Markel
Volvemos de Seúl un jueves por la mañana con un jet lag de aquellos que no se arreglan hasta por lo menos una semana, y aun así yo me despierto el viernes a las seis sin despertador, con la cabeza despejada y el tobillo sano.
Pau duerme boca abajo a mi lado, con la boca contra la almohada y el pelo revuelto.
Las niñas duermen en su cuarto. El piso está en silencio.
Tengo el anillo en la mesilla. Lo saqué de la maleta ayer y lo dejé en la caja pequeña de madera encima de un libro.
No se lo di en Seúl. El último día, antes de subir al avión, quise decírselo y no me salió.
Pau me preguntó «¿qué era lo que me ibas a decir?
» y yo le contesté «en Barcelona». Él asintió. No me presionó.
En Barcelona. Hoy. Viernes.
Me levanto despacio. No hago ruido. Cojo la caja. La meto en el bolsillo del pantalón. Voy a la cocina. Pongo la cafetera. Miro el balcón, donde los tomates que Pau plantó en octubre están todavía ahí, más pequeños de lo que debería ser, pero vivos.
———
A las ocho las niñas ya están en el cole con la abuela Montse, que ha insistido en llevarlas hoy porque «Markel y Pau acaban de llegar de Corea, por dios, que os descansen». Joan ha venido también. Nos traen un tupper de canelones de anteayer para comer. Se van sin quedarse.
A las diez, Pau y yo bajamos al rocódromo. Llevamos una bolsa con cosas para las niñas que se han dejado en la mochila, porque Pau ha decidido que esta tarde salimos a las cinco y no a las siete como siempre. Una excepción. «Por celebrar bronce», ha dicho.
En el mostrador de Vertical está ya Dani con un café. Arnau ha pasado a decirnos hola un momento, con las llaves que le dejamos en Seúl todavía en el bolsillo, porque no se acordó de dejarlas ayer. Las deposita encima del mostrador con pompa.
— Custodia finalizada — dice Arnau.
— Gracias, chef.
— Gracias, bronce.
Me da un abrazo de lado. Luego otro a Pau. Se va a su bar.
A las once llega un mensajero con un paquete pequeño a nombre de las niñas. Lo firmo yo. Miro el remitente.
«Teresa Farreras. Alzira».
Me quedo quieto un segundo.
Pau sale de la oficina. Le enseño el paquete.
— ¿Es de Teresa? — dice él.
— Es de Teresa.
— Joder.
— Abre.
— Si no es para mí.
— Para las niñas también es para ti.
Abre el paquete despacio. Dentro, un libro infantil en valenciano, nuevo, con ilustraciones de un caracol que viaja por la huerta. Al principio, en la primera hoja en blanco, una nota escrita a mano con caligrafía alargada:
«Irene y Aina. De parte de vuestra abuela Teresa, de Alzira. Para que no se os olvide el valenciano. Era el idioma de vuestro papá Gerard. Un beso». Firma: Iaia Teresa.
Pau se queda un rato mirando la nota.
— Markel.
— Dime.
— Esto, en Teresa, es mucho.
— Es mucho.
— Es todo lo que va a hacer.
— Con ella, es mucho.
— Voy a llamarla.
— Llámala.
La llama desde la oficina. Yo me quedo en el mostrador con el libro entre las manos. Oigo su voz filtrada por la puerta. Dos frases cortas. Un silencio largo. Luego:
— Gracias, Teresa. Te las mando leyendo un cuento del libro esta noche por videollamada.
Cuelga. Sale. Me pasa la mano por la espalda al pasar.
— ¿Todo bien?
— Todo bien. Lo dejaremos en bien.
— Vale.
———
A las cinco, Pau está detrás del mostrador.
Yo he salido hace media hora a recoger a las niñas del cole.
Irene ha sacado un nueve en un examen de matemáticas y viene con la hoja doblada en cuatro en la mochila, ansiosa por enseñárnosla.
