Capítulo 13
—¿Sabes lo que es un emisor GPS? —le pregunta Lidia a Sarabia, que apura un pitillo mientras mira por la ventanilla.
—¿Sabes tú lo que es un carajillo de ron a las ocho de la mañana? —responde exhalando el humo.
—Un acto indudable de alcoholismo crónico.
—No, una tradición que hoy me has jodido.
Lidia sonríe.
—Vamos, repasemos el informe mientras tanto.
Sarabia no responde, aunque seguro que se ha mordido la lengua antes de soltarle cualquier cosa como, por ejemplo, «repásame tú los huevos». Pero no. Ni una palabra, continúa taciturno fumando y mirando por su ventana la helada estepa vallisoletana.
—¿Juanjo? En serio. ¿Qué pasa?
Su compañero apaga el cigarrillo en el cenicero.
—Me haces venir hasta aquí, me metes a dormir en una pensión de mierda en una ciudad de mierda y…
—Oye, que Valladolid es muy bonita.
—No me jodas, Lidia, ¡coño! Que llegamos pronto y no nos espera nada ni nadie. Que vamos a ver cuatro matojos. Esto es para darme por culo.
—¿En serio te pones así por un carajillo?
—No, me pongo así porque vas a lo tuyo. Vaya puta mierda de noche me has hecho pasar. Egoísta. Que la almohada era como una alfombra enrollada. Pero ¿qué te crees que es esto? La que estamos liando por un accidente de tráfico.
—Vamos, Juanjo, que sabes que no es un accidente normal, joder. ¿Dónde se ha visto que un chico de treinta y cuatro años salga de casa sin el móvil? —Mira a su compañero de reojo—. Raro raro. ¿Y que alguien le haya dejado tapadito?
—Para ahí —ordena él señalando un hotel medio abandonado a la orilla de la nacional—. Ahora lo quiero por mis cojones. Para.
Lidia le hace caso. Conoce a Sarabia. Poco importan las jerarquías cuando se pone así. A veces para mantener el mando hay que saber cuándo cederlo.
Aparca el coche junto a un par de camiones.
Juanjo baja con la carpeta en la mano y entran en el bar sin hablarse.
Allí todo tiene la pinta de haber vivido tiempos mejores.
El rótulo del exterior, de neón apagado, indica: HOTEL LA MURGA .
En el interior, una enorme sala con el suelo de terrazo salpicada de mesas individuales.
Tres personas ocupan tres de ellas. Las tres beben de sus botellas de vino.
Las tres comen sus bocadillos. Un televisor mudo proyecta las noticias subtituladas.
Su compañero se dirige a la barra, donde le atiende una mujer de edad indeterminada entre los cuarenta y cinco y los sesenta y cinco años. Ella se sienta en una mesa junto al ventanal exterior.
Mientras espera los cafés, Sarabia se sienta en un taburete y mira la tele.
Un tiroteo en Atocha se salda con un muerto.
Se teme que se trate de un ajuste de cuentas.
La víctima es un tipo buscado por la justicia.
En pantalla aparece la fotografía, extraída de uno de esos carteles de SE BUSCA que abundan en los tablones de las comandancias.
También en el de la suya. Juanjo le mira y le señala la pantalla con la barbilla.
Ella asiente. Por supuesto, a ambos les resulta familiar esa imagen, especialmente por lo llamativo de aquella chupa de cuero. Uno menos a quien buscar.
Lidia abre el mensaje de WhatsApp que le ha enviado su marido y lee la respuesta.
Mejor. La enana se ha resistido un poco menos. Se me ha abrazado a las piernas llorando como siempre pero en veinte minutos o así ya se le ha pasado
Pobre. La educadora le ha insistido en que es normal. En que poco a poco se irá adaptando. Pero, de momento, seguirá enviando a sus padres a recogerla antes de la hora de comer.
—¿Molesto? —pregunta Sarabia, que regresa con su ansiado carajillo y un café con leche para ella.
Se sienta y abre la carpeta con el informe del depósito y sus notas—.
Ahora sí —dice dando un sorbo a su carajillo y un suspiro—.
Veamos… por la ausencia de marcas en el torso del señor Nicolás Domiño queda confirmado que el muy desgraciado no llevaba puesto el cinturón de seguridad en el momento del accidente.
—Daba cosilla mirarle, ¿no? —interrumpe ella con la mirada perdida a través de la ventana—. Está destrozado, no sé cómo ha sobrevivido.
Su compañero la mira en silencio asintiendo. Parece apenado.
—No sé. Me importa una mierda, la verdad —afirma bajando la mirada hacia el informe.
—Vale, tranquilo, ¡eh! —dice pidiéndole calma con las manos—. Vamos, continúa.
—La furgoneta… Ya viste que el candado estaba abierto pero no forzado. —Lidia asiente—. Y se han recogido muestras de material genético por todas partes.
—¿Pediste ya la analítica?
—Sí, ayer mismo.
—¿Y tardarán?
Sarabia levanta las cejas.
—Así, a bote pronto, no parece el caso más urgente del laboratorio.
Lidia resopla.
—Y el GPS —añade Sarabia.
—Sí. Sobredimensionado para una furgoneta de reparto de… —Lidia señala el informe que su compañero tiene abierto—. ¿Cómo se llamaba la empresa?
—Comercial Santa Rita —añade él.
