Capítulo 7
La sargento Lidia Martínez se repite por enésima vez que debería haber alargado la excedencia.
Se arrepiente de no haberlo hecho. Especialmente los fines de semana, cuando trabaja y tiene que dejar sola a la pequeña.
Bueno, no está sola, está con su padre. Pero ella sabe que para una niña de ocho meses eso es como estar sola.
Papá es transparente a unos ojos que lo único que buscan es el consuelo de mamá, el calor de mamá y bueno, sobre todo, la teta de mamá.
Llega a la central sonriente. Disimulando que tiene el cerebro frito. Disimulando las cuatro veces que se ha despertado para dar el pecho a la peque.
La niña lleva días nerviosa. Seguro que sueña con que la vuelve a abandonar en la guardería.
Y no se equivocaría.
—Llegas tarde —le dice Sarabia asomando la cabeza por encima del cubículo.
—Lo sé.
—Pero mucho. Son las once.
—Tengo reloj.
—No, no lo tienes.
—Ja, ja, ja.
—Lo que tienes es una carpeta nuevecita, eso sí. Te la ha dejado la valija de Valladolid hace nada —dice señalando a su escritorio.
—¿Qué será, qué será? —le responde levantando las cejas repetidamente.
—Ábrela, ¿no?
—Qué poca paciencia tenéis los fachas, de verdad.
—Vamos, abre.
—Es de la Agrupación de Tráfico —informa algo sorprendida.
—Sí, eso ya lo he visto.
—¿A estos son a quienes les han comprado unos Cupras, no?
—Eso se dice.
Pegado a la carpeta, hay un pósit con un número de teléfono.
—Pone que llame. ¿Qué querrán?
Marca el número mientras se sienta en su silla.
—¿Diga? —responde una voz masculina al otro lado de la línea.
—Soy la sargento Martínez, de la UCO. Tengo un expediente con una nota sobre mi mesa.
—Sí, sargento Martínez. Soy el agente Morilla, de la Agrupación de Tráfico. Hemos tenido…
—Un momento, un momento, agente. ¿Es verdad eso de que os han comprado un montón de Cupras?
—Emmm, sí, ¿por?
Silencia el móvil y se dirige a Sarabia afirmando con la cabeza.
—Pero a nosotros nos basta con nuestro puto Dacia de mierda, ¿no? —le dice este—. Tú eres una mujer del pueblo.
—Vete a la mierda, viejo —responde sacándole la lengua.
—¿Oiga? —insiste la voz al teléfono.
—Perdone, perdone, agente. No, por nada. Os cuidan bien, ¡eh!
—Bueno, sí, supongo. Entre usted y yo preferiría que me subiesen un poco el sueldete.
—Pues está usted hablando con la persona equivocada.
Ambos se carcajean bajo la expectante mirada de Sarabia.
—A ver. Como le decía, hemos tenido una intervención a primera hora. Una furgoneta se ha salido de la carretera en la nacional N-601 entre León y Valladolid. Ha dado varias vueltas de campana.
—¿Fallecidos? —pregunta al tiempo que saca los documentos del atestado de la carpeta.
—Un herido muy grave que se encuentra en coma. Nada más.
—¿Y en qué les puedo ayudar?
—Verá. No lo vemos claro para darle carpetazo. Creemos que había alguien más. Alguien que no alertó a los servicios de emergencia.
—No parece un caso para…
—Espere, espere —interrumpe el agente—. La maniobra parece un tanto brusca. Es cierto que está todo nevado y que la carretera de madrugada debía de estar helada, pero hay cosas que no nos cuadran. El maletero estaba abierto. Y tenía un candado. No ha sido por el golpe. Además…
El agente Morilla hace una pausa.
—¿Además qué? —insiste Lidia.
—Qué el herido estaba tapado con su abrigo.
—¿Tapado?
—Sí. Alguien le tapó. Si no lo hubiesen hecho, estaría muerto. Me lo dijeron los sanitarios. Entre la pérdida de sangre y el frío…
—¿No pudo ser alguien que acudió a socorrerle?
—No. El vecino que alertó del accidente lo encontró ya así.
—Está bien. Le echaremos un vistazo.
—Les he dejado un pendrive con las fotografías que hemos hecho antes de que llegasen los bomberos, la contraseña es «zapatilla54» y la furgoneta está en el depósito de Valladolid.
—¡Vaya! Entonces ya iremos a verla con nuestro súper Dacia Duster.
Risa nerviosa del agente y despedida.
—¿Qué pasa? —pregunta Sarabia.
—Pues un accidente que puede que no sea un accidente con —mira uno de los documentos— un hombre de treinta y cuatro años en coma en el hospital de Valladolid.
—¿Por qué lo sospechan?
—La furgoneta tenía el candado del maletero abierto y sin forzar, ven una maniobra brusca… y el herido estaba tapado.
Juanjo levanta las cejas.
Lidia saca el pendrive de la carpeta y lo introduce en el ordenador.
—No entiendo que esto sea más seguro que Dropbox —dice al mismo tiempo que introduce la contraseña.
Sarabia se levanta rascándose un poco el culo y se pone justo detrás de su silla.
