Capítulo 11
Lino llega a Atocha con la mandíbula apretada y el dedo tieso.
Son cerca de las diez y media de la noche. La estación empieza a vaciarse.
Al salir se topa con una multitud curioseando lo que parece una macrooperación policial. A cien metros d e donde se encuentra ve una ambulancia y seis o siete coches de policía que protegen lo que parece una zona acordonada. Algunos agentes van armados con fusiles. Terrorismo, seguro.
—A la Paz —le ordena al taxista, que, por todos los medios, quiere hablarle del Real Madrid—. Verá, es que a mí el fútbol…
Entra al hospital de la Paz después de tantear varias puertas. Urgencias. Allí se dirige. Acelera el paso. El pulso también. Carallo. Va a ver a Nirvana después de… ¿cuántos años? Ni siquiera lo recuerda.
No, no. No puedo. Me voy.
Se detiene frente a una máquina expendedora de café y regresa al vestíbulo por donde ha entrado.
Toma aire y le invade el aroma embriagador del desinfectante.
La dulce y melosa tranquilidad de lo aséptico.
Mira a su alrededor; rostros macilentos, cansados, tristes.
Asustados. La luz fría le hace recordar su dedo, su problema cerebral, su más que probable tumor.
Siente el desasosiego de quien ya no espera nada pero, de pronto, un destello de esperanza: Nirvana.
Le desea lo peor, por supuesto, pero también quiere verla.
Nunca lo había necesitado tanto como ahora, de repente, tantos años después.
Quiere disfrutar con el simple hecho de mirarla.
Antes de reencontrarse con ella entra en los servicios.
Se esconde en los servicios.
Se mira al espejo. Muy guapo no es. Desde luego, no como Nico. Se recoloca las gafas con su dedo muerto. Se arregla el cuello de la camisa que lleva debajo del jersey y del abrigo. Trata de relajar el ceño para borrar esas arrugas en la frente.
Se mira durante algunos segundos más.
En fin, ahora no puede arreglar en un momento todo lo que ha tardado tantos años en estropear. Algo que ya empezó a romper su madre durante la gestación. Se recoloca la mochila y regresa al hall —ahora sí— en dirección a Urgencias.
¡Vamos, Lino!
Cuando está a punto de alcanzar el mostrador escucha una voz familiar a su espalda.
—¡Lino!
Ya está.
El corazón se le para y le entran ganas de morderlo todo, de liarse a bocados con las paredes, de comerse todo lo que le rodea.
Carallo. Qué guapa es la muy… ufff, no puedo con esto, maldita sea, Nirvana.
¿Por qué?
—¡Nirvana!
Sonríe como un memo y ella le mira extrañada. Así que se pone serio, solemne.
—Llegas justo —dice ella dándole dos besos.
Ese olor a golosina…
—¿Cómo?
—Pues que le están interviniendo otra vez.
Lino asiente y baja la mirada. El suelo brilla. No hay ni rastro de suciedad. Un suelo limpio y resplandeciente. No está seguro de no mancharlo. De pis o de culpa.
—¿Vienes? Iba a salir a… —Nirvana le muestra un cigarrillo electrónico.
—Cla-claro.
Ella echa a caminar. Toma la iniciativa.
Él va detrás. Atraviesan un pasillo lleno de máquinas de vending a lado y lado.
Ella sigue delante. Él la mira. Lleva una sudadera blanca que le cuelga por los muslos y el pelo recogido con una pinza.
Debajo unas mallas negras delatan un culo respingón y pequeño y maravilloso y le vuelven a entrar ganas de liarse a bocados con todo.
En especial con ese culo al que tanto odia.
—¿No me vas a preguntar por él?
Nirvana se apoya en la pared, justo a la entrada del hospital.
—¿Por quién?
—Pues por Nico.
—Sí, claro. —Retumba un tambor en su pecho—. ¿Cómo está?
—Pues jodido. Tiene lo de la cabeza y, además, se ve que perdió muchísima sangre. Parece que nadie avisó hasta muchas horas después del accidente.
—¿Y quién llamó?
Nirvana levanta las cejas y los hombros.
—No sé, un vecino de un pueblo cercano, creo. Alguien que pasaría por allí. Hasta entonces estuvo allí solo, inconsciente, sangrando, congelándose… —Chasquea la lengua—. Una putada.
—Pues sí —dice Lino negando con la cabeza—. ¿Y se sabe cómo fue?
Nirvana le mira fijamente. Da una calada y expulsa el vapor por esos labios tan delicados.
—Ni idea.
—Pero ¿no lo están investigando?
—Bueno. Me llamaron los de Atestados, creo. Para preguntarme.
Ella tiembla. Tiene frío. Hace frío.
—¿La Guardia Civil?
Nirvana afirma con la cabeza.
—¿Y qué te dijeron?
—Pues que si sabía adónde iba Nico, que para qué empresa trabajaba, que si iba con alguien más… y que la furgoneta estaba vacía, que si sabía dónde podría haber descargado la mercancía.
—¿Y qué les dijiste?
Nirvana vuelve a vapear.
—Que no sé nada, Lino. Que no tengo ni idea de las mierdas de Nico. No me cuenta demasiado, aunque a mí a veces me da por pensar —dice señalándose la cabeza—. Pero, en fin… ¿qué iba a decirles? Pues que si se enteran de algo que me lo cuenten a mí también.
Nirvana sonríe con esos ojitos.
