Capítulo 16
Lino llega con las manos en los bolsillos del abrigo y el cuello de la camisa por fuera d el jersey de pico. La mochila le pesa más de lo normal. Puede sentir el rostro macilento y cansado. Se ajusta las gafas y mira la hora. Aún quedan unos minutos para entrar. Saca el móvil y marca.
Al otro lado de la línea tardan en responder.
—¿Hola? —Nirvana suena seca, como si llevara horas esperando la llamada.
—Lo siento. No te contesté ayer.
—Ya. Me he dado cuenta.
Silencio.
—Me pillaste… no sé.
—Da igual, Lino. No tienes que excusarte.
Lino se detiene. A su alrededor, los adolescentes gritan, se empujan, fuman. Uno choca con su hombro sin querer. Él hace como si nada.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Es por esos dos tipos?
—Sí, querían hablar de Nico.
—Ya lo oí. Pero ¿de qué?
Nirvana suelta aire, en lo que parece una risotada.
—Bueno, de lo que dicen que les debe. De lo que llevaba en la furgoneta. Parece que ha desaparecido la carga.
—¿Y qué era lo que llevaba?
Nirvana tarda en responder.
—No lo sé. Pero lo que fuera valía cinco millones.
Cinco millones. Vaya. Más de lo que pensaba. El corazón le martillea en el pecho.
—No serían estampitas de la Virgen de Lourdes —dice antes de arrepentirse—. Perdona, perdona.
—Ya… pues eso… que ya te imaginas lo que sería.
—¿Y qué les dijiste?
—Todo lo que sé. Es decir, nada.
—¿Y ellos?
—Que la deuda es mía. Que, aunque no sepa nada, la pagaré igual.
Lino se apoya contra una pared. Mira la hora otra vez. Aún quedan cinco minutos para entrar. Lo justo para que todo se le desmorone un poco más.
—¿Te hicieron algo?
—No. Solo hablaron. Pero no se fueron como si hubieran terminado, en fin… —suspira—. No sé si contándote esto te estoy metiendo en un lío que no te corresponde, Lino. Perdona.
—No hay nada que perdonar. Has hecho bien en contármelo.
—No sé si me están vigilando, si van a volver… No he podido dormir en toda la noche. Siento como si me hubiesen apuntado sin pistola, como si tuviese algo pegado a la nuca.
—Tú no tienes la culpa de nada, Nirvana.
Silencio.
—Ya lo sé… pero me tocará pagarla igualmente. —Hace una pausa—. No sé, Lino. No sé qué hacer. Si Nico estuviese muerto, al menos cobraría un buen seguro para intentar contentarles.
Otra vez dos chavales se abofetean delante de él. Parece que estén de broma. O no. Les da la espalda y oculta con la mano el micro y la boca. Pero justo cuando va a hablar Nirvana se le adelanta.
—O podría ir a la policía y contarles todo.
—¡No! —responde Lino asustado—. Quiero decir, que eso podría ser más peligroso.
Nirvana tarda unos instantes en responder. Puede escuchar su respiración.
—¿Te crees que no lo sé? Pero, tranquilo, no lo haré.
Lino golpea la pared con el talón repetidamente. Nada de lo que ha hecho ha sido por valentía, sino por miedo. O al menos así ha llegado a este punto. Ahora no puedes parar, Lino. ¡Muévete!
—No sé cómo podría ayudarte.
—No puedes. —Nirvana suspira—. Pero gracias por venir, Lino. Gracias por apoyarme. Esperemos que encuentren el cargamento, o que Nico se recupere pronto y lo solucione. Si no, estaré jodida.
Nico, claro, Nico. Eso es.
—Oye… —dice Lino tras un breve silencio—. ¿Tú tienes su teléfono?
—No, yo no. Está en su despacho. ¿Por qué?
—No sé —titubea—. Podría comprometerte, ¿no? Si esos dos lo encuentran, quiero decir. O la policía… No sé. Si hay algo, digo.
Escucha la respiración de Nirvana al otro lado.
—No lo había pensado. Con estos nervios…
Siente el peso del edificio apoyarse en su espalda.
—Mejor que desaparezca.
—Sí, sí. Tienes razón. Lo haré.
El dedo muerto le palpita. Eso no le deja tranquilo. No lo suficiente.
—No. Mejor dámelo a mí y yo me encargo.
—¿Por qué?
Piensa, Lino, piensa.
