Capítulo 17
Sale del instituto a paso rápido. Podría haber faltado al trabajo otro día más. No hay nada de malo en ello. La ley lo permite. Lo sabe, lo ha leído en el convenio. Pero el otro día, cuando llamó a Peinado, no se atrevió a decírselo. No se veía con fuerzas. Sin embargo, ahora todo ha c ambiado.
Ahora debes centrarte, Lino. Es vital que te focalices en lo importante.
No es momento de pensar en el gilipollas del director.
En todo caso, eso será un problema del Lino de mañana, que será otro distinto.
Seguro que más fuerte que el de hoy, igual que el de ayer era más flojo.
También es muy probable que el Lino de mañana ya no te soporte.
Y con razón.
Abandona la escuela con una sensación amarga. Como si de alguna forma presintiese que no va a regresar. Con cierta melancolía. No por lo que significa la escuela para él, sino por lo que un día pensó que podría significar.
Adiós, reina mía, adiós.
Son las cinco de la tarde y ya está oscureciendo.
No le toma demasiado tiempo llegar a la oficina de alquiler de vehículos sin conductor que hay a un par de paradas de metro de casa.
El comercial le atiende con una sonrisa falsa y una corbata naranja.
«Pase, pase, que verá nuestros modelos».
Durante media hora se pasean por las instalaciones viendo furgonetas que a él le parecen todas iguales.
Le enseña varias, le explica las bondades de cada una.
A él se la trae sin cuidado, carallo. No entiende nada de lo que le está contando ese hombre, pero asiente de vez en cuando.
Su experiencia al volante se limita a cuando se sacó el carnet de conducir y muy poco más.
Le deja hablar, pero las explicaciones de Corbata Naranja resuenan en su córtex como las instrucciones en cirílico de un reactor nuclear leídas del revés y con un poco de fiebre.
Me da igual, me da igual. Voy a llenarla de droga.
Se le escapa una sonrisa al pensarlo. Le hace gracia ver al comercial de la corbata naranja esforzarse en su trabajo mientras él piensa en lo que va a hacer, en sus próximos pasos.
Un poco como cuando él habla de los principios fundamentales de la oferta y la demanda, y los alumnos piensan que ese tal Adam Smith tiene nombre de zapatilla deportiva.
Y entonces le dan vueltas a esas que les compraron el otro día, y a lo bien que van, y a lo bien que quedan, y a lo mucho que van a fardar con ellas, y…
Pobre tipo. Se está esforzando igual que él lo hace en clase y tú aquí ignorándole. Qué injusto.
—¿Quiere seguro?
La pregunta le coge por sorpresa.
—¿Es que no es obligatorio?
—Sí, pero, bueno, ofrecemos otro adicional para…
—No, no. Nada adicional. —Fuerza una sonrisa de persona normal—. Pagaré en efectivo.
Al sacar los billetes de Nico no puede evitar sentirse un poco mal, pero se le pasa enseguida al aceptar uno de los caramelos de fresa que le ofrece Corbata Naranja.
—Gracias.
Después de la explicación de rigor sobre el funcionamiento de la Crafter, Lino asiente sin escuchar. Está todo listo. A por la siguiente parada: el trastero. No quiere dejar ningún cabo suelto.
Le cuesta un poco maniobrar para salir, pero cuando logra incorporarse al tráfico de Badalona se siente aliviado.
Eres invencible, Lino. Invenciblemente mediocre.
Se ríe y mira su reflejo en el retrovisor.
Tú conduciendo una furgoneta, quién lo iba a decir.
Pareces tu hermano. ¿Cómo has podido acabar así?
Sin apenas darse cuenta llega a una nave aislada antes de cruzar el río Besós.
Un enorme letrero luminoso donde pone TRASTIFY le da la bienvenida.
En el interior le atiende otro comercial —este con la corbata verde— que le permite meter allí la furgoneta y aparcar mientras formaliza el contrato de alquiler de un trastero de cinco metros cuadrados.
