Capítulo 6
No es solo un recuerdo. Es su primer recuerdo. Lino tendría cinco años y su hermano Nico, nueve o diez. Era el mayor.
En el balconcito del piso donde vivían, papá tenía un cenicero de la ferretería Iturmendi.
La memoria, a veces, es así. Caprichosa.
Uno recuerda estas cosas. Quizá mezclando ese pasado con otros pasados más recientes.
De forma que los recuerdos se acaban convirtiendo en masas unidimensionales, unitemporales y amorfas.
Porque él siempre supo que aquel cenicero era de la ferretería Iturmendi, aunque aquel día todavía no sabía leer.
Y no pudo leerlo nunca después, porque precisamente aquel día lo rompió. No recuerda cómo fue, pero ese cenicero acabó en el suelo hecho añicos. Y fue cosa suya.
Papá apareció con las mejillas enrojecidas y caminando deprisa hacia él pero, antes de que pudiese decir nada, Nico apareció a su lado.
—He sido yo —dijo.
Y ese es el primer recuerdo que tiene de su hermano. Para él ese es el día en que lo conoció.
A partir de ahí todo es confuso. Todo se mezcla. Lo que vio con lo que quería ver y lo que entendió con lo que entendería con el tiempo.
Después de decir aquello —de autoinculparse— Nico salió corriendo.
Huyendo. Puede que a su habitación, puede que a cualquier otro lugar.
Desde ese momento hay un vacío en su cabeza.
El tiempo salta. Puede que pasasen dos minutos o veinte, pero cuando Nico salió con los ojos llenos de lágrimas, él estaba jugando en el comedor con un parking y unos cochecitos de metal.
—Nico, ¿juegas?
—Ahora no, Lino. —Y desapareció.
Aquel día se enfadó con él por no querer jugar. Le deseó cosas que un niño no debería desear a su hermano. Pero así fue. Él solo quería pasárselo bien.
Cuando con los años los recuerdos fueron cobrando sentido se arrepintió de aquellos deseos.
Pero en aquel momento siguió dejando caer por la rampa sus cochecitos de juguete.
Papá salió poco después. Mamá no estaba en casa. Trabajaba mucho y llegaba tarde. Él era distinto. Trabajaba a temporadas. Y cuando lo hacía todo iba mejor.
De aquel día ya no recuerda nada hasta la hora de dormir. Cuando al ponerse el pijama vio las marcas en la espalda de Nico.
—¿Qué es eso, Nico?
—¿El qué? —preguntó su hermano extrañado.
—Eso de ahí —dijo señalando su espalda desnuda.
—Ah, sí —sonrió—. La silla, que me ha dejado marca.
Y él se conformó con esa respuesta. Con cinco años uno no piensa que papá hubiese podido hacer eso.
Nico dormía arriba. Recuerda que en su lado de la cama, en la pared, tenía unas pegatinas de dibujos animados y héroes siderales. Cosas de niños. Otra vez los caprichos de la memoria. Quizá también aquello fuese un recuerdo posterior, pero lo que seguro que no lo era es lo que sucedió después.
Mamá y papá estaban en la habitación contigua. Empezaron a discutir. Nico saltó de la litera y le dijo «escucha esto», mientras le ponía unos auriculares enormes con una música horrible a todo volumen.
Y después se puso a llorar.
Nico sabía que discutían por él. Y sabía cómo acabaría aquello.
Era el mayor.
El ruido de un móvil le devuelve a la butaca del autocar. Lleva horas atrapado ahí, soportando el olor a pedo perfumado. A su lado viaja un chaval con chándal y los ojos pegados a la pantallita. Uno como tantos otros. Uno que podría ser alumno suyo.
Aparta la mirada de él y reposa los ojos en el respaldo de delante. La tela está manchada. No quiere pensar de qué.
Lino resopla y vuelve a mirar por la ventanilla.
Hace un año no hubiese estado allí, volviendo de meterse en un lío para sacar algo de dinero. No. Hace un año tenía un piso, una esposa, una hija a la que veía todos los días. Creía ser feliz.
Ahora comparte piso, cuenta la calderilla y espera a que un juez le diga cuándo puede ver a su hija. Oh, Rebeca, cómo te echo de menos.
Ha tenido que aprender a viajar ligero de equipaje.
Hasta ahora, cuando el equipaje amenaza desde la trastienda de una gasolinera en mitad de la nada.
Con mucha dificultad, los médicos tratan de detener la hemorragia y estabilizar las constantes de Nico.