Punto muerto Capítulo 9
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Capítulo 9

César mira la ciudad por la ventanilla. El asfalto está húmedo. Han caído cuatro gotas pero enseguida ha parado de llover. Acaban de dejar a su hijo Fran cerca de casa. Enseguida estará de vuelta con la moto. Y la Glock.

Probablemente ya les esté siguiendo.

La visita al hospital de Vallado lid no ha servido de nada. La espera ha sido eterna, sin nada que hacer ni que decir salvo mirar relojes, saludar a los sanitarios y sospechar de todo el mundo.

¿Y esa pareja que ha pasado por delante?

El viejo fumando y ella muy normal.

Cuando uno lleva tantos años en el negocio sabe leer en la forma de andar y de esperar si son policías. Y esos lo son. Seguro que están como él. Aguardando al acecho hasta que Nico se recupere para que largue. Para que explique lo que ha pasado.

Y quizá más.

Le preocupa ese «más», por supuesto. Con ese «más» se pueden ir todos a la mierda. Si la pasma ya está encima de él, va a ser difícil sacarle algo antes que ellos. Hay que recalcular la situación.

Sube el volumen de un tema de Dexter Gordon. A su lado Chupa de Cuero pone cara de asco. Aunque tiene sus sospechas sobre él… digamos que una sospecha muy clara… hay muchas lagunas. Y no precisamente pequeñas. Paciencia.

La plaza de la Armería de Madrid está atestada de turistas haciendo cola para visitar el Palacio Real y la catedral de la Almudena.

Se imagina todo desde arriba, desde el cielo, a vista de dron, en un plano cenital.

Dos tipos caminan a paso ligero. Uno de ellos viste una chupa de cuero. El otro, una gabardina bastante desgastada pero de muy buena calidad. De la mejor calidad. Ideal para días lluviosos.

El de la chupa de cuero se detiene en seco y agarra del brazo al de la gabardina.

—Espera, espera. ¿Estás seguro de que no quieres que nos vayamos?

César regresa a la superficie a ras de suelo.

—Ojalá pudiese pero tengo familia. Tarde o temprano me encontrarán. Prefiero afrontarlo. Le prometeré que voy a encontrarlo todo. Vete tú. Si quieres.

Chupa de Cuero arruga la frente. Parece que no le ha gustado la idea de largarse solo. Puede leerlo en sus ojos. Seguro que tiene miedo. Mucho miedo.

—Eso sí que no —responde Chupa—. Vamos. Si desaparezco yo solo va a pensar que es culpa mía.

—Tranquilo. Le diré que es responsabilidad mía. No te preocupes. —Le guiña un ojo—. Lo recuperaremos. Tú vete a casa. Descansa.

—Que no, que no. Que ni de coña. Voy contigo —le dice—. Vamos.

Seguro que sospecha de tanta amabilidad. Quizá no debería haber sido tan comprensivo y cordial con ese media mierda. Nunca antes lo había sido.

—Que te vayas —responde tajante César—. Te lo ordeno.

Chupa de Cuero prueba a protestar. Mueve los labios en varios intentos por hablar pero finalmente asiente. Le tiembla un poco la frente. Demasiado, incluso para un tipo duro.

En cuanto desaparece de su vista, César saca el móvil y hace una llamada.

—Está volviendo al coche —dice—. No le pierdas.

Cuelga y se acerca al lugar donde suele estar doña Carmen. La ve allí de pie. Está dando la buenaventura a un turista entre la muchedumbre. Al acabar de leerle la mano le pone una hoja de romero en la palma y le cierra el puño. Él observa de cerca.

—La suerte debe pagarse en billete —le dice al guiri.

El turista, desconcertado y con evidente desconocimiento del idioma, esboza una mueca de confusión.

— Good luck in bills, not in coins —insiste ella—. Coins bad luck .

— Ahh —dice el joven turista al mismo tiempo que saca un billete de diez euros—. Thank you.

Esta le sonríe y se vuelve hacia César mientras el extranjero se aleja hacia la puerta del Palacio Real.

—¿Qué haces aquí? —pregunta borrando la sonrisa de su rostro.

—Tenemos un problema, doña Carmen.

La mujer agarra su vestido negro para evitar arrastrarlo por el suelo y se aparta de la multitud. Él la sigue algo nervioso. Cree tenerlo todo controlado pero sabe que en realidad no tiene nada controlado y la vieja…

—No me gustan los problemas.

—Lo sé, señora.

Al final la mujer se detiene en un rincón alejado de la turistada.

—Hoy no tengo un buen día —le dice—. ¿Qué pasa?

—La mercancía que venía para Madrid ha desaparecido.

Doña Carmen deja de parpadear. Él también. Él más.

—Eso me puede salir caro a mí…

—Lo sé, señora. Lo solucionaré.

—Y carísimo a ti.

—Lo sé. Lo solucionaré —repite.

—Estoy segura —afirma oliendo una de las hojitas de romero que lleva—. ¿Qué ha pasado?

—Ha sido Chupa de Cuero —responde sacando su teléfono móvil.

—¿Me estás diciendo que ese maldito retrasado ha engañado a mi jefe de seguridad y me ha robado cinco millones?

—Escuche.

César pulsa el botón de reproducir.

—Hola —dice la voz metálica de Chupa de Cuero.

—Hola —responde una voz ronca.

—Todo listo. Como dijimos.

—¿Y mañana?

—Pasaré a recoger una parte para poder recibir un pago. Después volveré a por el resto y os daré lo que os falta.

—¿Sesenta mil pavos?

—Cuarenta.

—No. Ahora son sesenta.

—No me toques los cojones, hostia. Ahora no.

—Nos ha costado mucho conseguir la grúa.

—¿Tanto como veinte mil?

—Casi —dice la voz ronca con una carcajada mocosa—. Tú mismo.

—Da igual. De acuerdo.

Se acaba la conversación.

—¿Quién es ese primo con el que habla? —pregunta doña Carmen.

—Ni idea.

Doña Carmen asiente sin dejar de clavarle sus ojos azules.

—No son buenas noticias para ti.

Ignora su comentario.

—Me pareció que tramaba algo. Recibió una llamada mientras conducía.

Colgó deprisa y nervioso. Dijo que ya hablarían luego.

Sospeché. Le pedí que parase en una gasolinera para mear y dejé dentro la gabardina con el móvil grabando en el bolsillo.

—Hace una pausa—. No quitó el manos libres. Eso es todo lo que tengo de momento.

—¿Y sabías todo esto y no has hecho nada para impedirlo?

—Esperaba cogerlo con algo.

La mujer niega con la cabeza mientras vuelve a oler la hojita de romero.

—Te has equivocado.

—Lo sé.

—¿Y cómo vas a arreglarlo?

—Mi hijo le está siguiendo ahora mismo. Él nos llevará hasta la mercancía. Se lo sacaremos todo. Se lo prometo, señora.

Doña Carmen chasquea con la lengua y niega con la cabeza baja antes de volver a mirarle.

—Prioridad número uno: que no me salpique toda esta mierda. Haced lo que sea. Si me salpica… ya sabes, tú y tu hijo dormiréis en el Manzanares. Prioridad número dos: quiero mi dinero de vuelta.

En el depósito de la Guardia Civil, Martínez y Sarabia realizan la inspección ocular de la furgoneta accidentada. Interesante. Muy interesante. Pero ya anochece. Mañana más y mejor.