Punto muerto Capítulo 2
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Capítulo 2

Regresa a la parte trasera para cargar de nuevo la carretilla. Una vez la tiene llena, busca las marcas de las ruedas de los trayectos anteriores. Las sigue.

Va mucho más rápido que la primera vez. Muchísimo más.

En un minuto llega otra vez al asfalto pero, de pronto, unas luces se acercan por la carretera.

Asustado, se tira al suelo. Siente el frío de la nieve bajo el pecho, en los muslos.

Levanta la cabeza y ve cómo pasa un coche a pocos metros.

Con esa oscuridad no pueden haberle visto.

Ni a él ni a la carretilla. Además, está empezando a nevar otra vez.

Seguro que el conductor andaba con la vista fija en la carretera.

Se lo imagina con el volante agarrado con fuerza entre las manos y erguido en un rictus temeroso.

Vuelve a ponerse en pie. Se sacude un poco la nieve y continúa hasta la carretera. Puede conseguirlo. Le quedan siete u ocho viajes más para trasladarlo todo.

Al llegar al túnel de lavado deja los packs junto a los que ha descargado antes.

Vamos, Lino. Sal de esta y luego ya pensaremos en lo que hacemos con toda la carga.

Habrá que sacarlo de aquí, eso está claro.

Sí. Lo más razonable es volver con otra furgoneta, pero tendrá que ser por la noche.

Por el día esto estará lleno de gente, la tienda abierta, habrá personal y clientes…

Es posible incluso que deje de nevar y haya quien venga a repostar por la noche.

Bien pensado, había tenido suerte de que todo hubiese pasado nevando, aunque quizá sin nevar no hubiese pasado. O sí.

No puede dejarlo allí para siempre. Alguien podría entrar en el túnel de lavado durante el día y encontrarse con toda la mercancía.

Y llamar a la policía. Eso sería una solución y al mismo tiempo un problema gordo.

Sí, de esa manera se desharía de todo eso, pero por otro lado se abriría una investigación y seguro que le pillarían.

Seguro que te dejas algún cabo suelto, Lino.

Mejor que te quedes con ese marrón y te deshagas de él de alguna forma que no deje rastro.

Podría quemarlo todo o lanzarlo al mar, por ejemplo. Pero ahora no es momento de pensar en eso.

Ahora hay que seguir.

Se da la vuelta para salir del túnel.

Y allí está.

Recortada por la luz de la luna, una silueta cubierta con un chubasquero oscuro y con la cabeza tapada por una capucha.

No distingue su rostro. Da unos pasos atrás. Tropieza con la carretilla y se cae sobre ella. Las gafas golpean el suelo. Modo borroso.

—¿Qué hace usted aquí? —pregunta una voz femenina.

—¿Yo? Nada.

Hay unos segundos de silencio en los que la figura del chubasquero se le acerca. Él tantea el suelo hasta que encuentra sus gafas. Modo nítido.

—¿Está bien, señor?

—Sí, sí —responde volviendo a ponerse de pie.

—¿Y todo esto? —pregunta la chica bajándose la capucha.

—Esto es…

No tiene ni idea de lo que decir. De esta no sale seguro. Se acabó.

—¿Es…? —repite ella.

Lino solloza pero al final responde:

—Coca-Cola.

Ella le mira desconcertada.

—Sí, eso ya lo veo. Pero ¿de dónde ha salido?

Solo se le ocurre llorar.

—¿Se encuentra bien? —insiste la joven.

Él asiente, se abraza el cuerpo y tirita.

—Usted no está bien.

Lino niega con la cabeza.

—¿Quiere pasar a tomar un café?

Lino vuelve a asentir.

Ella le coge del brazo y le acompaña hasta una puerta que hay en la parte trasera de la tienda, justo frente al túnel de lavado.

—Pase.

Entran en un pequeño almacén donde se guardan los productos de la tienda.

Hay agua, pan de molde, snacks… Pasan frente a la gran persiana por donde se debe cargar y descargar la mercancía.

Muy cerca de ella hay un pequeño distribuidor que dejan atrás rápidamente.

Allí se encuentran los baños y el acceso a la tienda.

Al entrar a ella, la chica enciende la luz y deja el chubasquero sobre el taburete que hay tras el mostrador.

Al fin ve su cara sonrosada. No es guapa. Tampoco es fea.

