Capítulo 14
A Lino se le han pegado un poco las sábanas. Ha dormido como un niño. La muerte del tipo de la chupa de cuero ha ayudado, por supuesto, pero es que, ade más, hoy no va a ver a esos energúmenos desagradecidos. Ni tampoco a su jefe. Cerdo.
Se despide del hotel.
Al llegar al hospital se encuentra con Nirvana vapeando en la puerta. La misma escena de la noche anterior se repite, esta vez iluminada por el sol. Más brillante, más hermosa. La abraza con torpeza. Ella se deja abrazar como quien se deja llover.
—La operación ha ido bien pero aún no saben si habrá daños irreversibles. —Chasquea ella con la lengua—. Todavía no he podido verlo. Lo están monitorizando. No sé, cosas de médicos. Me han dicho que vendrían a avisarme a la salita y que podríamos pasar un momento a la UCI para verle.
—¿Entramos entonces?
Ella asiente y vuelven a recorrer el pasillo de las máquinas de vending hasta dar con la sala de espera.
Diez o doce personas aguardan allí pero hay dos que llaman su atención por encima de todas.
Algo no encaja en ellas. Como cuando la abuela le ponía aquella serie de dibujos y le hacía encontrar al intruso.
Una zapatilla deportiva, unas pantuflas, unas botas, una alpargata, unas botas de agua y de pronto…
¡un nabo! Pues allí había dos nabos. Uno de mirada quieta y que vestía una gabardina elegante pero raída y el otro joven, con la cabeza rapada y una bómber verde militar.
—¿Cómo estás? —le pregunta ella mientras se sienta en una de las sillas.
Lino se ajusta las gafas y vuelve a mirarla.
—¿Tú qué crees? —responde sentándose a su lado.
—Pues como yo, supongo, jodido. ¿Cómo has dormido?
Duda algunos segundos.
—Fatal. No he pegado ojo en toda la noche.
Ella le acaricia el hombro, como para darle ánimos. Él siente un escalofrío entre las piernas.
—Qué mala suerte —dice Nirvana.
Eso sí que no. Eso no.
—Pues yo diría que bastante suerte había tenido hasta ahora.
Nirvana se ríe irónica.
—Pues sí. ¡A nadie le ha tocado la lotería tantas veces!
—¿Cómo? —pregunta, desorientado.
—Pues tal cual. Textualmente, como te lo digo. Tenía un abogado por ahí que le vendía boletos premiados. A cambio de una comisión, claro. —Y suelta una carcajada seca.
—Ah.
Mejor te callas, Lino. Mejor te callas. No digas nada más, aunque seguro que ella ya sabe que Nico hacía eso para blanquear dinero. Pero, bueno, mejor no añadir leña al fuego. O no hacer leña del árbol caído, como diría la abuela.
—La suerte es de quien sabe buscarla, Lino —sentencia Nirvana.
—Ya…
Unas puertas automáticas se abren y aparece un joven vestido de blanco.
—¿Familiares de Nicolás Domiño? —grita.
—¡Aquí!
Nirvana se levanta y va hacia allí. Él la sigue.
—Acompáñenme, por favor.
Después de atravesar un largo pasillo con pacientes alineados en camillas y en sillas de ruedas alcanzan otro idéntico.
Se siente un poco mareado. Es solo su aprensión, su aversión a las agujas y hacia ese olor a medicina, a enfermedad, a paliativo, a dolor, a sufrimiento y a muerte.
Piensa en su dedo y en lo que debe de estar creciendo en su cabeza.
Siente ganas de llorar pero justo en ese instante, y antes de hacer el ridículo, llegan a otra puerta corredera tras la cual hay gran cantidad de cortinas.
—Box número siete —dice el enfermero—. Tienen diez minutos.
Entran sin hacer ruido. Todo es excesivamente luminoso. Puede escuchar el goteo de la bolsa de suero y el pitido de un monitor. Nico está ahí, inmóvil, como si aún intentase comprender algo que había pasado demasiado deprisa. Su dedo muerto le palpita. Siente vergüenza. ¿Estaré rojo?
