Punto muerto Capítulo 8
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Capítulo 8

Al llegar a la estación del Norte de Barcelona Lino coge un taxi hasta Badalona. Está cansado. Necesita dormir. En dos días se ha tenido que conformar con pequeñas cabezadas en la furgoneta y en el autocar.

Ya en la puerta de casa siente un miedo atroz. Insuperable. Como cuando e scuchaba a papá llegar a casa… de donde fuese que viniese cuando estaba en paro.

¿Y si van a por mí? De alguien tiene que ser todo aquello.

Tendrá un dueño. Alguien lo estará buscando.

No pasa nada, Lino, no pasa nada. Si eso sucede les dirás dónde está todo y ya está.

Lo recuperarán. Problema resuelto. Al fin y al cabo incluso les habrás hecho un favor rescatando la mercancía. Todo se arreglará.

Se calma y abre la puerta.

—Hola —dice plantado en mitad del salón.

Megan y Faisal continúan atentos al televisor. ¿Qué clase de serie puede congregar en un mismo sofá a una ravera yanqui y a un mecánico paquistaní?

Lo ignora.

—Hola —repite.

—Shhh —dice Megan señalando la tele— Ahí, ahí. El beso de Jon Snow y Daenerys.

Le queda claro que allí nadie se ha enterado de que ha estado ausente. Eso es lo bueno de ser invisible. Bueno si pasa por allí la policía. Bueno si pasan los otros.

—No ha venido nadie preguntando por mí, ¿no?

Faisal coge el mando de la televisión y apunta hacia él.

—Baja voz —dice.

De acuerdo.

Se encierra en su habitación y abre el cajón del escritorio donde guarda su teléfono móvil. El personal. El que no se llevó. El que dejó en casa por seguridad.

Al desbloquearlo, los dos dedos vuelven a embarrancar.

Se le quedan atascados y eso le hace recordar, una vez más, que puede estar sufriendo una enfermedad neuronal.

Conoce casos en los que todo empezó por prácticamente nada, algo muy simple, apenas un detalle, una minucia, un dedo tonto.

¿Un ictus, quizá? Puede ser. Alza los dos brazos y comprueba que los levanta por igual.

Tiene fuerza en los dos. Va al lavabo, se mira al espejo y le dedica una perturbadora sonrisa de Joker.

Bien, todo bien. Un síntoma claro del ictus es cuando media cara se te queda como muerta.

Eso le dijeron cuando le sucedió a su abuela y tuvo que llamar al 061.

De vuelta en la habitación coge otra vez el móvil. Lo ha dejado silenciado y cargando en una batería externa durante toda su ausencia. Por si acaso. Tiene seis llamadas perdidas. El teléfono vuelve a sonar justo antes de que pueda consultarlas.

—¿Diga?

—Lino, soy Nirvana.

Siente un escalofrío. Hielo en las sienes. Ardor en el pecho. Aquella voz, aquella voz tan desconocida pero tan familiar. Un millón de pensamientos le sacuden la cabeza.

—¿Nirvana?

—Sí, Lino. Soy yo. —Antes de que pueda responder, ella se le adelanta—. Verás. Te llamo porque Nico…

Nirvana gimotea.

—¿Qué pasa?

—Que Nico… ha tenido un accidente. —Nirvana solloza—. Ha sido esta madrugada. Está muy grave.

—No…

—Sí, Lino. Está muy mal. En coma.

Lino responde a los sollozos de Nirvana con más sollozos.

—Te llamaba por si… por si quieres verle.

Duda durante algunos segundos. Aunque lo cierto es que sabía que eso iba a suceder. Está preparado.

Vuelve a llorar.

—Claro, Nirvana, claro. Iré para allí. ¿Dónde está?

—Le van a trasladar desde Valladolid al hospital de la Paz, aquí en Madrid.

—¿Valladolid?

—Sí, lo han estabilizado allí, era el hospital más cercano al accidente, pero parece que necesita neurocirugía de urgencia, no sé, Lino, no sé. Dicen que está crítico. Eso me han dicho.

