Capítulo 12
Punto seguido
—Esta es —dijo Nico. Se bajó y dio un portazo—. Vamos, hagámoslo rápido.
Lino le siguió. Las piernas le flaquearon un poco. Más por miedo que por la ciática.
Miró a su alrededor. Estaba bastante oscuro. Solamente algunas farolas aisladas salpicaban el puerto de diminutos destellos naranjas. En el horizonte, la luna se re flejaba en el mar con una calma que no hacía sino acrecentar sus temores.
Su hermano sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de madera desconchada por el salitre.
—¿Qué es esto? —preguntó él.
—Lo que hemos venido a buscar —zanjó su hermano.
—¿Coca-Cola?
—Bueno, dejémoslo en coca a secas —dijo Nico guiñándole un ojo—. Cien packs con cien kilitos de mandanga ultracompactada para mercar.
—Muy bonito.
—Eres tú quien me ha pedido ayuda, ahora no te quejes ni te pongas exquisito.
Lino volvió a observar todo aquello mientras Nico sacaba un primer paquete de refrescos.
—¿Y qué pinta en una caseta de pescador?
Su hermano dejó en el suelo el paquete y abrió la zona de carga de la furgoneta.
—¿Te parece mal?
—Pues no. Bueno, no sé… Se supone que es Coca-Cola.
Nico cargó los primeros packs y regresó a la caseta.
—Sí, no es demasiado discreto —respondió su hermano mientras cogía otro paquete—. Vamos, mueve el culo.
—No sé, si aún fuesen cajas de pescado…
Nico cargó dos paquetes más.
—Pero no es pescado. Así que ¡espabila, empanao! A cargar y callar, que bien que has cobrado.
Lino asintió, tragó saliva y empezó a cargar packs junto con su hermano. Entre los dos tardaron menos de quince minutos en meter los cien paquetes dentro de la furgoneta.
—¿Ves qué fácil? —advirtió su hermano sacudiéndose las manos—. Finiquitado.
—Pero ¿no habrá cámaras por aquí, no? —preguntó Lino mientras echaba un vistazo a su alrededor.
Nico se pasó la mano por la cara entornando los ojos.
—A ver cómo te lo digo, hermanito. Si ellos han escogido esto es porque no hay nada o porque, si lo hay, la poli de… —Su hermano frunció el ceño confuso—. ¿Cómo se llamaba esta mierda de pueblo?
—O Caviro —respondió.
—¡O Caviro! Eso es —dijo levantando los brazos teatralmente—. Pues que la poli de O Caviro estaría sobre aviso. Untada. ¿Entiendes?
Ahora era Lino quien estaba confuso.
—¿O Caviro tiene poli? ¿Municipal? —preguntó mientras entraba a la furgoneta.
Nico se sentó al volante y se giró hacia él.
—¡Y yo qué sé! Como si es la puta policía nacional de Galicia. No me pagan por preguntar. —Arrancó el motor—. Ni a ti tampoco.
—A mí me pagas tú.
—Pues eso. No preguntes.
Lino asintió levantando las cejas.
—Pero debes reconocer que sacar un cargamento de Coca-Cola de una casita de pescador es raro.
Nico resopló antes de girar el volante para sortear una gran red de pesca.
—Hace unas semanas hicieron una redada por aquí.
Pillaron una de las lanchas, una cueva, uno de los almacenes principales…
vamos, un desastre —dijo mirándole de reojo mientras salían del puerto—.
Por suerte todavía no había nada envasado, así que no descubrieron la jugada.
Pero, bueno, eso obligó a los jefes a redistribuir todo lo que se había salvado como pudieron sin utilizar nada que pudiese estar comprometido.
—Entiendo —respondió—. Y la caseta de pesca no estaba comprometida.
Nico miró a ambos lados y se incorporó a la carretera.
—Este negocio va de improvisar, hermano. De buscarse la vida. Por eso se paga tan bien. Y si piensas seguir…
—No pienso seguir, ¿vale? Es algo puntual —respondió airado—. Y si se paga bien es porque es ilegal, carallo.
