Punto muerto Capítulo 19
31%

Capítulo 19

El móvil de Nico le pesa como le pesa a la zona de Azca el cemento, el hormigón y el acero. Entra en el edificio más acelerado de lo que es habitual en él. El exceso de acción de los últimos días le está activando todavía más.

El muerto al hoyo y el vivo al bollo, que decía su abuela.

No sé qué tendrá que ver ese refrán con mi reciente hiperactividad, carallo. ¿Por qué se te ha ocurrido ahora, Lino?

El lugar que le ha señalado Nirvana en el mapa se encuentra en el complejo financiero, pero no en una calle brillante ni pomposa. Ni tampoco en uno de esos rascacielos elegantes frecuentados por chavalines imberbes perdidos dentro de enormes trajes de mala calidad.

El portal —con su moqueta gruesa, su madera oscura y su conserje rancio— le envía de viaje a finales de los setenta. Típico de Madrid, piensa. Le huele a cine de destape, del que ponía el abuelo.

—¿Adónde va? —pregunta el portero sin apenas levantar la vista del periódico deportivo.

—A ver al abogado del tercero primera.

—Suba por las escaleras, el ascensor no funciona —dice sin mirarle.

Lino pasa junto a unos buzones abollados y deja a su derecha el ascensor, del que cuelga el letrero de NO FUNCIONA al cual algún gracioso ha añadido a mano «Otra vez».

Sube los tres pisos sin tomarse descansos. Definitivamente el exceso de actividad de los últimos días va a acabar poniéndole en forma. Se mira el dedo muerto. Parece que está menos muerto, carallo. Qué raro.

En la puerta primera no pone nada más que ABOGADO .

La luz del rellano es fría, casi muerta.

Como uno imaginaría la iluminación de una sala de tanatopraxia.

Lino ve su cara deformada en el reflejo del pomo cromado.

Vaya pinta tienes, pareces más un tipo que viene a pedir que le defiendan por exhibicionista.

Llama al timbre.

Oye acercarse un ruido de tacones al otro lado. La puerta se abre y tras ella aparece una mujer joven de rasgos caribeños. Está embutida dentro de un cortísimo vestido rojo impropio de principios de enero.

—¿Qué desea?

—Emmmm —duda—. ¿Es el abogado?

—Sí, señor. ¿Tiene cita?

—No, señora. Vengo porque mi hermano es cliente y…

—Tiene que pedir cita, señor. No puede atenderle sin cita.

—Entiendo, entiendo, pero verá —dice con los ojos llorosos—. Mi hermano está en coma, se está muriendo, y necesito su ayuda.

La chica parpadea unos segundos.

—Lo siento, el abogado no es médico, señor.

Ella cierra seguidamente la puerta y Lino pone el pie como en las películas. Eso le dispara la adrenalina.

—Un momento, un momento, señora. —Saca de su bolsillo cincuenta euros—. Venga, hágame el favor.

Ella no duda ni un instante. Le arranca el billete de la mano y desaparece tras la puerta. Unos segundos después escucha una voz ronca de hombre.

—Adelante, pasa.

Entra y se encuentra con un hombre de unos sesenta años con bastante pelo para su edad.

Está fumando. Apesta a puro y a colonia dulzona de mujer.

El señor le pide que le siga por un pasillo lleno de estancias a los lados.

Al fondo puede ver a un par de chicas jóvenes que le miran, se ríen y desaparecen tras una de las puertas.

—¿Es usted el abogado?

El hombre se para frente a la puerta de lo que parece ser un despacho cutre y le responde.

—Psé. Abogado.

—¿Y se llama?

El hombre da una fuerte calada al cigarro y lo apaga en un cenicero sobre una mesa de caoba que se cae a pedazos. Vieja vieja.

—Abogado —dice mientras se sienta y pone los pies encima de la mesa.

—Que cómo se llama —repite Lino.

—He dicho que me llamo «Abogado», ¿entiendes, niño?

El hombre le señala una silla para que se siente frente a la suya. Él obedece.

—¿Quién es tu hermano?

Lino piensa sobre la conveniencia o no de responderle que Manolito Gafotas, pero se inclina por algo más verosímil.

—Martín González.

—No conozco a nadie por ese nombre pero aquí nadie dice su nombre real y tú tienes cara de ser un pardillo que no tiene ni puta idea de eso, ¿me equivoco?

Lino niega con la cabeza.

—En realidad no vengo por mi hermano. Me han dicho que usted vende lotería premiada.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Mi hermano.

—En serio.

—Un pajarito.

—Si me sigues vacilando te vas a largar de aquí sin dientes —dice sacando de debajo del escritorio una porra de madera.

Está bien, está bien, deja de provocar, Lino, tú no eres así.

—No puedo revelar quién me lo ha contado. Pero quien lo ha hecho me ha dicho que es usted una persona inmensamente inteligente, audaz y que, además, es un hombre hecho a sí mismo. Que nadie le ha regalado nada, que tiene éxito con las mujeres, lo cual ya veo…

—Son putas —zanja.

—¡Claro! Y no lo parecen, porque usted sabe rodearse de lo mejor y…

—¡Basta ya! —dice encendiendo otro puro—. ¿Qué coño quieres, niño?

—Trabajar con usted —responde—. Comprarle sus boletos.

El abogado suelta el humo con desdén, como si aquello le aburriese.

—¿Cuánto?

—Todavía no lo sé, pero mucho.

El hombre se retrepa en la silla y pone los pies sobre la mesa.

—Quince por ciento —sentencia.

A Lino le parece bastante. Recuerda que hubo un tiempo en que el IVA en España era del dieciséis por ciento.

—¿Y no se podría ajustar? No sé, si las cantidades son grandes y…

—¿Ajustar? —replica el abogado con una carcajada—.

Vamos, niño. No me hagas perder el tiempo, que eres nuevo y, como te he dicho, tienes cara de pardillo.

Tienes pinta de que te van a trincar rápido.

—Hace una pausa reflexiva en la que vuelve a exhalar humo—.

Y la verdad es que me caes mal y tu cara me da grima.

Mira, ¿sabes qué? Mejor que sea el diecisiete por ciento.

—No, no. El quince por ciento ya me parecía bien.

—Pues a mí no. El diecisiete. —El abogado vuelve a bajar los pies de la mesa— ¿Está claro?

Lino asiente.

—Sí. En breve le traeré algo. Todavía no sé cuánto pero se lo traeré.

—Vamos, ¡largo de aquí!

Lino se levanta. Al llegar a la puerta del despacho está esperando otra vez la joven caribeña del vestido rojo.

—Un momento —dice a su espalda el abogado—. ¿Nombre?

Él duda. Muy poco.

—Keynes.

El hombre lo repite varias veces en voz baja.

—Menuda mierda de nombre. Pero he oído peores.

Y da otra calada.

Mientras tanto, en algún otro punto de Madrid, un muerto llama a un idiota que cree que todavía está vivo. Y con ganas de hablar. La voz es falsa pero la cita muy real.