Capítulo 4
El encuentro con la joven dependienta l e ha demorado, sí. Pero, al menos, ha conseguido un lugar donde dejar aquel marrón.
Alma le ha estado ayudando a trasladar los paquetes de Coca-Cola desde el túnel de lavado hasta el interior del almacén.
Después de seis viajes empujando la carretilla está exhausto. Las piernas le tiemblan. Al fin, este va a ser el último.
Y ya empieza a clarear.
—¿Tienes KH7 y un trapo? —le pregunta a Alma.
La chica saca uno de debajo del mostrador y señala hacia uno de los lineales de la tienda.
—Allí tienes el limpiador.
—Gracias —responde mientras coge una de las botellas.
Al llegar a la furgoneta se inclina sobre Nico. Saca de su chaqueta un fajo de billetes. Los cuenta. Veinte de cien y diez de doscientos.
Billetes amarillos. Son caros de ver los de ese color. Nunca mejor dicho.
Cuatro mil euros entre sus dedos. Los guarda.
Lino saca el trapo que le ha dado Alma y pulveriza un poco de limpiador en él.
Limpia manetas, parasol, salpicadero, cinturón de seguridad, candado…
Limpia partes que ni siquiera recuerda haber tocado.
Su puerta, por ejemplo. Pero por si acaso.
Hace lo mismo con el salpicadero o con su trozo de techo.
Así estará bien. Eso piensa.
No se lo van a trabajar mucho más. El ADN sería de locos. Muy de Hollywood. ¿Cómo se van a tomar esas molestias por un simple accidente de tráfico?
En fin, ya está todo.
Todo limpio y la carretilla cargada con los últimos bultos.
Echa un último vistazo con la linterna. Diría que está todo controlado, aunque siente que se olvida algo.
Como cada día cuando sale de casa y regresa al momento pensando que hay aún un fogón encendido.
Esa misma sensación de dejarse algo por hacer.
Pero no, seguro que es una falsa alarma. Tu inseguridad, Lino.
Adiós. Adiós. Que el sol ya está asomando. Hay que despedirse.
Empuja la carretilla sabiendo que no va a regresar. Una extraña sensación de nostalgia le invade. Le resulta difícil dejar allí a Nico, por supuesto, pero sabe que no es eso. Seguro que pronto le atenderán.
Es otra cosa.
De vuelta en la gasolinera deja la carretilla en el almacén y se dirige a la tienda. Alma está vaciando una botella de ginebra en un vaso de cartón.
—Toma —dice Lino—. Aquí tienes tus dos mil.
La joven se acerca con los ojos muy abiertos.
—Vaya —dice arrojándole a la cara su aliento alcoholizado.
Alma duda varias veces antes de coger el dinero. Como si al hacerlo fuese a cruzar una línea.
Pero finalmente los agarra con decisión. Rápido. Indoloro. Como quitar una tirita.
—Los necesito demasiado.
—Te entiendo. Tal y como están las cosas…
—Si tú supieses…
Ambos sonríen. Un instante de ternura interrumpido por la aparición, en el horizonte, de un vehículo de la Guardia Civil.
—Keynes —le advierte Alma—. Mira.
Lo ve.
—Mierda.
Lino corre hacia la parte trasera.
Tal y como era de esperar , el coche de la Benemérita se detiene junto al montoncito de nieve que ha dejado en el arcén.
Bajan dos agentes. Ya ha visto suficiente.
Regresa al almacén. Alma está descargando los packs de la carretilla.
—¡Gracias! —dice uniéndose a ella—. Una cosita —sigue Lino al cabo de un momento—. ¿Esa furgoneta de ahí fuera es tuya?
Alma asiente.
—¿Te importaría llevarme a la estación de autobuses más cercana?
—Tengo que abrir la tienda en… —mira su móvil— media hora.
—Entiendo. E imagino que estará…
—A diez minutos. León está a diez minutos. Supongo que tengo tiempo. —Deja el último bulto en el suelo—. ¡Vamos!