Nirvana se acerca a su hermano, atravesado por infinidad de agujas y de tubos, y le acaricia la mano con suavidad.
—Te pondrás bien, amor. Te pondrás bien. —Se sorbe los mocos. Sus ojos están empañados. Le da lástima—. Está calentito. Eso es bueno, ¿no? —susurra sin mirarle.
Silencio.
Nirvana pasa así algunos minutos. Observa a su hermano sin decir nada. Él, desde atrás, contempla la escena hasta que ella se da la vuelta y le mira.
—Voy al baño. Ahora vuelvo.
No me hagas esto, Nirvana, ahora no. No me hagas esto, por favor. No me dejes a solas con él, por Dios. No te vayas.
Ella sale del box.
—Vale —dice en voz queda cuando ya está completamente solo.
Permanece inmóvil. De cara a la cortina y de espaldas a su hermano.
No quiere ni mirarlo. No puede. Le da miedo.
¿Qué va a decirle? No hay excusa que valga.
¿Cómo explicárselo? Las piernas le tiemblan pero toma aire con todas sus fuerzas y entonces…
le mira. Se asegura de que no hay nadie alrededor, se acerca a la cabecera de la cama y se agacha junto a él.
—Lo siento —dice en voz baja— pero no fue culpa mía. O, al menos, no toda. Tú te metiste en esto, tú no llevabas el cinturón, tú… Yo solo… yo solo seguí con vida.
La máquina que monitoriza sus constantes vitales emite un pitido. Lino la mira de reojo.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurra—. Que creo que en el fondo te quiero. Sí, por eso te tapé. Para que no murieses congelado.
Lino siente agarrotada la garganta. El aparato vuelve a pitar, como si le respondiese.
Vamos, levanta, Lino. Sé fuerte, no llores, no llores.
Pero llora.
Recuerda a Nico y a él de pequeños veraneando en el camping de Blanes.
Cuando todavía eran todos felices. Cuando todavía eran todos.
Se acuerda de los cubos y de las palas, de las colchonetas inflables, el minigolf, las bicicletas…
Recuerda aquellos anocheceres con los dos ridículamente arreglados y engominados por mamá y tomando un helado mientras papá veía algún partido de pretemporada del Celta de Vigo.
Al salir de la UCI Nirvana recorre los pasillos con los brazos cruzados.
Lo hace en silencio. Él la sigue detrás.
Tiene que llamar a la gasolinera y hablar con Alma.
Hay que sacar aquello de allí como sea. Ahora es todo suyo y ella no sabe ni quién es, ni siquiera de dónde es.
Con el tipo de la chupa de cuero muerto nadie va a poder relacionarle con la carga.
Bueno, sí. Alma podría identificarle en una foto, pero para eso tendrían que enseñarle una y ella tendría que querer hablar.
Hay que comprometerla de alguna forma. Hay que ofrecerle algo, una promesa futura, una comisión en el horizonte…
algo que perder. Eso es. Si alguien no tiene nada que perder, entonces hay que ofrecérselo.
Buena idea, Lino.
Ah, bueno. También está Nico. Él también podría relacionarle con esos «activos» pero para eso tendría que despertar y, desgraciadamente, no parece que…
De pronto se asusta y se detiene. Siente terror al ver a aquellos dos nabos de antes plantados en mitad del pasillo, bloqueándolo.
El de la gabardina buena pero vieja está apoyado en la máquina de café y el joven rapado se está quitando los auriculares de los oídos.
—¿Son familiares de Nicolás Domiño? —pregunta el de la gabardina.
—Sí —responde Nirvana—. ¿Y ustedes son?
—Amigos suyos. Socios, digamos.
Nirvana le mira de reojo.
—Ya…
—¿Es usted su esposa?
Ella asiente y entonces el de la gabardina le mira a él.
—¿Y usted es…?
—¿Yo? Su-su…
—Su hermano —completa Nirvana.
El de la gabardina asiente y esboza una pequeña sonrisa.
—Entonces ¿le importaría dejarnos a solas un momento?
Lino mira a Nirvana. Ella parece dudar pero asiente con un leve gesto de la cabeza.
