Punto muerto Capítulo 15
25%

Capítulo 15

César empuja la puerta de cristal con un golpe seco. Fran le sigue a pocos pasos. A esas horas, frente al hospital de la Paz, la entrada está llena de familiares fumando impacientes y sanitarios disfrutando de un receso. Pero a él eso le da igual.

—Ven, acércate —le dice a su hijo.

Fran obedece y se le aproxima con las manos en los bolsillos. Sin que este lo espere le suelta un guantazo en la cara.

—¡Joder! —protesta el chaval.

La multitud que orbit a alrededor de la puerta se vuelve hacia ellos. Así que le coge del brazo y le aparta algunos metros, lejos de miradas y oídos curiosos.

—¿Ahora qué, eh? —pregunta—. Te has cargado al único que nos podía decir algo, subnormal. Este otro está vegetal.

César aprieta los dientes hasta que la mandíbula le cruje.

—Él disparó primero —se excusa su hijo.

—¿Y tú qué eres? ¿Un niño?

Fran niega con la cabeza y revuelve el brazo hasta que se libera de su mano.

—¿No me has pegado ya la chapa antes? ¿Crees que cambia algo que vuelvas a hacerlo?

Chasquea la lengua, niega con la cabeza y empieza a dar pasos apresurados de un lado al otro. No puede dejar de pensar en lo jodidos que están. Y con ese otro medio muerto todavía más.

—Es que eres un puto inútil —dice al fin.

—De tal palo…

Insolente. César se detiene. Se acerca a la cara de su hijo y aproxima la boca a su oído.

—Te crees que porque eres mi hijo no te voy a pegar un tiro en la…

—Exacto. Eso es —responde Fran con soberbia y una sonrisa sarcástica.

César se muerde el labio inferior y entorna los ojos antes de reventarle la cabeza. Lo consigue, se contiene. Respira hondo varias veces bajo la mirada de extrañeza del gilipollas de su hijo.

—Está bien, está bien —dice poniendo los brazos en jarra—. ¿Qué coño le decimos ahora a doña Carmen? No tenemos una mierda y como a ese traidor le encuentren en el móvil algo que la delate nos van a dar bien por el…

—Pero eso no va a pasar, papá —dice Fran mientras se abrocha la bómber.

—¿El qué?

—Lo del móvil. Eso no va a pasar. Se lo cogí y me deshice de él justo por eso. —Sonríe y se señala la cabeza—. Ahora ya no soy tan subnormal, ¿no?

César separa las manos del cuerpo sorprendido.

—Pero ¿cómo no me has dicho eso antes?

Fran frunce el ceño.

—Y yo qué sé. ¿Qué importancia tenía? Si ni siquiera me lo has preguntado.

Al fin ve una remota posibilidad de salir de esto con vida.

—Dime que sabes dónde está.

Su hijo pone cara de asco.

—Lo tiré en un contenedor de basura cerca de Atocha. ¿Por?

—Pues porque allí podemos encontrar respuestas, ¿no se te había ocurrido?

Su hijo asiente con la cabeza baja.

—¡Vamos! Espabila —grita César dándole una palmada en la espalda.

Fran arranca la Kawasaki Ninja, que emite un rugido atronador. Él se sube detrás maldiciendo el haber comprado aquella mierda de ciclomotor cuando cumplió los dieciséis. Cómo iba a saber que aquello iría a más.

Circulan por Madrid a gran velocidad, esquivando coches y exprimiendo los semáforos en ámbar. Intenta gritar algo a su hijo pero la comunicación es imposible embutido en aquel casco.

—¿Qué dices? —pregunta al fin Fran al detenerse en un semáforo.

—¡Que si recuerdas el lugar exacto! —grita.

—Más o menos.

El semáforo de peatones empieza a parpadear. La atracción vuelve a arrancar.

—Y escóndete mejor la pipa, idiota, que te asoma.

Fran obedece: se hunde todavía más la pistola en el pantalón y oculta la empuñadura bajo la bómber antes de arrancar otra vez.

Nunca entenderá su empeño en parecer un delincuente del tres al cuarto salido de alguna película mala. Empieza a no entender a la juventud y eso le preocupa.

Al llegar a la zona de los contenedores se encuentran con un camión de la basura bloqueando la calle de un solo carril.

—Justo allí —señala Fran.

—¿Donde el camión?

Fran asiente con el casco.

—¡No me jodas! ¡La madre que me parió! —César salta de la moto y corre hacia allí—. ¡Corre!