—¿Y tú? ¿Tú qué crees? —pregunta él.
—No sé. Que un accidente lo tiene cualquiera, supongo. —Vuelve a chasquear la lengua y guarda el cigarrillo en el bolsillo de la sudadera—. ¿Volvemos? Me estoy helando. Tengo la chaqueta dentro.
Piensa en ofrecerle su abrigo. Pero le parece un gesto ridículamente teatral.
—¿Tomamos algo?
Ya en la cafetería se acercan a la barra charlando. Que si menudo frío, que si Barcelona es más húmeda, que si Madrid más seco.
Hay poca gente. Él pide un café descafeinado y ella, una cerveza, que, si nada ha cambiado, no se beberá. Lino saca la cartera y se dispone a pagar pero Nirvana se interpone entre él y la cajera.
—No, Lino, déjamelo a mí.
Siente rabia e impotencia.
—¡No! —grita.
La cajera y un hombre que está barriendo el suelo se vuelven hacia él.
—Ya pago yo —insiste Lino en voz baja—. Por favor.
Nirvana asiente algo desconcertada y lleva las bebidas a la mesa más cercana, donde se sientan cara a cara.
El sonido de fondo de la televisión reverbera en el ambiente con las noticias del Canal 24 horas.
Las paredes blancas, el lejano tintineo de los vasos y la luz mortecina del lugar le recuerdan a la muerte de mamá.
Le recuerdan a Nico, a su padre y a él frente a un batido de chocolate.
Los tres en silencio. Los tres mirándose el uno al otro y pensando en lo que sería de ellos si mamá se iba.
Mientras mamá se iba.
—¿Estás bien, Lino?
—Sí. ¿Tú? —responde mientras da un sorbo al café.
—¿Quieres contarme algo?
—¿Yo? —pregunta sorprendido—. No, ¿por qué?
—No sé. Te veo raro.
—Bueno. Hace mucho que no nos vemos —sonríe—. Supongo que hemos cambiado.
Ella asiente taciturna.
—¿Qué llevas en la mochila?
Siempre tan directa y descarada.
—¿Cómo que qué llevo?
—Pues eso, que qué hay dentro.
—Emm, no sé, nada en especial. Bueno, una muda, el cargador del móvil, un cuaderno, un boli, un libro…
Nirvana se moja los labios con la cerveza.
—¿Qué libro?
—¿El libro? Esto, no sé, no creo que lo conozcas.
—Yo también leo, ¿sabes? —asegura Nirvana con su sonrisilla.
—Ya, pero no es… bueno, es un libro de Keynes, un economista.
Ella asiente en silencio mientras le mira fijamente.
—¿Y se titula?
Lino resopla. Siente cómo los pómulos le arden y el dedo muerto le palpita.
—Es un poco largo.
—Tenemos tiempo.
Lino se recoloca las gafas con su dedo muerto.
—Está bien. Teoría general del empleo, el interés y el dinero .
Nirvana deja de parpadear e incluso se vuelve a mojar los labios con la cerveza sin apartar la mirada de sus ojos. Asiente al mismo tiempo que dice:
—Sigues siendo un frikazo.
Le ríe la gracia pero le jode que le vea así. Nirvana se reclina contra el respaldo de la silla y estira las piernas.
—¿Sabes que va a cerrar el Pequeño Velvet?
—¿En serio?
—Me lo dijo una amiga que sigue veraneando en Lloret.
—Es triste.
Nirvana asiente.
—Todavía te recuerdo bailando como un loco encima de la barra.
—Para que me echasen, no para que me aplaudiesen —protesta Lino con una sonrisa.
—Bebido, eres divertido.
—Gracias, gracias.
Nirvana permanece algunos segundos en silencio mirándole a los ojos.
—Qué perdidos que estábamos, ¿eh?
Sin duda. Sin duda.
—Pero al menos nos reíamos más —zanja él.
Nirvana asiente taciturna aunque no tarda en volver a incorporarse en la silla y sonreír.
—¿Y tú qué? ¿Qué tal te va con Sara?
De pronto algo le llama la atención. Una voz lejana, una voz que proviene de lo más profundo de la televisión.
Se vuelve hacia ella.
«Tiroteo en Atocha. Una víctima mortal».
Se ve una imagen de la estación con el mismo cordón policial que se ha encontrado al llegar a Madrid.
Nirvana sigue mojándose los labios con cerveza. Pero él siente una curiosidad monstruosa.
Sigue atento.
«… la víctima ha sido identificada como uno de los cabecillas de una red internacional vinculada con el narcotráfico.
Buscado por la Interpol desde hace seis años, la víctima permanecía oculta usando múltiples identidades falsas.
Aunque se cree que es de origen vasco, según fuentes policiales tiene antecedentes en Suecia y en Italia.
Todo apunta a un ajuste de cuentas por parte de… ».
Y de pronto aparece una imagen que le sacude por dentro. Un rostro conocido, una chupa de cuero. El corazón le palpita en las sienes y un escalofrío le recorre la espalda.
—¿Es que le conoces o qué? —pregunta Nirvana, que parece más sorprendida que él.
Lino la mira a ella y luego al café, y entonces sonríe.
Puede que las cosas estén empezando a cambiar. Y no piensa desaprovecharlo.
—No. De nada.
En una pensión infecta de Valladolid la sargento Lidia Martínez trata de conciliar el sueño. Pero no puede. Haber dejado un poco de leche en la nevera no le hace sentir mejor madre.