Punto muerto Capítulo 18
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Capítulo 18

El portal huele a trapo húmedo. Al llegar arriba la puerta está entreabierta. Su hijo se adelanta.

—Pasa, estará en el salón. Siempre hace lo mismo.

El piso entero huele a pizza barbacoa. Todo está desordenado. César no está acostumbrado a tratar con tecnólogos pero no dudará en besarle el culo con tal de que le salve el suyo.

Le parece increíble que alguien pueda suplantar una voz con un puto ordenador. Llegará un día en que no sabremos ni con quién habla mos. Nos llamarán de la compañía eléctrica con la voz de Marilyn Monroe o de Brad Pitt. Quién sabe si un día ni siquiera sabremos si lo que vemos es real o no.

En su cabeza un hacker dedicado a suplantar voces debería ser un equilibrio perfecto entre un francotirador serbio y un neurocirujano alemán. Frío, preciso, silencioso.

Peligroso.

Pero lo que se encuentra allí, desparramado en el sofá y amorrado a un portátil, es un tipo gordo con gafas de pasta negra tipo comediante y una sudadera de Pikachu. Tiene colgados en el cuello unos auriculares grandes, como los que él utiliza para escuchar jazz.

—Es calvo —dice César.

Su hijo y el tipo se miran el uno al otro confusos.

—No sé. Si lo que buscáis es pelo ya os podéis largar.

Fran saca de la bómber un pendrive.

—No. Necesitamos que hagas tu magia con una voz. Te pagaremos muy bien.

César se acerca con el entrecejo arrugado. Mosqueado.

—Espera, espera. Pero ¿este es el suplantador? —pregunta señalando al sujeto.

—Oye, que yo no os he pedido que vinieseis, ¿eh? Que a mí ya me va muy bien sin vosotros.

—Ya veo —dice mirando el desorden a su alrededor—. Pero ¿no se supone que es uno de los mejores del mundo? Me has dicho eso, Fran. ¿Qué mierda es esto? No veo más putos ordenadores que ese portátil de mie…

—Y lo es, lo es, papá. Vamos, Bocas, enséñale a mi padre tu madriguera.

—Mi VoiceLab —corrige.

—Yo de inglés ni puta idea, tío —dice Fran con orgullo y una carcajada de idiota.

El Bocas se dirige hacia el pasillo y abre la primera puerta.

César se asoma y ve una especie de estudio musical.

Está lleno de ordenadores, micrófonos, altavoces y tablas de mezclas.

Cuenta por lo menos con cuatro pantallas y dentro hace un calor espantoso.

Está insonorizado. Parece todo muy profesional.

—¿Lo harás? —insiste Fran—. Necesitamos hacer una llamada para quedar con alguien. La voz está aquí.

El Bocas asiente. No parece que sea la primera vez que le piden algo así.

Coge el pendrive, lo introduce en uno de los ordenadores y ejecuta el archivo.

Enseguida, en varias pantallas, se abren ventanas llenas de gráficos incomprensibles y líneas de colores.

No tiene ni idea de lo que es todo eso, la informática no es lo suyo, pero pinta bien.

De pronto la voz de Chupa de Cuero suena por todos los altavoces. «Todo listo. Como dijimos». El Bocas ralentiza la velocidad, la acelera, la altera… Debe de estar jugando ya con la inteligencia artificial.

Esa es la magia de la que habla Fran. Ese gordo les va a salvar el culo.

—Necesito dos o tres horas para entrenar esta voz —dice el Bocas—. Hay que afinar la resonancia y ajustar el tono. Cada voz tiene su frecuencia madre. Esta parece tener una base torácica mixta con cierre de glotis. —Suspira—. Hay que entrenarla.

César está flipando. El Steve Jobs de la suplantación de voces.

—Ha dicho que necesita silencio —apunta Fran—. Y que nos larguemos, que aquí sobramos mientras hace su magia.

César no dice nada. Siente que todo está fuera de su control. Una sensación que le genera ansiedad. Que no le gusta nada. Pero quizá esta vez ese descontrol le salve el cuello.

—¿Le pagamos ya algo, papá?

César se encoge de hombros y mira al gordo.

—¿Cómo va esto? ¿Cobras por minuto de grabación? ¿Se tienen que grabar las frases que digamos o se hace en caliente durante la conversación?

El Bocas mira a Fran confuso. Levanta las cejas.

