Pau
Seúl huele a cable de alta tensión y a comida fermentada.
Lo piensas en el primer minuto que bajas del avión y lo sigues pensando en la media hora que tardamos en llegar al hotel desde el aeropuerto, y todavía lo pensarás dos días después cuando ya deberías haberte acostumbrado.
Es una ciudad que tiene olor propio. Es otra cosa.
Las niñas están agotadas del viaje. Aina se ha dormido a la tercera hora del vuelo de Ámsterdam y se ha despertado con el desayuno y se ha vuelto a dormir con la cena.
Irene se ha pasado las catorce horas dibujando en una libreta que le ha regalado Arnau, un cómic entero sobre Markel y yo en Corea buscando a un zorro vestido de Tae Kwon Do.
Markel ya lleva tres días aquí. Voló el domingo con Mikel Aranceta y parte del equipo.
Ha tenido dos sesiones en el muro oficial de la competición, una con el fisio, una rueda de prensa corta donde ha dicho lo mínimo posible para no gastar palabras.
Nos ha mandado audios cada noche. «Ya estoy aquí.
Todo bien. Os echo de menos». Tres frases cada vez.
El Markel austero de los viajes. Es otro Markel que el de casa, pero que ya voy conociendo.
Llegamos al hotel a las ocho de la tarde hora coreana, con las niñas medio zombis y yo con la sensación de que mi cuerpo está en algún sitio del mar del Japón todavía.
Markel nos espera en el vestíbulo con una camiseta negra, pantalón de chándal y la cara limpia.
Se ve más delgado que hace tres días. O será la luz del hotel, que es una luz de pasillo fría y blanca que no favorece a nadie.
— Aita — dice Aina, y se tira a sus brazos con la mochila al hombro.
Markel la coge en volandas y se ríe con ella.
— Capitana.
— Capitán.
— Así no.
— Así sí.
Irene se acerca sin tirarse. Le abraza las piernas. Se queda así un rato.
Markel me mira a mí por encima de las dos cabezas.
— Catalán.
— Vasco.
Nos damos un abrazo cortísimo porque estamos en el lobby con otros equipos y yo no sé cómo funciona el protocolo. Él sonríe, sabiéndolo.
— Arriba.
— Arriba.
———
La habitación es pequeña pero tiene dos camas grandes.
Las niñas duermen en una. Nosotros en otra.
Las niñas se duchan, cenan algo del servicio (arroz y pollo y unos rollitos de vegetales que Aina se come enteros e Irene no prueba) y se acuestan a las once.
Cuando las tenemos dormidas, Markel me sienta en el sofá de la habitación, se pone de rodillas delante de mí y me abraza a la cintura con la cabeza apoyada en mi vientre.
No dice nada en diez minutos. Le paso la mano por el pelo.
— Markel.
— Dime.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
— Nervioso.
— Nervioso.
— Normal.
— Normal.
Sube la cabeza. Me mira. Tiene ojeras de viaje y de no dormir.
— Mañana primera jornada.
— Mañana primera jornada.
— Te quiero en la grada.
— Estaré en la grada.
— Vale.
— Vale.
———
Primera jornada. El pabellón tiene capacidad para cinco mil personas y está lleno.
Pau y las niñas llegamos a las nueve de la mañana con acreditaciones de acompañantes.
Nos sientan en una grada a la izquierda del muro, con visibilidad total, con mantas porque hace fresco.
Aina lleva una bandera vasca pequeña que le ha comprado Markel hace un mes y una bufanda de Ikurriña.
Irene lleva un dibujo enrollado en un tubo que no ha querido enseñarme.
Markel sale en el turno cuarto. Entra al calentamiento con los cascos puestos, con el chándal rojo de la FEDME. Desde arriba se ve pequeño. Se ve muy pequeño. Los dedos, más pequeños todavía. Se estira en una colchoneta del fondo. Se coloca las cintas. Mikel le da un palmetazo en el hombro.
Mira a las gradas. Nos busca. Nos encuentra. Levanta la mano dos centímetros. Yo levanto la mía cinco.
— Aita nos ha visto — susurra Aina.
— Aita nos ha visto — digo yo.
— Aita no puede pensar en nosotros — susurra Irene —, tiene que pensar en la pared.
— Eso, tiene que pensar en la pared.
Markel se acerca al muro. El crux está arriba, en la mitad alta, una zona con pocas presas y un dinámico largo. Escucho el jaleo del pabellón como si fuera un mar lejano. Markel respira dos veces. Da la palmada de inicio. Se cuelga. Empieza.
Lo hace limpio. Lento al principio, cuidadoso. Mitad de vía sin un tropezón. En el crux mete el dinámico al primer intento, con esa forma suya de saltar con el pie derecho bien colocado y el peso centrado. Las niñas gritan. Irene grita. Yo no puedo gritar, tengo algo atravesado en la garganta.
Top. Primera jornada en el top. Limpio.