—No sé qué es eso.
—¿El qué?
—Eso que has dicho. Ya lo sabes.
—No, no lo sé.
—Venga, va, no seas zorra.
—Quiero que lo digas. Me encanta tu inglés.
—Que no.
—Soy su superior, cabo.
—Cabo primero.
—Eso, primero diga Dropbox.
—Que te den por culo.
—Mmmmmm... Cómo sabes lo que me gusta.
—¡Venga, va, dale!
—Voy, voy —dice mientras abre la primera carpeta—. Que esto va muy lento, joder. Cómo me gusta mi trabajo, por Dios.
Al fin abre el primer archivo. Sarabia observa de pie tras ella mientras va pasando todas las imágenes hasta llegar a la número 35.
—No llevaba el cinturón.
—O se lo quitaron —añade Sarabia.
—Puede ser, pero está bastante hecho polvo como para haberlo llevado. Eso lo confirmaremos en el hospital.
—Vuelve a ponerlas —pide su compañero.
Lidia vuelve a pasar el carrusel de fotografías.
—No sé de qué dudaban estos de Atestados. Está lleno de pisadas alrededor. No cuesta mucho verlas en la nieve.
—Pueden ser de los de la ambulancia o de algún compañero.
—No, no. Son de antes. —Vuelve a detenerse en una de las imágenes—. Y mira aquí: hay marcas en línea, así como paralelas, ¿no?
Sarabia se rasca el bigote mientras observa.
—Pues eso parece. ¡Ya está! La camilla.
Lidia se gira hacia su compañero y da una palmada.
—Senectud.
Sarabia le mira.
—¿Cómo?
—Cuando mi madre empezó a perder la memoria inmediata me dijeron que estaba en la senectud. Aprendí esa palabra y me acaba de venir a la cabeza.
—¿Qué coño dices?
—Pues que ya has alcanzado la senectud. Enhorabuena. Ya no recuerdas lo que acabo de decirte. La ambulancia llegó después —dice remarcando las sílabas de esta última frase.
Sarabia resopla.
—Quizá se equivocan.
Lidia coge el teléfono y vuelve a marcar el número de Atestados. Al otro lado le responde de nuevo la misma voz.
—Agente Morilla.
—A ver, Morilla. Soy la sargento Martínez, de la UCO, acabamos de hablar. ¿Me confirma que esas fotos están hechas antes de que nadie haya marraneado por allí?
—¿Cómo?, ¿marraneado?
—Sí, antes de que vosotros pisaseis por la zona y llegase la ambulancia con su camilla, los bomberos, etc.
—Sí, sí. Las hice yo personalmente mientras esperábamos.
—¿Y cómo hizo las fotos interiores sin pisar? ¿Levitando?
Hubo un silencio al otro lado.
—Bueno, sargento, para esas me acerqué.
—Entonces ¿en qué quedamos?
—Pues primero hice las fotos así del accidente y después las del herido, el interior…
—Entiendo. Entonces concluimos que las imágenes de plano general son las primeras que hizo y las de primer plano después. Lo digo porque no sé si se ha fijado, pero hay unas marcas y unas pisadas en el suelo.
Hubo otro silencio.
—No, no me fijé, sargento. Y no querría ofenderla, pero ¿y si mira la hora de las fotografías? En los archivos aparece la hora exacta en la que fueron hechas. Es más, el orden en el que aparecen numeradas es el mismo en el que las hice.
—¿Y qué quiere decir con eso, agente?
—Pues que si por error tomé algún plano general después de acercarme a hacer las otras lo verá. Esas pisadas podrían ser mías, sí.
—Entiendo. Muchas gracias, agente.
—A usted.
Y el agente tenía razón. Las primeras fotografías eran de planos generales del siniestro desde distintos ángulos y posteriormente había realizado las fotografías del interior. Debería dormir más.
—Nada. Todo eso es anterior, así que no es la camilla. Allí había por lo menos una persona dando vueltas alrededor y algo que hacía líneas rectas.
—¿Una carretilla? —se aventura Sarabia.
Lidia abre los ojos de forma exagerada, teatral, histriónica.
—¡Cabo! Muy buena idea.
—No me tomes el pelo.
—¿Por qué?
—¿No se te había ocurrido?
—Duermo muuuuy poco.
Sarabia señala la fotografía que está en pantalla.
—A ver. Me has dicho que habían abierto el candado y es una furgoneta vacía, con las marcas solamente por la parte trasera.
—Sí, sí. Un robo.
Sarabia sonríe satisfecho.
—Se supone, amigo, que la joven y brillante promesa soy yo, no tú.
—Bueno, yo tengo los huevos pelados de vivir.
—Me pillas en baja forma. Tendrías que probar a ser madre de una bebé de ocho meses.
—Tres tengo yo.
—Y de bebés no debías de tocarlos ni con un palo.
—No tienes ni…
—¡Vamos, viejo! —le interrumpe Lidia echando la silla para atrás—. A por el súper Dacia, que nos vamos a Valladolid.
Chupa de Cuero, César y su hijo montan guardia frente al hospital de Valladolid. Esperan su oportunidad para visitar al herido. Buscan respuestas.