Nico le volvió a mirar de reojo. Esta vez esbozó una sonrisa algo compasiva, casi paternal.
—No empecemos, Lino. Hace mil años que no nos vemos. No lo estropees, no volvamos a lo de siempre. —Hizo una pausa—. No seas porculero. Siempre has sido un porculero del carallo.
—Y tú, un delincuente, un analfabeto, un zascandil.
Su hermano se giró hacia él.
—¿Zascandil?
—Mira para adelante.
—Cuánto tienes que aprender de la vida —respondió Nico volviendo a fijar la vista en la carretera—. ¿No has tenido bastante con ser un pringao toda tu vida? ¿Con arrastrarte para que te dé un trabajito porque no tienes un puto duro? Con…
—Qué bonito es volver a casa, ¿eh, Nico? —interrumpió Lino—. Las rías, este frío, ese olor a castaña y marisco…
Nico asintió durante un buen rato sin apartar la vista de la carretera.
— Miña terra galega .
Lino ya no respondió. Se recostó en el asiento y trató de aprovechar la oscuridad para dormir pero no lo consiguió.
Cerró los ojos, eso sí, para tratar de evitar una conversación con su hermano.
Las piernas le seguían temblando y el frío no le abandonaba la espalda.
Odiaba la sensación de la calefacción soplándole en la cara mientras su cuerpo seguía helado.
Durante varias horas siguieron la ruta trazada concienzudamente por su hermano evitando poblaciones y vías principales.
Así que realizaron casi todo el trayecto por carreteras secundarias.
La mayoría de ellas comarcales donde la niebla, el mal estado del asfalto y la inexistente iluminación les obligaban a circular lento.
Muy lento. Así, sin tocar apenas una carretera nacional, tardaron unas seis horas en dejar atrás Galicia pero, antes de hacerlo, se desviaron por una pista de arena que se enriscaba hasta lo alto de un barranco.
Después de recorrer unos centenares de metros llegaron a una casa en ruinas oculta tras unos árboles. Lo que quedaba de sus muros estaba tapizado por enredaderas verdes y, tras la niebla, se insinuaba la silueta de un hórreo bastante íntegro.
Nico detuvo la furgoneta tras la maleza para que quedase oculta desde la carretera. Frente a ellos se alzaba una gran valla oxidada donde se advertía sobre la prohibición de paso por tratarse de una propiedad privada.
—Poner puertas al campo, decía la abuela, ¿no? —dijo Nico señalando la valla con el mentón y dibujando una leve sonrisa.
Lino asintió.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Nico levantó las cejas varias veces con sorna.
—He aquí el gran secreto de la familia.
—¿Cómo?
Su hermano presentó con la mano las fantasmagóricas ruinas que había tras la valla.
—El pazo Domiño. ¡Tachán! Era de la familia de papá. Está en ruinas desde que quedó abandonado después de la guerra.
A Lino le estallaban los sesos.
—Pero… no lo entiendo. Nunca había oído hablar de… ¿por qué yo no tenía ni idea de esto?
—A papá le caías mal. Ya lo sabes. Por flojo.
Lino no sabía qué responder a eso. Pero pronto se le ocurrió.
—¿Y la herencia?
—Ni te enteraste. Estaba en la escritura, esos terrenos en Galicia… que me dejó a mí.
—Pero esto no…
—Tranquilo, hermanito. Esto no vale nada. No se puede hacer nada aquí. Pero, a veces, paro aquí y —señala el hórreo— me fumo un peta allí dentro o guardo alguna cosilla. Nada más. Me gusta imaginar cómo vivía nuestra familia antes. Nuestros antepasados. Los Domiño.
—Es grande, carallo.
—Lo era —corrigió su hermano—. Ahora no vale ni un céntimo.
—Pero, Nico, a mí no me dejó nada de nada.
Su hermano chasqueó la lengua. Empezaba a lloviznar.
—Me sabe mal —dijo con una sonrisa—. Toma.
Nico sacó una llave del bolsillo y se la entregó.
—Si sirve para recuperar nuestra relación ahora que sé que tengo una sobrinita…
—¿Qué es esto? —preguntó Lino mientras la cogía.
