram?

Alma exhala el humo del cigarro por la nariz y saca su teléfono.

—¿Estás de coña? Pues una aplicación de mensajes secreta… Yo qué sé. La utilizan porque no has de dar tu número a nadie y no sé, es como privada. Tienes que ponértela y buscarla. —Mira su móvil—. Se llama @la_peleoncilla_de_mar.

César pide un vaso de leche para él y otro para su hijo. Le gustaría visitar a ese desgraciado ya, pero habrá que esperar. Al menos, la memez esa de las voces ha dado sus frutos.