—Tu padre no tiene ni puta idea —se ríe—. La conversación puede durar lo que sea. Pero me vais a tener que pagar treinta mil euros. Sé a lo que os dedicáis.

Ignora si eso es caro o barato para ese trabajo, pero lo que sabe seguro es que su vida y la de su hijo valen mucho más que eso. Así que se lleva las manos al bolsillo interior de la gabardina y saca lo que lleva encima siempre por si se producen este tipo de emergencias.

—Toma. De momento aquí tienes diez mil. El resto después de la llamada.

El Bocas pone cara de no haber visto tantos billetes verdes en su vida, cosa que le genera desconfianza y desasosiego, pero se calla. Ahora la suerte está echada.

Ahora depende de ese tipo.

—Vaya —dice el gordo con las pupilas dilatadas.

—¿Qué pasa? ¿Es demasiado? —Se acerca a él—. Trae para aquí.

—No, no. Quita, quita —responde escondiendo los fajos en la espalda—. Vamos. Volved en un par de horas y lo tendré todo a punto.

No soporta que le den órdenes y menos un puto gordo rarito con gafas de pasta.

—Acércate un poquito, majo.

El Bocas se le aproxima, no demasiado convencido. Titubea y recula tarde. Él le agarra de la camiseta y le acerca la boca a la oreja.

—Fállame y te cierro la sesión —susurra.

César sale de la habitación y se dirige al salón. Fran le sigue y el Bocas cierra la puerta del estudio.

—Tú quédate aquí. No me fío nada de este julay.

—Es el mejor. Te lo digo yo.

—Eso es lo que me da más miedo, que lo digas tú. —Se pasa la mano por la cara: está exhausto—. En fin. Me voy para la Almudena.

—Vas a…

—Algo le tengo que decir. Tiene que ver avances y tiene que ver que tu cagada no ha alterado en nada la búsqueda.

Fran asiente y César se larga de aquel piso infecto con olor a barbacoa y queso.

Hacía tiempo que no subía al metro de Madrid. Hacía tiempo que no sentía que era más miserable que todos los miserables que viajaban en él. Pero al final del oscuro túnel podía vislumbrar una luz.

«Próxima estación: Ópera». Algo de esperanza, un destello. «Correspondencia con línea 5 y ramal Ópera-Príncipe Pío». Al menos había un hilo del que tirar. «Atención, estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén».

La plaza de la Armería está relativamente tranquila.

Cruza la verja y ve a doña Carmen sentada en el escalón de una farola que hace de banco improvisado.

A sus pies una bolsa del supermercado, donde guarda sus hojas de romero.

Va de negro, como siempre. Vestido largo.

El cabello blanco contrasta con el vestido y la chaquetilla.

Debería sentir frío, pero no cree que esa mujer sienta nada.

Su rostro es durísimo. Como si aumentara a cien el contraste al revelar una fotografía.

—Tenemos una oportunidad.

—Tu hijo cometió un error.

—Se vio obligado. Le dispararon. Pero no se preocupe, doña Carmen, le quitó el móvil y sé lo que hacer. Tengo el número del cómplice.

La mujer baja la mirada al tiempo que huele una de sus hojitas de romero.

—No quiero más promesas.

—No son promesas. Es tecnología —dice convencido.

Doña Carmen levanta la vista y le mira.

—¿Qué tecnología, eh? ¿La resurrección?

—Un sistema de clonación vocal —dice ignorando su sarcasmo—. Inteligencia artificial, doña Carmen. Entrenan la voz a partir de una muestra real y la pueden usar en una llamada sin que se note la diferencia.

Ella se echa hacia atrás y apoya la espalda en la farola.

—La tecnología es para vagos y cobardes.

César no sabe muy bien qué responder.

—Señora…

Doña Carmen se levanta y le suelta:

—¿Tú entiendes algo de lo que estás diciendo?

—No, yo no, pero el tipo que lo hace sí. Está con nosotros. Se llama… bueno, da igual. En unas horas lo tendrá hecho. Hará sonar a Chupa de Cuero como si estuviese vivo.

Doña Carmen ni siquiera parpadea. ¿La habrá cagado? Trata de revisar rápidamente sus palabras pero no. No ha dicho nada inconveniente.

—No me cuentes más milongas. Que seas mi sobrino solo va a darte un poco más de tiempo. Nada más. No eres mi sobrino carnal. Solo político y de la política no te puedes fiar.

