Punto muerto Capítulo 1
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Punto muerto

Punto muerto

Por Kike Corella

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Capítulo 1

Hasta hoy.

Los ojos todavía no se le han acostumbrado a la oscuridad ni tampoco el cuerpo al frío de aquel páramo helado.

Sigue aturdido, dolorido, noqueado. Pero ileso.

Enciende la linterna que ha encontrado en la guantera.

La furgoneta volcada descansa sobre la nieve. Está hecha un amasijo de hierro, aluminio y fibra de carbono.

¿Cómo puede ser que no tenga un solo rasguño?

Seguro que ha sido por llevar puesto el cinturón de seguridad.

Da algunos pasos hasta la parte delantera y mira a su hermano.

Él no lo llevaba.

La luna está rota. Pero su cuerpo se ha quedado atrapado dentro, tumbado boca abajo.

Se inclina sobre él. Sobre lo que queda de él.

La sangre le resbala por la cara.

Al menos todavía tiene pulso.

¡Pero no te quedes ahí parado! Vamos, Lino, espabila. Algo tienes que hacer. ¡Piensa!

No, no pienses. Corre hacia la parte trasera.

Sus manos tiemblan intentando abrir el portón. Al fin este cede con un golpe seco que retumba contra la chapa. Abrir una furgoneta volcada no es fácil.

Enfoca la linterna hacia el interior de la zona de carga.

Las gafas, intactas, continúan empañadas por su respiración jadeante.

Bien. Parece que la mercancía se ha salvado. Sigue ahí. Le alegra, pero al mismo tiempo le aterroriza.

Todo está tirado por el techo —ahora suelo—. Un milagro después de rodar como un dado por la cuneta.

Al bajar la carretilla se da cuenta de que ha perdido la movilidad de un dedo. Del dedo corazón de la mano derecha. No responde. Solo se mueve al unísono con el índice. Van juntos. Como si fuesen siameses.

¿Y si ha sido del golpe en la cabeza?

Joder. Quizá te haya afectado a alguna parte del cerebro. De ese maltrecho cerebro tuyo. De golpe siente un fuerte zumbido en las sienes.

¡Para ya! No hay tiempo ahora para tu hipocondría.

No es momento de ser tú, Lino.

Reúne fuerzas, Lino. Corre.

Descarga esos malditos paquetes lo más rápido que puede. Los va amontonando sobre la carretilla. No cuenta cuántos caben en ella. ¡Qué más da! Tiene que sacar todo aquello de allí antes de que aparezca la poli o…

¿O qué? Pero ¿adónde los lleva?

Mira a un lado; nieve, nieve y más nieve. También hay niebla.

Y, al otro lado, las luces anaranjadas de un pueblo cubierto por un cielo negro y estrellado.

Espera que al llegar a la carretera no le tapen esos árboles. Las luces que vio eran reales. Tienen que estar cerca.

Corre.

Empuja la carretilla con todas sus fuerzas. Sus cuatro ruedas se hunden en el barro. Las deportivas le resbalan. Aun así, logra alcanzar la carretera.

Nada. Ni un alma, ni siquiera las luces de un coche. Deben de ser ya casi las cuatro de la madrugada.

Mejor. Mejor no cruzarse con nadie. Mejor que no le vean por allí.

Toma aire. El oxígeno helado se le clava como agujas en los pulmones. El corazón le martillea rabioso contra el pecho. Trata de recuperar el aliento. Quiere dejar de jadear como un bulldog.

No. No hay tiempo para eso de respirar. Respirar es de ricos. Y él no es rico.

Empuja y sube a la carretera. Vuelve a mirar a ambos lados. ¡Salvado! Esta vez sí. Allí está.

La gasolinera.

Se alza majestuosa con sus luces amarillas. No está lejos. Seguro que en ella encuentra algún rincón donde esconder… el marrón.

O eso, o acabará pudriéndose en la cárcel. No podría sobrevivir allí. Es imposible.

Empuja de nuevo la carretilla. Esta vez entusiasmado. Convencido de que puede librarse de acabar entre rejas.

Avanzar por el arcén asfaltado es pan comido. Más fácil que por el campo nevado y embarrado. En apenas cinco minutos llega a la estación de servicio. Ocho surtidores. Junto a ellos la tienda, la construcción principal.

Deja la carretilla a un lado y se dirige a la parte trasera por un lateral. Algún rincón, algo tiene que haber.