Bajan a Markel. Abraza a Mikel. Nos busca en la grada otra vez. Me hace el gesto de los dos pulgares arriba. Yo le devuelvo un gesto idiota de aplauso. Aina grita «¡aitaaaaa!» y la gente a tres filas nos mira.
— Que se enteren — dice Aina.
— Que se enteren — repito yo.
— Que se enteren — dice Irene, más bajito.
———
Al salir del pabellón, Tina Dean nos cruza con las gafas de sol puestas en el interior. Sonríe a las niñas. Me guiña a mí. «Bien tu guy», dice en inglés. Sigo andando. Las niñas no paran de hablar en todo el taxi de vuelta al hotel.
Cena con Markel en la habitación, temprano, porque al día siguiente es la final. Las niñas se duermen a las diez. Markel y yo estamos sentados en el sofá con una cerveza sin alcohol él y una con alcohol yo.
— Mañana es el gordo.
— Mañana es el gordo.
— ¿Nervioso?
— Poco. Menos que otras veces.
— ¿Por qué?
— Porque me tiene sin cuidado si gano o no. Eso me ha pasado por primera vez.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— Eso se le dice de boca.
— Se le dice de verdad. Yo antes competía con la idea de que la medalla me arreglaba algo. Hoy lo único que necesito, que lo tengo ya, es que en la grada estés tú con las niñas.
— Vale.
— No me lo pongas en una taza, eh.
— No te lo pongo en una taza.
— Vale.
— Pero en un dibujo de Irene a lo mejor sí.
— Eso sí.
Me río. Le pongo la mano en la rodilla. Tiene la pierna fría, ha estado sin calcetines.
— Markel.
— Dime.
— Gracias.
— ¿De qué?
— De todo.
— Pau, no te pongas.
— Déjame.
— Vale.
— Gracias por volver a enseñarme a tener miedo y hacerlo igual.
Me mira. Se inclina. Me besa en la frente, despacio.
— Gracias a ti.
— Ya.
———
Segunda jornada. Final. Ocho escaladores. Markel sale en el sexto turno. El pabellón está más lleno que el día anterior. Aina ha venido con la cara pintada con la ikurriña. Irene ha venido con el dibujo enrollado todavía sin enseñar.
El crux de la vía de final está todavía más arriba que el de la primera jornada y es un movimiento que no se ha visto esta temporada en Europa, un bloque con dos puntos de tracción y una cintura expuesta.
Los cinco primeros escaladores caen en el crux.
Tina Dean, que compite también en la final y ha salido en el tercer turno, hace top con una carrera limpia.
Dos escaladores japoneses van por detrás de Markel en el orden.
Markel sale. Mikel le da otra palmada. Se cuelga. Empieza.
Primera mitad, limpia. Mitad de vía, limpia. Se acerca al crux. El público baja el volumen, como siempre pasa en la final. Los pies se le colocan. Los antebrazos se le marcan.
En el crux, para.
Para dos segundos.
Para cuatro.
El pabellón entero respira.
Markel respira también. Cuelga de una mano, el cuerpo extendido, el pie izquierdo apoyado en una presa pequeña. Mira la siguiente. La mira. Luego gira la cabeza. Mira a la grada. Me mira.
Me ve. Lo sé. Veo sus ojos desde arriba, lo sé porque me mira durante tres segundos que duran un minuto. No dice nada, no saluda. Respira. Cierra los ojos un segundo. Los abre. Vuelve a la pared.
Mete el dinámico.
Lo mete a la primera.
Se engancha con la mano derecha. Se recupera. Sigue.
Termina la vía con un tirón. Top.
El pabellón aplaude.
Tercer puesto, detrás de Tina Dean y de la japonesa Misaki Arai, que ha hecho top más rápido que él. Bronce.
Bronce.
———
Las niñas saltan en la grada. Irene desenrolla el dibujo. Es una pancarta en la que ha escrito «AITA MARKEL brONCE» con letras grandes y torpes, con un muñeco de Markel en el centro con una medalla al cuello. La levanta. La enseña a todo el pabellón. Aina la ayuda.
Markel las ve. Se ríe. Se le escapa una lágrima. Se la quita con el puño. Saluda a Mikel. Saluda a Tina. Sube al podio.
Medalla de bronce. Ikurriña que le ponen por los hombros por una chica del equipo. Fotos. Fotos.
———
La rueda de prensa dura treinta y cinco minutos. Hablan en inglés, con traducción simultánea. Markel contesta en español porque en inglés se pierde. Preguntan sobre el tobillo. Sobre el crux. Sobre su regreso. Sobre el futuro.
El periodista de El Correo del País Vasco pregunta el último:
— Markel, ¿a quién le dedicas el bronce?
Markel respira. Se inclina hacia el micrófono.
— Se lo dedico a mi familia. A mis padres en Oñati. A mi hermano y a mi hermana. Y a mi familia de Barcelona, que está aquí hoy en el pabellón. A Pau y a las niñas. Irene y Aina. Me han traído hasta la pared con más cosas de las que tenía. Gracias.
