Capítulo 5
Chupa de Cuero mira por el retrovisor interior. Fran se ha quedado dormido con los auriculares puestos.
Fran es el hijo de César, el jefe. Y César es un apasionado del jazz. Quizá por eso le ha castigado con él durante todo el trayecto. A él le parece música de ascensor. Hilo musical de hotel caro.
Al llegar a la gasolinera se cruzan con una furgoneta que sale.
Chupa de Cuero se fija en ella. No es la de Nico.
Una pareja de la Guardia Civil camina por el arcén en dirección a un montón de vehículos de emergencias.
En la pantalla del reproductor puede leer «Fables of Faubus», de Charles Mingus.
Baja el volumen al mínimo para poder concentrarse.
—Qué coño… —dice César—. Pasa de largo.
Fran se despereza.
Chupa de Cuero continúa conduciendo por la N-601 hasta dejar atrás el dispositivo de emergencias.
—Parece un accidente —dice mirando por la ventanilla.
—No me digas —responde César—. ¡Para!
—¿Aquí?
—Sí, aquí.
Obedece y detiene el coche justo enfrente de uno de los camiones de bomberos. Al volver a mirar por el retrovisor se encuentra con los ojos del jefe fijos en él. Le entra un escalofrío. Se siente desnudo. Como si supiese algo.
—¿No ves la furgoneta? —pregunta al fin.
—¿Cómo?
Antes de dar una respuesta coherente, vuelve a mirar hacia el horizonte. Tarda algunos segundos en procesar lo que ve. Ahí está. Volcada tras los arbustos. La cabeza le arde.
Tiene que ser esa. Hostia. Menuda cagada. Han tenido un accidente justo antes…
—Es justo donde me marca el GPS —afirma César, que sigue mirándole por el retrovisor.
No sabe qué hacer. Y lo peor es que el jefe y el inútil de su hijo tampoco mueven un dedo. Todo raro.
Uno de aquellos guardias civiles sí que sabe lo que hacer. Se acerca a ellos y da unos golpecitos en la ventanilla del acompañante. Él la baja.
—¿Qué hace aquí parado? Circule, por favor.
—¿Ha pasado algo, señor agente? —pregunta mientras ve por el retrovisor cómo el jefe pone los ojos en blanco.
—¿Es que no tiene ojos en la cara? —pregunta el policía—. Vamos, tire.
—¿Hay algún herido? ¿Algún fallecido?
—¿Qué más le da a usted? ¡Vamos! Circule.
El agente da media vuelta y regresa al campo nevado, donde habla con dos bomberos.
—Vuelve a la gasolinera —ordena César.
Arranca despacio, con cuidado de que las ruedas enfundadas no patinen.
Continúa unos pocos kilómetros hasta que encuentra un lugar seguro y alejado donde hacer el cambio de sentido.
César sigue sin decir una palabra. Por el retrovisor observa cómo Fran mueve los labios al son de la canción que suena en sus auriculares.
Conduce hasta detener el coche en la parte trasera de la gasolinera, frente a un túnel de lavado fuera de servicio. César se baja y él le imita. Mientras tanto, Fran se queda en el interior, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor.
—Voy un momento al baño —le dice al jefe.
Este asiente sin apenas mirarlo. Le parece ver incluso una mueca de desdén mientras camina hacia el extremo más cercano al dispositivo, desde donde puede ver la furgoneta rodeada de bomberos y sanitarios.
Le deja allí y se dirige a la parte delantera de la estación de servicio. La tienda todavía está cerrada y el acceso exterior a los lavabos también. Aun así, se asegura de que el jefe continúa lejos y entonces saca el teléfono móvil. Llegados a este punto, ninguna llamada puede arruinar ya el plan.
El plan ya está arruinado del todo.
Llama, pero el teléfono en el otro extremo está apagado o fuera de cobertura. Hostias, le han traicionado. Marca el otro número y obtiene el mismo resultado. También apagado. Seguro que —tal y como le habían advertido— se habrán ido al ver que no contactaba con ellos.
Regresa a la parte trasera y se encuentra al jefe allí plantado, de espaldas, con su gabardina cubriéndole todo el cuerpo y observando a través de unos prismáticos.
—¿Qué hay? —le pregunta.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
César se vuelve hacia él y le clava los ojos.
—La furgoneta. Está vacía.
Aquellas palabras suenan como uñas arañando una pizarra dentro de su cabeza.
—No puede ser.
El jefe asiente taciturno.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no puede ser?
—Pues no sé. ¿Quién podía saber que iban a tener un accidente? ¿Eh?
El jefe entorna los ojos como si esperase una confesión. Pero regresa a sus tareas de vigilancia.
—Pues ha pasado —responde en voz baja.