¿Será suficiente? A simple vista parece más grande que la furgoneta pero a él eso de las medidas…
—Aquí puedes guardar lo que quieras, ¿eh? —suelta con una carcajada seca el comercial—. Bueno, lo que quieras mientras que no pongas un colchón y te instales, ¿eh?
—Claro, claro.
Un colchón de cocaína voy a meter, carallo. Ya verás.
Esa noche duerme poco y mal, como siempre últimamente. Se despierta varias veces sudando, temiendo que alguien se le haya adelantado y se lo haya llevado todo.
El despertador suena a las cuatro. En casa todos duermen.
Se levanta. Desayuna un café largo, sin azúcar, sin leche y sin pensar.
En la calle huele a humedad y a sudor. Barcelona y sus alrededores siempre huelen a eso. La furgoneta le espera donde la dejó.
Al llegar a Madrid estaciona en un parking. Siete horas seguidas al volante le han dejado los huesos como si le hubiesen doblado por la mitad varias veces.
No sé si estás hecho para esto, Lino. La vida es dura aquí fuera. Hace frío.
Tal y como le ha dicho por teléfono, Nirvana le espera en un banco junto al ascensor.
—Hola —dice.
Ella asiente. Tiene cara de sueño.
—¿Has venido del tirón?
—Sí.
—Pero ¿has dormido algo?
—Lo justo.
Nirvana se levanta y llama al ascensor.
—Ayer lo cambiaron de box.
—¿Eso es bueno? —pregunta.
Ella niega con la cabeza.
Al entrar en la habitación se quita la mochila. Lo que queda de Nico continúa ahí, inmóvil, igual que lo dejó hace un par de días. Los mismos tubos, los mismos monitores, la misma banda sonora.
—No ha cambiado nada —dice Nirvana.
De pronto su teléfono empieza a sonar. Es Peinado, que ya habrá notado su ausencia. Le da a «Rechazar».
Permanecen algunos minutos en silencio mirando a Nico. Pero la llamada del director le hace impacientarse. Todavía tengo que ir hasta León, cargar y volver a Barcelona, descargar… No me va a dar tiempo. Al final voy a perderme otro día más de clase, y eso ya no me lo van a perdonar.
—Antes de que te marches —dice Nirvana como si le leyese el pensamiento—. No te lo vayas a olvidar.
Saca el móvil del bolso y se lo entrega. Un Nokia de los de antes. Titubea un poco pero lo coge con cuidado, como si quemase.
—Yo me encargo. Tú no te preocupes.
—Pero no habrás venido expresamente por eso, ¿no? —pregunta con una sonrisa.
Lino se recoloca las gafas.
—No, claro que no. Quería verle otra vez.
Nirvana asiente sin llegar a sonreír.
—Ya… pues ya le has visto.
Lino toma aire. Vamos, tú puedes.
—Una cosa más —dice—: ¿tú no sabrás dónde puedo encontrar a aquel abogado del que me hablaste, no?
Nirvana levanta las cejas.
—¿El de la lotería?
—Sí.
—¿Para qué lo quieres?
Lino se aclara la voz, como si eso le fuese a volver más convincente.
—Para entender en qué estaba metido Nico. Por si… no sé, por si hay algo que se pueda arreglar.
Ella suspira. Se arregla la pinza del cabello.
—Está por Azca. Calle… No sé. Solo le he acompañado un par de veces y me he quedado siempre abajo.
Saca el móvil y se pone a buscar en el mapa.
—Mira, está en este edificio de aquí. No sé el piso ni cómo se llama pero hay una placa abajo en la que lo indica.
Él asiente. No necesita más. Irá y lo encontrará. Mira una vez más a su hermano. Nunca habría deseado que pasase eso. Pero había sucedido.
—Gracias —dice.
—A ti, Lino. Nos vemos pronto.
Se cuelga la mochila, guarda el móvil en el bolsillo y sale sin hacer ruido, como una sombra, como humo.
Mira la hora. Quizá pueda hacerlo todo si no duerme.
En la central de la UCO la sargento Martínez subraya un número de teléfono y un nombre: Lino Domiño.