—Tome asiento —dice señalando otro taburete.

Él obedece mientras ella se encara con la cafetera que se encuentra justo detrás.

—¿Solo?

—Sí, por favor.

La chica prepara dos tazas de café idénticas y las pone sobre el mostrador.

—¿Azúcar?

—No.

Vacía un sobre de azúcar en la suya, saca una botella de ron oculta bajo el mostrador y le echa un chorro.

—Cuénteme. ¿Cómo ha llegado aquí? Parece desorientado. ¿Ha venido con alguna furgoneta de reparto o algo así, y le han dejado ahí tirado con la carga? No he visto venir a nadie.

Lino se bebe todo el café de un trago bajo la atenta mirada de la dependienta.

—No.

—¿Entonces? ¿Está usted bien?

Lino vuelve a llorar un poco.

Ella le pone una mano en el hombro. Le acaricia.

—Vamos, señor, cuénteme. ¿Necesita ayuda?

—Verá. He tenido un accidente con la furgoneta ahí delante… muy cerca. ¿No ha oído nada?

La joven parece perpleja.

—Me he quedado dormida. Contra qué…

—No, solamente hemos salido de la carretera y dado unas vueltas de campana.

—¿Hemos? ¿Hay alguien más, señor? Voy a llamar a emergencias —dice la chica sacando su teléfono móvil.

—No, no. Por favor. Espere. La mercancía que ha visto es robada y no quiero que me pillen.

—¿La Coca-Cola?

Lino afirma.

—No creo que le vaya a pasar nada por haber robado unos paquetes de Coca-Cola.

Al escuchar aquello vuelve a sollozar.

—Es que hay más dentro —dice señalando al exterior.

—¿De la furgoneta?

—Sí. Le daré mil euros si me guarda el secreto y las Coca-Colas.

La dependienta parece dudar. Aquello podría funcionar.

—Pero a ver, señor. ¿Hay alguien más herido en la furgoneta o no? No podemos omitir el auxilio. Eso es mucho más grave que unas botellas de litro y medio de refresco.

—Son muchas. Hay unas seiscientas.

—Aun así, señor. —La chica vuelve a sacar su teléfono—. ¿Hay alguien herido?

—Espere, espere. La persona que hay allí está muerta.

—¿Cómo? —pregunta ella tapándose la boca con las manos.

—Como lo oye. En el acto. No estoy omitiendo ningún auxilio. Él está muerto y yo me voy a ir directo a la cárcel como me cojan con todo esto.

—No lo entiendo. ¿Por qué no lo has dejado todo allí y has huido?

Touché! Le ha tocado la dependienta inteligente. La que pasa a tutearle cuando se pone nerviosa.

—Entonces cogerían a la persona que va…

Cagada. La ha vuelto a cagar, joder.

—Pero ¿no está muerta?

Lino mira alrededor. No da la impresión de que haya cámaras de seguridad allí dentro. Seguramente haya alguna enfocando a la puerta o a los surtidores. Sería lo más normal. Luego vuelve a mirarla a los ojos. Está asustada y le parece que lleva la mano a algún lugar bajo el mostrador.

—Un momento, un momento —dice Lino—. Te daré dos mil euros.

—Eso no es Coca-Cola, ¿verdad? —pregunta ella.

—Es Coca-Cola —afirma—. Coca-Cola.

La joven permanece algunos segundos en silencio. Vuelve a servirse un chorro de ron en la misma taza de café y se lo bebe de un trago.

—Va-vale, lo haré. Pero no deje eso ahí fuera, por favor. Mañana vienen a reparar el túnel de lavado. Le haré hueco en el almacén.

Lino asiente.

—Podemos tutearnos, ¿no? Los dos somos jóvenes.

Ella permanece en silencio algunos segundos. Se frota la cara con las manos. Tiene las mejillas rojas y expresión resacosa.

—Claro. Me llamo Alma. ¿Y tú?

¿Cómo se llama? ¿Quién es? Esa es una buena pregunta. La chica es lista y es buena. Sí, definitivamente parece buena persona. Lino se recoloca las gafas con su dedo muerto y responde:

—Keynes. Me llamo Keynes.

—¿Keynes?

—Sí, Keynes.

En algún lugar a las afueras de Madrid la sargento Lidia Martínez enciende la lamparita a tientas para darle el pecho a su pequeña.