¿Qué hostias ha sucedido? No entiende nada, pero ahora sí que ha llegado el momento de esfumarse.
—¿Y Nico? —pregunta Chupa.
—Hay una camilla con una manta térmica.
—Y no… ¿no hay nadie más?
César vuelve a girarse hacia él.
—¿Por qué iba a haberlo?
—No sé, no sé. Quizá le ayudaba alguien que…
—¿Que qué? Nico trabaja siempre solo.
—Ya, ya, pero no sé, no fuera que esta vez hiciese una excepción y…
—O quizá —le interrumpe— alguien que conocía el trayecto le ha interceptado y ha provocado el accidente para poder llevarse la carga, ¿no?
No le gusta nada el cariz que está tomando la conversación.
—Pero si eso solo lo sabemos nosotros.
César asiente.
—Ya. Eso pensaba yo —responde volviendo a mirar por los prismáticos.
—Quizá deberíamos desaparecer los dos —reconoce.
—Ya veremos. Yo no he hecho nada mal. ¿Y tú?
—No, no. Yo tampoco. Pero sé realista. Poco le va a importar a doña Carmen.
—Eso déjamelo a mí.
La misma furgoneta blanca con la que se han cruzado al llegar irrumpe en la conversación. De ella baja una chica con un chubasquero oscuro. Rápidamente abre la puerta trasera de la gasolinera y se pierde en el interior.
César guarda los prismáticos y se dirige hacia la tienda. Él le sigue poco después.
—Hola, señorita —dice el jefe al entrar.
—Buenos días, caballeros. ¿Qué desean?
—Yo un cortado para llevar y mi compañero…
Chupa de Cuero niega con la cabeza y con una leve mueca de asco se acaricia la barriga.
—Yo nada, nada. Estoy lleno.
La chica se da la vuelta y prepara el café.
—Menudo accidente, ¡¿eh?! —dice César.
—Pues ya ve. La gente no está acostumbrada a conducir con nieve.
—Ya veo, ya. Vaya castañazo.
La joven dependienta le sirve el café al jefe en un vaso de cartón mientras él se dedica a deambular por la tienda en busca de alguna cámara. Por extraño que parezca no ve ninguna en el interior. Fuera sí que hay una.
—¿Ha sido grave? —pregunta César.
—No lo sé, ahí siguen.
—¿Lo escuchó? Debió de ser fuerte.
La chica levanta las cejas un poco extrañada.
—No, no oí nada.
—Entiendo —responde el jefe mientras bebe un poco de café—. Y cuando pasó, ¿le pareció que alguien se detenía a socorrer a los accidentados?
—Sí, claro. Ahí los tiene a todos.
—No, no. No me refiero a los servicios de emergencia, sino a alguna otra furgoneta o camión que parase para…
La joven parpadea pensativa, se sirve un poco de ginebra en un vaso de cartón y le da un trago.
—Yo estaba durmiendo cuando pasó, señor. ¿Qué son ustedes? ¿De la policía? Lo digo porque hace un rato que he hablado con uno de sus…
—No, no, por favor. No me malinterprete. Solo soy un poco curioso. Y, bueno —mira hacia ambos lados y adopta un tono de confidencia—, eso y que soy escritor de novela policiaca —dice guiñando un ojo.
—Aaah —responde la chica con una sonrisa—. Menudo susto. Pues que sepa que a mí me encanta Michael Connelly.
Su jefe le dedica una sonrisa a la joven dependienta que él sabe interpretar como que no tiene ni puta idea de quién es ese Michael Connelly. Cerdo.
Mientras el jefe continúa con su charla él se dirige por segunda vez al baño. Se excusa diciendo que antes estaba cerrado. Al llegar se encierra y vuelve a marcar los números. Ambos teléfonos continúan apagados o fuera de cobertura. De pronto, unos golpes en la puerta le sobresaltan.
—Pero ¿qué hostias está pasando?
Abre y se encuentra al otro lado el abundante cuerpo y la cabeza rapada de Fran, el hijo del jefe. Continúa con los cascos puestos y masca chicle. El chaval se sube la cremallera del chándal y le hace un gesto con la cabeza para indicar que se largan.
—Nos vamos.
Al salir se encuentra al jefe en el asiento trasero del Mustang. Su hijo Fran se sienta junto a él. Desde allí puede ver cómo ha llegado una grúa al lugar del accidente. Eso le vuelve a recordar el calamitoso desastre de su plan.
—Vamos, arranca —dice el jefe cuando Chupa de Cuero se sienta al volante.
—¿Adónde vamos?
—Sigue a la ambulancia.
El sonido del teléfono despierta a Nirvana. Es la Guardia Civil. De Atestados. Su marido ha sufrido un accidente. Está grave.