—Vete ya, que perderás el tren —dice.
Está bien, está bien. Me voy.
Lino pasa frente al de la gabardina, atraviesa la mirada carcelaria del joven de la bómber y se dirige al mostrador de recepción, donde solicita el justificante que le ha pedido el director conforme ha visitado a su hermano ingresado. En cuanto se lo entregan abandona el hospital a paso ligero.
Al fin. Respira. Expulsa de sus pulmones ese oxígeno cargado de desinfectante y con olor a medicina. Son casi las cuatro de la tarde y antes de irse debe hacer la llamada.
Es ahora o nunca.
Saca el móvil y busca cabinas telefónicas en Madrid.
«Acaba la obligación del servicio universal de comunicaciones de mantener una cabina telefónica por cada tres mil habitantes».
¡Vaya! Pero si acaba de ver una frente al hospital…
«Telefónica empieza a desmantelar todas las cabinas que quedan en España».
«Pese a la no obligación todavía quedan en Madrid 644 cabinas sin desmantelar».
Vale, ya está. Ya ha visto dónde ir.
Saca la gorra de la mochila y se la ajusta en la cabeza. También apaga el teléfono. Podría haberse quedado sin batería. Más vale prevenir. Nunca se sabe.
Seguramente bastaría con llamar desde la que hay frente al hospital pero…
¿Y luego qué? ¿Y si la cosa va a más y descubren algo, trazan la llamada, ven que proviene de ese terminal y localizan una cámara de seguridad cercana que la enfoca?
¡Zas! Mal, muy mal.
Así que sube al autobús que le lleva a Atocha pero baja a medio camino, en Cuzco, o algo así. Que funcione ya sería milagroso. Y lo es.
—¿Diga? —responde una voz de mujer joven al otro lado.
—Soy yo, Keynes.
—¿Desde dónde llamas?
—Desde una cabina. No quiero que esto deje huella.
—¡Genial! —ironiza Alma—. Justo lo que necesitaba. Más paranoia.
—¿Más, por qué?
—Pues porque sé lo que hay dentro, ¿o te crees que soy tonta?
Lo he abierto, lo he mirado. Sí, está bien hecho, está camuflado, unas tienen y otras no, pero abrí unas cuantas y en una de ellas encontré el doble fondo.
Un kilo y medio. Lo he pesado. He tenido que darle con un picahielos de lo compactada que estaba, parecía una…
—Doble pared —corrige Keynes—. Y no te hagas la inocente, que ya sabías lo que…
—Lo que quieras. Pero me estoy jugando el cuello. Ha venido la Guardia Civil y me ha interrogado sobre el accidente.
—¿Les has dicho algo?
—No, lo justo. Me las he apañado. Querían ver las cámaras y como solo hay una enfocando delante no he puesto problemas, les he enseñado las imágenes.
—¿Y?
—Pues nada, yo saliendo con la furgo. A ti ni se te ve. Pero luego se han paseado por el almacén al lado de las botellas… y yo me he puesto muy nerviosa. Quiero que te lo lleves ya.
—Pero ¿han visto algo?
—No, no. Pero sé que hay coca dentro, tío. Quiero que las saques de aquí ya. ¿Qué crees que va a pasar si vienen con una orden? ¿Qué crees que voy a hacer, eh? ¿Crees que me voy a callar y comerme el marrón? Pues…
—Voy a ir a por ello.
Hay unos segundos de silencio al otro lado. Una respiración, un suspiro.
—Ya. Por favor.
Lino cuelga sin despedirse y eso le hace sentir un poco mejor.
Ya en el tren coloca la mochila entre las piernas y enciende el teléfono. El móvil vibra. Es un mensaje de Nirvana.
Necesito hablar contigo. Tienes el móvil apagado. Llámame cuando puedas
Lino levanta la vista. Mira por la ventanilla. La oscuridad del túnel dibuja su reflejo en el cristal. Se le ve cansado.
No. Ahora no puede.
En algún punto de la N-601 Sarabia llama solicitando informes sobre los números de teléfono a nombre de Nicolás Domiño.