Los flashes se le vuelcan encima. La rueda termina.
Al día siguiente, en el quiosco del hotel, encuentro el periódico. Portada con una foto de Markel en el podio, con la ikurriña al hombro y la medalla al cuello, levantando una mano. El titular:
«Aristizabal, bronce y arco iris».
Lo compro. Me lo meto en la mochila.
———
Por la noche cenamos los cuatro en un restaurante que nos recomendó Mikel, un sitio de carne a la brasa donde nos sirven en una parrilla en el centro de la mesa.
Las niñas alucinan. Markel les enseña a coger la carne con los palillos (con ayuda, con las manos, a lo que sea).
Irene se quema un dedo con el borde de la plancha y Markel le pone hielo con una servilleta. Aina se come más carne que ninguno.
A las diez las niñas caen rendidas. Markel llama al servicio del hotel. Nos las suben a la habitación con la ayuda de una recepcionista. Las metemos en la cama. Irene gime en sueños algo parecido a «Brixton». Aina duerme boca arriba con la boca abierta.
Markel me coge de la mano. Abre la puerta corredera del balcón pequeño.
Salimos los dos al balcón. La habitación está en la planta dieciocho.
Seúl se extiende abajo, con luces verdes, rojas, blancas, hasta donde llega la vista.
Se oyen coches. Se oye una sirena lejana.
Huele a cable quemado y a comida fermentada otra vez.
— Markel.
— Dime.
— Bronce.
— Bronce.
— Joder, Markel.
— Ya.
— Bronce.
— Pau, déjame que te bese.
Lo beso yo primero. Lo beso fuerte. Me aprieto contra él contra la barandilla. Tiene la medalla en el bolsillo del vaquero, pesa. Se la noto contra la cadera. Me aparta un segundo.
— Espera.
— ¿Qué?
— Adentro.
— Adentro.
Volvemos a la habitación. Corremos la cortina. Las niñas en la otra cama siguen dormidas. Él me lleva al baño. Cierra la puerta. Enciende la luz baja. El baño tiene una puerta interior corredera que da a un pequeño recibidor antes del dormitorio. Cierra también esa.
Me mira.
— Aquí.
— Aquí.
Me besa otra vez. No puedo creer que en el baño de un hotel de Seúl esté haciendo esto con un campeón de bronce mundial que acaba de decir en televisión que soy su familia. Me parece una película mal traducida.
Pero también es mi vida.
Me desnuda despacio, mirándome a los ojos.
Me besa el cuello, la clavícula, el pecho.
Le quito la camiseta. Tiene la piel todavía tibia del pabellón, de la ducha rápida, del traslado.
Le paso las manos por la espalda. Le palpo la escápula derecha, que le sale un poco por el entrenamiento. Le beso la cicatriz blanca de la ceja.
— Pau.
— Dime.
— Tengo que decirte una cosa.
— Dímela.
— Después.
— Después.
Me levanta en vilo un segundo y me sienta en el mueble del lavabo. Se coloca entre mis piernas. Me besa el interior del muslo. Me mira desde abajo. Sonríe. Tiene los ojos verdes más claros que nunca con la luz amarilla del baño.
Le recojo el pelo con las dos manos. Se lo aparto. Le beso la coronilla, el remolino. Me hundo en él. No hablamos. No hace falta.
Luego, en la ducha, con el vapor levantándose, lo abrazo por detrás, lo aprieto contra mí, le muerdo el cuello despacio, con la boca abierta, aguantando hasta que él se gira.
— Pau.
— Dime.
— Aquí.
— Aquí.
Me penetra despacio, contra la pared de la ducha, con una mano en mi cadera y la otra en mi pecho. Me susurra algo en euskera que no entiendo del todo pero que me suena a «kuttuna». Le contesto en catalán, le contesto en castellano, le contesto con lo que me sale.
Terminamos con el agua todavía corriendo. Me abraza. Yo le abrazo. No nos movemos en dos minutos. El espejo se ha empañado entero. El mundo entero se ha empañado un poco.
———
Más tarde, en el balcón, con un albornoz cada uno y una lata de Coca-Cola de la nevera del minibar, Markel me mira y me dice:
— La cosa que te iba a decir.
— Dímela.
— No hoy.
— Markel.
— Pau, no hoy. Mañana.
— Vale.
— Te la digo mañana antes de subir al avión.
— Vale.
Se acerca. Me coge la mano sobre la barandilla. Me aprieta los dedos uno a uno.
— Pau.
— Dime.
— Gracias por volver a enseñarme a tener miedo y hacerlo igual.
— Esa es la mía.
— Te la he robado.
— Vale.
— Es una buena frase.
— Lo es.
— Buenas noches, catalán.
— Buenas noches, vasco.
En el horizonte, Seúl sigue encendido como si nunca durmiera. Detrás, en la habitación, las niñas respiran. Markel me pasa el brazo por los hombros. Nos quedamos un rato más.
Bronce y arco iris.
Arco iris y bronce.
No está mal.