Aina ha cambiado dos cromos con un niño de cuarto y me lo cuenta tres veces por el camino.
Entran conmigo por la puerta del rocódromo corriendo.
— Papá — grita Irene.
— Chicas, que la gente entrena.
— Papá, nueve en mates.
— Nueve, enséñame.
Irene se sube al mostrador. Le enseña la hoja. Pau le pone cara de orgullo mientras la mira. Aina va directa al muro pequeño sin perder ni un segundo, con la mochila todavía al hombro.
— Aina, chaqueta fuera.
— ¡Papá!
— Chaqueta fuera, Aina. Y los cromos en la mochila.
— Vale, vale.
Iago Noguera y Jaume Muro están en el fondo de la sala, entrenando uno de ellos, el otro mirando el móvil sentado en una colchoneta. Al vernos levantan la mano. Jaume me grita «bronce» desde allí. Yo levanto la medalla invisible que llevo encima.
Suelto la mochila en el suelo. Le doy un beso a Pau en la mejilla por encima del mostrador. Él me mira. Sonríe.
— ¿Todo bien, aita? — dice él, bajito, en broma.
— Todo bien, papá.
Se ríe.
Aina ya está en la pared. Se ha puesto los pies de gato en el banco y se ha agarrado a la primera presa. Irene se acerca a mí con un tubo de cartón enrollado entre las manos. Me mira.
— Aita.
— Dime, Irene.
— Te he dibujado otro.
— A ver.
Se apoya en el banco. Desenrolla el cómic.
Esta vez es una página entera, con cinco viñetas.
En la primera, Markel y Pau salen del portal del piso vestidos de superhéroes.
Markel lleva una boina txapela como capa.
Pau lleva un tatuaje enorme de una cuerda en la pierna.
En la segunda, un zorro con boina (que es Brixton, obvio) llora en una esquina.
En la tercera, Pau y Markel saltan a salvar al zorro de un coche que está a punto de atropellarlo.
En la cuarta, Brixton ríe. En la quinta, Markel abraza a Pau y les dice a las dos niñas que se acerquen.
Debajo, con rotulador azul, Irene ha escrito:
«Los superhéroes no tienen que ser dos. A veces son cuatro».
Le beso la frente. La abrazo. Huele a lápiz de colores.
— Irene.
— Dime.
— Esto al marco.
— ¿Sí?
— Esto al marco. Aquí en el rocódromo.
— ¿Aquí?
— Aquí, sí. En la pared del mostrador.
— Vale.
Se pone muy roja, de esa forma que ella se pone que le sube primero a las orejas. Se va corriendo a contárselo a Aina, que no escucha porque está ya dos metros por encima del suelo en el muro.
Pau me mira desde el mostrador.
— Me la has puesto llorando otra vez.
— No lloro.
— Sí lloras.
— Un poquito.
— Joder.
———
Son las cinco y veinte. El gimnasio tiene unos doce clientes dispersos. Iago y Jaume se acercan al mostrador para despedirse, que ya han terminado su sesión de la tarde.
— Vasco — dice Jaume —, nos vemos el domingo en casa de Arnau.
— El domingo en casa de Arnau.
— A las dos.
— A las dos.
— Traed a las niñas, que Iago quiere enseñarles a hacer paella con ellas.
— No sé yo si Iago sabe hacer paella.
— No sabe. Por eso las niñas le van a enseñar, que son valencianas de abuelo.
— Me parece bien.
Iago me abraza. Me dice al oído:
— Estoy orgulloso de ti.
— Iago, no me pongas así en el gimnasio.
— Te pongo así donde me da la gana. Bronce.
— Bronce.
Se van. Pau los saluda con la mano.
———
A las cinco y media, Aina ha escalado hasta lo alto de la pared fácil, la primera a la izquierda, la que Pau montó especialmente baja para los niños del cole y para los principiantes.
Cinco metros y pico. Con presas grandes.