—Una copia de la llave del hórreo. Al resto ya ves que puedes entrar por donde quieras.
Nico soltó una carcajada y se dirigió a la parte trasera de la furgoneta.
—Vamos. Voy a echar gasolina primero y luego nos pegamos una siestecilla —dijo.
Lino se resguardó de la lluvia dentro de la furgoneta.
Él no iba a dormir. No había podido hasta ahora y no iba a poder. Solamente podía pensar en lo raro que era todo. La noticia de la familia no era más que una nueva anécdota de su despreciable padre.
Lo que realmente le preocupaba era todo lo que podía suceder a partir de aquel momento. Y en el lío en que se estaba metiendo. ¿Con qué clase de gente estaría tratando?
En un acto instintivo se llevó la mano al bolsillo y palpó su teléfono móvil. Lo toqueteó. Quizá para asegurarse de que lo llevaba consigo, de que seguía allí.
Mala idea.
Por el retrovisor veía a su hermano poniendo gasolina de una garrafa. De pronto se agobió. Quería volver a salir, respirar un poco de aire fresco, orinar, estirar un poco las piernas…
Así que salió. Dio un pequeño saltito, pues el asiento quedaba algo elevado. Y al hacerlo, el teléfono móvil, mal colocado en su bolsillo, cayó al suelo.
Y Nico lo vio.
De inmediato, sus ojos se encendieron y su rostro enrojeció de ira.
—¿Qué coño es eso? —preguntó dejando caer el bidón al suelo—. ¿Qué cojones es eso, eh?
Lino se agachó para cogerlo.
—Nada —respondió—. Nada.
Nico dio una zancada y se acercó a él, que ya sentía el corazón golpeando la garganta y el tímpano y los ojos palpitando salvajemente.
—Es un puto móvil. Has traído el puto móvil, cabrón. —Nico le dio un manotazo y se lo tiró de vuelta al suelo—. Hijo de puta. Te lo advertí.
Lino trató de defenderse. Se cubrió la cara pero su hermano le agarró del cuello con el brazo y le tiró al suelo embarrado.
—¡Qué haces, carallo! —protestó mientras se revolcaba como una cucaracha—. ¡Para!
—Te lo advertí. —Nico le dio una patada en el culo—. Que no trajeses —le volvió a dar otra— el puto —otra más— móvil.
Y acabó escupiéndole en la cara.
—¡Basta! —gritó Lino sin poder reprimir el llanto—. Basta, por favor, basta. —Y se limpió la cara con la manga de la chaqueta. Ensuciando su rostro de barro.
Nico puso los brazos en jarra y caminó algunos pasos tratando de bajar las pulsaciones. La lluvia le resbalaba por la cara.
Lino le observaba desde el suelo con rabia y temor.
—Perdona, perdona —repitió desde allí.
—Que perdona ni qué mierdas dices. Te lo dije. Te dije que nos podían rastrear, que lo dejases en tu puta casa para que diese la señal allí.
Nico seguía caminando con pasos acelerados a su alrededor, como si estuviese pensando lo que debía hacer.
—Lo apagaré —dijo Lino mientras se incorporaba.
Entonces Nico se quedó quieto, congelado, y clavó sus ojos en él.
—Pero ¿qué dices, atontao? —Le dio una colleja—. ¿Cómo tengo que decirte que no quiero un puto teléfono aquí?
Su hermano se dirigió al asiento del conductor, abrió la puerta y salió con una barra de hierro de esas que se usaban en los ochenta para inmovilizar el volante.
—¿Qué, qué vas a hacer, Nico? —preguntó cangrejeando hacia atrás con las manos hundidas en el barro—. ¿Nico?
Y finalmente su hermano levantó la barra y empezó a golpear el móvil que Lino llevaba durante aquella noche.
—¡Nooo! —exclamó Lino—. ¡Por favor! Para.
Nico cogió los pedazos que quedaban y los lanzó barranco abajo. No sabía lo que estaba haciendo.
—Y ahora sube a la furgoneta —zanjó.
Desde ese momento supo que estaba perdido.