Cuidado. Hay una furgoneta blanca aparcada. Está llena de escarcha pero no parece que haya nadie dentro. Se acerca tirando de la manga del jersey de lana que lleva bajo la cazadora. Esconde la mano en ella y toca el capó. No está caliente. Lleva tiempo ahí. Respira.

Vuelve a empujar la carretilla. En la parte trasera hay un túnel de lavado fuera de servicio que puede servir.

Quizá sea suficiente. Tiene que serlo. Lo dejará allí todo.

Ya volverá con una furgoneta de alquiler y lo recogerá.

Está cerca de la ciudad. León o Valladolid.

¡Qué más da! Está cerca de las dos. Lo importante es sacar todo aquello de la furgoneta antes de que alguien lo vea.

Nota mental: borrar huellas. Has tocado cosas, muchas cosas. Has tocado el salpicadero, diferentes partes del cinturón de seguridad, las manetas de las puertas, el parasol, los botones de la ventanilla y algo más que seguro que se te olvida.

Te van a pillar. ¿Por qué te has metido en esto, Lino? Si tú no estás hecho para estas cosas y lo sabes. Eres idiota. ¿Por qué carallo lo has hecho? Tu zona de confort está en un aula mal ventilada. Con adolescentes que se ríen cuando les hablas de curvas de indiferencia.

Lo tuyo es la economía y no esto. Lo tuyo es Keynes, Adam Smith, David Ricardo y Pigou.

Pero sobre todo Keynes. Eso es, Keynes. Keynes mola.

¡Ah, sí! La maneta de la zona de carga. El candado, eso es. Nota mental.

Empieza a descargar los packs en el túnel de lavado. El suelo está seco, aunque huele a moho y jabón.

El dedo. Ese dedo empalmado junto al otro.

La mano entera parece ahora un rastrillo.

El frío no contribuye a la movilidad, por supuesto.

No le duele mucho. Solo como si tuviese un hematoma en el nudillo, pese a que no parece que haya…

¡Mierda! Tiene el nudillo partido en dos. Dos nudillos donde debería haber uno.

Se marea. ¡Qué asco! Quizá no sea del golpe. Peor aún. Puede ser una enfermedad degenerativa. Una de esas que afecta a los tendones o a los huesos.

No, no puede ser. Lo más probable es que esté relacionado con el accidente. No te obsesiones, sería mucha casualidad.

Debe estar relacionado con el accidente, sí. Tú continúa. Tira o te pillarán ahí.

De vuelta en la nacional, la carretilla se acelera arrastrada por la pendiente. Sus pies helados apenas responden.

¿Qué te pasa, Lino? No, no pienses. ¡Canta! Canta un poco de Siniestro Total.

Lo hace hasta que al fin se detiene ante la sospecha de haberse pasado el lugar del accidente.

No ve señales de la furgoneta por ningún lado.

Ni siquiera la marca de la salida de la calzada.

Su respiración vuelve a acelerarse. El vaho queda suspendido en el aire.

Mira hacia la inmensidad de los campos nevados.

El débil reflejo de la luz de la luna sobre la nieve le ayuda a localizar una sombra negra que parece lejana pero no lo es tanto.

Son los matorrales tras los cuales reposa volcada la furgoneta.

Justo en ese punto agarra varios puñados de nieve y los amontona en el arcén.

Sale de la carretera. No tarda demasiados metros en distinguir frente a él el tenue resplandor rojizo de la única luz que ha resistido al accidente: una trasera de posición.

Al llegar saca el punzón oculto en su calcetín y golpea con fuerza la bombilla. Fundido a negro. Como su suerte.

Con la linterna encendida se dirige a la parte delantera.

Vuelve a alumbrar la cara de Nico. Está ensangrentada.

Más sangre que antes. Tanta que el techo —ahora suelo— ya se ha empapado de ella.

Comprueba el pulso de su hermano. Todavía tiene.

Débil pero sigue vivo. Pobre. Tampoco hay tiempo para eso.

Nico está acostumbrado. Es fuerte. Ya estuvo en la cárcel.

Él no. Él no podría. Le harían de todo, tendría que suicidarse.

Coge el abrigo que hay tras el asiento y le tapa. Suerte.

Mientras tanto, en un antro del centr o de Madrid, un tipo fornido y con una chupa de cuero se pide su primer mojito.