Aina los sube en un minuto. Hoy no ha necesitado asegurador porque se lo está haciendo con la colchoneta debajo.
Llega arriba. Se pone las dos manos en la presa del top. Me busca con la mirada.
— ¡Aitite Markel, mira!
Me quedo quieto. La palabra me cruza despacio, como si no me la hubiera dicho a mí.
Aitite. Abuelo, en euskera. Me tarda dos segundos localizarla.
En dos segundos me da tiempo a recordar a mi padre el día que subió a Irene al tractor por el camino de las ovejas.
Me da tiempo a recordar a mi madre con el delantal, llamándome «hijo» desde la cocina.
Me da tiempo a pensar que Aina se ha hecho un lío con la palabra.
Me sale lo primero que se me ocurre, riéndome.
— Aina, aitite es abuelo, hija. Yo todavía no estoy tan mayor.
Ella se queda un momento en la presa. Me mira desde arriba. Se lo piensa. Tiene las coletas rubias cayéndole por los lados del casco. Los mofletes encendidos del esfuerzo. Una pegatina de un dinosaurio en el codo que se le ha despegado a medias.
Y entonces me dice, con la voz más normal del mundo:
— Pues aita, entonces.
Aita.
Padre en euskera.
Me quedo paralizado.
Lo ha dicho ya otras veces, Aita. Lo soltó en el coche camino a Oñati hace cuatro meses.
Lo firmó Irene en su sobre azul el día del cumpleaños.
Lo repitió Aroa cenando en Navidad. Lo he oído por Whatsapp.
Lo he oído en un audio. Pero no aquí. Aquí, en el gimnasio.
Aquí delante de Iago y Jaume que todavía se están saliendo por la puerta.
Aquí delante de Dani en el bar. Aquí delante de los doce clientes. Aquí delante de Pau.
Aquí como algo establecido.
Me gira el estómago. Me gira el pecho. Me gira todo.
Aina, arriba de la pared, no se ha dado cuenta de que el mundo se me ha detenido. Sigue:
— Aita, ¿tiro a la colchoneta?
— Tira, Aina.
— ¡Allá voy!
Se descuelga de la presa. Cae de pie en la colchoneta. Rueda sobre el culo. Se ríe. Se levanta. Va corriendo a la siguiente pared.
Irene, al lado mío, que lo ha oído todo, me mira por encima de las gafas. Sonríe mínimamente. Se da la vuelta. Se va detrás de Aina.
Yo me quedo quieto en medio del gimnasio con la mochila a los pies y las manos colgando.
Giro la cabeza. Busco a Pau.
Pau está detrás del mostrador. Tiene las dos manos apoyadas en la madera. Me mira. Tiene los ojos brillantes. La boca un poco apretada. La barba con unas canas que la luz de los focos hacen más visibles. Está quieto.
Asiente.
Asiente despacio, una vez. Sin decir nada.
Me dice con un gesto que sí, que eso es lo que es. Que lleva siéndolo unos cuantos meses. Que él también lo sabe. Que lo que Aina acaba de decir en voz alta es la realidad desde hace tiempo. Que no vayamos a desmontarla ahora que ya está montada.
Asiente otra vez, un poco más.
Aprieto el anillo en el bolsillo del pantalón con los dedos, sin sacarlo.
No es hoy. No es aquí. Lo he decidido en los últimos tres segundos.
Se lo doy mañana, en casa, con las niñas dormidas, en la cocina, entre el café de las ocho y la tostada de las ocho y diez.
Se lo doy con la luz del balcón, con los tomates, con la cafetera crepitando.
Se lo doy el sábado, como se hacen las cosas importantes en el piso de Poblenou.
Aquí, ahora, lo único que tengo que hacer es devolver el gesto.
Asiento yo también. Desde el otro lado del gimnasio. Una vez. Despacio.
