Punto muerto Capítulo 3
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Capítulo 3

Algo no marcha bien.

Chupa de Cuero empieza a estar nervioso.

Da una palmada sobre la barra del bar. Son ya las seis de la mañana.

El plan está fallando por algún lado. No debería haber bebido tanto por si pasaba esto.

Por si había un contratiempo. ¿Cómo decía su padre?

¡Ah, sí! Eso de vender la piel del oso antes de cazarlo.

Las seis ya, hostia. Las seis.

Hace ya rato que la furgoneta debería haber llegado a la zona prevista. Ya deberían haber ejecutado el vuelco. Quizá tenga que arriesgarse a hacer esa llamada. Tratar de averiguar lo que está pasando. Pero eso pondría en peligro… Su móvil empieza a sonar de repente sin darle tiempo a decidir.

Son ellos. Sus socios.

Coge el mojito que descansa sobre la barra y sale fuera del bar.

—Dime —contesta Chupa de Cuero con voz grave—. ¿Qué pasa?

—¿Que qué pasa? —responde una voz ronca y airada—. Eso pregunto yo. ¿Cuánto más piensas tardar? En un par de horas saldrá el sol y no vamos a estar aquí para verlo.

Chupa deja la copa encima de un coche y se enciende un cigarro.

—Esperad un poco más, hostia. Yo tampoco sé nada todavía. Deberían de estar al caer. —Al otro lado le responde el silencio. Está claro que han silenciado el micrófono y están hablando entre ellos—. ¡¿Oye, oye?!

Al cabo de unos segundos regresa la voz ronca.

—Si en una hora no nos has dicho nada nos largamos de aquí.

—¿Cómo? ¿Qué…? Oye, hijo de puta, que ya os he adelantado veinte mil…

Llamada finalizada.

¡Hostia! Da un golpe con la mano abierta al mojito y el vaso se estrella contra el suelo haciéndose añicos.

¡Mierda!

Del interior del Ambigú surge la figura de un gorila que le saca tres cabezas. Se acerca a él con cara de pocos amigos.

—¡Tú! Pero ¿qué haces? ¿Quién coño te crees que eres?

—¿Yo? —pregunta Chupa de Cuero dando una calada al cigarro.

—Sí, tú, borracho. Lárgate de aquí, venga, fuera.

El gorila le agarra con fuerza del brazo. El pitillo se le cae al suelo.

Y eso no le gusta nada.

—Vamos. A casa a dormir la mona. Fuera de aquí —insiste el gorila.

Chupa de Cuero se revuelve. Se voltea hacia la espalda del segurata y se deshace de la presa de su mano. Cuando este se gira hacia él el cañón de su pipa le apunta a las narices.

El gigantón se queda mudo.

—Vamos, majete. Tira para dentro. Tengamos la fiesta en paz.

El gorila, con las manos ligeramente levantadas, camina hacia atrás al mismo tiempo que revisa si hay algún testigo alrededor.

Pero eso él ya lo ha comprobado.

—Calma, compadre, calma —dice el grandullón.

—Calma, tu puta madre, chicano. Vamos, para dentro.

En cuanto el segurata desaparece en el interior del Ambigú, Chupa de Cuero guarda la pistola. No tardará en llamar a los zetas. Mejor largarse.

—Adiós —dice para sí mismo.

Camina en dirección a la Castellana. Se retira. Va para casa. A esperar noticias.

Pero al llegar a la gran avenida, su teléfono vuelve a sonar.

Hostia.

Es la peor de las llamadas posibles. Es César. El jefe… ¿Le habrá descubierto?

Duda algunos segundos sobre si responder o no. Quizá sea el momento de lanzar una bomba de humo. De desaparecer del mapa. De asumir las pocas pérdidas de su inversión, coger el dinero que tiene guardado y esfumarse.

Pero no, todavía es pronto para precipitarse. Antes de tomar una decisión necesita saber algo más. Saber qué ha sucedido. ¡Responde ya!

—Dime.

—Tenemos un problema —afirma César desde el otro extremo.

Sus peores presagios se confirman. Entrecierra los ojos apesadumbrado y un poco borracho, y pregunta con temor:

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—El transporte de Madrid está parado. La furgoneta no se mueve.

—¿Cómo?

—Que lleva ya dos horas parada en la carretera que va de León a Valladolid.

Tal y como sospechaba desde que empezó a planearlo todo, César coloca emisores GPS en las furgonetas.

—¿No estarán durmiendo? —pregunta con disimulo.

Al otro lado escucha un suspiro exagerado.

—Pasa a recogernos por el Palacio de Congresos —zanja César—. Nos vamos.

Está hasta los cojones de que ese prepotente de mierda le trate como si fuese su jefe.

Pero es que es tu jefe, hostia.

Ya. Ya lo sé. Por supuesto que lo sé. Por eso he montado todo este tinglado. Para quitármelo de encima. No puedo más. Soy yo quien debería estar en su lugar.

Chupa de Cuero llega al parking que tiene frente a su casa. Al cabo de unos minutos sale rugiendo con su Ford Mustang amarillo. La Castellana sigue desierta a esas horas.

Acelera.

Aún está a tiempo de desaparecer. Casi no ha perdido nada. ¿Veinte mil pavos? ¿Qué es eso?

Eso no es nada. El resto son simples promesas. Nada más.

Pero ¿qué hostias ha pasado? ¿Es que han robado ellos mismos la mercancía antes de que sus hombres se hiciesen con ella?

¿Le han traicionado acaso?

Según lo que haya pasado, si se esfuma, doña Carmen pensará que él está relacionado.

Y le encontrará. Da igual la identidad que consiga o el país al que huya. Sus tentáculos llegarán a él.

Detiene el coche frente al Palacio de Congresos. Allí está César con su hijo, Fran. Aguardan de espaldas mirando el gran mural de Miró. Toca el claxon, pero no se enteran. Baja del coche y se acerca a ellos.

Ambos le siguen. Ni siquiera le saludan.

Suben al asiento trasero y le relegan a la condición de chófer. César le dice:

—¿No tenías nada más discreto?

—El Mondeo está en el taller —responde él.

—Claro. Excelente. Venga, arranca.

—¿Adónde vamos? —pregunta mientras los mira por el retrovisor.

Fran se mantiene ajeno a la conversación, atento solo a la música de sus auriculares.

—Sigue la ubicación que acabo de pasarte —ordena César.

Saca el teléfono móvil de su chupa de cuero. El punto marcado por el jefe está pocos metros al norte de la gasolinera donde deberían haber parado. Quizá sea un error del GPS. Quizá estén allí parados. O quizá sea todo una casualidad.

Una casualidad cabrona.

No te engañes. Algo tiene que haber sucedido.

Chupa de Cuero arranca sin saber lo que se encontrará al llegar.

En mitad de la estepa vallisoletana Nico continúa sangrando. Sus constantes vitales se debilitan cada vez más.