Salen de la gasolinera por la puerta trasera del almacén, muy cerca de la furgoneta de Alma. Ella lleva en la mano una botellita de agua sin etiquetas. Se acerca a la puerta del conductor y arroja un poco del líquido en la maneta y en la zona por donde se abre. Al acabar se dirige al parabrisas.
—¡Mierda! —exclama Lino—. Ahí vienen más.
Otro coche de la Guardia Civil, un camión de bomberos y una ambulancia se acercan a lo lejos. Durante algunos segundos siente que le falta la respiración. Lo ve todo borroso pero con una extraña y perturbadora luminosidad. Como si se tratase de un sueño nevado… o de una pesadilla.
Alma rocía el parabrisas con el mismo líquido y le mira.
—Una mezcla de agua con alcohol —le dice.
—No parece que actúe muy rápido.
—No. No es mágico —responde la joven al mismo tiempo que abre la puerta de la furgoneta y arranca el motor—. Pero ahora pongo la calefacción y ya.
La chica cierra la puerta del coche y desaparece en el interior del almacén. Él observa cómo la comitiva se detiene tras el vehículo de la Guardia Civil que había llegado primero.
¿Qué hago? ¿Qué hago?
Instintivamente saca la tarjeta de cliente de Carrefour y empieza a rascar la escarcha del parabrisas, que ya empieza a deshacerse.
—Espera.
Alma reaparece junto a él con una rasqueta de plástico. En apenas unos segundos abre un claro en el parabrisas.
A lo lejos una pareja de guardias civiles se acerca a la estación de servicio caminando por el arcén.
—¡Vamos! —dice Alma abriendo la puerta del conductor—. Entra.
Lino se zambulle dentro de la furgoneta. Trata de saltar al asiento trasero pero el abrigo se le engancha con el cambio de marchas.
—Vamos, pasa para atrás.
—¡Eso intento, carallo!
Al revolverse mientras trata de liberarse siente un latigazo. Es su dedo muerto. Grita.
—Se están acercando.
Al fin logra soltarse como puede. Aterriza en la parte trasera, sobre un colchón con edredones y sábanas revueltas. Apesta a alcohol destilado.
Alma se sienta al volante y acciona la llave. El motor de arranque chirría varias veces. La joven se vuelve hacia él.
—La batería está fría. Tranquilo.
Vuelve a girar la llave y el motor vuelve a chirriar.
Lino acerca la cara a la luna trasera y coloca los ojos entre los claros que dejan las resistencias térmicas.
Están llegando.
—¡Arranca, por favor! Arranca.
—Voy, voy.
Alma vuelve a darle a la llave y, al fin, el motor empieza a rodar.
Lino resopla aliviado.
Dan la vuelta por la parte trasera hasta llegar a la zona donde se encuentran los surtidores. Lino se tiende por completo sobre el colchón.
—Ahí están —dice Alma mientras hace el stop frente a la carretera—. Deben de estar buscando testigos.
Lino cierra los ojos.
—Tira.
—No puedo, no dejan de pasar coches.
—Tiraaaa.
—¡Que no! Ya están aquí.
Lino agarra el edredón, las sábanas y todo aquel revoltillo y se cubre con él. Las botellas de alcohol ocultas bajo las sábanas tintinean. De pronto escucha un par de golpes contra el cristal y el motor del elevalunas accionándose. Un frío cortante le hiela de golpe los huesos.
—Buenos, días, señora. Agente Morilla, de la Guardia Civil. ¿No ha repostado usted, verdad?
—No, agente. Yo trabajo en la gasolinera.
Escucha cómo este le dice algo a su compañero.
—Perfecto entonces, señora. ¿Lleva mucho rato aquí?
—Toda la noche.
Silencio.
El agente mira al interior.
Suena el despertador en casa de la sargento Martínez. Lo apaga aprisa. La peque por fin se ha dormido. Sus párpados pesan. No, no, Lidia, no te duermas, llegarás tarde a la central.