Pau se pasa el dorso de la mano por los ojos. Se agacha detrás del mostrador a coger algo que seguro que no necesita coger. Se levanta con un bolígrafo. Pone el bolígrafo encima de un papel. No lo usa. El bolígrafo queda ahí.
———
Me acerco al mostrador. Dejo la mochila en un rincón. Apoyo los codos en la madera. Pau me mira.
— Pau.
— Dime.
— ¿Has oído?
— He oído.
— ¿Lloras?
— Un poco.
— Yo también.
— Ya te veo.
— Joder.
— Ya.
Nos quedamos así un minuto, con las cabezas juntas por encima del mostrador, sin besarnos porque hay clientes, sin hablar porque no hace falta. Dani, en el bar, finge no vernos. Es un tipo educado.
— Pau.
— Dime.
— Mañana por la mañana tengo que decirte una cosa.
— Vale.
— No es nada malo.
— Ya sé que no es nada malo.
— Ah.
— No hace falta que me prepares, Markel. Yo ya sé que lo que me vas a decir es algo bueno.
— Sabelotodo.
— Vasco plasta.
— Catalán pijo.
— Vale.
— Vale.
———
Aina, al otro lado del gimnasio, empieza a gritar porque no puede resolver una secuencia en la pared intermedia, una que le han montado como reto personal con tres presas pequeñas y una muy lejos. Nos mira.
— ¡Aita!
Y la palabra, esta vez, me sale como si siempre hubiera sido mi nombre.
— Voy.
Dejo a Pau en el mostrador. Camino por la sala. Me agacho al lado de Aina, en la colchoneta. Le miro la secuencia.
— A ver esa.
— No llego.
— Sí llegas. El pie izquierdo aquí, la cadera fuera. Mira.
Le enseño. Le coloco la mano en la cintura despacio para hacerle ver cómo gira el cuerpo. Aina lo prueba. Lo consigue.
— ¡Lo he sacado!
— Lo has sacado.
— Otra.
— Otra.
Irene, desde el banco, se ha sacado el cuaderno y está dibujando. Levanta la vista para comprobar que estoy delante de Aina en la pared. Luego vuelve a dibujar.
Pau, en el mostrador, atiende a un cliente que le pregunta por el horario del sábado.
Iago y Jaume, en la puerta, ya no están.
Son las seis menos cuarto de un viernes de marzo en L'Hospitalet, en un rocódromo que llevo seis meses llamando «el gimnasio» y que hoy, con Aina llamándome aita, Pau asintiendo desde el mostrador e Irene dibujando otro cómic que acabará en la pared del cuarto de ellas, es también mi gimnasio, aunque en los papeles solo tenga un diez por ciento.
Y mi casa, aunque en los papeles no tenga porcentaje.
Y mi familia, que en los papeles tampoco la tengo firmada todavía.
Mañana por la mañana saco el anillo. Mañana se lo doy a Pau en la cocina, entre el café y la tostada. Mañana arreglo eso de los papeles.
Hoy aseguro a Aina. Hoy miro a Irene dibujar. Hoy asiento a Pau desde el otro lado del gimnasio. Hoy me acuerdo, sin angustia, de que el tobillo me sigue aguantando.
Hoy entiendo, por fin, que los años que me quedan no están en Oñati ni en Bilbao ni en Barcelona. Los años que me quedan están donde estén estos tres.
Y un bronce de Seúl, en alguna caja, alguna tarde, en algún momento.
Pau baja del mostrador. Se acerca. Se sienta en la colchoneta a mi lado. Me pasa el brazo por los hombros. Aina sube, vuelve a caer, se ríe, sube otra vez.
Yo pienso en una cosa que lleva acompañándome desde el día de la lesión, hace seis meses, y que hasta hoy no había encontrado donde colocarla. Pensaba que era una frase de escalada. Ahora sé que no. Ahora sé que es una frase de todo lo demás.
En la pared se cae al suelo. En la vida, si hay suerte, al otro.