Punto muerto Capítulo 10
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Capítulo 10

Vuelve a chispear.

Chupa de Cuero hunde el pie en el acelerador. ¡Buah! Se adentra en el túnel de la Puerta de Toledo.

Un escándalo.

Ahora se han acabado los sueños. De momento. Ahora hay que dejarlo todo.

Pulsa el botón del manos libres hasta que suena el pitido.

—Llamar a Sister —grita.

Su hermana contesta al segundo tono.

—Epa, neba —dice ella.

—Hola, tata.

—¿Cómo va eso?

—Mal.

Su hermana permanece en silencio algunos segundos. Procesando.

—¿Qué pasa?

—Tengo que irme lejos.

En el horizonte ya puede ver cómo se recorta la estación de Atocha.

—Ah… —Escucha un suspiro—. ¿No sabremos nada de ti?

—No en bastante tiempo. Díselo a mamá, que no se asuste. Dile que… no sé, que me he ido fuera. Que me he enamorado de una chilena y que me he ido con ella a Cochabamba.

—¿Cochabamba?

—Ya sabes, ¿qué más da?

Puede sentir cómo, al otro lado, su hermana asiente con resignación. Ella sabe a lo que se dedica.

—Es que Cochabamba no está en Chile.

—Da igual. Dile lo que quieras.

Mira por el retrovisor antes de incorporarse a la glorieta de Atocha. Los cristales se están empañando y el faro de una moto le deslumbra.

¡Hostia! Putas motos.

—Te dejo, tata. Tengo que subir a un tren.

—Agur, neba .

—Te quiero —dice demasiado tarde.

Aparca a su Eleanor en una calle cercana a la estación. Al salir pasa sus dedos por el capó. Acaricia su pintura, sus curvas. Agur.

Cruza la calle al trote. La pistola se le clava en las costillas debajo de la chupa. Sigue chispeando.

No lleva nada encima. No hay tiempo para volver a casa.

Hay que darse prisa antes de que descubran que tenía unos socios a las afueras de Monteluna, un pueblo entre Lucerno del Alcázar y Torbilla, en la N-601.

Allí era donde debía quedarse tirada la furgoneta.

Allí es donde sus socios tendrían que haber aparecido con la grúa para dar el vuelco.

Pero algo falló antes. Ni siquiera pudo dar la orden.

Mira las pantallas con las próximas salidas.

Ya no importa qué fue lo que falló. Lo que importa es que ya no hay mercancía. Y que pueden pensar que ha sido él.

Próximo tren con destino a Barcelona-Sants dentro de treinta y cinco minutos.

Todo cuanto necesita está allí. En una caja fuerte dentro de un banco en Barcelona. Allí hay algo de dinero y un pasaporte chileno. Suficiente para volver a empezar.

Otra vez volver a empezar.

De pronto, una de las pantallas funde a negro. El pecho le retumba en la garganta. En el reflejo ve a un tipo enorme entrando por la puerta que hay detrás de él. Lleva puesto un casco de moto y una bómber verde militar. Lo reconoce al instante. Es Fran.

No te des la vuelta. Viene a por ti. ¡Vete!

Aprieta el paso y deja a sus espaldas al sicario del jefe. Cuando llega al jardín tropical que hay en el interior de la estación empieza a correr. Se oculta tras el tronco de una palmera.

¡Venga, aguanta!, se repite con el corazón en modo batucada. Saca la pistola y la disimula en la espalda.

No. Él nunca suele ser el objetivo. Siempre el cazador.

Tras las hojas de unos arbustos puede ver cómo Fran se acerca.

Vamos. Date la vuelta. Tranquilo, con calma. Eres un tipo duro, hostia. Duro como un puto bocadillo de almendras.

Camina deprisa. Sin correr, sin llamar la atención. Al otro lado ve cómo Fran avanza. Le está buscando.

Ahora verás, mamón.