Lino hace una pausa dramática y llora un poco más.

—No puede ser, Nirvana, no me lo puedo creer. Seguro que se pondrá bien. Ya lo verás.

—No lo sé. No lo sé.

Después de unos segundos de silencio Nirvana vuelve a hablar:

—Lino.

—Dime.

—No sé cómo decirte esto pero… —Suspira—. ¿Necesitas dinero? Puedo hacerte un bizum a este mismo número.

Lino se queda desconcertado, ella es experta en eso, siempre lo ha sido.

—¿Por qué?

—Ya sabes. Por si, no sé, por si no tienes…

—Tengo, tengo.

—Claro, claro. Seguro que ahora te va todo fenomenal.

—Sí, eso es. Nos vemos pronto.

Lino deja caer el móvil sobre la cama como si le quemase. Mira por la ventana durante algunos segundos: unos niños juegan en la calle. Él siente en el pecho esa presión que precede a las malas decisiones.

Echa un vistazo a la prensa, carallo.

Enciende el portátil. El tiempo que tarda en arrancar se le hace eterno. Maldito trasto.

Por fin se pone en marcha.

Abre el navegador y prueba con distintas búsquedas: «accidente en la N-601», «accidente entre León y Valladolid»…

y los resultados son muchísimos, pero casi todos relacionados con noticias antiguas.

Finalmente encuentra un titular de un medio local de León que dice «Herido crítico en la N-601» y debajo, en el subtítulo, «Sospechan de robo en accidente de madrugada».

Mierda, mierda, mierda.

No estoy hecho para esto. Qué mala suerte la mía.

Sin darse cuenta abre una hoja de cálculo en el ordenador. No sabe por qué lo hace, pero eso le devuelve a un lugar seguro. A una zona de confort controlada. Un excel es casa. Piensa en qué fórmula puede introducir o qué podría calcular.

Pero ¿qué haces, idiota?

Sí. Mejor empieza a buscar unos billetes de tren para Madrid, porque ahora ya solamente te queda seguir hacia delante, Lino. Disimular y cruzar los dedos para que todo vaya bien y nadie sospeche nada.

Alea iacta est . La suerte está echada.

El tren sale en una hora y media. No puede perder ni un segundo. Tiene el tiempo justo para llegar a la estación desde Badalona. Recoge las cosas, prepara su mochila y entonces recuerda que debe avisar a Peinado. Busca en la agenda del móvil «Peinado jefe».

—¿Lino? —responde la voz del director al otro lado—. ¿Por qué me llamas en festivo? ¿No ves que estoy con la familia?

—Verá, señor. Mañana voy a tener que ausentarme…

—¿Cómo? —le corta—. ¿Otra vez al médico? ¿Qué es esta vez? Espero que el psiquiatra. Tanto médico y no hay forma de que vayas al psiquiatra.

Lino piensa un momento en el director. Se lo imagina encajado en un velatorio donde él le va a ver. Está maquillado y tieso. Tiesísimo. Saluda a su mujer, a sus hijos, les da el pésame, los abraza…

—¿Lino?

—Sí, sí, señor. No, no tengo visita pero sí que tengo que ir a un hospital. Mi hermano ha sufrido un accidente muy grave. Le están interviniendo de urgencia ahora mismo. En Madrid.

Peinado permanece algunos segundos en silencio.

—Vaya. No sabía que tuvieses un hermano —dice ahora más calmado.

—Lo tengo, señor.

—Pues ahora me buscas un problema, Lino. ¿Cómo encuentro yo hoy a alguien que te sustituya mañana?

—No lo sé, señor. Pero creo que tengo días por…

Otro silencio más…

—En fin, Lino. Eres un problema. Siempre. Pide justificante.

La línea se queda sin señal. El jefe ha colgado.

A 700 kilómetros de allí, Martínez y Sarabia visitan al herido y hablan con los médicos. Queda confirmado. No llevaba puesto el cinturón de seguridad.