Capítulo 13 #2
La joven tiene los labios secos, las mejillas coloradas y esa expresión de resaca que ya no se borra ni con un año sobria. Parece nerviosa, pero ella sabe que eso es lo normal.
—Sí, bueno. Esto… no vi nada hasta que escuché las sirenas. Ya se lo dije a los agentes que vinieron por aquí.
—Sí, sí. Y, según consta, usted pasó toda la noche en la estación de servicio.
—Pero no escuché nada hasta las sirenas, repito.
—¿Vive usted aquí? —pregunta su compañero con cara de asco mientras ojea un diario deportivo sobre la barra.
Esas formas, viejo.
—¿Cómo? No, no… bueno, sí. Pero solo temporalmente, ¿eh? Y no aquí dentro. Duermo en mi furgoneta, en la parte trasera. La propietaria ya lo sabe.
La dependienta mira de reojo el vaso de cartón oculto tras la barra y Sarabia pasa páginas del periódico haciendo ver que todo aquello no va con él.
—¿Y por qué vive aquí? —pregunta Lidia—. ¿Problemas económicos?
La joven enreda un mechón de su cabello en su dedo índice.
—Bueno, es que estoy ahorrando.
—¿Para qué? —pregunta Juanjo sin apartar la mirada de los titulares.
—Para comprar un piso.
Sarabia suelta una carcajada y le devuelve una sonrisa cáustica a la pobre chica ojerosa.
—Pues de aquí a que lo consiga ya tendrá usted la espalda torcida de dormir ahí.
Así es el viejo. Un policía con la sensibilidad en el ojete. Un policía de otra época que no ha vivido otra época.
—¿Nos podría enseñar las grabaciones de las cámaras de seguridad? —pregunta ella.
La joven traga saliva y asiente.
—Claro. Pasen —indica invitándoles a pasar detrás de la barra.
Allí, en la trastienda, se oculta un pequeño cuarto. Tan pequeño que en él no cabe más que un colgador, un taburete y un viejo escritorio en el que reposa un gran monitor.
—Muchas gracias. ¿Puede desbloquearlo y abrir el programa? Mi compañero revisará el día del accidente.
La dependienta ojerosa extrae un teclado de debajo del escritorio y pulsa una combinación de teclas. Después de ejecutar algún tipo de archivo se vuelve hacia ellos con cara de empanada.
—Supongo que debería pedirles una orden o algo así, ¿no?
Sarabia resopla y se acerca al teclado sin apenas mirar a la joven.
—¿En serio, señorita?
La joven continúa retorciéndose el cabello entre los dedos. Mira a su compañero y luego a ella en un movimiento casi espasmódico.
—Bueno, eso hacen en las pelis, ¿no?
—Usted lo ha dicho… en las películas. En la realidad cualquiera sabría que esa actitud es sospechosa —dice Sarabia.
Lidia hace un esfuerzo por no reír mientras la chica parece dudar.
—Bueno, a mí me da igual, yo solo soy una mandada.
Tú lo que tienes más bien es cara de fumada, cariño.
Después de algunos minutos de silencio, Juanjo se vuelve hacia ellas.
—¿Solamente hay una cámara? —pregunta.
—Sí —responde la dependienta.
Ahora su compañero la mira a ella para que intervenga.
—Alma, ¿de verdad que en toda la estación de servicio no hay más que una cámara?
Esta asiente arrancándose algunos cabellos.
—Además, esta solo enfoca a los surtidores. Ni a la entrada ni al interior ni a la parte trasera.
La joven se encoge de hombros.
—Eso no es cosa mía, agentes. La propietaria…
—Ya, ya… —dice Lidia.
—¿Y esta es usted? —pregunta Sarabia señalando la pantalla.
La dependienta patea el suelo repetidamente con la planta del pie.
—Sí, sí. Soy yo. Esa soy yo sí. Ahí me paran los agentes, verá.
—¿Y se puede saber adónde iba a esa hora? —pregunta Lidia.
—Ya les dije a ellos que a tomar un café a León.
Sarabia suelta otra de sus carcajadas.
—¿A León? ¿A tomar un café?
—Sí. A León a tomar un café.
Lidia mira a su compañero, que chasquea con la lengua y se vuelve hacia el monitor.
—Alma. Usted sabe que tiene una cafetera aquí, ¿no? Que lo que dice es…
La joven patea el suelo cada vez más deprisa… Le parece que le tiemblan los labios y los ojos se le ponen llorosos.
—Sí, lo sé. —A la chica le caen algunas lágrimas silenciosas—. Pero es que me gusta tomar café en León. Me ayuda a cambiar de ambiente después de dormir aquí. Y además me puse nerviosa con lo del accidente.
Por un momento siente lástima por aquella desgraciada.
—Vamos, cálmese —dice posando su mano en el hombro de la joven—. No pasa nada pero necesitamos que nos diga la verdad. ¿Está segura de que no vio nada ni a nadie por aquí antes de que llegasen los servicios de emergencia?
La dependienta niega mirando al suelo.
—Nada. Ya les digo que estaba durmiendo.
—Claro, y no escuchó el accidente —añade su compañero corrosivo.
—Lo juro. Lo juro por Dios que no escuché nada.
—De acuerdo, de acuerdo —concede Lidia—. ¿Podría dejarnos echar un vistazo por aquí?
La joven asiente. Al salir del cuartito un hombre espera en la caja.
Ella y Sarabia se dirigen a un pequeño distribuidor que da acceso a los baños y a un almacén.
En la tienda no hay ni rastro de cámara alguna.
A veces las grabaciones no existen pero las cámaras sí: desconectadas.
Pero ese no era el caso en ese lugar. Allí no había ninguna más.
En el almacén tampoco, solamente un montón de cajas con los productos comercializados en la tienda y una ingente cantidad de botellas de Coca-Cola de litro y medio.
Finalmente salen a la parte trasera. Ni rastro de cámaras. Los dos se acercan a un extremo, junto a un túnel de lavado fuera de servicio. Desde allí se puede ver el lugar del accidente. Sarabia se enciende un pitillo.
—¿Qué dices, jefa? ¿Miente?
—Claro que miente pero ¿qué va a hacer la pobre desgraciada? Llevará algo de costo encima, habrá sisado un poco de la caja, cualquier cosa…
—¿Se prostituirá?
Lidia no había pensado en eso.
—Yo qué sé, Juanjo. Yo qué sé. Pero aquí ya no hay mucho que rascar. Vamos a hacer una visita a Comercial Santa Rita.
Por fin su hijo llega a casa. César discute con él. ¿Cómo ha podido hacerlo? Sin Chupa de Cuero están acabados.