Da la vuelta a paso ligero para cogerle por la espalda.

Rodea el jardín. Empuña con fuerza la pistola y se la lleva al frente. Las manos le tiemblan. Y le sudan.

Está llegando a la esquina. Palmas húmedas. Arbustos altos. El sonido del agua cayendo desde alguna parte… ¡Hostia! El ruido le impide concentrarse.

Ya no puede verle. ¿Dónde está? Mantén la calma. Respira hondo. No puedes fallar.

Ya está. La esquina. Le pillará allí. Justo al doblarla. Levanta la pistola y sale del follaje cuando…

—¡Joder!

Se lo encuentra de cara, mirándole con la visera levantada.

—¡Tú! —grita Fran levantando la pistola.

Chupa de Cuero dispara contra él sin dudar. Y sin apuntar.

La bala impacta contra el suelo. La detonación resuena en la estación. La gente grita. Y Fran permanece agachado, todavía sin reaccionar.

Mierda. Has fallado. ¡Dispara, dispara!

Pero, antes de que pueda hacerlo, su objetivo se lanza contra los arbustos del jardín tropical y desaparece. ¡Corre!

Los gritos de la muchedumbre aterrorizada retumban en su cabeza. Un montón de cuerpos se ponen a cubierto echándose al suelo. Él corre sin mirar atrás. Hacia la salida.

No mires, no mires. No hay tiempo. Espera el impacto de la bala de Fran en la espalda. Entorna los ojos preparado para recibirlo. Pero no llega. Sigue corriendo. Allí está.

Al fin alcanza la salida. Dos ancianos despistados entran por la puerta automática que se abre ante él. Esquiva a los viejos pero no a la moto que hay aparcada en la puerta.

Escucha un estruendo seguido de un dolor terrible por todo el cuerpo. Un dolor que le corta la respiración y le recorre el espinazo. Ha caído sobre ella. Se le ha quedado atrapada la pierna.

—¡Joder!

No mira atrás. Empuja con todas sus fuerzas hasta liberarse. Se ha roto la rodilla. O la cadera.

Vuelve a correr. A cojear. Mierda. Ahora sí, gira la cabeza y le ve. Está saliendo por la puerta. Empuña la pistola en la mano. Todos gritan.

Chupa cruza entre la multitud de taxis. Le duele todo. No puede más. La pierna sangra.

Se vuelve otra vez.

Fran avanza entre los taxis. Ya no corre, solo camina. Con el arma baja. La visera levantada. Tranquilo. Seguro.

Chupa apunta contra él. El hombro le falla. El brazo le flaquea.

Fran dispara. Bum.

Siente un estallido en el pecho. El aire se le va de golpe. Da algunos pasos más, pero no puede respirar. Ese hijo de puta le ha matado.

Chupa de Cuero se desploma junto al bordillo. Puede sentir el frío del pavimento. La humedad de la lluvia.

Empieza a verlo todo de un blanco cegador. Luz fría. ¿Quién la ha encendido?

Se está yendo, pero antes le parece ver la cara de su hermana delante de él. Su forma, su silueta.

—¿Tata? —exhala.

Pero no es ella. Es Fran.

—¿Dónde está la puta mercancía? —grita sacudiéndole por la solapa—. ¡Habla!

Lo intenta, lo intenta. Pero no puede. Los párpados le pesan.

—No tenía que matarte, pedazo de mierda. ¡Traidor!

Los brazos le pesan como sacos de mortero. Y sus piernas son de plomo.

Fran le mete la mano en el bolsillo y le quita el móvil.

—Hasta nunca.

Bum.

En una estación de servicio en mitad de la N-601 la dependienta, alcoholizada, empieza a abrir botellas de refresco en busca de… Está nerviosa. Quizá no debería haber… ¡Calla, Alma! Claro que sí. Te ha pagado bien y mejor que te pagará. Le sacarás algo más, ya lo verás.