—Eso —responde la sargento Martínez apurando su café—. Si la cosa se complica podemos tirar del aparato. Tiene registrada la IP del servidor al que enviaba la señal pero…
—Orden judicial.
Lidia asiente.
—Y con lo que tenemos ahora, no cuela. Aún apesta a accidente. —Chasquea la lengua y se levanta—. ¿Seguimos?
—¿Ya?
—Vamos, levanta ese culo caído de viejo chocho.
Sarabia gruñe pero parece de mejor humor. Sin duda ha hecho bien en parar a ponerle un poco de gasolina.
—Ahora conduzco yo.
—¿Por qué?
—Porque soy el hombre.
—El hombre borracho. Vamos, tira para tu asiento.
El Dacia traquetea por los últimos kilómetros que les separan del lugar del accidente. En los arcenes la nieve sucia invade la calzada. Ella tampoco ha dormido bien, Juanjo tiene razón pero, más que una alfombra, aquella almohada parecía una persiana enrollada.
—Y luego está la mujer, de la que dicen que no sabe nada.
—Nada —repite él y se ríe—. Nirvana.
—¿Conoces al grupo?
Sarabia niega con la cabeza.
—Hippies de los tuyos, supongo.
Al cabo de diez silenciosos minutos la sargento detiene el coche en uno de los arcenes.
Las coordenadas anotadas por los compañeros de Valladolid están cerca.
Hay que seguir a pie los metros que los separan del punto exacto.
Al llegar a él no cabe duda de que se encuentran en el lugar correcto.
El suelo está húmedo y la nieve casi derretida, pero todavía se pueden observar las huellas.
—Mira esto —dice Lidia agachándose.
—Pisadas, nada nuevo.
—Aquí debía de estar la puerta del acompañante —dice volviéndose a levantar y señalando el suelo—. Enséñame las fotos un momento.
Sarabia saca de la carpeta las fotografías que ha imprimido y se las muestra antes de afirmar:
—Sí, ahí estaba la puerta del acompañante y se mueven hacia lo que sería el portón trasero.
Lidia asiente mientras lo repasa.
—Sí. En la foto se ven mejor. Van y vuelven.
—Quien abrió el candado tuvo que conseguir primero la llave.
—Sí, o podía haber un acompañante que ya salió con ella y volvió otra vez.
También hay pisadas en la parte delantera y en el asiento del conductor.
Por todas partes. En las fotos no se ve mucho pero fíjate —asegura Lidia señalando el suelo—: esto parece chafado, como si la nieve se hubiese apelmazado allí por una pisada y mira…
Sarabia guarda las fotos en la carpeta y la sigue: ella camina enérgicamente alejándose del lugar.
—¿Qué? —pregunta.
—Todo esto —dice la sargento Martínez señalando el suelo—. Estas líneas paralelas.
—La carretilla que te dije, ¿no? —dice su compañero con arrogancia.
—Sí, siguen hacia la carretera junto a las pisadas. Juanjo, mide la distancia entre las líneas, el grosor de las ruedas y toma fotos del dibujo que ha quedado en el barro. Ahora vuelvo.
Lidia aprieta el paso en dirección al coche.
Sigue las marcas hasta llegar al arcén, donde parecen desvanecerse.
Cruza al otro lado de la carretera para ver si siguen por ahí pero no hay ni rastro de ellas ni tampoco a lo largo del asfalto.
Apenas queda un poco de nieve sucia pero fuera de la calzada.
Se adelanta unos metros más caminando en dirección a una gasolinera cercana pero no encuentra nada.
—Terminan en la carretera —asegura al regresar al lugar del accidente—. Debieron de cargar lo que fuese a otra furgoneta.
Sarabia acaba de fotografiar las marcas.
—¿Qué crees que era?
Lidia se encoge de hombros.
—No lo sé. Pero, sea lo que sea, valía lo suficiente como para dejar a alguien ahí agonizando. Acerquémonos a la gasolinera a ver si hay suerte. Y si no, al menos repostamos.
Al llegar se encuentran con una estación de servicio destartalada, con la estructura de la tienda medio oxidada, un toldo medio caído y algunas luces navideñas colgando patéticamente del tejadillo de los surtidores. Sin duda, una gasolinera a punto de cerrar.
—Solamente tengo una cosa clara —dice Lidia al bajar del coche.
—¿Qué?
—Que hemos hecho bien en venir con la luz del día.
—No lo justifiques. No tiene justificación. No en esa pensión. No me lo recuerdes que me entran ganas de… —Sarabia aprieta los dientes con fuerza mientras Lidia se aguanta la risa—. ¿Vas tú delante o yo?
—Voy yo, tú haz de poli bueno.
—Muy graciosa.
Al entrar se encuentran con una joven con ojeras que bebe de un vaso de cartón. Al verse sorprendida reacciona rápidamente y lo oculta tras la barra. Menos mal que no llevamos uniforme, piensa Lidia. Ese vaso lleva de todo menos café.
—Buenos días —dice la chica con la voz ronca.
—Buen día, señorita —dice Sarabia acercándose a ella con las manos en la espalda y su cara de… siempre.
—Somos la sargento Martínez y el cabo primero Sarabia —añade ella mostrándole la identificación—. De la Guardia Civil.
—¿En qué les puedo ayudar?
—Es usted Alma, ¿no?
La joven asiente.
—Así es.
—Pues disculpe que la molestemos pero el otro día se produjo un accidente aquí al lado y su nombre consta entre los posibles testigos —introduce la sargento.