El contenedor empieza a dejar caer su basura en las tripas del camión.

—¡Parad! ¡Parad esto ya! —grita César agitando los brazos.

Fran, que le ha seguido a pocos metros, da unas palmadas en la carrocería.

—¡Para!

Un basurero pequeño y delgado salta de la cabina con su uniforme fluorescente.

—¿Qué coño pasa?

—He tirado mi móvil por error —responde César acercándose con las manos abiertas—. Necesito recuperarlo.

El tipo arruga la frente y entorna los ojos mientras un coche toca el claxon detrás de ellos.

—¿Y a mí qué me cuentas? No puedo parar la ruta, joder.

El basurero vuelve a poner un pie en el escalón de la cabina pero su hijo está rápido y le agarra por el tobillo.

—¿Qué cojones haces? —protesta el basurero tratando de liberarse.

Fran le tira de la pierna y le hace caer al suelo.

—¿Estáis locos o qué? —grita.

Del otro lado baja otro basurero, más alto, más corpulento y con más cara de lerdo, pero con aspecto de querer acabar su turno sin líos.

—¿Qué mierda estáis haciendo? Voy a llamar a la poli —dice sacando el teléfono.

César se acerca despacio a él, como quien domestica a un perro agresivo.

—Baja el móvil, amigo —dice tajante—. Por tu bien, de verdad. Déjalo.

El basurero duda. El que está en el suelo forcejea con su hijo y los cláxones de los coches le martillean el cerebro.

—Fran, llama a mi móvil —dice guiñándole un ojo—. Vamos.

Este empuja al basurero contra el suelo, saca el teléfono y marca.

César da un traspié cuando de pronto suena su móvil. Lo saca aprisa. Es Fran.

—¡Subnormal! Al otro, idiota, al otro.

Los coches se acumulan, ya son como media docena pitando detrás de ellos.

No saben quién es él.

Ese sonido le pone de los nervios. Los mira desafiante pero no sirve de nada, continúan. Saca la cartera y se acerca al basurero con más cara de lerdo.

Un tono impersonal empieza a sonar desde el interior del contenedor elevado. ¡Menos mal! Fran da un salto y se encarama al camión. Él, mientras tanto, saca dos billetes de cien euros y obsequia con uno de ellos a cada basurero.

—Es muy importante para mi trabajo. No sabéis cuánto. Cuestión de vida o muerte. Os estamos muy agradecidos, de verdad.

Los dos tipos del uniforme fluorescente parecen desistir.

No dicen nada pero ambos asienten y miran hacia el contenedor colgado sobre el camión.

El sonido del motor disimula los quejidos de Fran en el interior pero no el de los cláxones de los coches.

Algún conductor desesperado está de pie, con la puerta abierta y el teléfono en la oreja. Mierda.

—¡Vamos, chaval! —dice César—. Espabila, que estos caballeros deben seguir con su ruta.

Del interior del camión cae una bolsa de basura que revienta al tocar al suelo y desprende olor a comida en descomposición.

—¡Lo tengo! —grita—. Te lo tiro.

—¡No, no! Ni de coña. Te lo guardas en el bolsillo y lo bajas.

César se vuelve hacia los dos basureros, que observan la escena boquiabiertos, y les sonríe.

—Pues nada, señores. Ya estamos. Disculpen por haberles entretenido.

Fran da un último salto para bajar del camión y ambos regresan a la moto. César no dice nada mientras se alejan. Los impacientes conductores suben a sus coches y en pocos segundos el tráfico de la calle se libera.

La moto resopla al detenerse en un callejón cercano a pocas manzanas de distancia. César baja, contento de alejarse del olor fétido de su hijo.

—Veamos qué nos dejaste, cabrón.

Saca el móvil de Chupa de Cuero y revisa el historial de llamadas hasta encontrar la entrante que coincide con el día y la hora de la que pudo grabar.

¡Línea! No hay nombre pero sí un número del que tirar del hilo.

Sigue buscando las últimas llamadas y ahí está otra vez.

Una llamada la madrugada del accidente. Veinticinco segundos. El mismo número. ¡Bingo!

Fran le mira sin entender desde encima de la Kawasaki Ninja.

—¿Tienes algo?

—¿Tienes un amigo que suplanta voces, no?

En la ciudad de León Lidia y Sarabia se quedan plantados a las puertas de Comercial Santa Rita. Nadie les abre.