—Porque lo destruiré, no sé, creo que es mejor. —Se frota la nuca incómodo—. Por si te vigilan, que no te vean a ti hacerlo…
Nirvana tarda algunos segundos eternos en responder.
—Pero ¿tú no estás en Barcelona?
—Sí, sí, pero mañana iré otra vez al hospital. Para ver a Nico. Y así lo recojo.
Otro silencio más.
—Gracias, Lino.
Él no responde, tan solo mira el reloj.
—Tengo que entrar a clase, Nirvana. Nos vemos mañana.
Cuelga sin esperar respuesta. Se dirige a clase arrastrando los pies. Vamos, Lino, no seas flojo, ahora no puedes quedarte quieto. Ella también te engañó y no precisamente por tu bien. Tú lo haces por su bien. Por el bien de los dos, claro.
Recorre el pasillo pensando en su secreto. Los alumnos se amontonan frente a las taquillas, forman pequeños corros, algunos le miran y se ríen de él. Si supiesen lo que ha hecho… si supiesen lo que está haciendo… Estarían orgullosos de él, le adorarían. Le respetarían.
—¡Oye! ¿Qué hacéis? —dice al ver a dos alumnos que le graban con el móvil—. Eso está prohibido.
El chaval que no graba le da un codazo al otro.
—Vamos, vamos —le dice entre risas—. Que este también se va a hacer viral.
—Como el de la gasolinera —responde el otro mientras le agarra por el hombro.
Lino siente un vuelco en el pecho. Entra en pánico.
—¡Eh, eh! ¿Qué vídeo de una gasolinera?
Los chavales se dan la vuelta a carcajada limpia.
—Uno de TikTok —responde el que grababa señalando detrás de Lino—. Una pava como esa, a la que le bajan los pantalones y se cae al suelo.
Lino se gira. Tras él ve a una chica en el suelo con los pantalones por los tobillos. Otras dos, en pie, se ríen.
Lino no las abronca. Lino también se ríe. Y respira.
Irrumpe en el aula serio, solvente. El bullicio en clase disminuye, pero solo un poco.
Los alumnos le miran como si fuese el cadáver sanguinolento de un mosquito aplastado contra el cristal.
Siente cómo pierde la dignidad en cada mirada, en cada murmullo, en cada burla.
Cada paso hasta la mesa le hunde un poco más en el suelo.
—Silencio, por favor —suplica con fingida severidad.
Nadie calla. No le toman en serio. Se ha convertido en un tipo serio a quien no toman en serio.
—Vamos, por favor, que empezamos la clase.
Un par de alumnos se dan collejas en la fila del fondo.
Otro junto a una de las ventanas lanza un papel húmedo utilizando el bolígrafo como cerbatana.
Tres chicas forman corro sentadas sobre dos mesas.
Un alumno delante de él empieza a comer un bocadillo envuelto en papel de aluminio.
¡Basta! Y justo cuando se dispone a dar unos golpes en la pizarra entra en el aula Peinado con su traje gris arrugado y su mirada tirana.
En el tiempo que tarda el director en llegar a su mesa los alumnos se sientan en su sitio y sacan los apuntes. En clase reina de pronto un silencio sepulcral.
—Profesor Domiño —dice mirando de reojo al alumnado—. ¿Ha traído el justificante?
Lino puede escuchar algunas carcajadas disimuladas entre los muchachos.
—Claro, claro.
Claro, director hijo de puta Peinado.
Ni siquiera se ha molestado en bajar la voz. Porque lo que quería era que le escuchasen, Lino. Lo que quería era ridiculizarte. Está claro. Maldito cabrón. Abre la mochila y rebusca hasta encontrar el documento sellado por el hospital de la Paz.
—Aquí lo tiene, señor.
Peinado lo coge y sonríe.
—Por cierto —dice, ahora sí, bajando la voz—. ¿Cómo está su hermano?
Lino se recoloca las gafas.
—Grave.
—Ajá —asiente el director mirando su reloj—. Bueno, tengo que irme ya, llego tarde.
Lino se sienta y abre el libro, pero las letras están borrosas. No logra leer nada con los ojos empañados. Se los frota con las manos. Se oyen risas a lo lejos.
Una frase salta de la página como un grito en el desierto.
Los hombres no siempre morirán en silencio.
J. M. K EYNES
De regreso a Madrid Sarabia entrega a la sargento los informes sobre los números de teléfono a nombre de Nicolás Domiño.