Aquellas palabras suenan como un tenedor arañando un plato de cerámica. Le erizan la piel de la espalda.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta.

Doña Carmen asiente sin decir nada. Está pensando: pone esa cara de viejecita sabia de cuando le da vueltas a algo.

—No vuelvas por aquí en un mes. —Coge la bolsa del supermercado—. Tus visitas me comprometen. Si no hay nada nuevo, no vengas y, tranquilo, que si yo tengo que localizarte sabré cómo hacerlo.

Cuando regresa a la cueva del Bocas le abre la puerta su hijo. El ambiente en el lugar ha cambiado. La oscuridad en el exterior se une a la calidez de la luz interior. Fran le acompaña a la habitación y se encuentra al tecnólogo sentado en su silla giratoria con expresión solemne.

—Ya está entrenada —asegura—. La voz ha quedado fina. ¿Quieres escucharla?

Él asiente.

—Mira —dice el Bocas mientras pulsa una tecla.

La voz de Chupa de Cuero retumba en los altavoces.

—«¿Qué pasa, hostia? A las cinco en la tienda de chuches, ¿eh? Sin retrasos».

El tono es exacto. Esa tosecilla improvisada, el carraspeo. Ese «hostia» al final de la frase. César siente un escalofrío. Fran le mira.

—Da cringe, ¿eh?

—¿Cómo?

—Nada, da igual, que lo tenemos, papá.

—Eso parece. Pero creo que para hablar con ellos debería ser un poco más dura, más amenazante —dice.

El Bocas mira a Fran.

—Que le metas un poco más de Terminator, dice mi padre.

—Aaah. Eso está hecho. Le meto un poco más de reverb si hace falta.

El Bocas levanta su culo gordo de la silla.

No tiene ni puta idea de lo que está diciendo pero el resultado hasta el momento es increíble.

No sabe si darle una paliza por friki o un beso en la boca.

Pero mientras medita sobre ello se lo encuentra de pie, con los cascos puestos y frente al micrófono, como si fuera a empezar un monólogo.

—Marchando un poco de reverb —dice—. Atentos.

E imita la voz de Chupa de Cuero, pero esta vez más profunda. Más gutural.

—Hasta la vista, baby. Volveré. Ya sabes que el futuro no está escrito.

César siente que el corazón se le sale de la camisa. Mira a su hijo confundido.

—Pero ¿es él quien hace esto?

Los dos se quedan mirándole.

—Claro. ¿Quién iba a ser si no? —dice su hijo.

El Bocas sigue mudo. Le mira expectante, como si esperase un aplauso.

—Pero ¿tú no eres un hacker?

El Bocas sigue allí plantado frente al micrófono con su sudadera de Pikachu. Se baja los cascos. Permanece algunos segundos en silencio. Su hijo le mira. Todos se miran.

—¿Yo, un hacker? —pregunta abriendo los ojos exageradamente.

Fran se ríe. Él no. A él no le hace ni puta gracia.

—Ya verás, ya verás —dice Fran—. Imita a Bad Bunny.

El Bocas carraspea y rápidamente cambia su voz.

—Tú sabes, bebé, Chupa no muere, solo cambia de frecuencia.

César no sabe quién es el tipo a quien imita pero el acento ese le produce risa por dentro.

—A Ibai, a Ibai —grita Fran descojonándose.

El Bocas vuelve a carraspear, frunce el ceño y coge el micro con dos manos.

—¡Qué pasa, chavales! Aquí Ibai desde la ultratumba. ¡Hoy se viene llamadita desde el más allá! ¿Habrá cobertura?

Ese tipo es impresionante. Es un jodido artista. Se muerde la lengua un par de veces por miedo a parecer poco peligroso, pero acaba por sucumbir a la tentación.

—¿Conoces a Chiquito de la Calzada?

Silencio sepulcral pero, de pronto, el Bocas sonríe con maldad y dice:

—¿Comorrr? Cobarde, que te va a llamarrr el difunto… y viene con saldo pecadorrr. Con mucho saldooo.

César sonríe. Se acerca al Bocas. Vuelve a ponerse serio. Le da una palmada en la espalda y suelta:

—Hazme reír otra vez y te saco los intestinos por el ombligo.

En el hospital de la Paz un médico le vuelve a decir a una esposa: «Hay que esperar, todavía es pronto».